Convertirse y creer

“Después de que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. Mientras iba por la orilla del mar de galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.” Mc. 1,14-20

 

Barca

 

Juan el Bautista decía que faltaba muy poco. Jesús dice que ya el tiempo se ha cumplido. El Reino está cerca. No se refiere al tiempo sino al espacio, “cerca” indica proximidad, ya está presente, está por acá; después dirá que está en nuestro corazón. Más cerca imposible.

Ya no hay nada que esperar, solo resta “convertirse” y “creer”. Las dos palabras van juntas, porque al “creer” nos convertimos, nos transformamos. Cuando creo en alguien toda mi actitud hacia esa persona se modifica. Puede ser más claro si lo decimos al revés: si dejo de creer en alguien, a partir de ese momento ya nada es igual. Creer en alguien es mucho más que pensar que esa persona no me miente; es fiarse plenamente, es jugarse por ella.

Jesús invita a cambiar y creer; a dejar de creer en lo que creemos y empezar a creer en él. Pero ese “creer en él” no se refiere a pensar determinadas cosas sobre él: “creo que es Dios”; “creo que dio su vida por mí”; “creo que resucitó”. No es eso, el tema es si creo en él, si toda mi confianza y toda mi esperanza está puesta en él; si Jesús es la persona más determinante de mi vida; si puedo decir que no puedo imaginar mi vida sin Jesús.

La propuesta que reciben los discípulos es que dejen de creer en lo que estaban creyendo y que empiecen a creer en Jesús; que dejen de tener puesta su esperanza y su vida en aquello que para ellos era en ese momento lo más importante y que pongan en ese lugar a la persona de Jesús. Él es el Reino y la Buena Noticia.

Convertirse no es ser un poco más buenos; arrepentirnos de nuestros pecados y proponernos cambiar; es mucho más que eso: es plantearnos de verdad en qué creemos; dónde está puesta mi esperanza; en qué se apoya mi existencia.

Esto se ilustra con la reacción de los discípulos al llamado de Jesús: dejan todo y lo siguen; ya nada más importa, Jesús los ha deslumbrado de tal manera que “ellos dejaron sus redes y lo siguieron”; sus redes eran su manera de ganarse la vida, aquello que les daba el alimento. Abandonan una manera de vivir y comienzan otra.

Si no soy cristiano puedo percibir en este texto un llamado a dejar mis seguridades y comenzar a caminar junto a ese Jesús que a tantos a cambiado la vida. Si soy cristiano, puedo estar siendo invitado a cuestionar mi manera de creer en Jesús, especialmente si a pesar de conocerlo no puedo cambiar y sigo siempre enredado en mis redes.

En esa nueva vida los discípulos seguirán siendo los mismos, con sus torpezas, sus pecados, sus inseguridades; pero será otra vida porque su esperanza estará ahora puesta en ese Galileo fascinante y en esa manera de vivir completamente nueva que propone: ese Reino que él ha inaugurado y que transformará el mundo.


 

¿Qué quieren?

para-queJn 1, 35-42

El comienzo de la vida pública de Jesús es presentado como un encuentro casual: Juan el Bautista que al ver pasar a Jesús les dice a dos de sus discípulos que ese que está pasando por ahí es “el Cordero de Dios”. Ellos comienzan a seguirlo, intrigados, hasta que el Señor se da vuelta y pronuncia las primeras palabras con las que iniciaría sus tres años de incansable predicación: “¿qué quieren?” Después dirá muchos discursos memorables pero sus primeras palabras son así de concretas y simples, “¿qué quieren?”.

Y esas siguen siendo sus primeras palabras cada vez que nos acercamos a él. De una manera u otra nos pregunta qué queremos. Y nosotros, ¿qué queremos? ¿para qué nos acercamos a Jesús? ¿para qué vamos a misa? ¿para qué rezamos? ¿para qué lo buscamos?

Los discípulos responden algo bien concreto: “Maestro ¿dónde vives?”. No dicen “queremos que nos salves, o que nos cures, o que nos enseñes…”. Notemos que el interés no está puesto en ellos mismos, en algo que ellos necesiten o busquen; lo que quieren es saber más de él, y algo bien específico “¿dónde vives?”

A nosotros, que miramos la escena desde lejos, no se nos dice donde vivía Jesús, solo se nos informa que el Señor a ellos sí les dice dónde vivía, y que fueron y vieron donde era; y se nos dice también la hora “alrededor de las cuatro de la tarde”. Ver dónde vive alguien nos dice mucho de cómo es esa persona, ver el lugar permite saber también el cómo, de qué manera vivía. Para ellos es tan impactante, que a partir de ahí cambia todo; luego comienzan a contar lo ocurrido a sus amigos y los invitan a que ellos también vengan ver, es tanta la impresión que les causa que dicen “hemos encontrado al Mesías”.

La pregunta sigue ahí, dirigida a todos los que decimos que lo buscamos: “¿qué quieres?”. Según sea nuestra respuesta sabremos si realmente lo buscamos a Él o si seguimos dando vueltas sobre nosotros mismos. ¿Realmente queremos saber dónde vive? ¿Y si resulta que vive muy cerca? ¿qué hago si vive en mi barrio? ¿y si llega a vivir en mi hermano? ¿O en mi corazón?

Pero esta escena esconde otro desafío para quienes la miramos dos mil años después: si alguien nos pregunta por nuestra fe, por aquello en lo que creemos; si alguien quiere saber por qué somos cristianos ¿podemos responder mostrando cómo vivimos? ¿podemos decir “vengan y lo verán”?


 

¿Dónde está el pesebre?

08e6062047ea79afa28658905f470fb3Durante el Adviento nos hemos ido preparando para este día, ahora celebramos la presencia del Salvador entre nosotros, los ángeles nos dicen que está en un pesebre ¿dónde está el pesebre?

No debería ser difícil decir dónde está en nuestra casa, ¿lo pusimos junto a un arbolito? ¿sobre alguna mesa? ¿en algún rincón? Más complicado es responder a la pregunta si la formulamos de otra manera ¿dónde está el pesebre en nuestra familia? Ese sitio ya no lo elegimos nosotros; no tiene imágenes ni lucecitas de colores; es el lugar que Él ha elegido, ¿dónde? Esta Navidad ¿quien es el más pobre, el más frágil, el más débil de la familia? Allí está el pesebre.

¿Dónde está el pesebre en nuestra comunidad parroquial? No ese que está allí cerca del altar, el otro; no el que está en la iglesia, en el sitio en el que dijo el cura, sino el pesebre que está vivo en la comunidad. Quizás esté en la calle, o en el hospital que está a pocas cuadras, o en aquella casa en la que no hay nada para festejar. ¿Dónde está el pesebre en nuestra comunidad?

¿Y si miramos hacia adentro? ¿Donde está el pesebre en mí? ¿Cuál es el sitio más frágil de mi corazón? ¿Cómo es ese lugar? ¿Por qué está así? Allí está Él, envuelto en pañales, igual de frágil, iluminando con su presencia la oscuridad.

Allí quiere nacer el Salvador.

«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor»

FELIZ NAVIDAD

El Señor está contigo

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Adviento B IV 24 -12 -17

Evangelio según san Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

—«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo:

—«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le podrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel:

—«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?».

El ángel le contestó:

—«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.

Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contestó:

—«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor.

 

a46f5ae45c03c48b2618f1d0a738b577El Señor está contigo

Finalizando el Adviento, a poco muy poco tiempo de la Navidad, la liturgia nos presenta el momento de la Anunciación del Angel a María.

La primera palabra es “alégrate” e inmediatamente después el motivo por el cual alegrarse: “el Señor está contigo”.

Esa es la causa de la alegría para los cristianos: ¡el Señor está con nosotros! Así nos saludamos en la eucaristía: “el Señor esté con ustedes”. Lo tenemos que recordar a cada momento, esa cercanía es la fuente de la que brota la vida.

Cuando no sentimos esa alegría es que le damos la espalda a ese Señor que está cerca. Él nunca se va, si no gozamos de su presencia es que nosotros nos hemos alejado, estamos atendiendo a otras cosas, mirándonos nosotros mismos o, perdidos, y sin saber dónde mirar.

El Señor quiere nacer una vez más en nuestro corazón, no es momento para distracciones sino para abrir ese corazón, como María, hacia lo inimaginable. Uno de los motivos por los cuales en muchas ocasiones no dejamos entrar al Señor en nuestras vidas es porque él siempre nos invita a algo nuevo y sorprendente. Nos invita a una paz y una alegría que creemos inalcanzable. Como los Apóstoles después de la resurrección “no podemos creer por la alegría”. Pero es verdad. Más allá de todos nuestros miedos y dudas es verdad, el Señor está cerca, no hay nada que temer.

Solo nos queda responder como María y querer de verdad que su palabra se haga realidad en nosotros, no hay nada que temer, su voluntad es nuestra felicidad; su palabra es una vida plena; Él sabe mejor que nosotros lo que es bueno para nuestra vida.

¡El Señor está contigo! Esa es la Buena Noticia de cada día.

En medio de ustedes hay alguien

ArcabasJesús

Adviento ciclo B III domingo 17 -12 -17

Evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?».

Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías». «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Y él les dijo:
«Yo soy una voz que grita en el desierto:
Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

En medio de ustedes hay alguien

En el Adviento estamos esperando a alguien que ya está entre nosotros. Parece un juego de palabras: “el Señor que viene” no viene de lejos, en realidad ya está. Ya está pero viene.

Por eso el Adviento es un tiempo para recordarnos esa cercanía que es a la vez distancia. Dios está entre nosotros, más cerca nuestro que nosotros mismos, si no lo vemos es porque no somos capaces de verlo, no porque no esté.

Por eso se trata de aprender a mirar. Dios está cerca, pero no está en el aire, está en las personas y los acontecimientos que nos rodean. Se trata entonces de aprender a mirar a las personas ¿qué vemos en ellas? En primer lugar a nosotros mismos ¿qué vemos?; en quienes están cerca nuestro ¿qué vemos?; qué vemos en cada uno de los que se cruzan en nuestro camino de la vida, ¿cómo los miramos?

Aprender a mirar lo que pasa en la vida cotidiana. Los días no son una sucesión de “cosas que pasan”; todo ocurre por algo, detrás de cada suceso feliz o doloroso se esconde un mensaje, una presencia. “Alguien que está en medio nuestro” nos está invitando a una respuesta, es un diálogo sin palabras, los hechos esperan nuestra respuesta en gestos y actitudes.

Viktor Frankl dice: “El hombre no debería preguntar cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se le pregunta”. Quizás no se trata de preguntarnos “¿dónde está Dios?” Sino de comprender que es a nosotros a quienes “alguien que está en medio nuestro” nos pregunta: ¿Dónde está tu Dios?

 

Una voz en el desierto

Adviento II domingo

Evangelio san Marcos 1, 1-8

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.

Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».

Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaba sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Y proclamaba:

—«Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.

Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo».

Palabra del Señor.

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Para la reflexión:

El Señor viene. Nuestro Dios no es un Dios lejano al que hay que esforzarse por alcanzar, no está en alturas inaccesibles; para encontrarse con él hay que “preparar el camino”, estar atento. Es él el que viene a nuestro encuentro.

Un  viejo texto de Jacques Loew nos puede ayudar:

“Les diré cuál es, en mi opinión, la principal dificultad que encontramos cuando buscamos a Dios.  Es que muchos buscan a Dios, pero toman, sin darse cuenta, la ruta opuesta a la que verdaderamente conduce hacia él.  Les sucede como a esos técnicos que construyen, reúnen materiales, trazan planos, comprueban si aquello marcha o no.  Así fabrican un cohete extraordinariamente perfecto y lo lanzan al cielo.  De lo que se trata es de construir, de trabajar, de alcanzar una meta.

Pero, cuando se trata de buscar a Dios, tal actitud fracasa siempre.  La verdadera búsqueda de Dios se parece, por el contrario, a la actitud de un hombre que, después de haberse sentado, escucha.  Y es lógico que sea así, porque, en definitiva Dios no es algo que hay que construir o que hacer, sino que es alguien a quien hay que recibir.

Y cuando se recibe a alguno, hay que empezar por sentarse y escuchar.

Sentarse y escuchar no supone dimisión ni pereza.  Siempre lo hacemos cuando queremos dejarnos impregnar por una verdad que nos parece demasiado grande para nosotros.”

Esa es la actitud del adviento, prepararnos para recibir una visita, sentarse y escuchar, así de fácil y así de difícil. Acallar todos los ruidos, especialmente los que hay dentro nuestro, alejar los resentimientos y las tristezas que nos encierran en nosotros mismos. Abrir los oídos y el corazón para recibir al Niño que viene en el pesebre, en el pesebre que hay en cada uno.

La comunicación, la Iglesia y las raíces de la pobreza

Sobre el tema “comunicación e Iglesia” han corrido ríos de tinta. Aunque en realidad ya casi no se usa la tinta para escribir, la expresión conserva su validez y puede servirnos, al menos a quienes tenemos algunos años, para decir que un tema ya ha sido tratado casi hasta el cansancio. Sin embargo, que una cuestión permanezca durante años en la reflexión puede ser una señal a tener en cuenta, especialmente en tiempos en los que ningún tema logra atrapar la atención durante más de un par de días.

Para quienes vivimos este fenómeno desde la Iglesia existe otro motivo para que el tema sea interminable: además de vivir en estos años de “la comunicación”, vivimos una época de una profunda insatisfacción con respecto a la comunicación que ofrecen los grandes medios y también a aquella que se pretende establecer entre la Iglesia y la sociedad. A cada paso se tiene la impresión de que lo que dice la Iglesia, o los que hablan desde ella, no es comprendido, que no se entiende. Cada palabra que se transmite desde esta milenaria institución hacia el océano de los medios masivos de comunicación, queda atrapada en un sinfín de interpretaciones, en ocasiones disparatadas.

La reflexión oficial de la misma Iglesia, sobre estos temas, no resulta de mucha ayuda. Suele ser una reflexión que tiene como horizonte un tipo de comunicación que ya no está vigente: aquella comunicación marcada a fuego por la época de los grandes medios de comunicación. Hoy la importancia de esos medios como configuradores de las sociedades está en franco retroceso y, en muchos casos, el problema de los medios llamados “católicos” se ha duplicado: no solo están luchando contra una especie en extinción, sino que además están haciéndolo utilizando las mismas herramientas que empujan al fracaso a esos grandes aparatos mediáticos.

Por ejemplo: una de las estrategias que utilizan los medios masivos de comunicación para sobrevivir es el recurso al escándalo: necesitan permanentemente llamar la atención con tragedias, peleas, discusiones, insultos, chismes. Uno de los errores típicos de los comunicadores o medios “católicos” es caer en la discusión y contraatacar en nombre de “la defensa de la verdad”. El resultado son discusiones que nadie toma en serio y que a poca gente realmente le interesan.

Desde dónde hablar y para quienes

Quizás el desafío no sea intentar llegar a la mayor cantidad de gente posible, sino a aquellas personas que están esperando una palabra diferente sobre las cuestiones que verdaderamente importan. Es probable que en la comunicación de la Iglesia haya que hacer lo mismo que se hace en cualquier pastoral: empezar por los más pobres y hablar desde ahí. Lo difícil en el caso de la comunicación radica en que la pobreza que aparece en los medios o en las redes no se arregla con comida, zapatillas o frazadas. Allí aparece una pobreza abismal. En el más concreto de los sentidos de la palabra abismal: lo que encontramos en los medios y en infinidad de sitios que llamamos “virtuales”, pero que muestran personas y situaciones reales, es un verdadero abismo. Un pozo sin fondo de miseria, soledad, vacío, ignorancia, mezquindad, odio, resentimiento, y una lista muy larga lista de pobrezas nuevas que claman al cielo. Pobrezas que llamamos “nuevas” porque recién ahora -¡gracias a las tecnologías!- las podemos ver como nunca antes. Hasta esos infiernos descendió el Crucificado. Es allí, en esas pobrezas, donde están las raíces de aquellas otras más visibles, como el hambre o la violencia.

El desafío es inmenso, pero no porque sean “temas difíciles”, sino porque para hablar desde esos precipicios hay que atreverse a descender hasta los propios.

Publicado en Vida Nueva Cono Sur  07/12/2017

Estar atentos

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Lectura del santo evangelio según san Marcos 13, 33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús sus discípulos:

—«Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.

Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.

Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.

Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!».

Palabra del Señor.

Para la reflexión:

Hay que estar atentos, no sabemos ni el día ni la hora. El Señor puede llegar en cualquier momento.

¿Qué quieren decir estas advertencias? ¿Acaso Jesús quiere asustarnos? En muchas ocasiones el Señor nos dice que no tenemos que tener miedo así que habría que descartar esa interpretación. Nos está invitando a no vivir distraídamente, a no ser superficiales. Nos está advirtiendo: él está cerca, él llega en cualquier momento, si no estamos atentos podemos perdernos ese encuentro con él. No es una amenaza, es una manera de recordarnos su cercanía, “cualquier momento” puede ser el momento del encuentro. Dios no está lejos, está siempre viniendo, buscando encontrarnos, queriendo encontrarnos.

Si no nos encontramos con él es porque nosotros estamos distraídos, no porque él no esté cerca.

¿Dónde estás? Esa es la primera pregunta que dirige Dios al hombre en la Biblia. El hombre y la mujer se han escondido, tienen vergüenza, han descubierto que están desnudos. Dios sale a su encuentro ¿“dónde estás”? Son ellos los que no pueden salir al encuentro, tienen miedo.

Si estamos atentos vamos a darnos cuenta de que a cada momento el Señor nos repite la pregunta ¿dónde estás? No es la pregunta de un guardián que nos vigila, es la pregunta del que ama y quiere saber si estamos cerca.

El tiempo de adviento es el tiempo de la espera del Señor que viene. En cada Navidad, en cada momento. Es el tiempo para no estar distraídos sino atentos; es el tiempo para no esconderse, para no tener vergüenza.

El que nos busca sabe quienes somos, lo sabe mejor que nosotros mismos, y nos ama.

Adviento ciclo B – I domingo  3 -12 -17

¿Un Papa ambiguo y maquiavélico?

Sorprendió en estos días la difusión de una carta al papa Francisco, enviada por Thomas G. WeinandyO.F.M., Cap., en la cual realiza una dura crítica a la gestión y el magisterio del actual pontífice. El autor es un experto en teología de 71 años, ex director Ejecutivo de la Secretaría de Doctrina y Praxis de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, entre 2005 y 2013, y ex miembro la Comisión Teológica Internacional, organismo asesor de la Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano.

Más importante que las críticas que contiene —por otra parte ya conocidas—, el escrito es interesante porque se centra en el tema del lenguaje que el Papa utiliza, y al poner el foco en esa cuestión ilumina, sin proponérselo, la tarea de quienes buscan una manera eficaz de expresarse desde la Iglesia.

En un tono amable y respetuoso el teólogo afirma: “Santidad, su pontificado parece estar marcado por una confusión crónica. La luz de la fe, la esperanza y el amor no está ausente, pero demasiado a menudo está oscurecida por la ambigüedad de sus palabras y acciones. Esto hace que entre los fieles haya una cada vez mayor inquietud”. Luego analiza las conocidas disputas en torno a Amoris  Laetitiae y más adelante no se priva incluso de afirmaciones temerarias sobre nombramientos episcopales. Según él, Francisco designa obispos a “hombres que no sólo están abiertos a quienes tienen puntos de vista contrarios a la fe cristiana, sino que también los apoyan e incluso los defienden”. De diferentes maneras, la carta vuelve una y otra vez sobre el tema de la supuesta ambigüedad papal.

Es importante lo expresado por el padre Weinandy porque sus palabras transmiten algo que de diversas maneras está presente en muchos hombres y mujeres de Iglesia que reclaman un discurso más claro y contundente, que no deje espacio a ninguna duda; y que deducen que esa ambigüedad que critican es, en el fondo, una estrategia, una forma de conducción algo maquiavélica. Esto último, que se trata de un prejuicio que esconde una falta de caridad hacia el Papa, también queda como afirmado entrelíneas en la referida carta.

El tema importa porque se está hablando del lenguaje que se debe utilizar y conviene detenerse en el contenido de esta carta porque precisamente vivimos en un tiempo en el que la Iglesia en general está buscando “un lenguaje”, una manera de hablar que le permita hacerse entender mejor.

El lenguaje del Evangelio

Me pregunto cómo se sentirán las personas que así se refieren al magisterio papal cuando leen los Evangelios, porque allí no se encuentran con esa claridad que reclaman. Las palabras y los gestos del Señor están abiertos a muchas interpretaciones, son expresiones que abren puertas, ventanas y caminos. Siglos de reflexiones teológicas son testigos de la insondable riqueza que se esconde detrás de las afirmaciones y los gestos del Señor. ¿Alguien se atrevería a decir por eso que las afirmaciones del Maestro son “ambiguas” y que detrás de ellas se esconde un proyecto “maquiavélico”?

Lo que a muchos les cuesta entender es que el Papa utiliza un lenguaje evangélico, sugerente, desafiante, vivo; que obliga a respuestas personales y comprometidas. Es justamente esa la novedad de su aporte y la diferencia entre su manera de expresarse y el de la mayoría de los eclesiásticos; es precisamente ése el motivo por el que sus palabras impactan e importan en el mundo.

Cuando Francisco habla está evangelizando, es un pastor, no un profesor de derecho canónico o de teología moral. Y el lenguaje del Evangelio es palabra viva que transforma, “espada de dos filos” dirá San Pablo. Quien confunde “palabra viva” con “ambigüedad” está en un problema; algo muy profundo no está siendo comprendido.

El lenguaje del Evangelio, que es el que usa el Papa, no contiene definiciones académicas, pero por eso no deja de ser claro. La claridad de la ley, o de la ciencia, no es la única claridad. Lo que el Papa transmite está muy claro si se escucha con oídos de discípulo que quiere aprender, pero se convierte en un laberinto cuando se escucha “para poner a prueba” al Señor, como hacían los “maestros de la ley”.

El mismo Jesús vive esa experiencia de no ser comprendido por todos y al vivirla exclama: “Yo te alabo, Padre, Señor del cierlo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y las has dado a conocer a los sencillos” (Mt 11, 25). Por eso, en este tiempo la gente sencilla también comprende la claridad de Francisco.

El problema para muchos no es que el Papa sea ambiguo, sino que es demasiado claro; y esa claridad pone al descubierto las oscuridades de muchos corazones. A usar ese lenguaje estamos invitados.