Amar palabras

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¿Amamos los Evangelios? ¿Forman parte de nuestra vida como lo hacen otras cosas de las que no podemos desprendernos sin saber por qué? No el libro sagrado que los contiene, sino los textos mismos, o mejor dicho, las sensaciones que esos textos provocan en nosotros. ¿Nos despiertan amor esa frases que están destinadas a llenar de vida nuestra vida?
Si no amamos esos textos será muy difícil comprenderlos y mucho más difícil aún vivirlos. Vivirlos no quiere decir llevarlos a la práctica, sino vivirlos, que llenen nuestra vida, que nos emocionen y nos pongan en movimiento, que nos acerquen a su autor hasta llegar a enamorarnos de él. Después vendrá la puesta en práctica, la fuerza de voluntad, los buenos propósitos. Pero todo eso está condenado al fracaso si no amamos esos textos, como se aman las personas y las cosas que nos han dado a beber de la riqueza de sus vidas. ¿Cómo no amar esas palabras que nos ponen en misterioso contacto con el Señor?
Convertir esos textos sagrados en conceptos que hay que comprender me recuerda la tarea de aquellos que coleccionan mariposas clavándolas con un alfiler y poniéndolas en una vitrina. Son hermosas pero están muertas. La Palabra de Dios envasada al vacío en conceptos y mandatos pierde toda su belleza y su fuerza, y, además, no pueden transmitirnos vida porque no la tienen. ¿Cómo amarlas?
Hay que entrar en esos textos como el explorador entra en la selva. No se detiene ante el primer árbol que encuentra para intentar clasificarlo y saber de él datos que permitan ubicarlo en algún sitio de su cabeza o su biblioteca. El explorador penetra en la espesura y se va dejando invadir por la infinita cantidad de sensaciones que lo atrapan. Fascinación, algo de miedo ante lo desconocido, una atracción imposible de calmar. Se está entrando en un mundo nuevo y a cada paso hay una sorpresa que no cabe entre las cosas ya conocidas. Es un mundo.
La Palabra del Señor es un mundo misterioso que hay que amar y habitar con cuidado, respeto, silenciosa pasión que empuja a escuchar, a penetrar más adentro de ese universo, tan vasto y misterioso como nuestro propio corazón. Ese es el lugar del encuentro con la voz que suena más allá de las palabras, con el que hace sonar su voz ese día, a esa hora y para transformar ese momento.

Cuando no se entiende al Papa que no viene

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Mucho se ha escrito, dicho y especulado sobre el viaje, o, mejor dicho, el no-viaje, del Papa Francisco a la Argentina. El último anuncio de su visita a Chile y Perú, sin pasar por su país, desató una ola de comentarios en los medios y en las redes sociales. Algunos de esos comentarios fueron irrespetuosos, otros, políticamente interesados; muchos solamente fueron comentarios de medios de comunicación que aprovechan cualquier situación para imaginar los más disparatados argumentos sin ningún conocimiento del tema.

Desde la jerarquía eclesiástica, Monseñor Sergio Buenanueva, Obispo de San Francisco, Córdoba, también hizo oír su opinión. Esa opinión es especialmente válida porque gracias a su constante e inteligente utilización de las redes sociales, Monseñor Sergio se ha convertido en una de las pocas voces claras que no elude los temas y que de manera sencilla y transparente se expresa con una libertad que sería muy bueno que sus hermanos en el episcopado imitaran.

El obispo, en su cuenta de twitter, en el mismo tono con el que dice que visitó una parroquia en sus fiestas patronales, comparte su opinión sobre las próximas elecciones nacionales diciendo: “Por 1ª vez, desde que voto, he pensado no votar en las PASO, votar en blanco o nulo. Siento que me toman el pelo. No lo haré. Pero…” Sus comentarios transmiten ese aire fresco que tanto necesitamos. Por eso se ha convertido en un referente para muchos y se esperaba su palabra con respecto al no-viaje papal.

Como el obispo no huye de los temas, esa opinión llegó con la claridad acostumbrada: “Comprendo la desazón de muchos católicos de a pie – especialmente los que sostienen la evangelización día a día – que no terminan de entender bien porqué el Papa no viene. Lo dicen con franqueza y sin segundas intenciones. Los comprendo, y también comparto esos sentimientos. Los animo – y me animo – diciendo que, como católicos argentinos, tenemos que sostenerlo con nuestra oración, el aprecio por su persona y el consuelo de ver todo lo que está haciendo en la Iglesia, por el mundo, por los pobres”, escribió en su blog Evangelium gratiae, https://evangeliumgratiae.blog.

Allí también expresa: “No voy a entrar en las especulaciones sobre porqué Francisco demora su visita pastoral a Argentina. Las lecturas políticas me resultan reductivas, banales y hasta provincianas” y finalmente, “miramos con un poco de “cristiana envidia” a nuestros hermanos latinoamericanos que reciben su visita. Se alarga la espera. El amor le tiene que dar la mano a la paciencia y a la perseverancia. El reencuentro será más fecundo. Eso sí: mientras esperamos, dediquémonos a lo verdaderamente importante según el Evangelio: caminar, edificar y confesar a Jesucristo.”

El obispo se ubica en el mismo lugar en el que están todas las personas a las no le es suficiente que el Vaticano afirme que “el Papa, que ama a su país, viajará cuando lo considere oportuno”; tampoco se conforma con las voces de ese coro de “voceros informales” que pretenden ofrecer explicaciones políticas o religiosas intrascendentes; la palabra de Monseñor Sergio hace bien porque se ubica en el lugar correcto: se une al sentimiento de millones de hijos de la Iglesia en Argentina que simplemente quieren que venga el Papa, quieren verlo, expresarle su afecto y transmitirle su apoyo.

El Papa por ahora no viene, mientras tanto hay mucho por hacer; entre otras cosas, aprender a vivir y a hablar con la misma libertad de Francisco. No necesitamos “comunicados oficiales” sino pastores que nos hablen con el corazón en la mano. Quienes escuchamos somos adultos a los que no se conforma con frases vacías, aunque sean frases “piadosas”.

Terrorismo para pensar

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Europa está viviendo una etapa marcada por atentados terroristas de una enorme  crueldad, que tienen como víctimas habituales a pacíficos ciudadanos. Cada uno de esos hechos merece las más duras condenas y, también, una rigurosa reflexión. La condena, si no es acompañada de una reflexión seria y profunda, solo aporta palabras vacías y frases hechas. Después de los últimos atentados ocurridos en Londres, los británicos, con sensatez, decidieron responder a la agresión con la decisión de no alterar el ritmo de sus vidas. Más allá de algunas precauciones elementales, la sociedad en su conjunto no está dispuesta a modificar su manera de vivir por esas embestidas inhumanas.  Se trata de una respuesta razonable, aunque con una condición: seguir la vida como si no hubiera pasado nada no puede dispensar de un debate y una reflexión lúcidos y valientes sobre las raíces de lo que está ocurriendo.

A los latinoamericanos, nos resulta difícil comprender el fenómeno del terrorismo tal como lo están viviendo los países más desarrollados. Las causas de esa dificultad habría que buscarlas en varias cuestiones que se entrelazan conformando un complejo fenómeno, pero vamos a detenernos solamente en dos.

En primer lugar, es necesario comprender que en esta región del mundo, la violencia forma parte de la vida cotidiana de los ciudadanos desde hace varias generaciones. Aunque cada atentado que destruye vidas humanas merece la misma condena, es inevitable que idéntica información provoque reacciones diferentes entre quienes ya han experimentado esas tragedias muchas veces y quienes se ven sorprendidos por un hecho completamente inusual. Nadie se acostumbra a la violencia asesina, pero con la repetición de la tragedia se aprende a mirar la realidad de otra manera.

En segundo lugar, la violencia en nuestros países ha estado siempre vinculada a situaciones de graves injusticias sociales y las manipulaciones políticas de esa violencia han sido muy evidentes. En cambio, en Europa, el terrorismo se enmascara detrás de una supuesta “guerra de religión” que hace incomprensible el fenómeno para quienes vivimos en esta parte del mundo, que es ajena a ese tipo de situaciones.

Aunque los principales referentes de todas las grandes religiones se niegan a calificar el actual conflicto como una cuestión religiosa y abundan las afirmaciones que distinguen las tradiciones religiosas  de los fanatismos fundamentalistas; la cuestión no logra aclararse precisamente por la ausencia de una reflexión rigurosa sobre el fenómeno religioso en cuanto tal.  En general, en los países más desarrollados, se ha abandonado hace tiempo la reflexión sobre el lugar que ocupa la religión en la vida de una sociedad. Es más, una de las características propias de las sociedades “democráticas”, “progresistas”, “modernas”, es que son sociedades en las que “lo religioso” se considera como algo “superado” como fenómeno social y que solamente sobrevive en algunos sectores minoritarios, o ha sido relegado a cuestiones personales sin incidencia alguna en la marcha de las sociedades.

Nos encontramos así ante algunas cuestiones paradójicas: por una parte, países que tiene arsenales de armas capaces de destruir varias veces el planeta se encuentran desarmados ante personas a las que no les importa que las maten; y por otra, sociedades que necesitan entender el “hecho religioso” como fenómeno humano y han borrado desde hace muchos años esa cuestión central de todos sus debates culturales. Los terroristas se mueven entre jóvenes a los que en la escuela jamás se les planteó la cuestión religiosa y por lo tanto no tienen elementos para analizarla. No es difícil entonces para un fanático fundamentalista avanzar sobre mentes y corazones a los que nunca nadie antes les ha hablado de religión.

La larga, dolorosa y trágica convivencia de los pueblos latinoamericanos con la violencia social, ha tenido al menos un elemento positivo: hace ya mucho tiempo que — en medio de nuestra pobreza y precariedad — hemos ido aprendiendo a ir al fondo de las cuestiones y, en esa profundidad, la pregunta religiosa siempre está presente.

Publicado en Vida Nueva 19/6/17

La Trinidad, sin tanto misterio

Trinidad

Nos enseñaron que la Santísima Trinidad era un misterio. Algo incomprensible en lo que había que creer. Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.

La conclusión a la que llegábamos los niños no era solamente que el ser de Dios era un secreto misterioso e inaccesible. Solapada, había otra afirmación que no se explicitaba, pero que quedaba dicha en un segundo plano, afirmada como obvia y por lo tanto más indiscutible aún: lo que quedaba sutilmente dicho y ni siquiera expresado llegaba sin filtros a nuestro corazón: cuando no se entiende hay que creer; cuando lo que nos enseñan no se somete a la razón hay que callarse la boca y aceptar sumisamente. Pero, más oculta todavía, más indiscutible, en un espacio inaccesible a todo pensamiento, por encima de toda posibilidad de duda, se alzaba otra realidad que se daba por supuesta: había alguien que decidía qué era misterio y qué no. Presentar a Dios como un secreto inaccesible otorga poder al que así lo presenta, al que decide qué es aquello que se debe creer sin pensar ni discutir.

Jesús no habla así de Dios, su Padre y nuestro Padre, él decía “todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora”. Aquí lo que está implícito, lo que queda claro justamente porque ni se discute y se da por evidente, es lo contrario de lo que se decía en la clase de religión. Detrás de ese ahora está dicho que en otro momento será posible entender, o sea, que es posible entender. Para eso no será necesario llegar a la otra vida, según lo que dice el Señor será suficiente dejarse llevar por el “Espíritu de la Verdad”; Él “los conducirá a toda la verdad”, a toda la verdad de lo que enseñaba Jesús y que ellos ahora, por el momento, no podían entender.

Es cierto, no era fácil comprender que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo combinando conceptos filosóficos. Pero de lo que se trata es de descubrir que Dios no es Alguien Omnipotente perdido en una infinita soledad sino que Dios es comunión, comunidad, amor. Que Dios es amor no se enseña en una clase ni se aprende en un libro, es algo que se aprende viviendo. Es a lo largo de la vida que el Espíritu nos va conduciendo hacia la verdad plena. Hacen falta años, luchas, alegrías, dolores. Hace falta amar y ser amado. Solo viviendo se puede descubrir que Dios es comunión perfecta de amor y que nosotros somos imagen y semejanza de ese Dios que es así. La urgencia de amor con la que nacemos, vivimos y morimos está grabada en lo más profundo de nuestro ser porque somos imagen y semejanza de un Dios que es comunión.

No es lo mismo enseñar a un niño diciéndole que Dios es un misterio que nunca va a comprender, que decirle: “Dios es comunión, es tres Personas, Padre Hijo y Espíritu Santo, es  amor. Poco a poco vas a ir descubriendo todo lo que eso significa.”

Publicada en VN 12/6/17