Para ser el más grande

Domingo XXV

Mc. 9,30-37

lavatorioJesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?». Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos». Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».

Jesús recorre Galilea con sus discípulos, pero no quiere que se conozca su presencia. La causa de esa necesidad de pasar inadvertido es sorprendente: se debe a que el Señor les decía a sus discípulos que lo iban a matar y que tres días después resucitaría. El clima de misterio se refuerza con la actitud de sus seguidores que “no comprendían esto y temían hacerle preguntas”.

Aquel grupo habitualmente estaba rodeado de personas que querían ver al Maestro y que procuraban acercarse en busca de algún milagro, pero ahora se presenta solitario y escondiéndose, huye de los encuentros masivos y evita llamar la atención. Las palabras de Jesús, más que una catequesis sobre el sentido de su muerte y resurrección parecen una advertencia sobre el peligro que los rodea. El Señor los prepara para ese final que está intuyendo próximo y ellos no terminan de comprender lo que ocurre.

Ya en la casa, en un lugar más seguro, les pregunta sobre lo que discutían en el camino y entonces, nuevamente, queda de manifiesto el abismo que separaba al Maestro de los discípulos: mientras Jesús estaba hablando de su muerte ellos se peleaban “sobre quién era el más grande”. El contraste es patético y deja en evidencia la pobre respuesta de aquellos seguidores del Maestro que no entendían sus enseñanzas.

Puede sorprender que el autor del Evangelio exprese con tanta claridad esa torpeza y que no intente disimularla de alguna manera; pero lo que pasa es que para las primeras comunidades era importante presentar a los Apóstoles como personas frágiles y al Maestro como quien hacía todo bien. A diferencia de lo que sucede en nuestro tiempo ellos no estaban pendientes de “la imagen de la Iglesia”. Querían mostrar como era Jesús y subrayar la diferencia que había entre él y cualquier otra persona.

La escena culmina cuando el Señor abraza a un niño y dice “el que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí”. Marcos destaca este gesto porque se trataba de algo extraño, en esa época los niños no ocupaban ningún sitio en la sociedad y no se les permitía acercarse a los mayores. Jesús les señala a quienes se peleaban por los primeros lugares que recibir a un niño (a alguien que no cuenta, que no tiene importancia) es como recibirlo a él mismo.

El mensaje está claro: poner la atención en los que ocupan un lugar destacado, (incluso estar inquietos por “la imagen de la Iglesia”, que es una manera de buscar los primeros puestos en la sociedad), no es el camino señalado para quien quiera ser “el más grande”; por el contrario, de lo que se trata es de abrazar a quienes no importan, a quienes no tienen lugar. Es posible que, si comparamos esta enseñanza de Jesús con nuestras actitudes de todos los días, seamos nosotros los que quedemos en silencio y con temor de “hacerle preguntas”.


 

Una pregunta para responder en el camino

DOMINGO XXIV

MC 8,27-35

camino.jpgJesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

Nuevamente tenemos delante una imagen del Evangelio sorprendente y llena de llamativas enseñanzas que van apareciendo en la lectura poco a poco, a medida que nos dejamos atrapar por ella.

Lo primero que salta a la vista es la afirmación de Jesús “¿quien dicen que soy yo?”, es una pregunta que se dirige a todos, que responde Pedro en nombre de todos y que cada uno está invitado a responder. Inmediatamente nos desconcierta el evangelista al recordarnos que Jesús no quería que sus discípulos dijeran “nada de él”. Parece referirse a que no dijeran que él era el “Mesías” porque al momento explica que “debía sufrir mucho y ser rechazado”.

El pueblo judío esperaba un Mesías que no coincidía con esa afirmación de Jesús y menos aún con aquello de que debía “ser condenado a muerte y resucitar”. Por eso la palabra “Mesías” se prestaba a malentendidos y el Señor quería evitarla. Lo afirmado por Pedro resultaba correcto, pero el asunto no era tan fácil.  Es posible que con nuestra respuesta ocurra lo mismo. Podemos contestar a la pregunta en una frase, pero explicarla es probable que no sea muy sencillo.

Inmediatamente después queda claro que en la apresurada respuesta de Pedro eran necesarias algunas aclaraciones. Ni el mismo Pedro está dispuesto a cambiar la imagen que tenía de lo que debía ser el Mesías. Entonces se da una situación sorprendente en la que el protagonismo se desplaza, ya el centro de la escena no lo ocupan ni Pedro ni Jesús, el foco está puesto en el camino por el que ambos estaban transitando. A partir de ese momento cada palabra adquiere una gran carga simbólica.

Pedro lo lleva “aparte”, lo saca del camino. Jesús se enoja y le dice que se retire. El discípulo se ha puesto delante del Maestro y le impide el paso. No es ese su lugar. “Discípulo” quiere decir “el que sigue en el camino”. Pedro es “Satanás” porque se interpone en el camino del Maestro y entonces Jesús, “dándose vuelta y mirando a sus discípulos”, es decir, retomando el camino, le reclama que vuelva a su lugar: “ve detrás de mí”. ¿Qué es lo que saca a Pedro del camino y lo convierte en Satanás? Que sus “pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Durante mucho tiempo las primeras comunidades llamarán “el Camino” a la Buena Noticia de Jesús.

Nuestra respuesta a la pregunta “y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” no puede hacerse en una frase, no cabe en unas cuantas palabras, solo puede descubrirse caminando, en la decisión de recorrer el camino y en cada uno de los pasos que vamos dando en ese caminar. Es en ese recorrido “detrás de mí” que nuestros pensamientos dejan de ser “de los hombres” y aprenden a ser “los de Dios”. Es entonces cuando “el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia (“el Camino”), la salvará”.


 

Se abrieron sus oídos y comenzó a hablar

DOMINGO XXIII

Mc 7, 31-37

escucharCuando Jesús volvía de la región de Tiro pasó por Sidón, y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio la Decápolis. Entonces le  presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos sobre él.

Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo a parte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró, y le dijo: «Efatá», que significa: «¡Abrete!» Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de su admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»”

Jesús cura a un mudo abriendo su oído. Cuando el sordo puede escuchar, entonces se suelta su lengua. Somos capaces de hablar porque podemos escuchar y por eso escuchando aprendemos a hablar.

Lo que Jesús hace contiene una enseñanza, va más allá de la curación de una limitación física. Con este signo se nos está recordando que cuando no sabemos qué decir se debe a que no hemos escuchado lo suficiente, seguimos padeciendo alguna forma de sordera. Cuando un padre o una madre no encuentran las palabras para comunicarse con su hijo es que aún no han escuchado todo lo necesario. Lo mismo le puede ocurrir al hijo con respecto a sus padres, o le puede pasar a un maestro con sus alumnos. Muchas veces no sabemos qué decir, entonces lo mejor es ponerse a escuchar más.

Para saber “hablar bien” hay que saber escuchar bien. No habla bien el que puede despachar largas parrafadas sin recurrir a un papel, ni quien sabe ocultar la verdad detrás de discursos seductores. Hablar bien es saber hacer el bien con lo que se dice; por ejemplo, saber decir la verdad, o usar la palabra para construir fraternidad y transmitir serenidad. No se trata solo de ser capaz de combinar correctamente las palabras.

Pero para poder hablar bien, además de escuchar a los demás es necesario saber escuchar esas voces que suenan en nuestro corazón. En él suenan muchas voces, ¿cómo distinguir entre las palabras que vienen de lo mejor que hay en cada uno de aquellas otras que susurran al oído la envidia o el miedo? ¿Qué voces interiores son verdaderamente propias y cuáles son un eco de cosas aprendidas y repetidas sin saber muy bien por qué?

Dice la Biblia que cuando Dios se dirigió a Salomón y le dijo que podía pedir lo que quisiera, él pidió “un corazón capaz de escuchar para poder gobernar a tu pueblo”. Es eso lo que lo hizo el más sabio de los reyes. Es eso también lo necesario para saber gobernar, a un pueblo, a una familia, a uno mismo. En ese diálogo entre Dios y Salomón, y en muchos otros textos de la Escritura, se nos recuerda que se escucha con el corazón, más que con el oído. Saber escuchar es una cuestión de actitud, el refrán popular lo dice de otra manera y con absoluta claridad: no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Quizás el primer paso sea aceptar que somos más sordos de lo que creemos y que necesitamos que el Señor cure nuestra sordera; que en ocasiones hablamos mal y hacemos daño con lo que decimos por no escuchar lo suficiente y con el corazón bien dispuesto; que hablamos mal porque solo escuchamos lo que queremos oír. Este texto que nos muestra a Jesús curando a un sordomudo, presenta una escena que contiene un mensaje que se dirige a cada uno de los que escucha hoy. Es a nuestro corazón al que ahora Jesús le grita: “¡Ábrete!”.


 

El mandamiento de Dios y la tradición de los hombres

DOMINGO XXII

Mc 7, 1-23

mandamientosLos fariseos con algunos escribas llegaron de Jerusalén y se acercaron a Jesús y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras de la vajilla de bronce y de las camas.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»  

El les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, en vano me rinden culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos”. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres.»

Y llamando otra vez a la gente, le dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

Este pasaje de los evangelios nos presenta a Jesús enseñando a sus discípulos a distinguir entre los mandamientos de Dios y las tradiciones que habían recibido de sus antepasados. El Señor, en su afán por liberar a sus hermanos de las pesadas cargas con las que eran agobiados, además de preocuparse por los injustos impuestos y las iniquidades con las que se los sometía, está atento a otras servidumbres, más sutiles, pero quizás más pesadas: mandatos y tradiciones que legitimaban aquellas formas de opresión.

En nuestro tiempo, la sociología, la psicología y otras ciencias humanas, nos permiten comprender con mayor claridad hasta qué punto determinadas creencias o concepciones de la vida, pueden convertirse en instrumentos de dominación de las personas. Por ejemplo, una visión distorsionada del valor de la mujer y su papel en la sociedad ha sido la clave para justificar el machismo que durante siglos fue aceptado como normal.

La mirada de Jesús desenmascara esas trampas. Su amor a Dios y a sus hermanos le permite ver más allá y descubrir esos hilos invisibles con los cuales eran sometidos los hombres y mujeres de su pueblo. Seguir a Jesús implicaba experimentar la paz que nacía en sus corazones al comprender que aquello que les presentaban como mandatos de Dios eran solo tradiciones humanas; costumbres que se habían convertido en cargas difíciles de llevar.

Vemos así a Jesús, una vez más, poniéndose en el lugar de los marginados. El maestro de Nazaret, que atribuye en sus parábolas roles positivos a la gente que pertenecía a los grupos más odiados, los samaritanos, los publicanos, las prostitutas; también desafía las concepciones culturalmente establecidas. Su conflicto con quienes detentaban la autoridad moral e intelectual en la sociedad de su tiempo se debe a que el Señor denuncia a esos personajes porque pretendían ampararse en cuestiones religiosas para obtener ventajas económicas y sociales.

Es fácil percibir en los relatos evangélicos una tensión permanente entre el Señor y las personas, los grupos, las instituciones y los símbolos que configuran el centro, lo “mejor” de la sociedad. Eran ellos los que imponían pesadas cargas a los más pobres través de mandatos que se hacían en nombre de Dios. «¡Hipócritas! … Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.»

Ya en sus despedidas Jesús sintetizará todos los mandamientos en uno solo y será ese el punto de referencia, lo único importante: Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros (Jn 13,34).


 

¿También ustedes quieren irse?

DOMINGO XXI

Juan 6, 60-69

18-04-2017“Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?»

Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? «El Espíritu es el que da vida; la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son espíritu y vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.» Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre.»

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»

Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios.»”

Al terminar Jesús de pronunciar el discurso llamado “del pan de vida”, en el que había dicho hablando de sí mismo: “éste es el pan bajado del cielo” y “el que coma este pan y beba esta sangre vivirá para siempre”, los que escuchaban y seguían al Maestro se van yendo. «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» Hay que reconocer que algo de razón tenían, era realmente difícil ese lenguaje y es comprensible que no estuvieran dispuestos a seguir a quien que hablaba de esa manera.

Entonces Jesús se da vuelta y mira a sus discípulos, “¿también ustedes quieren irse?”. Está dispuesto a aceptarlo; él nunca forzó a nadie a estar a su lado. Una vez más vemos a Jesús respetando nuestra libertad y animándonos a usar esa libertad. Entonces Pedro responde por nosotros, y su respuesta es sorprendente y de una belleza y sinceridad encantadoras.

Pedro no dice: “Señor, nos quedamos porque nos gustó mucho esto del pan bajado del cielo, eso de comer tu carne y beber tu sangre, nos parece algo muy interesante y después lo vamos a enseñar a los demás”. No, no dice eso ni nada parecido. Lo que Pedro dice es: “¿Señor, a quién iremos?”; ¡Se queda porque no tiene adónde ir! No entendió nada, como los que se fueron, pero se queda. Todo nos sugiere en esta escena que, para Jesús, esa razón para permanecer a su lado es suficiente, quizás sea el único motivo verdaderamente válido.

Sin embargo, la permanencia del pescador junto a Jesús no es irracional, algo ha comprendido: “tú tienes palabras de vida eterna”. Las palabras a veces incomprensibles de Jesús están llenas de vida, de vida para siempre. Para Pedro es mejor estar junto a Jesús sin entender todo lo que dice que estar lejos de él escuchando otras voces. Las palabras del Señor no eran como otras, que se entienden, suenan muy sensatas, pero no transmiten vida.

“Las palabras que les dije son espíritu y vida” había dicho Jesús, y eso era lo que Pedro y sus amigos habían experimentado, “porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas” (Mt. 7,26). Pedro intuía detrás de las palabras del Maestro verdades que él no sabía expresar con propiedad pero que eran capaces de conmoverlo y habían transformado su vida. Por eso se queda junto a su Maestro.

Pedro habla por nosotros. Es bueno reconocerlo: los que escuchamos ahora estas palabras, también nos quedamos porque no sabemos adónde ir. No seguimos al Maestro porque tenemos las cosas claras sino justamente porque no vemos claro; porque estamos cansados de escuchar palabras que no transmiten vida; porque solamente cerca de Jesús encontramos motivos y fuerzas para vivir. Porque Él, para nosotros, es “un pan bajado del cielo”.


 

El pan vivo

DOMINGO XX

Juan 6, 51-59

pan vivo
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo.»

Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, de la misma manera el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre.»

Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Si nos ponemos en el lugar de quienes escuchaban al Señor ese día, en la sinagoga de Cafarnaúm, la frase que suena más sensata de este pasaje evangélico es la pregunta que se formulan “los judíos”: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» El resto, el discurso de Jesús, está plagado de palabras que, en su sentido literal, son muy difíciles de comprender. La escena, cuyo final nos presentará la liturgia el próximo domingo, termina cuando la gente deja de prestar atención y se va de allí, no vale la pena seguir escuchando. Pero algunos, sin entender, se quedan.

Jesús dice lo que dice, -“porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”- a pesar de saber que no será comprendido por la mayoría de los que están ahí presentes. ¿Qué sentido tiene entonces hablar así? Puede llamarnos la atención, pero, sin embargo, se trata de algo más común de lo que parece; por ejemplo, los padres y las madres de familia en muchas ocasiones hacen lo mismo, dicen cosas que serán entendidas más adelante por sus hijos. A veces tienen que pasar años, pero no importa, esas palabras deben ser dichas en ese momento y, como las semillas, poco a poco irán creciendo y finalmente darán su fruto. Lo que hace Jesús es sembrar para más adelante, sus palabras se irán aclarando, aunque seguirán siendo misteriosas.

Dos mil años después escuchamos estas enseñanzas del Maestro en el contexto de una celebración eucarística. Lo que se dijo entonces suena ahora de una manera diferente para quienes participamos habitualmente de este sacramento, para los que ya experimentamos en nuestra vida que realmente en este pan y en este vino, en este cuerpo y en esta sangre, se encuentra un alimento que llena de vida nuestra vida. Sin embargo, no podemos decir que entendemos estas palabras, ni podemos expresar claramente lo que estamos celebrando. No son palabras destinadas a ser entendidas sino a ser vividas.

Tampoco debería sorprendernos demasiado escuchar este tipo de expresiones, se trata de algo que también podemos encontrar en muchas ocasiones en la vida cotidiana: cada vez que alguien dice “te quiero”, está diciendo algo destinado a ser experimentado, vivido; no necesariamente a ser comprendido. Las palabras siempre se quedan cortas ante las cosas más importantes. Los artistas, especialmente los poetas, nos enseñan a expresar los sentimientos más profundos de maneras misteriosas. No todo puede expresarse claramente con palabras, pero igual es necesario pronunciarlas, aunque sepamos que son insuficientes.

Gracias a aquellas palabras del Señor descubrimos que Jesús no se ha quedado con nosotros solamente en algunos dichos inolvidables. Si su presencia fuera hoy solo palpable en frases y conceptos, se trataría entonces de una presencia muy lejana y que podría reducirse con facilidad a algunos consejos, mandatos o exigencias. Pero su manera de estar cerca, como pan y como vino, deja espacio a nuestras respuestas, deja un lugar para la ternura, el perdón, la confidencia. De esa manera, además de escuchar las palabras de Jesús podemos experimentar su cercanía, y es esa proximidad lo que permite que sea su vida la que alimenta nuestra vida.

Sí, este hombre puede “darnos a comer su carne”, hacerse pan, ser alimento, dar vida para siempre.


 

Un pan que baja del cielo

DOMINGO XIX

Juan 6, 41-51

meditar“Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo.» Y decían: «¿Acaso éste no es Jesús, hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre ¿Cómo puede decir ahora “yo he bajado del cielo”?»

Jesús les respondió: «No murmuren entre ustedes. «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre; sino aquel que viene de Dios, solo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo.»

En este pasaje del Evangelio aparecen nuevamente los que conocen “al padre y a la madre” del Señor y creen que por eso ya lo conocen a él: “¿Acaso éste no es Jesús, hijo de José?” Se muestra así con claridad, y una vez más, que uno de los mayores obstáculos para conocer a Jesús es creer que ya se lo conoce. Ese es hasta nuestros días el drama de los cristianos que tienen las cosas claras”, de aquellos para quienes el Señor es una propiedad adquirida, algo de lo que se apoderaron, un objeto más que se posee; aquellos para quienes la fe no es un camino por recorrer, sino la posesión de una certeza que ya no los conmueve ni sorprende.

Jesús quiere darse a conocer ante los que creen conocerlo y les dice algo que genera desconcierto: habla de sí mismo como “bajado del cielo”, es decir, como “aquel que viene de Dios”. Eso es lo que quiere decir la expresión “bajado del cielo”, el cielo es el “lugar” en el que está Dios, ese Dios que los judíos no se atrevían ni a nombrar, el que “habita en una luz inaccesible” como dirá después Pablo. Jesús les está diciendo que su origen no hay que buscarlo solamente en María o en José, sino en el misterio insondable de Dios.

Pero las sorpresas no terminan ahí, también Jesús se presenta a sí mismo como “pan”, es decir, fuente de vida, el que da vida. Nuevamente la imagen evoca a Dios: solo Dios es la fuente de la vida. A través de unas imágenes simples y profundas, el Señor está revelando a esa gente, que cree conocerlo, quién es realmente ese con quien están hablando. Los está invitando a descubrir el misterio que se oculta detrás del “hijo del carpintero”, los está invitando a creer en él, a caminar el sendero de la fe, el largo camino que conduce hasta ese Dios que no solo “habita en una luz inaccesible” sino que además se ofrece como alimento, se hace “pan”.

El discurso de Jesús avanza, va adquiriendo una mayor densidad, su profundidad es cada vez más misteriosa. No está hablando de cualquier pan, es un pan que “está vivo”: “yo soy el pan vivo, bajado del cielo”. Por eso, “el que coma de este pan, vivirá para siempre”. Sus discípulos no olvidarán estas palabras, pero deberán esperar para comprenderlas; esperar a la Pascua, esperar a recibir el Espíritu que les revelará el Misterio inagotable que se oculta en ese nazareno fascinante. Como siempre, el Señor les anticipa lo que ocurrirá: “está escrito en los profetas: serán todos instruidos por Dios”.

“Meditar” quiere decir “repetir”

Aquellos discípulos “guardarán” estas palabras en sus corazones, como en otro pasaje se nos dice que María “guardaba estas cosas en su corazón”. Las guardarán para nosotros, los que las escuchamos ahora. No son palabras para entender sino para guardar, para meditar. En la Biblia “meditar” quiere decir “repetir”. Esa es la expresión que se utiliza para expresar lo que se debe hacer ante el misterio. Los problemas se entienden, se piensan, ante un problema hay que utilizar la inteligencia, la cabeza; pero los misterios se meditan, se expresan en palabras que se repiten una y otra vez, hasta que encuentran un lugar en nuestro corazón, no en nuestra cabeza.

El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo”. Así termina el texto que escuchamos hoy y de la misma manera comienza el “discurso del pan de vida”, que escucharemos el domingo que viene. No son palabras para entender, no es un problema para encontrarle una solución y así incorporarlo a ese conjunto de verdades que ya comprendimos y podemos enseñar con seguridad, como certezas incuestionables. Se trata de palabras para meditar, para repetir, para decir en voz baja, como se habla de lo que amamos, de lo que guardamos en el corazón.


Creer es confiar

DOMINGO XVIII

Juan 6, 24-35

confiar

“Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió: «Les aseguro: ustedes me buscan, no porque han visto señales, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.»

Ellos le dijeron: «¿Qué debemos de hacer para realizar las obras de Dios?

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron: «¿Qué signos haces para que creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio de comer el Pan del Cielo.»

Jesús les respondió: «Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.”

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Cuando en esta escena de los Evangelios se le pregunta al Señor “qué debemos hacer”, la respuesta es clara y directa: la obra, es decir, la tarea, el trabajo, es creer en él. De esa forma Jesús habla de la fe de una manera que nos puede sorprender: habla de la fe en él como algo que implica un esfuerzo. Sin embargo, creer en el Señor, confiar en él, no aparece ante muchos los cristianos como una tarea en la que hay que empeñarse. Por el contrario, para muchos la fe es algo valioso si es espontánea, si brota “naturalmente”.

Creer en alguien, es una experiencia que afecta la vida entera. Creer en Dios no es “tener una opinión” sobre si Dios existe o no, implica mucho más: es un encuentro, es un descubrimiento que cambia todo; “des-cubrimiento” en el más exacto sentido de la palabra: algo que estaba cubierto deja de estarlo, algo nuevo aparece ante la vista. Decir “creo en Dios” modifica la vida.

Por otra parte, creer en Jesús no es “creer que Jesús existió”, eso no se cree, se sabe, es un dato de la historia. Es necesario un paso más: confiar en él, experimentar que el Señor es el rostro de Dios, reconocerlo como aquel en quien Dios se introduce en la historia del mundo y en la historia de cada uno. En la vida de Jesús Dios no es alguien lejano y abstracto sino cercano y concreto, adquiere un rostro, habla, escucha. Es un Padre en quien se puede confiar.

Llevar “a la práctica” la fe es vivirla como un encuentro con alguien y todo encuentro implica una responsabilidad, una respuesta, algo que hay que hacer. El “trabajo”, en primer lugar, es creer cada vez más, confiar cada vez más; es vivir de tal manera que esa confianza en el Señor vaya empapando nuevos aspectos de la vida, nuevos rincones del corazón; que esa confianza vaya siendo más incondicional, sincera, alegre; que la experiencia del encuentro con Jesús vaya siendo más profunda y auténtica.

Creer, es renovar en el día a día nuestra confianza en el Señor que nos dice que él es “el pan de vida”, aquello que nos mantiene vivos, y hacerlo a pesar de los inconvenientes, los miedos, los peligros. Es experimentar en medio de las dificultades, a veces extremas, una confianza ilimitada en el Señor que nos dice “el que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Creer es confiar, “como un niño en brazos de su madre” (Salmo 131).