Cenizas

Cuando aun no se han apagado los ecos del encuentro convocado por Francisco sobre la protección de los menores en la Iglesia, cuando aun está presente en los corazones la vergüenza y la tristeza de esos hechos, hace bien recordar que nuestra lamentable fragilidad es el empinado sendero que lleva hacia la alegría de la resurrección.

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De la abundancia del corazón habla la boca

DOMINGO 8 C 

Lc 6, 39-45 

Jesús hizo esta comparación: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será́ como su maestro. 

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo’, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano. 

No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca”.


En este texto el primer párrafo nos habla de la ceguera, un ciego no puede guiar a otro y si lo hace ambos pueden caer en un pozo. El segundo párrafo, nos habla también de alguien que no puede ver pero lo hace de manera diferente, en este caso se trata de alguien que no ve pero no está ciego sino que está mirando hacia los defectos de los demás. Éste también puede caer en un pozo, en un pozo más profundo y peligroso que el primero, el hondo y oscuro abismo de la hipocresía.

El hipócrita es aquel que miente no solo sobre lo que dice sino que miente sobre lo que es, miente sobre su identidad. Ése es el profundo abismo en el que se encuentra atrapado el hipócrita: a fuerza de mentir para ocultarse ante los demás termina ocultándose a sí mismo su propia identidad. Ya no sabe quién es, está completamente ciego, ya cayó en su propio pozo.

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¿Serán como dioses?

Séptimo Domingo C

Lc 6,27-38

Jesús dijo a sus discípulos: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. 

Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo. 

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será́ grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos. 

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará́. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.


Las palabras que hablan del amor siempre son atractivas, pero seguramente ante estas palabras de Jesús sobre el amor a los enemigos, los discípulos del Señor habrán quedado perplejos. Ellos habían aprendido lo contrario de boca de sus padres y maestros: a los enemigos había que odiarlos. Esa era una de las enseñanzas más claras y contundentes que habían recibido. Toda la historia del pueblo de Israel era una historia de guerras contra enemigos que habían intentado exterminarlos y cuando Jesús pronunciaba esas palabras estaban siendo sometidos por un pueblo enemigo.

Hoy también nos resulta difícil escuchar estas palabras porque tenemos que convivir con personas que tienen formas de vivir y pensar muy diferentes. Tenemos que convivir incluso con personas violentas y agresivas o con situaciones de una enorme injusticia. Es fácil tener buenos sentimientos hacia quienes son muy diferentes mientras están lejos pero en la medida que se acercan aparecen los temores y los prejuicios. A veces ni siquiera somos capaces de convivir en paz en una misma familia cuando las maneras de pensar sobre algunos temas no coinciden.

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Los que ahora están satisfechos

Sexto Domingo C

Lc 6, 12-13. 17. 20-26

Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió́ a doce de ellos, a los que dio el nombre de apóstoles. 

Al bajar con éstos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de tiro y Sidón. entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: 

“¡Felices ustedes, los pobres, porque el reino de Dios les pertenece! ¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados! ¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán! ¡Felices cuando los excluyan, los insulten y proscriban el nombre de ustedes, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre! ¡alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será́ grande en el cielo. ¡De la misma manera, los padres de ellos trataban a los profetas! 

Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo! ¡ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas! ¡ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera, los padres de ellos trataban a los falsos profetas!


En este texto se nos muestra que Jesús busca momentos de silencio y oración. A diferencia de nosotros que muchas veces pensamos que es suficiente una breve plegaria aprendida de memoria Jesús “pasó toda la noche en oración con Dios”. Para peor, cuando creemos que son suficientes breves oraciones, lo hacemos convencidos de que no es necesario dedicar más tiempo porque “Dios ya me conoce y sabe lo que necesito”. Esa excusa se apoya en algo que es verdad, lo que no decimos es que nosotros no lo conocemos a él ni sabemos lo que necesitamos.

La oración no es un medio a mi disposición para informar a Dios de mis necesidades, una especie de oficina que atiende los reclamos de los clientes; sino un tiempo para aprender a conocer a Dios y para descubrir aquello que verdaderamente necesito. ¿Qué otra actividad sería más importante que conocer mejor a Dios y conocerme mejor a mí mismo?

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«Si tú lo dices, echaré las redes»

Quinto Domingo C

Lc 5, 1-11

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí, vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. 

Jesús subió́ a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió́ que se apartara un poco de la orilla; después se sentó́, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Navega mar adentro y echen las redes”. Simón le respondió́: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”. Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. 

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”. El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: “No temas, de ahora en adelante, serás pescador de hombres”. Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.


El domingo pasado veíamos a Jesús hablando en la sinagoga y a la gente enfurecida que no quiere escucharlo y que hasta intenta matarlo. Hoy la escena es totalmente distinta. Jesús está junto a un lago, no en la sinagoga; la gente se amontona para escucharlo. No quieren milagros ni curaciones, solo desean oír lo que dice.

La vida de Jesús que nos relatan los evangelios transcurre a partir de entonces más en los caminos, las aldeas, las orillas y las barcas, que en las ciudades, el Templo y las sinagogas. El Señor se encuentra con la gente en los lugares en los que la gente vive, trabaja, celebra, llora y ríe. Actúa y enseña como si fuera uno más, pero no lo es. Cada tanto sus gestos expresan la inmensa distancia que lo separa de aquellos que lo rodean. No es la distancia que imponen los que se creen importantes sino la distancia que impone su misteriosa presencia.

“Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Navega mar adentro y echen las redes”. ¿Cómo habló Jesús para que el experimentado pescador le hiciera caso? ¿Por qué si había intentado pescar toda la noche, que era el horario indicado para pescar, y por qué si ya había limpiado las redes, en pleno día y a pedido de ese extraño predicador se decide a recomenzar la tarea? ¿De qué manera había hablado Jesús, qué había en ese hombre que en contra toda lógica daba instrucciones de cómo pescar? Por algún motivo ¿intuyendo algo? Simón no puede resistirse: “si tú lo dices, echaré las redes”. 

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Iglesia, comunicación y periodismo

Cuando aparece en la escena mediática un personaje de la Iglesia católica que resulta interesante para los medios y se posiciona con una fuerza y una identidad propias, habitualmente se encienden las alarmas en el resto de la institución. Ese personaje puede ser un cura de barrio, algún laico que sobresale por algún motivo o el mismo Papa; en cualquier caso, se convierte en un elemento que genera alguna incomodidad.

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El texto completo se publica en España en la versión en papel de la Revista Vida Nueva

“¿No es éste el hijo de José?

Cuarto Domingo C

Lc. 4,21-30

Después que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: “¿No es éste el hijo de José́?”. 

Pero él les respondió́: “Sin duda ustedes me citarán el refrán: ‘Médico, sánate a ti mismo’. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió́ en Cafarnaún”. 

Después agregó: “Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando, durante tres años y seis meses, no hubo lluvia del cielo, y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el Sirio”. 

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.


Jesús habla en la sinagoga de Nazaret, la misma a la que iba desde chico, en donde se había criado. La primera reacción ante la predicación del Señor es una mezcla de admiración y de desconfianza: “¿No es éste el hijo de José?” ¿Cómo alguien que era conocido por todos podía ser un profeta? ¿Cómo alguien de ese pequeño pueblo enseña de esa manera?

En aquella aldea todos eran pobres, personas sencillas que vivían de su trabajo. El Señor se dirige a sus parientes y conocidos de siempre pero la escena termina muy mal. Muchos de aquellos que en un primer momento tenían “los ojos fijos en Él” se enojan hasta querer matarlo. Esta escena nos muestra algo muy importante que no suele tenerse en cuenta: para comprender a Jesús no es suficiente ser pobre y necesitar ser salvado, además es necesario reconocer esa pobreza y aceptar esa salvación que se propone.

El problema que tiene esa gente es más actual de lo que parece a primera vista. Lo que les pasa es que creen que ya conocen a Jesús y no están dispuestos a cambiar esa imagen que tienen de Él; y eso ocurre también en nuestros días. Es algo que sucede a menudo precisamente en los ambientes en los que las enseñanzas de la Iglesia son más conocidas y aceptadas.

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