La Pastoral de la Comunicación y el fenómeno del clericalismo

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«Si hacia adentro de la comunidad eclesial se establece una comunicación enferma de secretismos y manipulaciones (clericalismo), la comunicación con la sociedad padecerá esos mismos males. Si se logra una comunicación transparente en las comunidades la presencia en la sociedad también será igualmente clara y la evangelización eficaz».

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La noche y los signos

La oscuridad de la noche no se disipa con argumentos sensatos. La noche en la que comienza la celebración de la Pascua se transforma con un poema y con la luz de un cirio, no con un discurso:

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la Santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.

Desde el principio el anuncio de la resurrección se realiza a través de señales. Signos simples, concretos: agua, pan, vino, la vacilante luz de una vela…; signos y palabras que con su sencillez revelan misterios inexpresables en conceptos y forman un nuevo lenguaje que atravesará los siglos con su mensaje. 

Ese cirio, que “aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla”, será el que transforma esa noche y todas las noches:

Sabemos ya lo que anuncia 
esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para la gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Que el lucero matutino lo encuentre ardiendo, 
Oh lucero que no conoce ocaso y es Cristo, 
tu Hijo resucitado, 
que volviendo del abismo, 
brilla sereno para el linaje humano, 
y vive y reina por los siglos de los siglos.

“Oh lucero que no conoce ocaso y es Cristo…”-Serán ese lenguaje poético y esos signos a la vez misteriosos y transparentes, los portadores de aquella locura expresada en el mensaje de la Cruz.

 

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos», Jorge Oesterheld

La cruz

Pablo dice a los Corintios que él ha sido enviado “a anunciar la Buena Noticia, y esto sin recurrir a la elocuencia humana, para que la Cruz de Cristo no pierda su eficacia”.

Como ya vimos, al Apóstol no le alcanzan las palabras para expresarse y prefiere que sus razonamientos suenen a una “locura” antes que traicionar el mensaje que contiene esa Cruz. No quiere hablar de la resurrección sin hablar de la Cruz porque es esa muerte ignominiosa de Jesús la que le da a la resurrección su fuerza, la que inserta ese acontecimiento en la historia del pueblo de Israel y de toda la humidad. Es la Cruz aquello que evita que el mensaje de la resurrección se iguale a tantos otros relatos mitológicos que hablan de la vida después de la muerte.

Muy lentamente se va convirtiendo el signo de la Cruz en el gran signo que identifica a las comunidades que caminan junto al Maestro. En los primeros tiempos, varios siglos, esa imagen era demasiado dura y difícil de aceptar ¿cómo reunir a la comunidad en torno a esa figura que resulta dolorosa hasta el extremo de la repugnancia? Paulatinamente la Iglesia va descubriendo que ese signo es completado por la presencia de la comunidad reunida para celebrar la resurrección de aquél que de esa manera ha muerto. La comunidad reunida en torno a la Cruz y celebrando la resurrección de aquel que allí se desangra hasta morir, se convierte desde entonces en el gran signo vivo que expresa el misterio.

Las cruces que se encuentran en las iglesias cristianas, aquellas que podemos ver en las paredes de nuestras casas o las que pueden colgar del cuello o fijarse en una prenda de vestir, no son adornos. La Cruz es un signo que nos invita a continuar contando esa historia hasta completarla. Junto a una cruz estamos apremiados a mostrar con nuestra vida de qué manera ese crucificado está vivo.

Solo la noche “conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo”, y solo desde nuestras noches podemos hablar de la resurrección del crucificado. Ese es el signo, el signo vivo: la vida del cristiano que proclama la resurrección desde su noche. Puede ser la noche de la enfermedad o del exilio; de la guerra o del hambre; del terror o la injusticia; desde muchas noches, desde todas las noches, desde la noche de cada corazón puede completarse esa historia que se comienza a narrar en cada cruz.

 

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos», Jorge Oesterheld

La Cena

El primer gran signo aparece pocos días después de Pentecostés. Aún no se han apagado los ecos de aquellas jornadas dramáticas y los discípulos ya hablan de un lugar especial para el encuentro con el Maestro: la “Cena del Señor”. Aquella comida se convierte rápidamente en una oportunidad privilegiada para reencontrarse con el resucitado. Tal como el Señor les había dicho que hicieran, ellos se reúnen y repiten ese gesto de compartir el pan y el vino.

Esos encuentros son el momento de “hacer memoria”, de recordar los signos y las palabras del Maestro. De esa manera hacen presente al resucitado y los discípulos experimentan su presencia como real y así lo viven y transmiten. Verdaderamente el Señor está presente en la celebración de esa Cena tal como lo prometió.

Con el paso del tiempo se convierte esa comida en un rito litúrgico y aparece el riesgo de reemplazar la experiencia por un ritualismo vacío de contenido, pero ese peligro es superado también con el correr del tiempo por infinidad de personas que experimentan en la “Cena del Señor” el encuentro vivo con el resucitado. Lo esencial de aquella comida ha permanecido intacto a lo largo de dos mil años y la celebración de la que se puede participar hoy en cualquier parroquia, en lo más hondo es fiel reflejo de aquella comida del Señor con sus discípulos.

No se trata de un drama que se representa ante espectadores sino que en él todos somos actores.  Lo que ahí se relata también ocurre en la vida de los que escuchamos. Todos tenemos parte en ese drama y desempeñamos en él un papel, las acciones de cada uno influyen en el desarrollo del argumento. Participar de la eucaristía significa tomar partido, elegir un lugar desde el cual vivir el drama del mundo. Para que la eucaristía sea el tiempo y el lugar del encuentro con el resucitado es necesario revivir la tragedia que allí se comunica.

Cuando se reduce la Cena del Señor a un encuentro festivo o a una bella ceremonia, y se la arranca del contexto en el que esa Cena se celebró: la noche, la traición, la angustia, el miedo; entonces es difícil que ese momento sea un encuentro con el resucitado. Cuando la eucaristía es solamente “una devoción”, algo “que me hace bien”, una práctica que tiene como protagonista al discípulo y no al Maestro, entonces pierde su fuerza de signo, deja de ser el lugar en el que Jesús “se deja ver” y la celebración de la Pascua es una formalidad vacía.

Caminamos juntos compartiendo la Cena del Señor, allí se encuentra el alimento que fortalece en el camino. Si bien lo que se evoca ocurrió hace dos mil años, el hecho de recordarlo lo hace presente y contemporáneo. Al hacer memoria ponemos en contacto nuestra vida con ese manantial de vida que brota de la fuerza imparable de la resurrección del crucificado.  

 

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos«, Jorge Oesterheld

Semana Santa

¿De qué llorar tú sueles?

Hay algo que tenemos que hacer antes que nada, y que es lo único que demostrará que hemos comprendido: conmovernos. No despreciemos las emociones. La emoción, si nace del corazón y es genuina, es la respuesta más elocuente y más digna que pueda existir ante la revelación de un gran amor o de un gran dolor. Cuando nos emocionamos, experimentamos que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Emocionarnos es abrir al otro lo más íntimo de nuestro ser. Por eso ante ella se siente pudor. Pero no tenemos derecho a ocultar nuestra emoción a quien es objeto de la misma. Le pertenece, es suya, él la ha provocado y a él está destinada. Jesús no escondió su emoción ante la viuda de Naín ni ante las hermanas de Lázaro, al contrario, «se echó a llorar» (Jn 11,35). ¿Y nos vamos a avergonzar nosotros de conmovernos ante él?

¿Para qué sirven las emociones? Son preciosas, porque son como la aradura que rompe la dura corteza permitiendo así a la semilla anidar profundamente en la tierra. La emoción es con frecuencia el comienzo de una verdadera conversión y de una vida nueva. ¿Hemos llorado alguna vez —o al menos hemos deseado llorar—por la pasión de Cristo?

Ha habido santos que han gastado sus ojos a fuerza de llorar por eso. «Lloro la pasión de mi Señor», contestó Francisco de Asís a uno que le preguntaba por la razón de tantas lágrimas.Basta ya de llorar por nosotros mismos con lágrimas contaminadas, con lágrimas de autocompasión. Es hora de derramar otras lágrimas. Lágrimas hermosas, de asombro, de alegría, de agradecimiento. De emoción, antes incluso que de arrepentimiento. También esto es «renacer del agua».

Cuántas veces, oyendo evocar la pasión, o disponiéndome yo mismo a hacerlo, me he acordado de aquel célebre verso de Dante y lo he repetido en mi interior, rebosando casi de cólera contra mí mismo: «Y si no lloras, ¿de qué llorar tú sueles?» (DANTE ALIGHIERI, Infierno, XXXIII, 42.)   

Rainiero Cantalamessa

2 de abril

En un nuevo aniversario de la guerra de Malvinas comparto el primer capítulo del libro que escribí luego de mi viaje a las islas, en noviembre del año 2.000. Entonces pude celebrar la Santa Misa en el cementerio de Darwin acompañando a familiares de los héroes que allí descansan.

Soplar sobre la herida

La memoria y el dolor

(Capítulo 1)

La última mañana en las islas una de las madres del grupo hizo saber que no quería volver. Se quedaría junto a su hijo para siempre, se iría a caminar por un campo minado.

El dolor la había desbordado pero el grupo supo contenerla. Habían pasado 18 años de la guerra y las heridas estaban ahí, abiertas y sangrantes. Volver a nuestras casas parecía una aventura tan inmensa como el viaje hacia Malvinas, ¿qué hacer con el dolor?, ¿con quién compartirlo?, ¿cómo se sigue?

Si esas preguntas brotaban en mí, que apenas había rozado el doloroso misterio de esas islas, ¿qué podía haber en el corazón de quienes volvieron de la batalla?, ¿cómo no comprender que el dolor desbordara en el corazón de esa madre?

De una manera extraña uno se convertía en testigo casi involuntario de algo que no podía callar. Si aún hay alguien que desea caminar por un campo minado para que no duela más, no hay manera de hacerse el distraído. ¿Cómo cerrar el corazón y jugar a que ya pasó todo, como si lo de después y lo de antes no formaran parte del mismo dolor? Era testigo y no podía evitarlo. Había estado ahí y había visto. 

Me puse a escribir porque creo en las palabras. La manera que tenía de conservar vivos esos recuerdos era hablar, escribir, poner en palabras la memoria. Éste fue el primer tema que me impulsó al papel: la profunda y extraña relación entre la memoria y el dolor. En las islas experimenté cómo la memoria puede curar el dolor o multiplicarlo hasta el infinito.

No es fácil conservar la memoria cuando ella viene cargada de dolores, miedos, resentimientos, mentiras. Por una parte hay que conservar la memoria y por otra evitar que el mal y el dolor que vienen con ella nos paralicen, invadan nuestra vida y encuentren en nuestro corazón una casa nueva desde la cual seguir generando más frustración y más sufrimiento.

En general queremos olvidar porque los recuerdos dolorosos tienden a apropiarse de todo. Pero, por otra parte, es inútil ocultar lo ocurrido, tarde o temprano eso produce un dolor mayor. Entonces, ¿hay que olvidar o recordar? 

La tarea es “cultivar” la memoria, dándole a la palabra “cultivar” el claro sentido que tiene cuando se habla de cultivar la tierra. Es como cuidar una planta y protegerla. Asegurarse que tenga agua y luz, pero también que los bichos o los yuyos no le impidan vivir. Cuidar el recuerdo de un dolor es vivir arrancando los yuyos de la bronca que le impiden crecer como dolor y lo convierten en otra cosa: odio, miedo, depresión y mucho más.

Con la excusa de “conservar la memoria” hace muchos años que cultivamos odios y rencores. Transmitimos de generación en generación dolores inconclusos. Al hacerlo así estamos logrando que los dolores que a nosotros nos afligen lleguen intactos hasta nuestros hijos. Nos hemos complacido en una forma de memoria que como potente ácido ha ido penetrando todas las relaciones sociales hasta sus más profundos entresijos. Nuestra historia, como todas, está tejida de tristezas y alegrías, logros y tragedias, pero nuestra obsesión por conservar en el congelador las frustraciones nos condena a un pesado sueño, siempre repetido, que nos hace volver a ver una y otra vez las heridas abiertas.

Puedes acceder al libro on-line, o guardarlo como pdf y tenerlo en tu equipo haciendo clic aquí : SOPLAR SOBRE LA HERIDA

Cuaresma, tiempo para orar

(Síntesis charla)

En el Evangelio, y en toda la Biblia, la oración es vivida con absoluta naturalidad. La oración no es algo difícil, no es un problema, tampoco un tema sobre el cual se discute.

En el Evangelio la exhortación a la oración perseverante no es consecuencia de una obligación sino de la confianza en Dios. Dios es Padre y escucha aunque esto parezca sorprendente. Lo difícil para el cristiano no era practicar la oración sino aceptar que efectivamente Dios le concedía el poder increíble de hablar con El.

Posteriormente se ha hablado más de la obligación de orar y se ha debilitado la conciencia del inmenso privilegio que supone para el hombre poder orar.

Hoy la palabra mágica nos pone en movimiento no es: NECESITAMOS orar, DEBEMOS orar. La palabra que abre horizontes es otra más sencilla: PODEMOS, sí, podemos todavía orar.

La oración es ante todo la respuesta a un don: somos hijos. Dios ha hablado y ha dado el poder de escucharlo y responderle. 

Para la oración no es necesaria una preparación intelectual, no es algo reservado a los favorecidos por la inteligencia, ni para los que tienen fuerza física, o pertenecen a determinada raza o clase social. La oración es un don que brota en cualquier corazón humilde.

Juan 14:13 todo lo que pidan en mi nombre, yo lo haré.

Juan 15:7   si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. 

Juan 15:16 no me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que ese fruto permanezca de modo que todo lo que pidan al Padre en mi nombre se los conceda. 

La oración es también algo que afecta por completo nuestra vida y, como todas las cosas importantes, requiere un tiempo, un trabajo, un esfuerzo. 

Muchas veces se confunde la oración con la vida. 

Para aclarar la relación que existe entre oración y vida cotidiana lo mejor es mirar a Jesús:

La vida del Señor nos muestra que hay en Jesús una necesidad de comunión EXPLÍCITA y PROLONGADA con el Padre.

Hay en la vida de Jesús MOMENTOS especiales de comunión explícita y prolongada con su Padre.

Toda oración cristiana auténtica debe incluir la vida entera del que reza, pero, todo momento de oración está enmarcado en un “antes” y un “después”, está siempre como rodeada de vida cotidiana.

La oración es algo sencillo, es la respuesta inmediata que sale del corazón cuando nos ponemos frente a la verdad de la vida.

Cuando se vive a fondo, cuando se abandona la superficialidad, se siente inmediata, instintivamente, la exigencia de expresarse por medio de una oración. La oración es una realidad muy simple que brota cuando la persona se pone de verdad frente a la realidad de de su propia vida, de su propio ser.