Tanto amó Dios al mundo

piesIV Domingo de cuaresma Juan 3:14-21

Nos acercamos a la Pascua, antes deberemos recorrer el camino de la Cruz. Estamos invitados a recorrerlo con Jesús, no solo haciendo el vía crucis, o participando de las celebraciones de semana santa, estamos invitados a recorrerlo en nuestra vida, cada día, para poder vivir también, cada día, la experiencia de la Pascua.

Los domingos anteriores el Señor anunciaba su Pasión: el Mesías debía padecer mucho. Los discípulos se resistían a aceptarlo. Hoy nos dice el porqué de esa Pasión, y el misterio se hace más profundo, pero también comienza a verse una luz: la razón de esa Pasión está escondida en la frase que pronuncia el mismo Jesús: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Si no lo hubiera dicho Él nunca lo hubiéramos podido pensar: la Pasión anunciada es fruto del amor, del amor de Dios por el mundo.

El mundo, este lugar en el que vivimos en medio de guerras, injusticias, catástrofes, enfermedades y tantas formas de dolor; este lugar, nos dice Jesús que es amado por Dios ¿Por qué Dios ama esto? ¿Qué ve de amable, de digno de amor?

Hay un primer tipo de respuestas a estas preguntas que probablemente hayamos escuchado muchas veces; unas respuestas que de distintas maneras nos dicen que Dios ama el mundo porque es misericordioso, porque es infinitamente bueno, que nos ama a pesar de que somos pecadores y estamos llenos de maldad. En pocas palabras: Dios nos ama a pesar de que no merecemos ser amados. Sí, Dios es misericordioso, pero ¿por qué Dios habría de amar algo así?

En Jesús no encontramos esa clase de respuestas tantas veces escuchadas. De muchas maneras lo que él nos dice es que nos ama y que somos valiosos a sus ojos. Dios no ama lo que no vale nada, él ha creado algo que sí vale, que vale tanto que le entrega a su Hijo. Eso es lo que dice el Evangelio de hoy, lo que nos muestra la medida de nuestro valor.

¿Qué hay en este mundo digno de ese amor? ¿Y en nosotros? Pueden ser preguntas incómodas y desafiantes, estamos más acostumbrados a dar lástima. El lugar de la víctima nos exime de responsabilidades. Pero ser cristiano, y cargar con Él la Cruz, es atreverse a mirarnos como Él nos ve; atreverse a buscar, cuidar y hacer crecer todo lo valioso que hay en la creación, porque el mundo no está ahí por casualidad, no es solo fruto de un Big Bang, es fruto de un acto libre y lleno de amor. Dios creó al mundo “y vio que era bueno”; mejor dicho: Dios crea al mundo y ve que es bueno, hoy, ahora. Dios nos está creando en este momento y ve que es bueno. Por increíble que parezca ¡somos valiosos a sus ojos!

Según san Agustín, “rezar significa cerrar los ojos y tomar conciencia de que Dios ahora crea el mundo”. Mirar solamente las tragedias y el pecado que hay en el mundo es ver una pequeña parte, es ver lo que pusimos nosotros en el mundo, no lo que Dios creó; es ver el pecado y sus consecuencias, no la totalidad de ese misterio en el que vivimos y llamamos mundo.

Como en cada cuaresma estamos llamados a la conversión, a cambiar nuestra mirada y nuestra actitud para poder cambiar nuestra manera de vivir. Convertirse es ver las cosas desde el punto de vista del Padre. Creer en Jesús es creer en lo valiosos que somos para Dios. Entonces encontramos la manera de vivir el misterio de la Pasión: con la fuerza ya presente de la Pascua.


 

Él hablaba del santuario de su cuerpo

1443439496934III Domingo de Cuaresma Juan 2:13-25

Este domingo ya no vemos a Jesús ni en el desierto ni en la montaña sino en el Templo de Jerusalén. La impactante imagen de Jesús expulsando con un látigo a los mercaderes puede desviar nuestra atención hacia cuestiones secundarias. Fácilmente nos detenemos en el tema de la riqueza de la Iglesia o la supuesta buena vida de los eclesiásticos y no vamos hacia lo esencial, hacia lo que afecta la vida de todos los cristianos y no solamente de algunos oportunistas: “no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado” es una expresión que va dirigida mucho más allá, nos alcanza a todos.

Para ser un “mercader del Templo” no es necesario poner un puesto en la calle para vender baratijas, es suficiente entrar en la “casa de mi Padre” con actitud mercantil: hacer algunas cosas para que Dios haga otras; voy a misa, rezo tales oraciones, ofrezco aquella limosna, esperando que a cambio Dios haga lo que yo creo que debe hacer por mí. Eso es comercio. No se trata sólo de poner la atención sobre los que venden; ya sea que vendan palomas, bueyes, incienso, velas o estampitas. También hay que mirar a los que consumen, los que compran ¿qué compran? El que vende gana un dinero, y el que compra, ¿qué gana? ¿qué se lleva del Templo?

Pero hay otro motivo para no detenernos en la imagen del látigo: Jesús provoca esa escena para decir algo tan importante que terminará siendo decisivo para su condena a muerte. El Templo, el lugar en el que reside la gloria de Dios, el sitio para el encuentro entre Dios y los hombres, ya no es esa construcción de piedras sino su cuerpo, el santuario de su Cuerpo. Allí está la gloria de Dios. Y se trata de un santuario indestructible, que si es derruido él puede reconstruir “en tres días”, es una nueva presencia de Dios entre los hombres en la que ya no es posible el comercio de ningún tipo.

Jesús está dando un paso absolutamente revolucionario, está inaugurando un tiempo completamente nuevo, su gesto encierra un mensaje sorprendente: Dios no está en los edificios en los que hay que hacer algunas cosas para ganar su favor. Ahora todo es gratis; ya no somos siervos, sino hijos; no puede haber comercio ¡porque todo es nuestro! Ya no hay nada que comprar, ya no hay nada que vender.

Eso es lo que no soportan ni los vendedores ni los compradores, eso es lo que no soportan los que ganan dinero y los que pretenden sobornar a Dios con sus ofrendas. Ha comenzado el tiempo de la gracia. Dios regala la salvación, se acabó esa relación de “yo hago esto para que Dios haga esto otro”.

Terminó el comercio y comenzó la oración. Ya no hay un lugar en el que ganar el favor de Dios; se acabó ese Templo y se terminaron todos los templos. Dios está en otra parte: ahora el lugar del encuentro es Él mismo, “Él hablaba del santuario de su cuerpo”.

Ese es el fruto de la Pascua hacia la que nos aproximamos, gracias a que “al tercer día” el santuario de su cuerpo fue reconstruido ahora podemos celebrar la eucaristía, experimentar que nosotros mismos reunidos en la Iglesia somos ese cuerpo, y escuchar que se nos dice “el cuerpo de Cristo”, y responder “amén”.


 

Escuchar y seguir al transfigurado

tranfigurados

II Domingo de Cuaresma Marcos 9:2-10

El último domingo veíamos a Jesús en el desierto y rodeado de peligros y tentaciones. Ahora lo vemos en la cima de un monte, no está solo, lo acompañan tres de sus discípulos y aparece resplandeciente dialogando con Elías y Moisés. No hay tentaciones ni peligros a la vista, al contrario, el texto nos cuenta que los discípulos sintieron un maravilloso bienestar e intentan atrapar ese momento: “hagamos tres tiendas”, o sea, “quedémonos aquí”, quieren que ese momento se prolongue para siempre. Todo dura un instante y es interrumpido por la voz que sale de la nube: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. Repentinamente todo vuelve a la normalidad y Jesús les dice que no deben decir nada de lo ocurrido “hasta que haya resucitado de entre los muertos”. Ellos se quedan discutiendo sobre qué quería decir eso.

Como nosotros, que nos quedamos perplejos ante este texto y nos preguntamos qué quiere decir. Los que saben nos explican que es un lenguaje simbólico, que Elías representa a los profetas y Moisés a la ley, que ambos presentes representan todo el Antiguo Testamento, la historia de Israel a través de los siglos. Se nos explica también que, así como el desierto es sinónimo de soledad y peligros, el monte simboliza el lugar del encuentro con Dios. Así aparece también en muchos pasajes de la Escritura, Dios habla desde la montaña y se manifiesta en lugares elevados. Por otra parte, también Dios habla a su pueblo desde las nubes; es entre las nubes que habita la gloria de Dios. Todos estos signos aparecen en este relato y de alguna manera “lo explican”, pero, para nosotros, para nuestra vida que transcurre en el siglo XXI, ¿qué puede significar este texto?

En esta escena nosotros estamos representados por los tres discípulos y podemos reconocer lo que ellos sienten: sorpresa, temor, alegría indescriptible, confusión, dudas. No era fácil acompañar a Jesús por aquellos caminos de Galilea. Creían en él, confiaban ciegamente en él, pero todos los días estaban cargados de sorpresas, a cada paso ese Maestro los conmovía con algo nuevo e impensado. Por una parte, les transmitía una inmensa paz, y les insistía: “no tengan miedo”. Pero, por otra, estar junto a él significaba un sobresalto permanente. Quienes dos mil años después queremos seguir los pasos de Jesús ¿No experimentamos acaso las mismas sensaciones?

La fe, no es una medicina mágica que aleja de nosotros inquietudes, sorpresas, dolores y oscuridades. La fe en Jesús nos enseña a convivir con el misterio, nos ayuda a comprender nuestra propia vida como un misterio. Encontrar a Jesús es encontrar un camino, no es llegar a destino. Los discípulos encuentran a Jesús y comienzan a seguirlo sin poder imaginar hacia dónde los estaba conduciendo ese sendero. Pasarán desiertos, montañas, peligros, alegrías, miedos, sorpresas, muchas sorpresas. Atravesarán aterrados la muerte del Maestro y descubrirán en sí mismos la fuerza de su Espíritu. Serán los cobardes que abandonan a su Señor y también los que darán su vida por él.

Así fue la vida de aquellos tres que quisieron detener el mundo haciendo tres tiendas y que a los pocos días huirían despavoridos. Así somos nosotros, a quienes hoy, poco antes de celebrar la Pascua, se nos muestra resplandeciente al “hijo amado” y se nos invita a escucharlo, a seguirlo por esos misteriosos caminos en los que se revela día a día quién es él, y quienes nosotros.


 

El desierto, la tentación, convertirse y creer

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I Domingo de Cuaresma Marcos 1:12-1

Al comienzo de este camino hacia la Pascua, que es la cuaresma, la liturgia nos hace mirar hacia Jesús que está en el desierto. El lugar es inhóspito, lleno de peligros. Como esos sitios en los que vivimos muchos de nosotros. No es necesario dejar ir la imaginación hacia desiertos de arena y viento. Nuestras ciudades suelen ser también espacios de insondable soledad y amenazadas de todo tipo. El desierto está más cerca de lo que parece. En medio de esos desiertos que son nuestras ciudades están nuestras parroquias; desde esos páramos venimos cuando nos acercamos a la Iglesia para celebrar la eucaristía; ahí, en esa fragilidad, viven nuestras familias y amigos. Jesús fue llevado al desierto, a un lugar que se parece al mundo inseguro y difícil en el que vivimos.

Entre esos miedos brotan nuestras tentaciones, pueden ser muchas y de todo tipo; la evasión a través de las drogas o el alcohol, la búsqueda de la seguridad en el dinero y la avaricia, la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de los demás, la violencia, la envidia, la fuga hacia el consumismo; muchas, muchísimas tentaciones para calmar esos miedos que causa vivir en estos tiempos. Jesús se hizo uno de nosotros y pasó por desiertos y tentaciones. Allí, en la soledad, enfrentó una de las tentaciones más sutiles y peligrosas: la tentación del poder, de utilizar en provecho propio la Palabra de Dios, de ponerse al servicio de los poderes del mundo. También ellas nos acechan a nosotros; especialmente la tentación de una religiosidad superficial y vacía, de una fe sin compromiso, sin amor. La tentación de querer manipular a Dios en lugar de intentar conocerlo y amarlo.

De ese desierto sale Jesús gritando: “¡conviertanse y crean en el Evangelio!” Convertirse y creer no es solamente proponerse en la cuaresma ser “un poco más bueno”, es mucho más: es dejar de creer en lo que creemos y creer en el Evangelio, es decir, creer en él, en Jesús. Abandonar nuestra pobres seguridades y abrazarnos al único que puede enseñarnos a atravesar “oscuras cañadas”. El Señor no suprime el desierto de nuestro tiempo, lo camina con nosotros, nos muestra como transitarlo con una fe adulta y confiada.

La Pascua no es el final del camino, el “final feliz de un cuento triste”, es la resurrección que experimentamos cada día que atravesamos el desierto creyendo en el Evangelio. Así caminamos hacia la Pascua, muriendo y resucitando a cada paso.


 

Conmovido, extendió la mano

imagesMc 1, 40-45

“Puedes purificarme”, otros traducen “puedes limpiarme”. La sensación que se quiere expresar está clara: este hombre se siente sucio, siente una suciedad profunda, humillante. Su enfermedad lo margina de la sociedad, no podía entrar en los pueblos y tenía que vivir en los caminos. La sociedad discriminaba a los leprosos y además se los marginaba religiosamente. El enfermo era declarado impuro, pecador, no podía presentarse en el Templo, no podía presentarse ante Dios.

La lepra es una enfermedad que no conocemos en nuestra cultura, pero la sensación que tenía el leproso sí es conocida. Muchos en nuestra sociedad experimentan esa sensación de indignidad; o esa marginación que hace sentir a alguien un indeseable; algunos pueden sentir incluso que no son dignos de presentarse ante Dios.

Jesús, se conmueve y se deja llevar por su corazón: rompe todas las leyes humanas y religiosas, se acerca y lo toca. En ese mismo momento, al tocarlo, según la ley de los judíos Jesús queda impuro, ahora él también está sucio.

Al tocar al leproso, Jesús se saltea un mandamiento social y religioso muy importante. Sin embargo, se preocupa de que ese hombre cumpla la ley, tiene que ir a presentarse al sacerdote, mostrar que está curado y de esa manera reintegrarse a la comunidad. Solo le pone una condición: que no diga quien lo había sanado.

El hombre no cumple su promesa, lo dice a todo el mundo y entonces se invierten los lugares: como Jesús lo tocó, ahora es él el que no puede entrar, el que tiene que vivir en los caminos, el leproso, el impuro.

Lo dirá San Pablo después: “a aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él” (2 cor 5,21). Jesús no nos salva “desde afuera”, no espera a que seamos puros, él da el primer paso aún sabiendo, como en este caso, que será traicionado; aún sabiendo que ese hombre se aprovecharía de él; aún sabiendo que volveremos a pecar, él se juega por nosotros.

Entonces todo queda al revés: “y acudían a él de todas partes”. Ahora la pureza ya no está en el Templo, está en el camino, junto a los leprosos ¡Ha llegado el Reino! Ahora la salvación no está en el poder sino en la fe, ahora los bienaventurados son los pobres. Ahora el “impuro” es el que da la pureza. Ahora nada ni nadie puede impedir que nos presentemos ante Dios.


 

Vayamos a otra parte

camino

Marcos 1, 29-39

Después de predicar en la sinagoga de Cafarnaum, donde todos quedan impresionados porque hablaba “con autoridad” y porque había liberado a un hombre atrapado por un “espíritu impuro”, dice el texto que Jesús va a la casa de Pedro, allí encuentra a la suegra postrada “y la hizo levantar”. Esto se repite muchas veces en la vida del Señor, sus milagros ponen de pie, hacen hablar, liberan, reparan, devuelven a las personas algo que deberían tener y no tienen. Sus milagros restablecen la dignidad de los que están cerca de Él, les devuelven lo que les corresponde.

La gente se congrega, “la ciudad entera” dice el evangelista Marcos. El texto nos muestra que todo el pueblo está conmovido con la manera de hablar y de actuar de Jesús y que el Señor sanaba a muchos y expulsaba demonios. Pero, además, hace algo que llamará la atención y que podemos observar detenidamente: antes que amaneciera se levantó, salió y fue a “un lugar desierto” para orar. Pedro y sus compañeros salen a buscarlo hasta que lo encuentran, esto quiere decir que no sabían donde había ido y que el lugar en el que estaba no era cerca o de fácil acceso. Jesús no solo se fue, se ocultó.

Está claro que las personas se congregaban en la casa de Pedro y él no sabía adónde estaba Jesús ni qué responder, por eso le dice: “todos te andan buscando”. Había más enfermos que atender y más hombres y mujeres atrapados para liberar. Pero Jesús no responde a lo que esperan “todos” y decide irse: “vayamos a otra parte”.

¿Por qué se va? ¿por qué se oculta? Comienza a manifestarse uno de los grandes misterios de la vida del Señor, un misterio que dejaba perplejos a sus discípulos y que aún nos sorprende a quienes queremos seguir su camino: el silencio de Jesús, el silencio de Dios.

Pedro y la gente que lo busca quiere que Jesús se quede y que solucione sus problemas, como esperamos también nosotros. Pero parece que Jesús quiere plantear las cosas de otra manera. Él toma una iniciativa y nos deja tomar la siguiente, estamos invitados a un ida y vuelta, a una relación de reciprocidad, a un vínculo que también depende de nosotros. Que aparezca y desaparezca, que se quede y después se vaya, deja un espacio para nuestra respuesta, hace posible un intercambio que, en última instancia hace posible el amor.

Para eso nos pone de pie, nos cura, nos libera, para que podamos responder desde nosotros mismos; para que la relación no sea entre un Jesús que da todo y unos discípulos que solo reciben. Él nos da la capacidad para responder y espera nuestra respuesta. No nos trata como a incapaces, nos trata como a personas, respeta nuestra dignidad.

Él no es un curandero, Jesús viene a inaugurar una nueva manera de relacionarse con Dios. Está diciendo con palabras y con gestos que Dios no es alguien que está a nuestra disposición para responder a nuestras expectativas, que es mucho más que eso, que es más de lo que podemos imaginar y desear: que nos quiere hijos, no esclavos; que Dios no es alguien que se somete a nuestra voluntad sino alguien que nos enseña a vivir la suya.


 

¿Has venido para acabar con nosotros?

170309_pixabay_yueshuya_kreuz_560Todos estaban asombrados porque enseñaba con autoridad y comparan esa autoridad de Jesús con la de los escribas ¿por qué ese asombro en una sociedad que era muy autoritaria? ¿por qué ese asombro en personas acostumbradas a obedecer a sus patrones y a los jefes de la sinagoga o del pueblo? ¿porqué asombraba su autoridad en un ambiente autoritario?

Como ya sabemos, no es lo mismo autoridad que autoritarismo. El que tiene autoridad no se apoya en sus cargos o en sus conocimientos para imponerse a los demás; el autoritario necesita recordar a los otros su sitio, su lugar social destacado, sus conocimientos; en una palabra, su poder.

En cambio, el que tiene autoridad habla desde sí mismo, habla simplemente como una persona que transmite algo que cree, no impone, ofrece. Eso es lo que asombra a esas gentes acostumbradas al maltrato y la imposición; el Señor habla de otra manera, “no como los escribas”, esos que había que escuchar porque habían estudiado, pertenecían a destacadas familias, y parecía que sabían mucho.

La escena es interrumpida por alguien que también sabe mucho. Un “espíritu impuro” que habita en uno de los presentes y que empieza a gritar. Sorprendentemente ese espíritu ya sabe quién es Jesús y pregunta “¿Has venido para acabar con nosotros?”

Ahora, en este momento, al contemplar esta escena, tenemos la posibilidad de dejarnos llevar por las imágenes que han cargado en nuestra imaginación las películas, o los relatos, sobre los endemoniados; o podemos seguir otro camino más práctico y más comprometedor: leer atentamente el texto, dejar la imaginación en silencio, y preguntarnos: ¿no aparecen en nuestro corazón, en algunas ocasiones, esas voces que nos invitan a rechazar aquello que implique modificar la idea que ya tenemos de Jesús?

Este espíritu, que cree que ya conoce a “Jesús Nazareno”, y siente que lo quieren destruir porque lo que escucha no es lo que quiere escuchar ¿nunca anduvo por nuestro corazón? ¿Cómo saberlo? Para respondernos el primer paso es dejar de imaginar esos espíritus con cuernos y largas colas, un “espíritu” es otra cosa: es algo que no vemos pero que podemos sentir que nos mueve. Puede ser un odio, una envidia, una ambición; o puede ser un amor, unas ganas de compartir, o el “Espíritu Santo”. La pregunta que importa es ¿qué nos mueve?

Jesús hace callar a ese espíritu que mueve a ese hombre a no escuchar su Palabra y que impide escuchar a los demás; y le ordena salir de ahí, dejar en paz a esa persona, dejarla escuchar las palabras que la van a hacer libre.

Parece que ese “espíritu” estaba acostumbrado a escuchar palabras autoritarias que lo mantuvieran sometido a los que mandan y cuando lo invitan a la libertad siente que lo quieren destruir. Jesús no quiere esos seguidores atemorizados que después solo saben atemorizar a otros. Él habla de una manera nueva, “llena de autoridad”.

Jesús no se enfrenta con la persona que levanta la voz sino con ese espíritu que hay en ella. Jesús siempre está a favor de las personas y en contra del mal que las paraliza y aterrroriza. Su autoridad libera, no esclaviza.

En nuestros días son muchos los que escuchan el Evangelio, participan de la misa y prestan atención en las homilías, pero no logran liberarse de ideas muy pobres y pequeñas acerca de Dios. No sólo se imaginan el diablo con cuernos y cola, se imaginan a Dios como un juez implacable con barba y enojado. Por eso, muchas veces, quienes participan poco de las celebraciones y apenas saben de “religión”, entienden mejor lo que quiere decir el Señor, que quienes creen que ya lo conocen.

Jesús ha venido a destruir todas esas imágenes falsas, infantiles, interesadas: Él, cercano, tierno, misericordioso, es la única imagen del único Dios que no inventamos nosotros, del Dios verdadero.


 

Convertirse y creer

“Después de que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”. Mientras iba por la orilla del mar de galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.” Mc. 1,14-20

 

Barca

 

Juan el Bautista decía que faltaba muy poco. Jesús dice que ya el tiempo se ha cumplido. El Reino está cerca. No se refiere al tiempo sino al espacio, “cerca” indica proximidad, ya está presente, está por acá; después dirá que está en nuestro corazón. Más cerca imposible.

Ya no hay nada que esperar, solo resta “convertirse” y “creer”. Las dos palabras van juntas, porque al “creer” nos convertimos, nos transformamos. Cuando creo en alguien toda mi actitud hacia esa persona se modifica. Puede ser más claro si lo decimos al revés: si dejo de creer en alguien, a partir de ese momento ya nada es igual. Creer en alguien es mucho más que pensar que esa persona no me miente; es fiarse plenamente, es jugarse por ella.

Jesús invita a cambiar y creer; a dejar de creer en lo que creemos y empezar a creer en él. Pero ese “creer en él” no se refiere a pensar determinadas cosas sobre él: “creo que es Dios”; “creo que dio su vida por mí”; “creo que resucitó”. No es eso, el tema es si creo en él, si toda mi confianza y toda mi esperanza está puesta en él; si Jesús es la persona más determinante de mi vida; si puedo decir que no puedo imaginar mi vida sin Jesús.

La propuesta que reciben los discípulos es que dejen de creer en lo que estaban creyendo y que empiecen a creer en Jesús; que dejen de tener puesta su esperanza y su vida en aquello que para ellos era en ese momento lo más importante y que pongan en ese lugar a la persona de Jesús. Él es el Reino y la Buena Noticia.

Convertirse no es ser un poco más buenos; arrepentirnos de nuestros pecados y proponernos cambiar; es mucho más que eso: es plantearnos de verdad en qué creemos; dónde está puesta mi esperanza; en qué se apoya mi existencia.

Esto se ilustra con la reacción de los discípulos al llamado de Jesús: dejan todo y lo siguen; ya nada más importa, Jesús los ha deslumbrado de tal manera que “ellos dejaron sus redes y lo siguieron”; sus redes eran su manera de ganarse la vida, aquello que les daba el alimento. Abandonan una manera de vivir y comienzan otra.

Si no soy cristiano puedo percibir en este texto un llamado a dejar mis seguridades y comenzar a caminar junto a ese Jesús que a tantos a cambiado la vida. Si soy cristiano, puedo estar siendo invitado a cuestionar mi manera de creer en Jesús, especialmente si a pesar de conocerlo no puedo cambiar y sigo siempre enredado en mis redes.

En esa nueva vida los discípulos seguirán siendo los mismos, con sus torpezas, sus pecados, sus inseguridades; pero será otra vida porque su esperanza estará ahora puesta en ese Galileo fascinante y en esa manera de vivir completamente nueva que propone: ese Reino que él ha inaugurado y que transformará el mundo.


 

¿Qué quieren?

para-queJn 1, 35-42

El comienzo de la vida pública de Jesús es presentado como un encuentro casual: Juan el Bautista que al ver pasar a Jesús les dice a dos de sus discípulos que ese que está pasando por ahí es “el Cordero de Dios”. Ellos comienzan a seguirlo, intrigados, hasta que el Señor se da vuelta y pronuncia las primeras palabras con las que iniciaría sus tres años de incansable predicación: “¿qué quieren?” Después dirá muchos discursos memorables pero sus primeras palabras son así de concretas y simples, “¿qué quieren?”.

Y esas siguen siendo sus primeras palabras cada vez que nos acercamos a él. De una manera u otra nos pregunta qué queremos. Y nosotros, ¿qué queremos? ¿para qué nos acercamos a Jesús? ¿para qué vamos a misa? ¿para qué rezamos? ¿para qué lo buscamos?

Los discípulos responden algo bien concreto: “Maestro ¿dónde vives?”. No dicen “queremos que nos salves, o que nos cures, o que nos enseñes…”. Notemos que el interés no está puesto en ellos mismos, en algo que ellos necesiten o busquen; lo que quieren es saber más de él, y algo bien específico “¿dónde vives?”

A nosotros, que miramos la escena desde lejos, no se nos dice donde vivía Jesús, solo se nos informa que el Señor a ellos sí les dice dónde vivía, y que fueron y vieron donde era; y se nos dice también la hora “alrededor de las cuatro de la tarde”. Ver dónde vive alguien nos dice mucho de cómo es esa persona, ver el lugar permite saber también el cómo, de qué manera vivía. Para ellos es tan impactante, que a partir de ahí cambia todo; luego comienzan a contar lo ocurrido a sus amigos y los invitan a que ellos también vengan ver, es tanta la impresión que les causa que dicen “hemos encontrado al Mesías”.

La pregunta sigue ahí, dirigida a todos los que decimos que lo buscamos: “¿qué quieres?”. Según sea nuestra respuesta sabremos si realmente lo buscamos a Él o si seguimos dando vueltas sobre nosotros mismos. ¿Realmente queremos saber dónde vive? ¿Y si resulta que vive muy cerca? ¿qué hago si vive en mi barrio? ¿y si llega a vivir en mi hermano? ¿O en mi corazón?

Pero esta escena esconde otro desafío para quienes la miramos dos mil años después: si alguien nos pregunta por nuestra fe, por aquello en lo que creemos; si alguien quiere saber por qué somos cristianos ¿podemos responder mostrando cómo vivimos? ¿podemos decir “vengan y lo verán”?


 

El Señor está contigo

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Adviento IV B 

Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

—«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo:

—«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le podrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel:

—«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?».

El ángel le contestó:

—«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.

Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contestó:

—«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y la dejó el ángel.


Finalizando el Adviento, a poco muy poco tiempo de la Navidad, la liturgia nos presenta el momento de la Anunciación del Angel a María.

La primera palabra es “alégrate” e inmediatamente después el motivo por el cual alegrarse: “el Señor está contigo”.

Esa es la causa de la alegría para los cristianos: ¡el Señor está con nosotros! Así nos saludamos en la eucaristía: “el Señor esté con ustedes”. Lo tenemos que recordar a cada momento, esa cercanía es la fuente de la que brota la vida.

Cuando no sentimos esa alegría es que le damos la espalda a ese Señor que está cerca. Él nunca se va, si no gozamos de su presencia es que nosotros nos hemos alejado, estamos atendiendo a otras cosas, mirándonos nosotros mismos o, perdidos, y sin saber dónde mirar.

El Señor quiere nacer una vez más en nuestro corazón, no es momento para distracciones sino para abrir ese corazón, como María, hacia lo inimaginable. Uno de los motivos por los cuales en muchas ocasiones no dejamos entrar al Señor en nuestras vidas es porque él siempre nos invita a algo nuevo y sorprendente. Nos invita a una paz y una alegría que creemos inalcanzable. Como los Apóstoles después de la resurrección “no podemos creer por la alegría”. Pero es verdad. Más allá de todos nuestros miedos y dudas es verdad, el Señor está cerca, no hay nada que temer.

Solo nos queda responder como María y querer de verdad que su palabra se haga realidad en nosotros, no hay nada que temer, su voluntad es nuestra felicidad; su palabra es una vida plena; Él sabe mejor que nosotros lo que es bueno para nuestra vida.

¡El Señor está contigo! Esa es la Buena Noticia de cada día.