El invisible hilo que une la política y la fe

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Hubiera sido mucho más fácil quedarse en la sinagoga enseñando a esas buenas gentes a cumplir la Ley, a ser judíos intachables, a formar familias ejemplares, hombres justos que viven las mejores tradiciones de Israel. Tenía ya unos treinta años y desde niño participaba de esas tradiciones, sin lugar a dudas muy buenas y llenas de sabiduría acumulada durante siglos. ¿Para qué salir a los caminos a encontrarse con leprosos y mendigos? ¿Para qué acercarse a esos hombres y mujeres impuros que seguramente habían cometidos graves pecados, ellos o sus padres? ¿Por qué no quedarse en casa y desplegar allí, entre sus familiares y amigos, esos dones extraordinarios que tenía para enseñar con palabras sencillas y conmovedoras las verdades más profundas?

Pero no se quedó en casa. Lo que tenía para decir no cabía en las palabras. Ni siquiera él, con su inagotable capacidad de expresión, era capaz de expresar solo en palabras lo que tenía en su corazón. Tenía que salir, tocar el dolor, abrazar niños, hablar con prostitutas y muchos otros de mala fama; hablando desde esos lugares sus hermosas palabras sonaban diferente, no solo eran verdad, también eran creíbles. Desde allí, desde los márgenes de esa sociedad injusta y cruel —como casi todas—, sus enseñanzas no eran solamente conceptos sino también gestos, actitudes, signos; además de ternura y denuncia. No solo enseñaba, transformaba la vida de quienes se acercaban a él y se dejaban conmover por esa manera nueva, atrayente y desafiante de vivir.

Llovieron entonces todas las críticas y las amenazas. Quizás los que no lo seguían lo comprendieron mejor que sus discípulos, bastante torpes. Quizás aquellos que no estaban dispuestos a escucharlo, entendieron inmediatamente que mientras que esas bellas palabras se dijeran en el Templo o en discusiones teóricas, eran inofensivas; pero que dichas desde esos caminos polvorientos y acompañadas por esos sospechosos personajes, se convertían en palabras amenazantes. ¿Qué amenazaban? Sus cómodas maneras de vivir y de pensar, sus plácidas vidas en un mundo que era como era y que así seguiría siendo se hiciera lo que se hiciera.

La tensión creció hasta que fue insoportable, hasta que llegaron a una conclusión tan simple como cruel: era necesario silenciarlo. Silenciarlo para siempre. Lo que ese hombre hacía había superado los límites de la religión y se había convertido en política. El orden del Templo y el frágil equilibrio entre judíos y romanos estaba en peligro. Era demasiado lo que había en juego como para permitir que ese Galileo lo pusiera en cuestión. Entonces fueron ellos los que mezclaron política y religión: utilizaron su poder político para solucionar un tema religioso. Aquel que hablaba de Dios como un Padre misericordioso y cercano fue asesinado por quienes veían en ese mensaje una amenaza para sus creencias y privilegios. No fue Jesús quien mezcló política y religión sino quienes lo mataron.

Conflictos actuales

Desde entonces un hilo fino y frágil, casi imperceptible, mantiene unidos el mensaje cristiano y las consecuencias políticas de ese mensaje. Lo vivieron las primeras comunidades de cristianos y la historia entera de occidente es un interminable ejemplo de esa tensión no resuelta.

Ahora nuestra América Latina, piadosa y creyente; a la vez que injusta y desalmada, es otro doloroso ejemplo. Venezuela y su crisis interminable, Colombia y su trágica guerra interna; Argentina y sus divisiones profundas y dolorosas, son solo tres ejemplos de muchas y complejas situaciones.

A veces es fuerte la tentación de quedarnos en las Iglesias ayudando a quienes concurren a ellas a ser buenas personas, en teoría podríamos hacerlo; las críticas serían menores y las dificultades también, ¿pero cómo hacer eso sin traicionar al Maestro?, ¿cómo hacer eso si el mismo Papa elige el camino de comprometerse, ir hacia las personas y los pueblos arriesgándose a cometer errores e incluso poniendo en peligro hasta su propia vida? Solo así el Evangelio será creíble. Como dice Francisco: “sólo quien comunica poniéndose en juego a sí mismo puede representar un punto de referencia”.

Vida Nueva, agosto 2017

Libertad y debates saludables

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“Como la Iglesia es un Cuerpo vivo necesita de la opinión pública para mantener el diálogo entre sus propios miembros. lo así prosperará su pensamiento y actividad. ‘…Le faltaría algo en su vida, si careciera de opinión pública. Y sería por culpa de sus pastores y fieles’. ”  Éste párrafo puede encontrarse en el Nº 115 de la Instrucción Pastoral  Communio et Progressio de la Pontificia Comisión para los Medios de Comunicación Social y fue publicado en 1971. La cita final, con la que se refuerza la importancia del tema, corresponde a un discurso de Pío XII del 17 de febrero de 1950. Han pasado muchos años, la comunicación social se ha transformado radicalmente, y sorprende la notable actualidad de lo expresado entonces.

Más asombroso resulta pensar lo poco que se ha avanzado en estos años en la cuestión de fondo. Parecería que aún seguimos con miedo a las discusiones. Evidentemente cambiaron los medios, pero no se trata de saber si nos comunicamos por telégrafo o por WhatsApp —eso es secundario— la cuestión es cómo nos comunicamos entre los miembros de la Iglesia y con las realidades en las que ella desarrolla su labor. Ese cómo no se refiere a los aparatos que se usen sino a temas relacionados con la actitud, los contenidos, el lenguaje y muchos otros de ese tenor. El verdadero desafío no está en los instrumentos sino en los contenidos. Hoy contamos con una impresionante parafernalia tecnológica, pero no se trata de antenas, cables, satélites y pantallas, sino de algo mucho más profundo y complejo: ¿qué queremos comunicar?, ¿a quiénes?, ¿por qué?, ¿cómo? Las respuestas a estas preguntas, las más básicas, las que se aprenden en la primera clase de periodismo, siguen pendientes en muchos ámbitos.

El mismo documento continúa diciendo: “Es necesario, pues, que los católicos sean plenamente conscientes de que poseen esa verdadera libertad de expresar su pensamiento, que se basa en la caridad y en ‘el sentido de la fe’.” Se relaciona a la opinión pública necesaria y saludable en la Iglesia con la libertad de los cristianos de expresarse. En tiempos de redes sociales y de constantes discusiones sobre el rumbo de la Iglesia y debates sobre la actuación de pastores y de fieles, estas palabras adquieren una nueva fuerza. La pluralidad de opiniones no debe extrañarnos, ni tampoco vivirse como un peligro a evitar, el Espíritu fomenta tanto la unidad como la diversidad.

“Los católicos, pues, aún debiendo estar todos atentos a seguir el Magisterio, pueden y deben investigar libremente, para llegar a interpretar más profundamente las verdades reveladas, a fin de que éstas se expongan mejor a una sociedad múltiple y cambiante.” (CP117) Es bueno repetirlo: investigar libremente las verdades reveladas. El desafío no es conservar intactas las formulaciones de la doctrina sino exponerlas mejor; en otras palabras, que lo que se diga se entienda.

Hoy todo se debate y eso asusta a muchos, pero no hay nada que temer, ese diálogo es la manera de generar opiniones y posturas claras en la Iglesia; de crecer y ser adultos en la fe. El mismo documento lo decía hace casi 50 años: “Esta libertad de expresión en la Iglesia, lejos de dañar su coherencia y unidad, puede favorecer su concordia y coincidencia, por el libre intercambio de la opinión pública.”

Vida Nueva 2/8/17

Explicar los cambios

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La Iglesia en su conjunto y las Iglesias particulares, cada una según sus características especiales, se encuentran en un proceso de cambios profundos. Son desafíos que plantean, por una parte, la realidad del mundo en el que vivimos y, por otra, las palabras y los gestos del papa Francisco. Desde la misma Sede de Pedro se escuchan día a día los llamados a llevar adelante transformaciones audaces en la manera de organizarse, de hablar, de proclamar, vivir y celebrar el Evangelio. Reiteradamente los bautizados somos urgidos a llevar a la práctica en nuestro tiempo las exigencias que brotan de las enseñanzas de Jesús.

Esta enorme transformación a la que estamos invitados o, para usar términos más evangélicos, esta conversión, este cambio de punto de vista y de vida concreta que se nos está demandando, necesita no solo de exhortaciones y expresiones de deseos papales. Toda la comunidad debe ponerse en movimiento hacia ese objetivo que se propone. No son suficientes ni las convocatorias de Francisco ni los buenos deseos de la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, es necesario poner manos a la obra. Pero entre la exhortación al cambio y su ejecución es ineludible un paso intermedio: saber concretamente qué hacer y cómo.

Parece faltar un trabajo de análisis, de conocimiento de cada realidad, de aprendizaje. Esa conversión a la que nos urgen los tiempos y el Evangelio, además de consejos piadosos y buenos deseos necesita de explicaciones más precisas, de reflexiones comunitarias que permitan vislumbrar caminos concretos. Esa tarea ya no es del Papa sino de las comunidades. Pastores, laicos, religiosos, sacerdotes, todos los miembros de cada comunidad, necesitamos entender, ponernos de acuerdo en temas precisos, revisar nuestro lenguaje, fijar prioridades, fortalecer los vínculos, renovar la espiritualidad, en algunos casossentarse a estudiar temas en los que somos ignorantes.

Difícil, pero necesario y urgente

La conversión implica un cambio en la mirada, en el punto de vista, en la manera que tenemos de observar la realidad. Como no podía ser de otra manera, el Papa nos recuerda que la realidad debemos mirarla desde el Evangelio, a la luz de las enseñanzas del Señor, pero a esa afirmación obvia agrega algo que no es un detalle sin importancia: debe hacerse desde la periferia de nuestras comunidades, desde las necesidades de las personas, no desde las urgencias de las instituciones. Ese “detalle” no es un invento de Francisco, es la manera en la que Jesús mismo observa y actúa. Lo que impulsa al Señor es su amor por los hombres y mujeres; en ningún momento se lo ve preocupado por “preservar las instituciones”. No desprecia las instituciones, las pone en su sitio: “el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado” (cf Mc. 2,27).

Esa manera de ver del Señor suponía, en su contexto, un cambio en el “punto de vista” absolutamente revolucionario: se atrevía a poner en cuestión instituciones como el Templo y el Sábado, algo inimaginable para los judíos de su tiempo. Lo hacía poniendo por encima de las instituciones el dolor, el abandono, la explotación, la ignorancia; y toda la larga lista de las necesidades de las personas concretas.

Estamos invitados a recorrer ese camino. El Papa, como buen pastor, se ha puesto al frente y señala la dirección, pero es imperioso caminar, ponerse en movimiento. Eso no lo puede hacer el Papa en soledad; es la hora de las comunidades, de las diócesis, de las conferencias episcopales. Allí es donde son necesarias las explicaciones sobre lo que no se entiende, la búsqueda en común, el estudio, la reflexión. Para expresarlo en términos más eclesiásticos: allí es dónde es necesario el camino sinodal, caminar juntos. Tan simple de decir y tan difícil de hacer, pero necesario y urgente.

Vida Nueva 27/07/2017

El trigo y la cizaña

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El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.”

Mateo 13, 24-43

La parábola «del trigo y la cizaña», que escuchamos hoy en la liturgia, nos recuerda que Dios hizo las cosas bien, que la creación es “buena”. Lo afirma la Biblia desde el primer capítulo del Génesis en el que, a cada paso, como una letanía, se repite una y otra vez: “y vio Dios que era bueno”, y que termina con la expresión: “Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno.” (Gn. 1)

No es que a Dios “le gustó” lo que había hecho porque estéticamente “estaba bien”. Se quiere señalar otra cosa: que era exactamente lo que Él quería hacer. Ese calificativo “bueno” no se refiere tampoco a algo moral (lo opuesto a malo) sino que expresa que lo creado era lo que Él quería crear.

Es una expresión que refleja la satisfacción del artista al terminar lo que se propuso; se refiere a ese momento en el que la obra está concluida porque ya es lo que se quería que fuera. Podemos imaginar a un pintor en el momento de terminar su cuadro; o al escritor al poner el punto final de su obra; o al ama de casa en el momento de terminar de preparar un rico postre. Ese “vio que era bueno” indica que la creación es lo que Dios quiso crear.

¿Por qué esta insistencia en afirmar la bondad de la creación? Esas palabras se dirigen a personas que vivían en la precariedad del desierto, a la intemperie, de guerra en guerra y de catástrofe en catástrofe, que fácilmente podían caer en la tentación de pensar que “el mundo era malo”. A personas como nosotros.

Lo que les importa a los autores del Génesis es señalar que, a pesar del mal que hay en el mundo, no se debe olvidar que Dios hizo todo bien, que es Él el que conduce la creación y la vida de cada uno de nosotros. Esto es clave, porque es por este motivo que la actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. La insistencia en que todo ha salido de las manos de Dios y que la creación es buena nos indica que la actitud primera debe ser confiar en el Creador;  después, aunque sea sólo un segundo después, se trata de entender el dolor y el sufrimiento.

Dios ahora nos está creando y diciendo: “Es muy bueno”. Por eso podemos mirar lo que vivimos y decir: “todo lo que hizo Dios es bueno”, o mirar nuestro corazón y repetir: “es bueno”. Después, apoyados en esa confianza, viene la tarea de afrontar todo lo que no está bien.

El mal en el mundo, tanto en el libro del Génesis como en este pasaje evangélico, no se atribuye a Dios sino “al enemigo”. En el relato de la creación ese enemigo es la serpiente, el demonio; en este texto de hoy no tiene nombre, es “algún enemigo”. Nuestra curiosidad nos empuja a averiguar cuál es el rostro y el nombre de ese enemigo, pero los textos no se disparan en esa dirección. Lo que quieren es que quede claro que las cosas fueron bien hechas y que, a pesar de lo que hizo “el enemigo”, nada escapa al poder de Dios que, por decir así, tiene el control de la situación.

Es completamente distinto partir de la certeza de que este mundo es bueno y que tenemos mucho trabajo por delante, que pensar que es malo. Si la creación no fuera “buena”, deberíamos pensar que Dios nos ha puesto una trampa.

Nuestro trabajo no se parece al del pintor de cuadros, sino al del “restaurador”. No tenemos que hacer buena la creación sino redescubrir lo buena que es. No tenemos que inventar el bien sino arrancar, despegar, quitar el mal.

Tienen ojos y no ven

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El salmo 115, en su versículo 5, se refiere a los ídolos con la expresión “tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen”. Poco después agrega: “no tiene voz su garganta”. El salmista se refería a esas imágenes que se fabricaban los paganos y a las cuales veneraban y de las que esperaban mágicas respuestas. En nuestro tiempo, por el contrario, los ídolos que fabricamos además de tener ojos y orejas, parecen escuchar y ver. Muchas veces hablan demasiado. Los ídolos ya no son imágenes de piedra o barro sino personajes a los que elevamos a ese extraño altar posmoderno en el que conviven estrellas de la música, el deporte, en ocasiones de la ciencia y, pocas veces, fugaces estrellas de la política.

Muchos de esos ídolos utilizan su voz para vendernos productos de todo tipo. Lo hacen por un tiempo, porque la sociedad que consume los productos que ellos venden también consume ídolos y un día aquellos personajes desaparecen de las pantallas para ser reemplazados por otros, habitualmente más jóvenes y al gusto de las nuevas tendencias.

Los ídolos nacidos de la ciencia, especialmente de la tecnología, hablan incesantemente del futuro. No son profetas pero nos están alertando sobre una tragedia: todo los que ya compramos muy pronto será descartado, y será mejor empezar a ahorrar para no quedar afuera de ese universo deslumbrante que nos anuncian inminente.

Finalmente, las estrellas fugaces de la política, intentan vendernos ideas, que ellos mismos encarnan; o sea que son ellos los que están en venta. Básicamente utilizan un par de estrategias, que pueden combinarse de diferentes maneras: algunos se presentan como salvadores de los incontables males que nos aquejan, por culpa de otros que no supieron hacer las cosas bien. Otros, más sutiles, apelan a sentimientos más profundos: la frustración, el fastidio, el odio y varios otros “malos espíritus” que suelen ambular por los corazones. Se presentan a sí mismo como los que canalizarán toda esa inmensa angustia, y para hacerlo no dudarán en poner sal en las heridas y desconsuelo en el dolor.

Son ídolos

Urge recordar que son solamente ídolos. “Tienen ojos y no ven; tienen orejas y no escuchan”, muy lejos de sus discursos y sus gestos está la realidad que nos invitan a evadir, a no mirar ni escuchar. Son ídolos que nos enceguecen y nos impiden escuchar; nos invitan a mimetizarnos con ellos y hasta pretenden quitarnos la voz.

En medio de todos esos espejismos el papa Francisco intenta volvernos a la realidad, nos invita a tocar las llagas de Cristo en las heridas de nuestros hermanos; nos invita a abrir los ojos y los oídos, pero no a la televisión ni a los medios sino al prójimo, a esa persona que está cerca y que me compromete, que me obliga a preguntas inquietantes que se refieren a mi propia responsabilidad. El Santo Padre nos invita a ir a las periferias, al encuentro comunitario, a caminar juntos, de esa manera se evita que los ídolos confundan.

No es suficiente la valiente voz del pastor, la Iglesia entera tiene que recuperar su propia voz y convertirse en profecía. Para lograr hacerlo no deberían los cristianos esperar que ese pastor hable y actúe como los ídolos y nos ofrezca respuestas mágicas. Menos aún esperar que se presente como otro personaje que nos quiere vender algo, por ejemplo, una seguridad, un rumbo claro, una moral incuestionable. Francisco no es un ídolo, invita a ponerse de pie, a ver, escuchar, tocar. Esos era los signos que acompañaban al carpintero de Galilea: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los sordos oyen y la Buena Noticia se anuncia a los pobres (cfr. Lc 7,22).

La Iglesia en Argentina ante el espectáculo de la corrupción

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Ante un pueblo con niveles de pobreza escandalosos, los políticos hablan de miles de millones gastados en sobreprecios, sobornos y todo tipo de corruptelas; y lo hacen con toda naturalidad, como si no se tratara de algo nauseabundo que pone en evidencia la raíz misma de esa pobreza que, también con pasmosa hipocresía, dicen que les preocupa y que hacen lo posible por solucionar.

Hartos ya de tanta mentira los ciudadanos parecen resignados. Nunca alguien va preso por robar millones, nunca se devuelve lo que se ha robado, ¿por qué pensar que esta vez será diferente? La injusticia, aceptada socialmente como algo normal, genera una indiferencia que hace más fácil el “trabajo” de los que sin ningún escrúpulo continúan saqueando lo que pertenece a los pobres.

Cualquier conocedor de las nociones más elementales de los procesos sociales, y se supone que los políticos lo son, sabe que estas situaciones siempre terminan en violencias incontrolables y en autoritarismos de todo tipo. Pero parece no importar. Cada uno atiende a su juego y el bien común naufraga a la deriva.

Desde la Iglesia resuenan denuncias y advertencias. Hace muchos años. Demasiados. ¿Realmente no se puede hacer otra cosa? Hoy muchos sectores de la sociedad levantan su voz para reclamarle a la Iglesia su inacción durante la dictadura. Se le reclama a la jerarquía por no haber sabido hacer, entonces, nada más que denuncias y advertencias, reacciones tibias y vacilantes ante una tragedia con dimensiones de genocidio. Denuncias y advertencias, justamente lo que se está haciendo ahora. ¿Llegarán días en los que de la jerarquía de hoy se diga lo mismo que se dice de la de ayer? Quizás entonces la pregunta sea ¿que hizo la Iglesia mientras se robaron el país? Se dirá “qué hizo”, no “qué dijo”. ¿Tendremos en esos días las mismas pobres respuestas que ofrecemos ahora cuando se nos pregunta sobre los tiempos de la dictadura?

¿Realmente no se puede hacer otra cosa? No se trata de formar un partido político que nos retrotraiga al nacional-catolicismo, por fortuna semejante torpeza ha sido abandonada hace tiempo. Pero, sin entrar en la política partidaria hay mucho por hacer. Por ejemplo: ¿qué lugar ocupa en nuestras catequesis, en la pastoral juvenil o en la familiar el tema de la corrupción? ¿Qué espacios hay en nuestras parroquias, colegios u otras instituciones para reflexionar con seriedad sobre estas cuestiones? ¿Qué se enseña en las clases de teología y doctrina social de la Iglesia en nuestras universidades? Dicho sea de paso, muchos de los corruptos hoy denunciados, y de los jueces inoperantes, han pasado por esos claustros. Como en su momento muchos personajes de la dictadura también eran egresados de nuestras instituciones. ¿No sería suficiente este dato para replantearnos a fondo la función de nuestras estructuras educativas? ¿Alguien lo está haciendo?

No parecen suficientes los lamentos y las denuncias; no es necesario ni conveniente que la jerarquía se comprometa en la politiquería cotidiana; pero hacia el  interior de la Iglesia aun sigue pendiente una tarea inmensa y urgente.

Palos en la rueda

Sin títuloParecen lejanas aquellas imágenes del papa Francisco en Río de Janeiro, cuando a poco de comenzar su ministerio era aclamado por millones de personas y exaltado por la prensa mundial. Su imagen de entonces recordaba aquellas de Juan Pablo II, que congregaba multitudes que lo aclamaban en todas sus intervenciones públicas.

Poco tiempo después, desde diversos ámbitos que la opinión pública calificó de “conservadores”, aparecieron los primeros “palos en la rueda” para ese camino emprendido por el nuevo Papa. En los últimos días, la figura pública de Francisco se parece más a la de Pablo VI, luchando pacientemente por llevar adelante las reformas que había comenzado el Concilio Vaticano II. La salida del cardenal GerhardMüller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; la licencia del cardenal George Pell; Prefecto de la Secretaría de Economía de la Santa Sede; rumores sobre una fiesta non sancta a poco más de cien metros de la residencia Santa Marta, empañaron la celebración del día del Pontífice y la creación de cinco nuevos cardenales.

Sin embargo, ninguno de esos hechos rozaron la imagen de Francisco. Tanto la prensa como el ciudadano común, o el feligrés que participa habitualmente de la vida de la Iglesia, consideran al Papa en un sitio que lo hace inaccesible a los escándalos que lo rodean. El Santo Padre ha logrado algo muy difícil de alcanzar para cualquier dirigente: ser considerado alguien que si bien pertenece a la institución a la vez es libre y se diferencia de ella. Por una parte forma parte de la institución, es más, la encarna, él es la Iglesia; pero por otra, en sus gestos, palabras y actitudes, se diferencia de lo que el imaginario social tiene establecido como lo que debiera ser un Papa. Eso lo hace cercano a los que ven la institución a la distancia y a quienes desde la misma institución son críticos con respecto a ella. De alguna manera, en la imagen pública, Francisco es a la vez el jefe de la Iglesia y su principal “víctima”; es alguien que se asemeja a todos los que día a día padecen los errores, pecados e incoherencias de la institución.

Este lugar que ha logrado Francisco en la consideración general –sitio que se ganó a fuerza de sencillez, coherencia de vida y un lenguaje cercano y comprensible– convierte los “palos en la rueda” en un “búmeran” que se vuelve contra quienes quieren obstaculizar su camino. Quien lanza críticas a la acción del Papa recibe muchas más críticas que las que hace. Nadie puede detener su marcha porque se mueve con la autoridad que le da ser el Papa y con la autoridad personal que le da ser la persona que es.

Esta manera de conducir que tiene Francisco, ofrece una pista que deberían observar detenidamente todos aquellos que tienen alguna autoridad: en nuestro tiempo ya es imposible apoyarse solamente en el cargo que se ocupa, que para la mayoría de las personas es poco importante hasta en el caso el Papa; la única autoridad que aún se puede pretender tener es la que da ser una personalidad libre con una conducta coherente y, en el caso de la Iglesia, evangélica.

Amar palabras

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¿Amamos los Evangelios? ¿Forman parte de nuestra vida como lo hacen otras cosas de las que no podemos desprendernos sin saber por qué? No el libro sagrado que los contiene, sino los textos mismos, o mejor dicho, las sensaciones que esos textos provocan en nosotros. ¿Nos despiertan amor esa frases que están destinadas a llenar de vida nuestra vida?
Si no amamos esos textos será muy difícil comprenderlos y mucho más difícil aún vivirlos. Vivirlos no quiere decir llevarlos a la práctica, sino vivirlos, que llenen nuestra vida, que nos emocionen y nos pongan en movimiento, que nos acerquen a su autor hasta llegar a enamorarnos de él. Después vendrá la puesta en práctica, la fuerza de voluntad, los buenos propósitos. Pero todo eso está condenado al fracaso si no amamos esos textos, como se aman las personas y las cosas que nos han dado a beber de la riqueza de sus vidas. ¿Cómo no amar esas palabras que nos ponen en misterioso contacto con el Señor?
Convertir esos textos sagrados en conceptos que hay que comprender me recuerda la tarea de aquellos que coleccionan mariposas clavándolas con un alfiler y poniéndolas en una vitrina. Son hermosas pero están muertas. La Palabra de Dios envasada al vacío en conceptos y mandatos pierde toda su belleza y su fuerza, y, además, no pueden transmitirnos vida porque no la tienen. ¿Cómo amarlas?
Hay que entrar en esos textos como el explorador entra en la selva. No se detiene ante el primer árbol que encuentra para intentar clasificarlo y saber de él datos que permitan ubicarlo en algún sitio de su cabeza o su biblioteca. El explorador penetra en la espesura y se va dejando invadir por la infinita cantidad de sensaciones que lo atrapan. Fascinación, algo de miedo ante lo desconocido, una atracción imposible de calmar. Se está entrando en un mundo nuevo y a cada paso hay una sorpresa que no cabe entre las cosas ya conocidas. Es un mundo.
La Palabra del Señor es un mundo misterioso que hay que amar y habitar con cuidado, respeto, silenciosa pasión que empuja a escuchar, a penetrar más adentro de ese universo, tan vasto y misterioso como nuestro propio corazón. Ese es el lugar del encuentro con la voz que suena más allá de las palabras, con el que hace sonar su voz ese día, a esa hora y para transformar ese momento.

Cuando no se entiende al Papa que no viene

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Mucho se ha escrito, dicho y especulado sobre el viaje, o, mejor dicho, el no-viaje, del Papa Francisco a la Argentina. El último anuncio de su visita a Chile y Perú, sin pasar por su país, desató una ola de comentarios en los medios y en las redes sociales. Algunos de esos comentarios fueron irrespetuosos, otros, políticamente interesados; muchos solamente fueron comentarios de medios de comunicación que aprovechan cualquier situación para imaginar los más disparatados argumentos sin ningún conocimiento del tema.

Desde la jerarquía eclesiástica, Monseñor Sergio Buenanueva, Obispo de San Francisco, Córdoba, también hizo oír su opinión. Esa opinión es especialmente válida porque gracias a su constante e inteligente utilización de las redes sociales, Monseñor Sergio se ha convertido en una de las pocas voces claras que no elude los temas y que de manera sencilla y transparente se expresa con una libertad que sería muy bueno que sus hermanos en el episcopado imitaran.

El obispo, en su cuenta de twitter, en el mismo tono con el que dice que visitó una parroquia en sus fiestas patronales, comparte su opinión sobre las próximas elecciones nacionales diciendo: “Por 1ª vez, desde que voto, he pensado no votar en las PASO, votar en blanco o nulo. Siento que me toman el pelo. No lo haré. Pero…” Sus comentarios transmiten ese aire fresco que tanto necesitamos. Por eso se ha convertido en un referente para muchos y se esperaba su palabra con respecto al no-viaje papal.

Como el obispo no huye de los temas, esa opinión llegó con la claridad acostumbrada: “Comprendo la desazón de muchos católicos de a pie – especialmente los que sostienen la evangelización día a día – que no terminan de entender bien porqué el Papa no viene. Lo dicen con franqueza y sin segundas intenciones. Los comprendo, y también comparto esos sentimientos. Los animo – y me animo – diciendo que, como católicos argentinos, tenemos que sostenerlo con nuestra oración, el aprecio por su persona y el consuelo de ver todo lo que está haciendo en la Iglesia, por el mundo, por los pobres”, escribió en su blog Evangelium gratiae, https://evangeliumgratiae.blog.

Allí también expresa: “No voy a entrar en las especulaciones sobre porqué Francisco demora su visita pastoral a Argentina. Las lecturas políticas me resultan reductivas, banales y hasta provincianas” y finalmente, “miramos con un poco de “cristiana envidia” a nuestros hermanos latinoamericanos que reciben su visita. Se alarga la espera. El amor le tiene que dar la mano a la paciencia y a la perseverancia. El reencuentro será más fecundo. Eso sí: mientras esperamos, dediquémonos a lo verdaderamente importante según el Evangelio: caminar, edificar y confesar a Jesucristo.”

El obispo se ubica en el mismo lugar en el que están todas las personas a las no le es suficiente que el Vaticano afirme que “el Papa, que ama a su país, viajará cuando lo considere oportuno”; tampoco se conforma con las voces de ese coro de “voceros informales” que pretenden ofrecer explicaciones políticas o religiosas intrascendentes; la palabra de Monseñor Sergio hace bien porque se ubica en el lugar correcto: se une al sentimiento de millones de hijos de la Iglesia en Argentina que simplemente quieren que venga el Papa, quieren verlo, expresarle su afecto y transmitirle su apoyo.

El Papa por ahora no viene, mientras tanto hay mucho por hacer; entre otras cosas, aprender a vivir y a hablar con la misma libertad de Francisco. No necesitamos “comunicados oficiales” sino pastores que nos hablen con el corazón en la mano. Quienes escuchamos somos adultos a los que no se conforma con frases vacías, aunque sean frases “piadosas”.

Terrorismo para pensar

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Europa está viviendo una etapa marcada por atentados terroristas de una enorme  crueldad, que tienen como víctimas habituales a pacíficos ciudadanos. Cada uno de esos hechos merece las más duras condenas y, también, una rigurosa reflexión. La condena, si no es acompañada de una reflexión seria y profunda, solo aporta palabras vacías y frases hechas. Después de los últimos atentados ocurridos en Londres, los británicos, con sensatez, decidieron responder a la agresión con la decisión de no alterar el ritmo de sus vidas. Más allá de algunas precauciones elementales, la sociedad en su conjunto no está dispuesta a modificar su manera de vivir por esas embestidas inhumanas.  Se trata de una respuesta razonable, aunque con una condición: seguir la vida como si no hubiera pasado nada no puede dispensar de un debate y una reflexión lúcidos y valientes sobre las raíces de lo que está ocurriendo.

A los latinoamericanos, nos resulta difícil comprender el fenómeno del terrorismo tal como lo están viviendo los países más desarrollados. Las causas de esa dificultad habría que buscarlas en varias cuestiones que se entrelazan conformando un complejo fenómeno, pero vamos a detenernos solamente en dos.

En primer lugar, es necesario comprender que en esta región del mundo, la violencia forma parte de la vida cotidiana de los ciudadanos desde hace varias generaciones. Aunque cada atentado que destruye vidas humanas merece la misma condena, es inevitable que idéntica información provoque reacciones diferentes entre quienes ya han experimentado esas tragedias muchas veces y quienes se ven sorprendidos por un hecho completamente inusual. Nadie se acostumbra a la violencia asesina, pero con la repetición de la tragedia se aprende a mirar la realidad de otra manera.

En segundo lugar, la violencia en nuestros países ha estado siempre vinculada a situaciones de graves injusticias sociales y las manipulaciones políticas de esa violencia han sido muy evidentes. En cambio, en Europa, el terrorismo se enmascara detrás de una supuesta “guerra de religión” que hace incomprensible el fenómeno para quienes vivimos en esta parte del mundo, que es ajena a ese tipo de situaciones.

Aunque los principales referentes de todas las grandes religiones se niegan a calificar el actual conflicto como una cuestión religiosa y abundan las afirmaciones que distinguen las tradiciones religiosas  de los fanatismos fundamentalistas; la cuestión no logra aclararse precisamente por la ausencia de una reflexión rigurosa sobre el fenómeno religioso en cuanto tal.  En general, en los países más desarrollados, se ha abandonado hace tiempo la reflexión sobre el lugar que ocupa la religión en la vida de una sociedad. Es más, una de las características propias de las sociedades “democráticas”, “progresistas”, “modernas”, es que son sociedades en las que “lo religioso” se considera como algo “superado” como fenómeno social y que solamente sobrevive en algunos sectores minoritarios, o ha sido relegado a cuestiones personales sin incidencia alguna en la marcha de las sociedades.

Nos encontramos así ante algunas cuestiones paradójicas: por una parte, países que tiene arsenales de armas capaces de destruir varias veces el planeta se encuentran desarmados ante personas a las que no les importa que las maten; y por otra, sociedades que necesitan entender el “hecho religioso” como fenómeno humano y han borrado desde hace muchos años esa cuestión central de todos sus debates culturales. Los terroristas se mueven entre jóvenes a los que en la escuela jamás se les planteó la cuestión religiosa y por lo tanto no tienen elementos para analizarla. No es difícil entonces para un fanático fundamentalista avanzar sobre mentes y corazones a los que nunca nadie antes les ha hablado de religión.

La larga, dolorosa y trágica convivencia de los pueblos latinoamericanos con la violencia social, ha tenido al menos un elemento positivo: hace ya mucho tiempo que — en medio de nuestra pobreza y precariedad — hemos ido aprendiendo a ir al fondo de las cuestiones y, en esa profundidad, la pregunta religiosa siempre está presente.

Publicado en Vida Nueva 19/6/17