El trigo y la cizaña, en tiempos de pandemia

MATEO 13,24-30

lecciones-de-las-parabolas-el-trigo-y-la-cizana«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;  pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”


La parábola «del trigo y la cizaña» nos recuerda que Dios hizo las cosas bien, que la creación es “buena”. Lo afirma la Biblia desde el primer capítulo del Génesis en el que se repite una y otra vez: “y vio Dios que era bueno”, y que finaliza con la expresión: “Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno.” (Gn. 1)

No se está diciendo que a Dios “le gustó” lo que había hecho porque estéticamente estaba bien. Se quiere señalar otra cosa: que era exactamente lo que él quería hacer. Ese calificativo “bueno” no se refiere tampoco a algo moral (lo opuesto a malo) sino que expresa que lo creado era lo que Dios quería crear.

Es una expresión que expresa algo semejante a la satisfacción del artista al terminar lo que se propuso; se refiere a ese momento en el que la obra está concluida porque ya es lo que se quería que fuera. Podemos imaginar a un pintor en el momento de terminar su cuadro; o al escritor al poner el punto final de su obra; o al ama de casa en el momento de terminar de preparar un rico postre. Ese “vio que era bueno” indica que la creación es lo que Dios quiso crear.

¿Por qué esta insistencia en afirmar la bondad de la creación? Esas palabras se dirigen a personas que vivían en la precariedad del desierto, a la intemperie, de guerra en guerra y de catástrofe en catástrofe, que fácilmente podían caer en la tentación de pensar que “el mundo era malo”. A personas como nosotros.

Lo que les importa a los autores del Génesis es señalar que, a pesar del mal que hay en el mundo, se debe recordar que Dios hizo todo bien, que es Él el que conduce la creación y la vida de cada uno de nosotros. La actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. La insistencia en que todo ha salido de las manos de Dios y que la creación es buena nos indica que la actitud primera debe ser confiar en el Creador; después, aunque sea sólo un segundo después, se trata de enfrentar el dolor y el sufrimiento.

Dios ahora nos está creando y diciendo: “Es muy bueno”. Por eso podemos mirar lo que vivimos y decir: “todo lo que hizo Dios es bueno”, o mirar nuestro corazón y repetir: “es bueno”. Es completamente distinto partir de la certeza de que este mundo es bueno y que tenemos mucho trabajo por delante, que pensar que es malo. Si la creación no fuera “buena”, deberíamos pensar que Dios nos ha puesto una trampa.

Nuestro trabajo no se parece al del pintor de cuadros, sino al de quien  restaura una pintura dañada. No tenemos que hacer buena la creación sino redescubrir lo buena que es. No tenemos que inventar el bien sino arrancar, despegar, quitar el mal.

La actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. Ya llegará el momento en el que Dios dirá: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”



 

Anunciación del Señor

Página-1-700x450Lucas 1,26-38

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.


 

Intentemos hoy encontrarnos con María Santísima tal como la presenta el evangelista San Lucas. Olvidemos por un momento otras imágenes de María. Olvidemos las estampitas, los altares, los cánticos, las procesiones. Miremos a esa jovencita de Nazaret. Es casi una niña y tiene una confianza sin límites en Dios. ¿Qué vemos? Seguramente en esa imagen vamos a encontrar la luz que nos permita celebrar esta fiesta de la Anunciación en medio de tanto desconcierto y temor que nos causa la pandemia que estamos viviendo.

Lo primero que nos muestra San Lucas es una joven “desconcertada” y una joven que “se preguntaba”. Su fe en Dios no elimina ni los desconciertos ni las preguntas. Lo que tenemos ante nosotros no se parece nada a esa seguridad rígida de aquellos hombres y mujeres a quienes la fe parece haberles eliminado la sensibilidad y el corazón, de aquellos que se aferran con tanta fuerza a sus convicciones que no pueden permitirse ninguna sombra, ninguna lágrima, ninguna pregunta. Nos hace bien ver a María desconcertada y con preguntas parecidas a las nuestras. Luego vemos a María que ya no “se pregunta” sino que le pregunta al ángel “¿cómo puede ser eso?” La “llena de gracia” no sabe, no sabe como puede ser eso, no entiende y pregunta. Quizás por eso ella es nuestro refugio, el refugio de los que no sabemos y nos preguntamos. Quizás por eso en estos momentos podemos recurrir a ella en nuestras oraciones para compartir con ella nuestros desconciertos y temores. La fe no elimina las preguntas.

Finalmente María responde: “hágase en mí”, sí, amén. No sabe y se pregunta pero confía. Para ella la fe no elimina las dudas, es más, se alimenta de ellas, a cada duda no responde con respuestas que se formulan en una frase sino con una confianza que se expresa en un sí, en un amén, “hágase”. Su actitud está muy lejos de la actitud de aquellos para quienes la fe es un faro que elimina la oscuridad de la noche. María no cree como los predicadores entusiastas sino como las abuelas y los abuelos, las madres y los padres, junto al niño enfermo: orando como se puede mientras se dice “¿Cómo puede ser eso?”.

Más adelante Lucas narra la visita a Isabel que le dice “¡feliz de ti que has creído!”, el nacimiento en el pesebre, la llegada de los pastores, las palabras de Simeón “una espada te atravesará el corazón”, y finalmente el niño perdido y encontrado en el Templo. En todos esos momentos ¿Qué hace María? “guardaba esas cosas en su corazón”. “Esas cosas” eran los acontecimientos de su vida. Para ella lo que le ocurría no eran “cosas que pasaban” sino “cosas que guardaba”, que meditaba en su corazón. Eso es la fe. Más que una fingida e inquebrantable seguridad una tierna respuesta de amor: sí, amén. Por eso su “espíritu se estremece de gozo en Dios”, “porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora”.

Guardemos en nuestro corazón estas “cosas” que estamos viviendo y no permitamos que “pasen” digamos que SÍ, a lo que sea, como María.