El trigo y la cizaña

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El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.”

Mateo 13, 24-43

La parábola «del trigo y la cizaña», que escuchamos hoy en la liturgia, nos recuerda que Dios hizo las cosas bien, que la creación es “buena”. Lo afirma la Biblia desde el primer capítulo del Génesis en el que, a cada paso, como una letanía, se repite una y otra vez: “y vio Dios que era bueno”, y que termina con la expresión: “Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno.” (Gn. 1)

No es que a Dios “le gustó” lo que había hecho porque estéticamente “estaba bien”. Se quiere señalar otra cosa: que era exactamente lo que Él quería hacer. Ese calificativo “bueno” no se refiere tampoco a algo moral (lo opuesto a malo) sino que expresa que lo creado era lo que Él quería crear.

Es una expresión que refleja la satisfacción del artista al terminar lo que se propuso; se refiere a ese momento en el que la obra está concluida porque ya es lo que se quería que fuera. Podemos imaginar a un pintor en el momento de terminar su cuadro; o al escritor al poner el punto final de su obra; o al ama de casa en el momento de terminar de preparar un rico postre. Ese “vio que era bueno” indica que la creación es lo que Dios quiso crear.

¿Por qué esta insistencia en afirmar la bondad de la creación? Esas palabras se dirigen a personas que vivían en la precariedad del desierto, a la intemperie, de guerra en guerra y de catástrofe en catástrofe, que fácilmente podían caer en la tentación de pensar que “el mundo era malo”. A personas como nosotros.

Lo que les importa a los autores del Génesis es señalar que, a pesar del mal que hay en el mundo, no se debe olvidar que Dios hizo todo bien, que es Él el que conduce la creación y la vida de cada uno de nosotros. Esto es clave, porque es por este motivo que la actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. La insistencia en que todo ha salido de las manos de Dios y que la creación es buena nos indica que la actitud primera debe ser confiar en el Creador;  después, aunque sea sólo un segundo después, se trata de entender el dolor y el sufrimiento.

Dios ahora nos está creando y diciendo: “Es muy bueno”. Por eso podemos mirar lo que vivimos y decir: “todo lo que hizo Dios es bueno”, o mirar nuestro corazón y repetir: “es bueno”. Después, apoyados en esa confianza, viene la tarea de afrontar todo lo que no está bien.

El mal en el mundo, tanto en el libro del Génesis como en este pasaje evangélico, no se atribuye a Dios sino “al enemigo”. En el relato de la creación ese enemigo es la serpiente, el demonio; en este texto de hoy no tiene nombre, es “algún enemigo”. Nuestra curiosidad nos empuja a averiguar cuál es el rostro y el nombre de ese enemigo, pero los textos no se disparan en esa dirección. Lo que quieren es que quede claro que las cosas fueron bien hechas y que, a pesar de lo que hizo “el enemigo”, nada escapa al poder de Dios que, por decir así, tiene el control de la situación.

Es completamente distinto partir de la certeza de que este mundo es bueno y que tenemos mucho trabajo por delante, que pensar que es malo. Si la creación no fuera “buena”, deberíamos pensar que Dios nos ha puesto una trampa.

Nuestro trabajo no se parece al del pintor de cuadros, sino al del “restaurador”. No tenemos que hacer buena la creación sino redescubrir lo buena que es. No tenemos que inventar el bien sino arrancar, despegar, quitar el mal.

Tienen ojos y no ven

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El salmo 115, en su versículo 5, se refiere a los ídolos con la expresión “tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen”. Poco después agrega: “no tiene voz su garganta”. El salmista se refería a esas imágenes que se fabricaban los paganos y a las cuales veneraban y de las que esperaban mágicas respuestas. En nuestro tiempo, por el contrario, los ídolos que fabricamos además de tener ojos y orejas, parecen escuchar y ver. Muchas veces hablan demasiado. Los ídolos ya no son imágenes de piedra o barro sino personajes a los que elevamos a ese extraño altar posmoderno en el que conviven estrellas de la música, el deporte, en ocasiones de la ciencia y, pocas veces, fugaces estrellas de la política.

Muchos de esos ídolos utilizan su voz para vendernos productos de todo tipo. Lo hacen por un tiempo, porque la sociedad que consume los productos que ellos venden también consume ídolos y un día aquellos personajes desaparecen de las pantallas para ser reemplazados por otros, habitualmente más jóvenes y al gusto de las nuevas tendencias.

Los ídolos nacidos de la ciencia, especialmente de la tecnología, hablan incesantemente del futuro. No son profetas pero nos están alertando sobre una tragedia: todo los que ya compramos muy pronto será descartado, y será mejor empezar a ahorrar para no quedar afuera de ese universo deslumbrante que nos anuncian inminente.

Finalmente, las estrellas fugaces de la política, intentan vendernos ideas, que ellos mismos encarnan; o sea que son ellos los que están en venta. Básicamente utilizan un par de estrategias, que pueden combinarse de diferentes maneras: algunos se presentan como salvadores de los incontables males que nos aquejan, por culpa de otros que no supieron hacer las cosas bien. Otros, más sutiles, apelan a sentimientos más profundos: la frustración, el fastidio, el odio y varios otros “malos espíritus” que suelen ambular por los corazones. Se presentan a sí mismo como los que canalizarán toda esa inmensa angustia, y para hacerlo no dudarán en poner sal en las heridas y desconsuelo en el dolor.

Son ídolos

Urge recordar que son solamente ídolos. “Tienen ojos y no ven; tienen orejas y no escuchan”, muy lejos de sus discursos y sus gestos está la realidad que nos invitan a evadir, a no mirar ni escuchar. Son ídolos que nos enceguecen y nos impiden escuchar; nos invitan a mimetizarnos con ellos y hasta pretenden quitarnos la voz.

En medio de todos esos espejismos el papa Francisco intenta volvernos a la realidad, nos invita a tocar las llagas de Cristo en las heridas de nuestros hermanos; nos invita a abrir los ojos y los oídos, pero no a la televisión ni a los medios sino al prójimo, a esa persona que está cerca y que me compromete, que me obliga a preguntas inquietantes que se refieren a mi propia responsabilidad. El Santo Padre nos invita a ir a las periferias, al encuentro comunitario, a caminar juntos, de esa manera se evita que los ídolos confundan.

No es suficiente la valiente voz del pastor, la Iglesia entera tiene que recuperar su propia voz y convertirse en profecía. Para lograr hacerlo no deberían los cristianos esperar que ese pastor hable y actúe como los ídolos y nos ofrezca respuestas mágicas. Menos aún esperar que se presente como otro personaje que nos quiere vender algo, por ejemplo, una seguridad, un rumbo claro, una moral incuestionable. Francisco no es un ídolo, invita a ponerse de pie, a ver, escuchar, tocar. Esos era los signos que acompañaban al carpintero de Galilea: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los sordos oyen y la Buena Noticia se anuncia a los pobres (cfr. Lc 7,22).

La Iglesia en Argentina ante el espectáculo de la corrupción

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Ante un pueblo con niveles de pobreza escandalosos, los políticos hablan de miles de millones gastados en sobreprecios, sobornos y todo tipo de corruptelas; y lo hacen con toda naturalidad, como si no se tratara de algo nauseabundo que pone en evidencia la raíz misma de esa pobreza que, también con pasmosa hipocresía, dicen que les preocupa y que hacen lo posible por solucionar.

Hartos ya de tanta mentira los ciudadanos parecen resignados. Nunca alguien va preso por robar millones, nunca se devuelve lo que se ha robado, ¿por qué pensar que esta vez será diferente? La injusticia, aceptada socialmente como algo normal, genera una indiferencia que hace más fácil el “trabajo” de los que sin ningún escrúpulo continúan saqueando lo que pertenece a los pobres.

Cualquier conocedor de las nociones más elementales de los procesos sociales, y se supone que los políticos lo son, sabe que estas situaciones siempre terminan en violencias incontrolables y en autoritarismos de todo tipo. Pero parece no importar. Cada uno atiende a su juego y el bien común naufraga a la deriva.

Desde la Iglesia resuenan denuncias y advertencias. Hace muchos años. Demasiados. ¿Realmente no se puede hacer otra cosa? Hoy muchos sectores de la sociedad levantan su voz para reclamarle a la Iglesia su inacción durante la dictadura. Se le reclama a la jerarquía por no haber sabido hacer, entonces, nada más que denuncias y advertencias, reacciones tibias y vacilantes ante una tragedia con dimensiones de genocidio. Denuncias y advertencias, justamente lo que se está haciendo ahora. ¿Llegarán días en los que de la jerarquía de hoy se diga lo mismo que se dice de la de ayer? Quizás entonces la pregunta sea ¿que hizo la Iglesia mientras se robaron el país? Se dirá “qué hizo”, no “qué dijo”. ¿Tendremos en esos días las mismas pobres respuestas que ofrecemos ahora cuando se nos pregunta sobre los tiempos de la dictadura?

¿Realmente no se puede hacer otra cosa? No se trata de formar un partido político que nos retrotraiga al nacional-catolicismo, por fortuna semejante torpeza ha sido abandonada hace tiempo. Pero, sin entrar en la política partidaria hay mucho por hacer. Por ejemplo: ¿qué lugar ocupa en nuestras catequesis, en la pastoral juvenil o en la familiar el tema de la corrupción? ¿Qué espacios hay en nuestras parroquias, colegios u otras instituciones para reflexionar con seriedad sobre estas cuestiones? ¿Qué se enseña en las clases de teología y doctrina social de la Iglesia en nuestras universidades? Dicho sea de paso, muchos de los corruptos hoy denunciados, y de los jueces inoperantes, han pasado por esos claustros. Como en su momento muchos personajes de la dictadura también eran egresados de nuestras instituciones. ¿No sería suficiente este dato para replantearnos a fondo la función de nuestras estructuras educativas? ¿Alguien lo está haciendo?

No parecen suficientes los lamentos y las denuncias; no es necesario ni conveniente que la jerarquía se comprometa en la politiquería cotidiana; pero hacia el  interior de la Iglesia aun sigue pendiente una tarea inmensa y urgente.

Palos en la rueda

Sin títuloParecen lejanas aquellas imágenes del papa Francisco en Río de Janeiro, cuando a poco de comenzar su ministerio era aclamado por millones de personas y exaltado por la prensa mundial. Su imagen de entonces recordaba aquellas de Juan Pablo II, que congregaba multitudes que lo aclamaban en todas sus intervenciones públicas.

Poco tiempo después, desde diversos ámbitos que la opinión pública calificó de “conservadores”, aparecieron los primeros “palos en la rueda” para ese camino emprendido por el nuevo Papa. En los últimos días, la figura pública de Francisco se parece más a la de Pablo VI, luchando pacientemente por llevar adelante las reformas que había comenzado el Concilio Vaticano II. La salida del cardenal GerhardMüller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; la licencia del cardenal George Pell; Prefecto de la Secretaría de Economía de la Santa Sede; rumores sobre una fiesta non sancta a poco más de cien metros de la residencia Santa Marta, empañaron la celebración del día del Pontífice y la creación de cinco nuevos cardenales.

Sin embargo, ninguno de esos hechos rozaron la imagen de Francisco. Tanto la prensa como el ciudadano común, o el feligrés que participa habitualmente de la vida de la Iglesia, consideran al Papa en un sitio que lo hace inaccesible a los escándalos que lo rodean. El Santo Padre ha logrado algo muy difícil de alcanzar para cualquier dirigente: ser considerado alguien que si bien pertenece a la institución a la vez es libre y se diferencia de ella. Por una parte forma parte de la institución, es más, la encarna, él es la Iglesia; pero por otra, en sus gestos, palabras y actitudes, se diferencia de lo que el imaginario social tiene establecido como lo que debiera ser un Papa. Eso lo hace cercano a los que ven la institución a la distancia y a quienes desde la misma institución son críticos con respecto a ella. De alguna manera, en la imagen pública, Francisco es a la vez el jefe de la Iglesia y su principal “víctima”; es alguien que se asemeja a todos los que día a día padecen los errores, pecados e incoherencias de la institución.

Este lugar que ha logrado Francisco en la consideración general –sitio que se ganó a fuerza de sencillez, coherencia de vida y un lenguaje cercano y comprensible– convierte los “palos en la rueda” en un “búmeran” que se vuelve contra quienes quieren obstaculizar su camino. Quien lanza críticas a la acción del Papa recibe muchas más críticas que las que hace. Nadie puede detener su marcha porque se mueve con la autoridad que le da ser el Papa y con la autoridad personal que le da ser la persona que es.

Esta manera de conducir que tiene Francisco, ofrece una pista que deberían observar detenidamente todos aquellos que tienen alguna autoridad: en nuestro tiempo ya es imposible apoyarse solamente en el cargo que se ocupa, que para la mayoría de las personas es poco importante hasta en el caso el Papa; la única autoridad que aún se puede pretender tener es la que da ser una personalidad libre con una conducta coherente y, en el caso de la Iglesia, evangélica.

Amar palabras

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¿Amamos los Evangelios? ¿Forman parte de nuestra vida como lo hacen otras cosas de las que no podemos desprendernos sin saber por qué? No el libro sagrado que los contiene, sino los textos mismos, o mejor dicho, las sensaciones que esos textos provocan en nosotros. ¿Nos despiertan amor esa frases que están destinadas a llenar de vida nuestra vida?
Si no amamos esos textos será muy difícil comprenderlos y mucho más difícil aún vivirlos. Vivirlos no quiere decir llevarlos a la práctica, sino vivirlos, que llenen nuestra vida, que nos emocionen y nos pongan en movimiento, que nos acerquen a su autor hasta llegar a enamorarnos de él. Después vendrá la puesta en práctica, la fuerza de voluntad, los buenos propósitos. Pero todo eso está condenado al fracaso si no amamos esos textos, como se aman las personas y las cosas que nos han dado a beber de la riqueza de sus vidas. ¿Cómo no amar esas palabras que nos ponen en misterioso contacto con el Señor?
Convertir esos textos sagrados en conceptos que hay que comprender me recuerda la tarea de aquellos que coleccionan mariposas clavándolas con un alfiler y poniéndolas en una vitrina. Son hermosas pero están muertas. La Palabra de Dios envasada al vacío en conceptos y mandatos pierde toda su belleza y su fuerza, y, además, no pueden transmitirnos vida porque no la tienen. ¿Cómo amarlas?
Hay que entrar en esos textos como el explorador entra en la selva. No se detiene ante el primer árbol que encuentra para intentar clasificarlo y saber de él datos que permitan ubicarlo en algún sitio de su cabeza o su biblioteca. El explorador penetra en la espesura y se va dejando invadir por la infinita cantidad de sensaciones que lo atrapan. Fascinación, algo de miedo ante lo desconocido, una atracción imposible de calmar. Se está entrando en un mundo nuevo y a cada paso hay una sorpresa que no cabe entre las cosas ya conocidas. Es un mundo.
La Palabra del Señor es un mundo misterioso que hay que amar y habitar con cuidado, respeto, silenciosa pasión que empuja a escuchar, a penetrar más adentro de ese universo, tan vasto y misterioso como nuestro propio corazón. Ese es el lugar del encuentro con la voz que suena más allá de las palabras, con el que hace sonar su voz ese día, a esa hora y para transformar ese momento.