Los publicanos y las prostitutas creyeron

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: ‘Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña’. El respondió: ‘No quiero’. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: ‘Voy, Señor’, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?».

«El primero», le respondieron. Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

Mateo 21,28-32.


La pregunta que hace Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos es fácil de contestar, evidentemente el hijo que hizo la voluntad del padre fue el primero, el que efectivamente fue a trabajar, y no el segundo, que dijo “voy” pero no fue.

Cuando los interrogados contestan correctamente reciben una respuesta desconcertante por parte de Jesús: “les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Y cuando estos personajes que discutían con Jesús ya se estaban preguntando perplejos por qué, qué tenía que ver una cosa con la otra, reciben una explicación que los deja más perplejos: porque ellos no habían ido a las orillas del río Jordán para hacerse bautizar como sí lo habían hecho los que se consideraban pecadores.

Aquellos publicanos y prostitutas que los sacerdotes del Templo despreciaban son comparados por Jesús con el que dice “no quiero” pero después hace lo que pide el padre. En cambio el hijo que dice “voy” pero no va, se parece a esos sacerdotes que responden bien pero no hacen lo que el padre les pide.

¿Qué es lo que no hacen los sacerdotes? Ellos no creyeron en Juan que anunciaba la llegada del Reino e invitaba a todos a cambiar de vida para recibirlo. En cambio los publicanos y las prostitutas, sí comprenden que deben cambiar sus vidas, y se ponen en camino hasta el Jordán para buscar allí ser purificados.

De lo que se trata no es de que unos son pecadores y los otros no, tampoco se trata de que unos se arrepienten y los otros no. Lo que está en juego es otra cosa. Unos creen que serán purificados en el Jordán y los otros creen que no es necesario ir allí porque la purificación se logra en el Templo y no en el río. Unos creen en Juan y los otros creen en sí mismos. Unos reconocen que es necesario cambiar y los otros creen que hay que seguir repitiendo lo mismo de siempre.

Jesús había comenzado su vida pública poniéndose en la cola de los pecadores junto a los publicanos y las prostitutas. Desde ese sitio y acompañado por esa gente había comenzado a anunciar que el Reino ya había llegado. Pero los sacerdotes y los ancianos no se habían enterado, ellos no estaban ahí. Por eso los publicanos y las prostitutas son los que “llegan antes” al Reino.

Con sus palabras y sus gestos el Señor está transformando por completo las ideas que se enseñaban en el Templo sobre quienes eran “los pecadores” y quienes “los justos”. Pero no dice que “los justos” son pecadores y que “los pecadores” son justos; dice algo mucho más profundo: todos son pecadores, la diferencia está en dónde se busca el perdón ¿modificando sus vidas creyendo en Juan o cumpliendo la ley en el Templo? ¿creyendo o cumpliendo? ¿cambiando de verdad (“pero después se arrepintió y fue”), o repitiendo lo mismo de siempre (“dijo `voy´ pero no fue”)?



 

¿Porque tomas a mal que yo sea bueno?

«Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’.

El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Mt. 20, 1-16


Algunos se enojan porque los últimos reciben la misma paga que los primeros y entonces reclaman porque consideran que eso es una injusticia. La respuesta del dueño de la viña dice con claridad que él no es injusto: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?”. Los trabajadores se comparan unos con otros, comparan los trabajos realizados por cada uno. El dueño no los compara entre ellos sino que compara lo que les paga con lo que les prometió.

Una de las experiencias más primarias y elementales que tenemos los seres humanos ocurre en nuestros primeros años de vida y en nuestras mismas familias: la experiencia de los celos, las competencias y las envidias entre los hermanos. Aprender a crecer y a madurar en la vida es justamente aprender a superar esos sentimientos; se crece en la medida en la que se descubre el propio valor sin necesidad de compararse con otros.

En el lenguaje de la Biblia el dueño de la viña es Dios. Por eso quienes escuchan esta parábola atribuyen al mismo Dios esa desafiante pregunta: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”, otros traducen diciendo: “¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. El reclamo es en apariencia un reclamo de justicia, pero de lo que verdaderamente se trata es de celos y de envidias.

El texto adquiere otra dimensión si recordamos que para Jesús Dios es un Padre bueno, “Abba”. Entonces podemos ver en esta escena a un padre que está enseñando a sus hijos el valor único que cada uno de ellos tiene, que les está enseñando a no comparase entre ellos, a superar sus peleas de hermanos que compiten por el amor de sus padres.

Pero también esta parábola nos puede invitar a profundizar aún más, puede haber en nuestro corazón algo más sutil que esos celos o esas envidias: ¿Nos molesta que Dios “sea bueno” con los demás, o nos molesta que “sea bueno” con nosotros? ¿Por qué habría de molestarnos esa bondad con nosotros mismos? ¿Quizás porque queremos que lo que recibimos de Dios sea un reconocimiento de lo valiosos que creemos que somos? ¿Acaso preferimos el reconocimiento de nuestros méritos más que su generosidad desinteresada? ¿Preferimos merecernos lo que Dios nos da en lugar de reconocer que lo que recibimos de él es un regalo gratuito? ¿Preferimos que Dios nos de lo que nos merecemos en lugar de darnos lo que necesitamos?

Es complicado el corazón humano, ¿qué sería de nosotros si Dios nos diera nada más que lo que nos merecemos? Pero así somos. Nos sentimos con derecho a ser reconocidos por nuestros méritos hasta ante el mismo Dios.

La buena noticia que ha venido a traer Jesús es que Dios no es tan pequeño como nosotros lo imaginamos desde nuestra propia pequeñez. Dios es Dios, y nosotros somos sus hijos, no sus empleados; y cada uno de nosotros tiene a sus ojos un valor único e irremplazable.



 

¿Cuántas veces tendré que perdonar?

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: «Señor, dame un plazo y te pagaré todo». El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?’. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

Mateo 18,21-35.


Lo que dice Jesús sobre el perdón es uno de esos mensajes cristianos que van a contramano de la cultura en la que vivimos. En medio de tanta competencia y violencia, entre tantas palabras crueles y demasiadas mentiras, hablar del perdón suena extraño y fuera de lugar. Se ha establecido, como normal, que las relaciones humanas implican competencia, lucha, agresiones, y que el débil es el que está condenado a perder. Todo lo contrario de la actitud de Jesús y de su mensaje, él dice “bienaventurados los mansos”.

En este texto, Pedro nos representa a todos: ¿siempre hay que perdonar? Parece dispuesto a perdonar de vez en cuando, dispuesto a perdonar cosas sin importancia, a perdonar cuando queremos hacerlo, pero ¿siempre? La dificultad está ahí. Pregunta: “¿siete veces?”, como dispuesto a negociar una cantidad. Pero la respuesta es demoledora: “setenta veces siete”, es decir, siempre. Esa era la palabra que Pedro no quería escuchar. Probablemente nosotros tampoco.

En nuestro interior aparecen instantáneamente una catarata de excusas. Siempre encontramos muchos motivos para no perdonar. Pero antes de analizar esos motivos sería bueno detenernos a escuchar de dónde vienen esas voces. Antes de escuchar qué nos dicen, sería bueno escuchar con qué tono nos hablan.  Si escuchamos atentamente esas voces que nos impulsan a no perdonar, lo que más llama la atención es lo lógicas y razonables que suenan. “Es una injusticia”, “si lo perdono lo va a hacer de nuevo”, “tiene que aprender”; ¿Son esas realmente las razones? ¿Acaso no perdonar es el único camino de hacer justicia, de asegurarse que «no lo va a hacer de nuevo» o de dar una lección? Hay muchos otros caminos para lograr eso mismo, y lo sabemos.

Cuando no queremos perdonar, el obstáculo no suele estar en lo que hizo o dejó de hacer el otro sino que está en nosotros. Lo que realmente ocurre es que hay una herida, un enojo, un dolor, que pretenden seguir vivos, que no están dispuestos a renunciar a su poder y a desaparecer. Es una voz que, disfrazada de buenas intenciones, brota de lo peor de nosotros mismos, brota de algo que en realidad no queremos ser. Justamente lo que no hay que hacer es lo que parece “más razonable”; el camino es otro: atreverse a ir hasta lo más profundo de nosotros mismos y escuchar esa otra voz, esa que quiere perdonar. En el fondo de nuestro corazón sabemos que no se puede vivir en el odio y el rencor. Esa es nuestra verdadera voz.

Pero este texto nos recuerda que el motivo para perdonar siempre a los demás es que Dios nos perdona siempre a nosotros y, además, nos dice algo muy profundo y que nos hace mucho bien tener en cuenta: el perdón de Dios nos llega también a través del perdón de los que nos perdonan. Cuando perdonamos Dios está en nuestro corazón perdonando. Podemos así ser en este mundo, implacable y violento, un camino para que llegue el perdón y la paz de Dios a nuestro hermano.



 

Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre

Jesús dijo a sus discípulos: Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

Mateo 18,15-20.


Propongo reflexionar en este texto comenzando por la conclusión y procurando detenernos en algunas palabras.

El Señor asegura que él estará presente cuando dos o tres se reúnan en su Nombre. Dice que estará “presente en medio de ellos”. ¿Cómo hay que entender este “en medio”? ¿Se refiere al lugar en el que se encuentran? ¿Si están alrededor de una mesa el Señor está en el centro? ¿si están en una iglesia, dónde habría que ubicarlo? Evidentemente no puede referirse al lugar físico. ¿Qué quiere decir “en medio”? La respuesta se encuentra en el mismo texto: “en medio de ellos”, no se refiere a un sitio sino a ellos mismos. Cuando nos reunimos en su Nombre el Señor está en el corazón, en el centro, en el centro de cada uno de los que están reunidos.

La frase se encuentra además en el contexto de una promesa solemne. Poco antes se ha afirmado dos veces “les aseguro”. “Les aseguro que todo…”; “les aseguro que si dos…”. El Señor está prometiendo su presencia y nos está dando una pista cierta para encontrarnos con él. Jesús, el que nació en el pesebre; el que caminó por Galilea; el que murió en la Cruz; el que se encontró resucitado con sus discípulos; ése mismo, nos dice cómo encontrarnos nosotros con él: cuando dos o tres están “reunidos en mi Nombre”. En otras palabras: “en comunidad”, “en el encuentro con los hermanos”, “cuando salimos de nosotros mismos”. Ése es el lugar en el que con seguridad lo encontraremos.

Las palabras del Maestro adquieren especial importancia para los cristianos en estos tiempos de pandemia, en los que estamos obligados a un ayuno forzoso de la eucaristía. Son palabras que nos están recordando que el pan consagrado no es el único lugar para encontrarnos con su presencia salvadora y consoladora. De hecho una de las experiencias más ricas de este tiempo es precisamente aquella que nos muestra a tantas personas superando sus miedos, atentas a las necesidades de los demás, y encontrándose de esa manera con Dios. Estamos experimentando algo que ya sabíamos pero que no teníamos muy en cuenta: el Señor está cerca, es suficiente salir de nosotros mismos.

Es probable que desde esta experiencia podamos comprender mejor el gesto de Jesús en la Última Cena: lo conocemos bien, después de tomar el pan y el vino dijo “hagan esto en memoria mía”, lo repetimos cada vez que celebramos la misa. Pero aquí también conviene detenerse en las palabras: ¿qué es “esto”?

Para comprenderlo mejor podemos recurrir a una imagen por todos conocida: unos amigos se reúnen para compartir la mesa, la pasan muy bien, están contentos, es un momento muy agradable y alguno dice: “tenemos que hacer esto más seguido”. ¿A qué se refiere? ¿a la comida, al pan y al vino? No solamente. Esto es todo ese momento, la comida, los amigos, las risas, las confidencias…

Nos alejamos de la compresión de las palabras de Jesús cuando relativizamos su presencia en el pan y en el vino, pero también lo hacemos cuando relativizamos su presencia en la comunidad. “Esto” es todo, es toda esa Cena, incluido el lavatorio de los pies. Por eso el texto que hoy nos presenta la liturgia comienza hablando de la necesidad de perdonarnos y corregirnos unos a otros, eso también forma parte de la vida que se vive con los demás, como tuvo también un momento en aquella cena del Maestro con sus discípulos. También el perdón forma parte de ese “esto” que hay que hacer en su memoria.

Ahora no tenemos el pan y el vino consagrados, pero sí tenemos la comunidad, siempre hay “dos o tres”, quizás no en la misma casa, quizás sea necesario usar el teléfono u otro medio, pero siempre se puede salir de uno mismo y al hacerlo nos encontramos con el Maestro “en medio” nuestro, “en medio” de cada uno de nosotros, en el corazón.


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El que quiera venir

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá». Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?  Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras

Mateo 16,21-27.


El relato del evangelio de este domingo comienza diciendo “desde aquel día”. Se refiere al momento que la liturgia nos invitó a reflexionar la semana pasada, cuando Jesús pregunta a sus discípulos “¿para ustedes quien soy yo?” y Pedro responde “el Mesías”. Después de ese diálogo se presenta esta escena de hoy, y se relacionan ambos momentos con la expresión “desde aquel día”. Es decir, que en el evangelio de Mateo, el Señor a partir del momento en el que es reconocido como Mesías comienza a anunciar que “debía ser condenado a muerte”.

Este texto es importante y exigente. Conviene detenerse en él con cuidado y releerlo varias veces. Si logramos dejarnos atrapar por él posiblemente  abandonemos algunos prejuicios y algunas maneras de pensar y actuar; algunas actitudes que están en nosotros presentes de manera casi inconsciente debido a una formación espiritual muy condicionada por ideas que quizás sean muy nobles pero que no nacen de los evangelios. Para reflexionar a fondo sobre este texto vamos a detenernos a observar atentamente cómo se utilizan dos verbos: el verbo “deber” (debía ir a Jerusalén, debía ser condenado) y el verbo “querer” (el que quiera venir, el que quiera salvar).

En un primer momento el Señor utiliza la expresión “debía”, tanto para ir a Jerusalén, como para ser condenado a muerte o para resucitar. Observemos que ese “debía” se refiere a él mismo. Pero después de la discusión con Pedro desaparece el “debía” y entra en escena “el que quiera”.

Cuando Pedro se resiste a aceptar lo que Jesús dice, el Señor lo reprende con dureza, lo trata de “Satanás”, y lo invita a mirar su propio corazón y a preguntarse a sí mismo de dónde vienen esas palabras que está diciendo: “tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”, Pedro es invitado a mirar de donde nacen sus propias palabras. ¿Por quién está preocupado Pedro, por el sufrimiento de Jesús o por su propio sufrimiento? Jesús lo está invitando a preguntarse qué quiere, a preguntarse si realmente lo quiere seguir ahora que sabe hacia dónde va.

Algo similar ocurre a partir de ese momento con el resto de los discípulos que contemplan la escena y entre quienes nos encontramos nosotros. Observemos: Jesús no les dice, “ustedes deben seguirme”, les plantea algo diferente, los invita a mirar qué es lo que realmente quieren hacer. ¿Quieren seguirlo, quieren salvar su vida?

Estamos muy acostumbrados a escuchar que a Jesús debemos seguirlo, se nos ha dicho desde que estábamos en catequesis que a Jesús debemos seguirlo, y que debemos seguirlo hasta la muerte, hasta dar la vida por él. Hemos escuchado en infinidad de homilías y leído en muchísimas oportunidades expresiones como estas: “debemos”, “tenemos que”, “hay que”, “es nuestra obligación”, y muchas otras parecidas. Pero en este texto no nos encontramos con esas palabras sino con algo muy diferente: Jesús nos invita a preguntarnos qué es lo que realmente queremos hacer. ¿Ahora que sabemos a dónde va, lo queremos seguir?

En muchas ocasiones Jesús pregunta a quienes se acercan a él ¿qué quieren? Por ejemplo, cuando lo siguen por el camino dos discípulos de Juan el Bautista el Señor se da vuelta y les pregunta ¿qué quieren?, o cuando el ciego le grita “ten piedad de mí” y Jesús le contesta ¿qué quieres que haga por ti? La pregunta del Maestro no es fácil de responder, nos exige entrar en nuestro corazón y preguntarnos sobre lo que realmente queremos. Responder lo que queremos no es tan fácil como parece, no es una cuestión de caprichos. Si lo pensamos un poco, es más comprometedora la expresión “qué quieres” que el mandato “tú debes”.

La pregunta sobre lo que queremos nos enfrenta con nuestra libertad, la exigencia sobre lo que debemos nos enfrenta con nuestra capacidad, con nuestra fuerza de voluntad. En el primer caso estamos ante una decisión muy concreta que puede responderse en el mismo instante en el que se nos formula la pregunta: ¿quiero o no quiero? En el segundo caso, debo, estamos ante algo que quizás podemos proponernos hacer pero que se realizará más adelante, en última instancia no sabemos si en el futuro seremos capaces de hacerlo. Especialmente si se trata de “dar la vida” solo podemos estar seguros de si queremos hacerlo, pero no de si seremos capaces de sostener ese quiero hasta el final.

Esto es muy importante tenerlo claro porque cuando ponemos el acento en el deber estamos apoyándonos en nosotros mismos, en nuestra capacidad de hacer lo que se debe. En cambio, cuando ponemos el acento en el quiero el paso siguiente no es un acto de la voluntad sino un acto de fe, después del quiero solo es posible una plegaria: “quiero pero no sé si puedo, dame las fuerzas para hacerlo”.

Lo que Jesús nos pide es nuestro quiero, nuestra decisión libre de querer seguirlo. A partir de ese quiero él puede darnos las fuerzas que necesitamos para hacer algo que nosotros sin su ayuda no podemos.

Ser cristianos, seguir a Jesús por el camino de la vida, es una gracia, un regalo que nace en nuestro quiero, pero que no podemos concretar apoyados en nuestras fuerzas que nunca serán suficientes. Es necesario “que venga a nosotros su Reino”, que venga a nosotros “el Hijo del hombre … rodeado de sus ángeles” y entonces “pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”, que en realidad serán las obras de su gracia en nosotros. En nuestra respuesta a Jesús solo nos es posible decir “quiero” e inmediatamente pedirle ayuda.


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¿Quién dicen que soy?

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.

Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».  Mateo 16,13-20


Jesús pregunta. Aparentemente quiere saber lo que se dice de él, cual es la idea que los demás tienen. La respuesta de sus discípulos refleja que sobre Jesús se tienen ideas muy diferentes y variadas. Cada uno se imagina al Maestro a su manera y todos parecen conocerlo. Entonces la misma pregunta cambia de dirección y se dirige directamente a sus discípulos: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy?”

Es una pregunta personal que espera una respuesta desde el corazón. Jesús no está tomando un examen de teología o formulando una pregunta de catecismo. No espera una respuesta teórica, una respuesta aprendida de memoria. Su pregunta no se parece a la del profesor que quiere saber si el alumno sabe sino a la de la novia o el novio que pregunta a su amado o amada: “para vos ¿quién soy yo?” Esa pregunta no puede responderse diciendo el nombre y el apellido o el número de documento, esas respuestas serían verdaderas pero no responderían a lo que se quiere preguntar, serían respuestas impersonales, aprendidas de memoria, respuestas “de catecismo”. La pregunta va mucho más allá. Se pregunta por el significado que tiene la propia vida en la vida del otro. La respuesta verdadera solo puede ser comprometedora, es una respuesta de la que habrá que hacerse cargo.

Esa es la pregunta que nos hace Jesús a nosotros, sus discípulos: “para vos, ¿quién soy yo?” ¿qué significo en tu vida? ¿qué importancia tengo para vos? No hay lugar para respuestas aprendidas de memoria, no hay escapatoria hacia respuestas de compromiso. Para saber quién es Jesús en nuestra vida no tenemos que mirar el catecismo, tenemos que mirar nuestra vida. Si miro mi vida ¿Quién es Jesús?

La respuesta que el evangelista Mateo pone en boca de Pedro nos puede desconcertar porque es una frase que parece “de catecismo”: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Pero el Apóstol está hablado desde el corazón, está diciendo que para él Jesús es todo, es “lo más”, es aquello que responde plenamente a todo lo que soñó y esperó en su vida. Si regresamos al ejemplo de los amantes, la respuesta de Pedro es como si el novio hubiera dicho “sos mi vida”, una respuesta que no hay que tomarse al pie de la letra y que sin embargo es la respuesta más correcta y verdadera.

Entonces la escena narrada por Mateo nos trae otro dato importante: en el momento en el que Pedro le dice a Jesús quién es para él, Jesús a su vez le dice a Pedro quién es: “Tú eres Pedro”. Cuando respondemos quién es Jesús entonces él nos revela quienes somos nosotros. La pregunta “¿quién soy yo?” no tiene respuesta mirandonos a nosotros mismos, encontramos la respuesta mirando hacia Jesús. Cuando Pedro respondió con su corazón entonces pudo saber quién era, quien era él más que quien era Jesús; entonces pudo conocer su misión: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”; y también su responsabilidad: “lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo”.

A eso nos invita el Maestro. Al preguntarnos “ustedes, ¿quién dicen que soy?” nos está preguntando también quienes somos nosotros. Las respuestas no están en ningún libro, solo podemos encontrarlas en la vida. Las respuestas no caben en ninguna frase, son preguntas que se responden viviendo.

Entonces, si con la vida nos atrevemos a responder, seguramente podamos escuchar en algún rincón del corazón una voz que nos dice: “esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.”


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El trigo y la cizaña, en tiempos de pandemia

MATEO 13,24-30

lecciones-de-las-parabolas-el-trigo-y-la-cizana«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;  pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”


La parábola «del trigo y la cizaña» nos recuerda que Dios hizo las cosas bien, que la creación es “buena”. Lo afirma la Biblia desde el primer capítulo del Génesis en el que se repite una y otra vez: “y vio Dios que era bueno”, y que finaliza con la expresión: “Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno.” (Gn. 1)

No se está diciendo que a Dios “le gustó” lo que había hecho porque estéticamente estaba bien. Se quiere señalar otra cosa: que era exactamente lo que él quería hacer. Ese calificativo “bueno” no se refiere tampoco a algo moral (lo opuesto a malo) sino que expresa que lo creado era lo que Dios quería crear.

Es una expresión que expresa algo semejante a la satisfacción del artista al terminar lo que se propuso; se refiere a ese momento en el que la obra está concluida porque ya es lo que se quería que fuera. Podemos imaginar a un pintor en el momento de terminar su cuadro; o al escritor al poner el punto final de su obra; o al ama de casa en el momento de terminar de preparar un rico postre. Ese “vio que era bueno” indica que la creación es lo que Dios quiso crear.

¿Por qué esta insistencia en afirmar la bondad de la creación? Esas palabras se dirigen a personas que vivían en la precariedad del desierto, a la intemperie, de guerra en guerra y de catástrofe en catástrofe, que fácilmente podían caer en la tentación de pensar que “el mundo era malo”. A personas como nosotros.

Lo que les importa a los autores del Génesis es señalar que, a pesar del mal que hay en el mundo, se debe recordar que Dios hizo todo bien, que es Él el que conduce la creación y la vida de cada uno de nosotros. La actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. La insistencia en que todo ha salido de las manos de Dios y que la creación es buena nos indica que la actitud primera debe ser confiar en el Creador; después, aunque sea sólo un segundo después, se trata de enfrentar el dolor y el sufrimiento.

Dios ahora nos está creando y diciendo: “Es muy bueno”. Por eso podemos mirar lo que vivimos y decir: “todo lo que hizo Dios es bueno”, o mirar nuestro corazón y repetir: “es bueno”. Es completamente distinto partir de la certeza de que este mundo es bueno y que tenemos mucho trabajo por delante, que pensar que es malo. Si la creación no fuera “buena”, deberíamos pensar que Dios nos ha puesto una trampa.

Nuestro trabajo no se parece al del pintor de cuadros, sino al de quien  restaura una pintura dañada. No tenemos que hacer buena la creación sino redescubrir lo buena que es. No tenemos que inventar el bien sino arrancar, despegar, quitar el mal.

La actitud ante el mal no es el miedo, sino la confianza. Ya llegará el momento en el que Dios dirá: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”