Un debate necesario

En un país como la Argentina, en donde se acostumbra a vivir de sobresalto en sobresalto, la Iglesia desde hace ya bastante tiempo permanecía en silencio con respecto a los temas más polémicos. Repentinamente esa calma se interrumpió de una manera inesperada.

Por una parte, el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, sorprendió con declaraciones que se podrían llamar insólitas en un purpurado de su nivel: sin dar ningún rodeo de esos a los que nos tienen acostumbrados los eclesiásticos, se despachó sin ningún pudor en una feroz crítica hacia la expresidenta y ahora candidata a senadora y, como si eso no fuera suficiente, tomó claramente partido a favor de su contrincante en las próximas elecciones, el oficialista Esteban Bullrich.

Nunca, en un clima preelectoral, un arzobispo había fijado claramente una postura tan clara y sin matices. Lo habitual ha sido lo contrario: frases hechas, que casi sin contenido, se refieren a la importancia de la participación ciudadana sin entrar en demasiados detalles. Aguer siempre supo diferenciarse de los discursos políticamente correctos.

Casi simultáneamente, un grupo de sacerdotes poco representativos pero muy activos, que se presentan a sí mismos como aquellos que han hecho una opción por los pobres, irrumpieron en la escena pública con un documento que intima a los cristianos a votar en contra del gobierno, al que califica en términos durísimos. Desde la óptica de estos sacerdotes, no se puede ser cristiano y a la vez votar el proyecto del presidente Macri.

Como en el caso anterior, aunque sin la sutileza que caracteriza a Aguer, los curas “de los pobres” se jugaron políticamente y se presentaron como aquellos verdaderos intérpretes del Evangelio y del pueblo, condenando sin disimulo a todo cristiano que no piense como ellos. Una vez más los extremos se encuentran.

Todas las miradas se dirigieron entonces hacia la Conferencia Episcopal, pero las máximas autoridades permanecieron mudas —al menos hasta el momento de escribir estas líneas— y, al hacerlo, acertaron con la respuesta exacta. Ese silencio quitó entidad a ambas posturas y las redujo a lo que verdaderamente son: opiniones. Opiniones expresadas como verdades eternas e indiscutibles, pero solamente opiniones. De esta manera los obispos están dando un gran paso hacia adelante: aceptar como normal la existencia de posturas divergentes y públicamente expresadas.

Entonces se da la posibilidad de un debate, un debate necesario y urgente en el seno de la comunidad eclesial; una discusión en la que nadie pretenda adueñarse del Evangelio de Jesús para enviar al infierno a los contrincantes. Un sano debate en el que los distintos actores se vean obligados a abandonar sus intransigencias y a poner en práctica lo que predican los domingos en sus templos.

Para todos será bueno abandonar los lenguajes encriptados, que caracterizan habitualmente a los eclesiásticos, y comenzar a llamar las cosas por su nombre. Es muy saludable la expresión de las diferentes opiniones, aunque estas no sean presentadas como opiniones; de todas formas, es lo que son, aunque sean expresadas con ese viejo lenguaje en el cual unos y otros coinciden.

Es posible que este debate incipiente sea fruto de otro silencio aún más ensordecedor que el de la jerarquía local. Las misteriosas idas y vueltas del Papa argentino, sus palabras, sus gestos y sus silencios, están empujando a la Iglesia de su país a un sinceramiento profundo y largamente esperado por el pueblo fiel.

Solamente a través de un diálogo humilde se puede llegar al verdadero y más profundo desafío de la Iglesia en Argentina: la verdad es que más allá de los discursos y las buenas intenciones, son justamente los más pobres, y los jóvenes, quienes se han alejado hace tiempo de las palabras sin Evangelio; de esos anacrónicos discursos que usan las palabras de Jesús, pero no su mismo tono, ni su misma ternura.

Vida Nueva 24-09-17

Huracán sin prensa en Colombia

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El huracán “Francisco”, en su paso por Colombia, tuvo una inesperada competencia mediática: los huracanes que destruyeron ciudades enteras en el Caribe relegaron a un segundo plano informativo la visita del Papa al servicio de la reconciliación del pueblo colombiano. Si juzgamos a partir de lo que se vio reflejado en las pantallas, la finalización de medio siglo de enfrentamientos armados fue menos interesante para el gran público que la devastación provocada por las tormentas; o, acaso, poco atractivo para quienes manejan las agendas de los grandes medios de distracción masiva.

Es interesante comparar la manera como se trata en los medios una visita papal y el seguimiento que se hace de cuestiones como los huracanes, los conflictos armados o los partidos de fútbol. Cuando lo que hay que presentar a la audiencia son conflictos, las palabras de los relatores o comentaristas brotan entusiastas y precisas; los adjetivos fluyen y las descripciones son claras y minuciosas. En cambio, si se trata de hablar de reconciliación, encuentro, perdón, ternura, fe, alegría; u otros términos similares, las palabras suenan graves, pesadas, inseguras. Fácilmente se puede advertir que el periodismo no sabe qué hacer ante la ausencia de conflictos. En ocasiones hasta es trabajosa la pronunciación de determinadas palabras, los locutores tropiezan al decir “reconciliación”; incluso se puede adivinar que no comprenden muy bien el significado del término.

No es suficiente poner a disposición de los satélites imágenes de las visitas papales, urge acompañar esa tarea de una acción periodística que en su manera de tratar los temas logren transmitir con eficacia el mensaje. Además de la señal televisiva es necesario ofrecer al periodismo un material que le facilite el análisis o la explicación de lo que se refleja en las pantallas.

Imágenes que lo dicen todo

Como expresa en su última columna el director de Vida Nueva, José Beltrán, “sigue sorprendiendo la capacidad del Papa para traspasar la pantalla”. Es cierto, el Papa atraviesa la pantalla y se tiene la sensación de tenerlo en casa. Miradas, gestos, sonrisas; en ocasiones los ojos bien abiertos por el asombro, o la caricia a un niño o un enfermo; todo ese conjunto se puede convertir en un verdadero espectáculo. En las manos de un buen director de televisión, la figura de Francisco puede generar emoción en el más insensible de los espectadores. Pero, siempre hay un pero, el contraste entre la frescura del Papa y la solemnidad y el gesto impenetrable de algunos personajes que lo acompañan, reflejan sin proponérselo una de las mayores dificultades que tienen hoy los comunicadores de la Iglesia: ¿cómo lograr que la pantalla sea atravesada no solo por la figura de un Papa sino por la imagen de una Iglesia viva, radiante, entusiasta?

Las imágenes muestran un Papa y un pueblo llenos de vida, acompañados por una serie de monseñores, o de monaguillos o lectores, que no participan de la misma manera; que no se expresan como parte de la misma fiesta. En torno a la descontracturada figura papal hay una serie de personajes rígidos e impersonales que confunden la solemnidad con el aburrimiento.

Francisco ha dado un paso más en su incansable lucha por la paz. Es un momento histórico y trascendente no solamente para Colombia. Junto con él, detrás o delante de él, urge la presencia de una Iglesia que lo acompañe. La Evangelización no puede ser obra de uno solo, tampoco cuando ese solitario es el Papa.

Vida Nueva 14/09/2017

Fanatismo, identidad y violencia

ninofeyenoord21La existencia de la opinión pública es una de las características de las sociedades democráticas. Desde sus orígenes griegos, la concepción democrática de la vida va unida al debate y al diálogo que hacen posibles los acuerdos básicos de una convivencia pacífica. Aquella plaza pública de Atenas, en la que las ideas se enriquecían en el intercambio, ha sido reemplazada en nuestro tiempo por esas inmensas plazas que ya no se constituyen en recintos físicos y encuentros cara a cara, sino en ese complejo conjunto de medios de comunicación en los que se canalizan los debates contemporáneos. Sin una libre circulación de las opiniones sobre los aspectos más variados de la vida no es posible la democracia. Por este motivo, también las sociedades democráticas modernas son viables si en ellas existe un verdadero respeto de la libertad de pensamiento y expresión. Lo contrario a la democracia es la eliminación de la circulación de las ideas y la imposición de un pensamiento único. Los ejemplos están a la vista.

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Desaparecido en democracia

En todos los países del mundo desaparecen personas y, en muchos casos, es notable la incapacidad de los estados para encontrarlas. Hasta en naciones desarrolladas y con policías e instituciones de seguridad muy competentes puede ocurrir que, de un día para el otro, alguien desaparezca de la faz de la tierra sin dejar rastros y nunca más se sepa nada. Pero aunque se trate de algo que ocurre en muchos lugares, el nombre de “Argentina” está penosamente ligado a la palabra “desaparecido”. Así como se asocia torpemente “Colombia” con “cocaína”, desde que la dictadura militar “desapareció” miles de personas, al decir “Argentina” muchas personas en el mundo asocian ese nombre con “desaparecidos”. La tragedia de aquellos años ha marcado al país por varias generaciones  y muchos argentinos aún intentan despertar de aquella pesadilla.

En este último mes, la desaparición en la Patagonia de Santiago Maldonado, un joven activista social, en oscuras circunstancias, despertó nuevamente los peores fantasmas. Otra vez la incapacidad del Estado para responder a la angustia de sus familiares y compañeros; otra vez también las sospechas sobre las fuerzas de seguridad; nuevamente el desconcierto y la tensión en una sociedad con una enorme hipersensibilidad en este tema; otra vez el miedo.

Algunos obispos hicieron escuchar sus voces reclamando justicia. Los organismos dedicados a la protección de los derechos humanos y algunos partidos políticos convocaron movilizaciones que, en algunos casos, fueron violentas y que solo sirvieron para aumentar las tensiones. Desde distintos ámbitos se multiplicaron los reclamos. La información y la desinformación saturaron los medios de comunicación. Los oportunistas políticos de siempre convirtieron al joven desaparecido en una bandera, en un símbolo. Entonces Santiago desapareció por segunda vez: dejó de ser una persona de carne y hueso, con familia y amigos; para convertirse en un objeto. Su vida personal desapareció, el joven se convirtió en un estandarte; pasó a un segundo plano la preocupación por su vida y ahora lo que importa es “lo que él significa”.

Sobre un drama humano se levantó un escenario en el que el centro ya no era la persona sino su significado político. En la calle, en las escuelas, en los medios, ya no se habla de él aunque su nombre se repita a cada momento. En realidad el tema es otro, no es Santiago; el tema es ver quién gana políticamente algunas tristes migajas de poder. La política, cuando se convierte en espectáculo nos convierte en espectadores; en un abrir y cerrar de ojos los ciudadanos somos solamente el público que observa un show montado para que algunos ganen y otros pierdan. Ya no importa la tragedia real de un joven que no se sabe dónde está.

La desaparición de la política

La manipulación política de las tragedias humanas vacía de contenido real a la política misma. Cuando todo es política y búsqueda mezquina de ventajas sobre los que son definidos como enemigos, entonces nada es política. El paso siguiente es aún más funesto: lo que desaparece ya no son solo las personas, sino la democracia misma. Cuando la democracia deja de ser una manera de vivir, una forma de cultura, entonces se está preparando el camino para que también deje de ser una forma de gobierno. La política, como una de las más nobles actividades humanas, tiene sentido cuando está al servicio de los hombres y las mujeres concretos, no cuando se aprovecha de ellos. Convertir un desaparecido en una bandera es servirse de él y hacerlo desaparecer dos veces. De la primera desaparición son responsables los que cometieron el delito; de la segunda, son aquellos que, como aves de rapiña, se congregan junto a la víctima preocupados por sí mismos, por sus ideas y organizaciones; y no por lo que le ocurrió a una persona concreta.

Cuando la política se reduce a discusiones vacías y mezquinas se desvirtúa a sí misma y los ciudadanos perdemos el único instrumento que tenemos para convivir en paz y en democracia. Cuando la política deja de ser una búsqueda del bien común y se reduce a la defensa de intereses individuales, entonces desaparecemos todos. Solo quedan en pie las ideologías más extremas y los intereses económicos más miserables. Por eso hay que reclamar que aparezca con vida Santiago y, con la misma fuerza, exigir que nadie se aproveche de su infortunio.

Vida Nueva el 31/08/2017

La Iglesia y el miedo en tiempos de cambios

miedo-a-emprenderA medida que van pasando los años en este tiempo de la Iglesia marcado por la presencia y la palabra del papa Francisco, va quedando más patente la dificultad inmensa de llevar adelante las transformaciones que este Papa propone.

Las enseñanzas de Francisco, en forma de exhortaciones, homilías, discursos y todos los medios que utiliza, son recibidas con entusiasmo, pero lentamente van quedando en el olvido. Parecen la semilla de la parábola del sembrador que cae entre espinas y “las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto” (Mt. 13, 22). Va pasando el tiempo y cada día es más fuerte el contraste entre las palabras del Papa y la realidad de las Iglesias locales y, también, de la Iglesia en todo el mundo.

Es cierto que hay experiencias de compromiso con el Evangelio que son extraordinarias y que muestran comunidades vivas y entusiastas, pero antes de Francisco, y en todas las épocas esas, experiencias siempre han existido. Lo que despertó Francisco fue la esperanza de un cambio profundo en las instituciones, en las maneras de actuar y en la forma de presentar el mensaje; y demasiadas cosas siguen pendientes.

Es urgente reflexionar a fondo sobre las causas de esta resistencia a los cambios que propone el Papa y que no son, nada más y nada menos, que los que propone el Evangelio. El mayor peligro reside en que esta situación se prolongue hasta acostumbrarnos a escuchar a un pastor que invita a algo que en la práctica parece irrealizable; acostumbrarnos a las palabras bonitas que se estrellan contra estructuras indestructibles. En este caso ya la comparación no sería con la semilla caída entre espinas sino con aquellas caídas al costado del camino, es decir, “cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón.” (Mt 13,19).

El miedo

Cuando hablamos de estructuras que impiden los cambios fácilmente nos imaginamos estructuras de poder, de dinero, de conveniencias políticas; el Banco Vaticano, los palacios episcopales y ese tipo de realidades. Pero hay estructuras más sutiles y, sin embargo, más rígidas y difíciles de modificar. Una de ellas es el miedo a las novedades y a cualquier tipo de cambio. No se trata de un fenómeno solo eclesial sino mucho más amplio: el mundo en el que vivimos está perplejo ante lo desconocido. El hombre y la mujer de nuestro tiempo que —al menos en occidente— hasta hace poco soñaban con un progreso imposible de detener, ahora parecen desconcertados ante esta criatura que ha salido de sus manos, y que no solo no ofrece seguridades y desarrollo sino que a su paso siembra violencia e injusticia.

Cuando jóvenes ciegos por el odio y las ideologías arrojan coches sobre gente inocente; cuando los que tienen en sus manos el poder de destruir el mundo juegan con fuego lanzando amenazas; cuando el 90 por ciento de la riqueza está en manos del 10 por ciento de la población; cuando es preferible ahogarse en el mediterráneo que vivir en el infierno; cuando pasan estas cosas día a día, no hay manera de ser cristiano y a la vez buscar una vida cómoda y confortable.

“No tengan miedo”, por algo el nazareno repitió tantas veces esas palabras a sus discípulos. Todo lo que Él anunciaba era novedad, su invitación era para seguirlo hacia lo desconocido; su mensaje no era para quienes buscaban seguridades. En este tiempo el mensaje sigue siendo el mismo: lo que nos debería asustar es lo conocido, no la novedad. Lo que ya conocemos nos ofrece una falsa seguridad que nos hunde en el miedo que paraliza; en cambio, la propuesta de Jesús, que repite Francisco, es una invitación a superar los miedos a fuerza de confianza. El peligro está en encerrarse, ya sea en palacios o en ideologías, la seguridad está en abrir las puertas y caminar hacia la novedad y la intemperie. Entonces la semilla caerá en tierra buena, y dará fruto, “ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno.”

Vida Nueva  24/08/2017

El invisible hilo que une la política y la fe

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Hubiera sido mucho más fácil quedarse en la sinagoga enseñando a esas buenas gentes a cumplir la Ley, a ser judíos intachables, a formar familias ejemplares, hombres justos que viven las mejores tradiciones de Israel. Tenía ya unos treinta años y desde niño participaba de esas tradiciones, sin lugar a dudas muy buenas y llenas de sabiduría acumulada durante siglos. ¿Para qué salir a los caminos a encontrarse con leprosos y mendigos? ¿Para qué acercarse a esos hombres y mujeres impuros que seguramente habían cometidos graves pecados, ellos o sus padres? ¿Por qué no quedarse en casa y desplegar allí, entre sus familiares y amigos, esos dones extraordinarios que tenía para enseñar con palabras sencillas y conmovedoras las verdades más profundas?

Pero no se quedó en casa. Lo que tenía para decir no cabía en las palabras. Ni siquiera él, con su inagotable capacidad de expresión, era capaz de expresar solo en palabras lo que tenía en su corazón. Tenía que salir, tocar el dolor, abrazar niños, hablar con prostitutas y muchos otros de mala fama; hablando desde esos lugares sus hermosas palabras sonaban diferente, no solo eran verdad, también eran creíbles. Desde allí, desde los márgenes de esa sociedad injusta y cruel —como casi todas—, sus enseñanzas no eran solamente conceptos sino también gestos, actitudes, signos; además de ternura y denuncia. No solo enseñaba, transformaba la vida de quienes se acercaban a él y se dejaban conmover por esa manera nueva, atrayente y desafiante de vivir.

Llovieron entonces todas las críticas y las amenazas. Quizás los que no lo seguían lo comprendieron mejor que sus discípulos, bastante torpes. Quizás aquellos que no estaban dispuestos a escucharlo, entendieron inmediatamente que mientras que esas bellas palabras se dijeran en el Templo o en discusiones teóricas, eran inofensivas; pero que dichas desde esos caminos polvorientos y acompañadas por esos sospechosos personajes, se convertían en palabras amenazantes. ¿Qué amenazaban? Sus cómodas maneras de vivir y de pensar, sus plácidas vidas en un mundo que era como era y que así seguiría siendo se hiciera lo que se hiciera.

La tensión creció hasta que fue insoportable, hasta que llegaron a una conclusión tan simple como cruel: era necesario silenciarlo. Silenciarlo para siempre. Lo que ese hombre hacía había superado los límites de la religión y se había convertido en política. El orden del Templo y el frágil equilibrio entre judíos y romanos estaba en peligro. Era demasiado lo que había en juego como para permitir que ese Galileo lo pusiera en cuestión. Entonces fueron ellos los que mezclaron política y religión: utilizaron su poder político para solucionar un tema religioso. Aquel que hablaba de Dios como un Padre misericordioso y cercano fue asesinado por quienes veían en ese mensaje una amenaza para sus creencias y privilegios. No fue Jesús quien mezcló política y religión sino quienes lo mataron.

Conflictos actuales

Desde entonces un hilo fino y frágil, casi imperceptible, mantiene unidos el mensaje cristiano y las consecuencias políticas de ese mensaje. Lo vivieron las primeras comunidades de cristianos y la historia entera de occidente es un interminable ejemplo de esa tensión no resuelta.

Ahora nuestra América Latina, piadosa y creyente; a la vez que injusta y desalmada, es otro doloroso ejemplo. Venezuela y su crisis interminable, Colombia y su trágica guerra interna; Argentina y sus divisiones profundas y dolorosas, son solo tres ejemplos de muchas y complejas situaciones.

A veces es fuerte la tentación de quedarnos en las Iglesias ayudando a quienes concurren a ellas a ser buenas personas, en teoría podríamos hacerlo; las críticas serían menores y las dificultades también, ¿pero cómo hacer eso sin traicionar al Maestro?, ¿cómo hacer eso si el mismo Papa elige el camino de comprometerse, ir hacia las personas y los pueblos arriesgándose a cometer errores e incluso poniendo en peligro hasta su propia vida? Solo así el Evangelio será creíble. Como dice Francisco: “sólo quien comunica poniéndose en juego a sí mismo puede representar un punto de referencia”.

Vida Nueva, agosto 2017

Libertad y debates saludables

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“Como la Iglesia es un Cuerpo vivo necesita de la opinión pública para mantener el diálogo entre sus propios miembros. lo así prosperará su pensamiento y actividad. ‘…Le faltaría algo en su vida, si careciera de opinión pública. Y sería por culpa de sus pastores y fieles’. ”  Éste párrafo puede encontrarse en el Nº 115 de la Instrucción Pastoral  Communio et Progressio de la Pontificia Comisión para los Medios de Comunicación Social y fue publicado en 1971. La cita final, con la que se refuerza la importancia del tema, corresponde a un discurso de Pío XII del 17 de febrero de 1950. Han pasado muchos años, la comunicación social se ha transformado radicalmente, y sorprende la notable actualidad de lo expresado entonces.

Más asombroso resulta pensar lo poco que se ha avanzado en estos años en la cuestión de fondo. Parecería que aún seguimos con miedo a las discusiones. Evidentemente cambiaron los medios, pero no se trata de saber si nos comunicamos por telégrafo o por WhatsApp —eso es secundario— la cuestión es cómo nos comunicamos entre los miembros de la Iglesia y con las realidades en las que ella desarrolla su labor. Ese cómo no se refiere a los aparatos que se usen sino a temas relacionados con la actitud, los contenidos, el lenguaje y muchos otros de ese tenor. El verdadero desafío no está en los instrumentos sino en los contenidos. Hoy contamos con una impresionante parafernalia tecnológica, pero no se trata de antenas, cables, satélites y pantallas, sino de algo mucho más profundo y complejo: ¿qué queremos comunicar?, ¿a quiénes?, ¿por qué?, ¿cómo? Las respuestas a estas preguntas, las más básicas, las que se aprenden en la primera clase de periodismo, siguen pendientes en muchos ámbitos.

El mismo documento continúa diciendo: “Es necesario, pues, que los católicos sean plenamente conscientes de que poseen esa verdadera libertad de expresar su pensamiento, que se basa en la caridad y en ‘el sentido de la fe’.” Se relaciona a la opinión pública necesaria y saludable en la Iglesia con la libertad de los cristianos de expresarse. En tiempos de redes sociales y de constantes discusiones sobre el rumbo de la Iglesia y debates sobre la actuación de pastores y de fieles, estas palabras adquieren una nueva fuerza. La pluralidad de opiniones no debe extrañarnos, ni tampoco vivirse como un peligro a evitar, el Espíritu fomenta tanto la unidad como la diversidad.

“Los católicos, pues, aún debiendo estar todos atentos a seguir el Magisterio, pueden y deben investigar libremente, para llegar a interpretar más profundamente las verdades reveladas, a fin de que éstas se expongan mejor a una sociedad múltiple y cambiante.” (CP117) Es bueno repetirlo: investigar libremente las verdades reveladas. El desafío no es conservar intactas las formulaciones de la doctrina sino exponerlas mejor; en otras palabras, que lo que se diga se entienda.

Hoy todo se debate y eso asusta a muchos, pero no hay nada que temer, ese diálogo es la manera de generar opiniones y posturas claras en la Iglesia; de crecer y ser adultos en la fe. El mismo documento lo decía hace casi 50 años: “Esta libertad de expresión en la Iglesia, lejos de dañar su coherencia y unidad, puede favorecer su concordia y coincidencia, por el libre intercambio de la opinión pública.”

Vida Nueva 2/8/17

Explicar los cambios

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La Iglesia en su conjunto y las Iglesias particulares, cada una según sus características especiales, se encuentran en un proceso de cambios profundos. Son desafíos que plantean, por una parte, la realidad del mundo en el que vivimos y, por otra, las palabras y los gestos del papa Francisco. Desde la misma Sede de Pedro se escuchan día a día los llamados a llevar adelante transformaciones audaces en la manera de organizarse, de hablar, de proclamar, vivir y celebrar el Evangelio. Reiteradamente los bautizados somos urgidos a llevar a la práctica en nuestro tiempo las exigencias que brotan de las enseñanzas de Jesús.

Esta enorme transformación a la que estamos invitados o, para usar términos más evangélicos, esta conversión, este cambio de punto de vista y de vida concreta que se nos está demandando, necesita no solo de exhortaciones y expresiones de deseos papales. Toda la comunidad debe ponerse en movimiento hacia ese objetivo que se propone. No son suficientes ni las convocatorias de Francisco ni los buenos deseos de la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, es necesario poner manos a la obra. Pero entre la exhortación al cambio y su ejecución es ineludible un paso intermedio: saber concretamente qué hacer y cómo.

Parece faltar un trabajo de análisis, de conocimiento de cada realidad, de aprendizaje. Esa conversión a la que nos urgen los tiempos y el Evangelio, además de consejos piadosos y buenos deseos necesita de explicaciones más precisas, de reflexiones comunitarias que permitan vislumbrar caminos concretos. Esa tarea ya no es del Papa sino de las comunidades. Pastores, laicos, religiosos, sacerdotes, todos los miembros de cada comunidad, necesitamos entender, ponernos de acuerdo en temas precisos, revisar nuestro lenguaje, fijar prioridades, fortalecer los vínculos, renovar la espiritualidad, en algunos casossentarse a estudiar temas en los que somos ignorantes.

Difícil, pero necesario y urgente

La conversión implica un cambio en la mirada, en el punto de vista, en la manera que tenemos de observar la realidad. Como no podía ser de otra manera, el Papa nos recuerda que la realidad debemos mirarla desde el Evangelio, a la luz de las enseñanzas del Señor, pero a esa afirmación obvia agrega algo que no es un detalle sin importancia: debe hacerse desde la periferia de nuestras comunidades, desde las necesidades de las personas, no desde las urgencias de las instituciones. Ese “detalle” no es un invento de Francisco, es la manera en la que Jesús mismo observa y actúa. Lo que impulsa al Señor es su amor por los hombres y mujeres; en ningún momento se lo ve preocupado por “preservar las instituciones”. No desprecia las instituciones, las pone en su sitio: “el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado” (cf Mc. 2,27).

Esa manera de ver del Señor suponía, en su contexto, un cambio en el “punto de vista” absolutamente revolucionario: se atrevía a poner en cuestión instituciones como el Templo y el Sábado, algo inimaginable para los judíos de su tiempo. Lo hacía poniendo por encima de las instituciones el dolor, el abandono, la explotación, la ignorancia; y toda la larga lista de las necesidades de las personas concretas.

Estamos invitados a recorrer ese camino. El Papa, como buen pastor, se ha puesto al frente y señala la dirección, pero es imperioso caminar, ponerse en movimiento. Eso no lo puede hacer el Papa en soledad; es la hora de las comunidades, de las diócesis, de las conferencias episcopales. Allí es donde son necesarias las explicaciones sobre lo que no se entiende, la búsqueda en común, el estudio, la reflexión. Para expresarlo en términos más eclesiásticos: allí es dónde es necesario el camino sinodal, caminar juntos. Tan simple de decir y tan difícil de hacer, pero necesario y urgente.

Vida Nueva 27/07/2017

El trigo y la cizaña

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El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.”

Mateo 13, 24-43

La parábola «del trigo y la cizaña», que escuchamos hoy en la liturgia, nos recuerda que Dios hizo las cosas bien, que la creación es “buena”. Lo afirma la Biblia desde el primer capítulo del Génesis en el que, a cada paso, como una letanía, se repite una y otra vez: “y vio Dios que era bueno”, y que termina con la expresión: “Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno.” (Gn. 1)

No es que a Dios “le gustó” lo que había hecho porque estéticamente “estaba bien”. Se quiere señalar otra cosa: que era exactamente lo que Él quería hacer. Ese calificativo “bueno” no se refiere tampoco a algo moral (lo opuesto a malo) sino que expresa que lo creado era lo que Él quería crear.

Es una expresión que refleja la satisfacción del artista al terminar lo que se propuso; se refiere a ese momento en el que la obra está concluida porque ya es lo que se quería que fuera. Podemos imaginar a un pintor en el momento de terminar su cuadro; o al escritor al poner el punto final de su obra; o al ama de casa en el momento de terminar de preparar un rico postre. Ese “vio que era bueno” indica que la creación es lo que Dios quiso crear.

¿Por qué esta insistencia en afirmar la bondad de la creación? Esas palabras se dirigen a personas que vivían en la precariedad del desierto, a la intemperie, de guerra en guerra y de catástrofe en catástrofe, que fácilmente podían caer en la tentación de pensar que “el mundo era malo”. A personas como nosotros.

Lo que les importa a los autores del Génesis es señalar que, a pesar del mal que hay en el mundo, no se debe olvidar que Dios hizo todo bien, que es Él el que conduce la creación y la vida de cada uno de nosotros. Esto es clave, porque es por este motivo que la actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. La insistencia en que todo ha salido de las manos de Dios y que la creación es buena nos indica que la actitud primera debe ser confiar en el Creador;  después, aunque sea sólo un segundo después, se trata de entender el dolor y el sufrimiento.

Dios ahora nos está creando y diciendo: “Es muy bueno”. Por eso podemos mirar lo que vivimos y decir: “todo lo que hizo Dios es bueno”, o mirar nuestro corazón y repetir: “es bueno”. Después, apoyados en esa confianza, viene la tarea de afrontar todo lo que no está bien.

El mal en el mundo, tanto en el libro del Génesis como en este pasaje evangélico, no se atribuye a Dios sino “al enemigo”. En el relato de la creación ese enemigo es la serpiente, el demonio; en este texto de hoy no tiene nombre, es “algún enemigo”. Nuestra curiosidad nos empuja a averiguar cuál es el rostro y el nombre de ese enemigo, pero los textos no se disparan en esa dirección. Lo que quieren es que quede claro que las cosas fueron bien hechas y que, a pesar de lo que hizo “el enemigo”, nada escapa al poder de Dios que, por decir así, tiene el control de la situación.

Es completamente distinto partir de la certeza de que este mundo es bueno y que tenemos mucho trabajo por delante, que pensar que es malo. Si la creación no fuera “buena”, deberíamos pensar que Dios nos ha puesto una trampa.

Nuestro trabajo no se parece al del pintor de cuadros, sino al del “restaurador”. No tenemos que hacer buena la creación sino redescubrir lo buena que es. No tenemos que inventar el bien sino arrancar, despegar, quitar el mal.

Tienen ojos y no ven

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El salmo 115, en su versículo 5, se refiere a los ídolos con la expresión “tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen”. Poco después agrega: “no tiene voz su garganta”. El salmista se refería a esas imágenes que se fabricaban los paganos y a las cuales veneraban y de las que esperaban mágicas respuestas. En nuestro tiempo, por el contrario, los ídolos que fabricamos además de tener ojos y orejas, parecen escuchar y ver. Muchas veces hablan demasiado. Los ídolos ya no son imágenes de piedra o barro sino personajes a los que elevamos a ese extraño altar posmoderno en el que conviven estrellas de la música, el deporte, en ocasiones de la ciencia y, pocas veces, fugaces estrellas de la política.

Muchos de esos ídolos utilizan su voz para vendernos productos de todo tipo. Lo hacen por un tiempo, porque la sociedad que consume los productos que ellos venden también consume ídolos y un día aquellos personajes desaparecen de las pantallas para ser reemplazados por otros, habitualmente más jóvenes y al gusto de las nuevas tendencias.

Los ídolos nacidos de la ciencia, especialmente de la tecnología, hablan incesantemente del futuro. No son profetas pero nos están alertando sobre una tragedia: todo los que ya compramos muy pronto será descartado, y será mejor empezar a ahorrar para no quedar afuera de ese universo deslumbrante que nos anuncian inminente.

Finalmente, las estrellas fugaces de la política, intentan vendernos ideas, que ellos mismos encarnan; o sea que son ellos los que están en venta. Básicamente utilizan un par de estrategias, que pueden combinarse de diferentes maneras: algunos se presentan como salvadores de los incontables males que nos aquejan, por culpa de otros que no supieron hacer las cosas bien. Otros, más sutiles, apelan a sentimientos más profundos: la frustración, el fastidio, el odio y varios otros “malos espíritus” que suelen ambular por los corazones. Se presentan a sí mismo como los que canalizarán toda esa inmensa angustia, y para hacerlo no dudarán en poner sal en las heridas y desconsuelo en el dolor.

Son ídolos

Urge recordar que son solamente ídolos. “Tienen ojos y no ven; tienen orejas y no escuchan”, muy lejos de sus discursos y sus gestos está la realidad que nos invitan a evadir, a no mirar ni escuchar. Son ídolos que nos enceguecen y nos impiden escuchar; nos invitan a mimetizarnos con ellos y hasta pretenden quitarnos la voz.

En medio de todos esos espejismos el papa Francisco intenta volvernos a la realidad, nos invita a tocar las llagas de Cristo en las heridas de nuestros hermanos; nos invita a abrir los ojos y los oídos, pero no a la televisión ni a los medios sino al prójimo, a esa persona que está cerca y que me compromete, que me obliga a preguntas inquietantes que se refieren a mi propia responsabilidad. El Santo Padre nos invita a ir a las periferias, al encuentro comunitario, a caminar juntos, de esa manera se evita que los ídolos confundan.

No es suficiente la valiente voz del pastor, la Iglesia entera tiene que recuperar su propia voz y convertirse en profecía. Para lograr hacerlo no deberían los cristianos esperar que ese pastor hable y actúe como los ídolos y nos ofrezca respuestas mágicas. Menos aún esperar que se presente como otro personaje que nos quiere vender algo, por ejemplo, una seguridad, un rumbo claro, una moral incuestionable. Francisco no es un ídolo, invita a ponerse de pie, a ver, escuchar, tocar. Esos era los signos que acompañaban al carpintero de Galilea: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los sordos oyen y la Buena Noticia se anuncia a los pobres (cfr. Lc 7,22).