¿Una Iglesia que se niega a morir?

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Marchas y contramarchas. Libros escritos “a cuatro manos” que eran solo dos. Por momentos, en algunos personajes de la Iglesia se percibe un desconcierto, una incomprensión sobre lo que ocurre y sobre todo enojo, mucho enojo. Algunos se preguntan con fastidio qué está ocurriendo ¿Cómo puede ser que en nuestro tiempo tantos “se alejen del buen camino” y rechacen las enseñanzas de Jesús de Nazaret? ¿Cómo es posible que la persona más deslumbrante que ha pisado este mundo sea hoy ignorada? Pero es probable que ese disgusto con “los alejados”, con los que “no entienden”, con “los indiferentes” solamente esconda un fastidio con ellos mismos. 

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La homilía, un momento único

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«Ahora el que habla no enseña sino que está dando examen, y el que escucha no aprende sino que está aprobando o reprobando al expositor. Antes el que hablaba exponía desde la cátedra, ahora se encuentra algo atemorizado frente a un tribunal que lo juzga. El resultado es muy triste, tanto para unos como para otros».

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¿Qué significa hoy «ser católico» en la Argentina?

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En la actualidad, ese 62.9 % de personas que se presentan a sí misma como «católicas» lo hacen en el contexto de una sociedad en la que no sólo ha desaparecido aquella influencia social determinante sino en el contexto de una situación que se puede calificar de diametralmente opuesta: hoy esas personas se dicen católicas en una sociedad en la que esa expresión ha perdido toda su anterior «importancia social». Es suficiente una rápida observación de los medios de comunicación, o de la inmensa mayoría de las producciones culturales contemporáneas (cine, teatro, literatura, televisión, Internet) para observar una severa crítica de la Iglesia Católica y de todo lo que ella representa. En 1947, toda la sociedad impulsaba a cualquier argentino a presentarse como católico. Hoy las fuerzas sociales influyen en la dirección opuesta. Teniendo en cuenta esta realidad ese 62.9 % es una verdadera sorpresa desde el punto de vista sociológico. Es notable que en nuestros días y con ese enorme «viento en contra», más del 60% de la población se siga considerando «católica».

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¿Nadie está conforme y contento con la Iglesia?

491bbd009a746f90999e6d96c53cfe05Vivimos en el mundo y en la Iglesia tiempos turbulentos. Las preocupaciones e inquietudes son legítimas y no se solucionan con frases piadosas aunque sean verdaderas. “Hay que rezar mucho”, “hay que tener confianza”, “Dios nunca nos abandona”. Sí, todo eso es así, pero también es legítima la preocupación y el temor del momento. Nuestra fe es una fe encarnada en la historia y en la vida concreta y no se solucionan los problemas huyendo de ellos, también hay que saber vivirlos para superarlos.

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San Agustín, Confesiones

SanAgustin.JPG“Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manás ni mieles, no miembros gratos a los abrazos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y abrazo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.

Fragmento de: San Agustín. “Confesiones”. Libro decimo. Apple Books.

Los sospechosos de ahora

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«En ese mismo mundo secularizado en el que se había instalado como una verdad -obvia e indiscutible- la concepción de que la religión era un fenómeno en extinción que expresaba la ignorancia de épocas remotas, las religiones gozan hoy de una notable vitalidad, y las búsquedas espirituales son un fenómeno de dimensiones planetarias.»

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Soplar sobre la herida

Fragmento de mi libro Soplar sobre la herida

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Capítulo dos

Puerto Argentino

El alojamiento era en una posada en la que había que compartir las habitaciones y éramos todos muy distintos. Personas completamente diferentes que teníamos que poner en común, por unos días, realidades muy profundas de nuestras vidas en un contexto extraño y cargado de significaciones. Eran más o menos las cuatro de la mañana y llegábamos silenciosos a esa pequeña ciudad de casas de colores. El cielo estaba lleno de nubes pero se notaba la luz, en ese confín de la tierra en verano casi no hay noche. El viento, siempre presente, nos seguía a todas partes.

Pese a las dificultades la actitud de todos fue excelente. Mi sensación era de sorpresa. Pensaba que la convivencia sería más difícil. Todavía no había aprendido algo que me enseñarían esos días: a distinguir para siempre en mi vida el sufrimiento de las quejas. Los que sufren en serio se quejan poco. Cuando se llega al lugar donde la guerra realmente estuvo y con personas en las que ese dolor aún vive, importan poco la falta de baño, la puerta rota, el espacio reducido. Los dueños del lugar fueron amables, para ellos tampoco era fácil. Los miedos sobre una recepción hostil seguían diluyéndose.

Apenas dormí un par de horas y salí a caminar. Serían las siete de la mañana, a las ocho había que desayunar y a las nueve salir hacia el cementerio de Darwin. Caminaba solo. En realidad estaba solo por primera vez después de muchísimo tiempo. Para ser sincero me parecía que hacía un siglo que no tenía un minuto de intimidad. Para mí son importantes los tiempos de soledad y estar siempre con gente me agobia un poco. No había un alma en la calle. Mucho viento y mucho frío. Instintivamente caminé hacia el mar que estaba a una cuadra. Tenía ganas de llorar y no sabía por qué. “Dios mío, ¿qué hago acá?”

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Un tiempo para recoger piedras

 

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«Gobiernos de grandes naciones tambalean, el Amazonas se incendia, los océanos agitan montañas de plástico, multitudes emigran huyendo del hambre y las guerras … la lista de desasosiegos puede ser muy larga y la tentación de arrojar piedras puede ser muy fuerte. El individualismo desenfrenado que, hasta hace poco nos empujaba a unos contra otros incitándonos a ocupar los primeros lugares en la sociedad, ahora nos urge a ocupar los primeros lugares en los botes salvavidas.»

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