Anunciación del Señor

Página-1-700x450Lucas 1,26-38

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.


 

Intentemos hoy encontrarnos con María Santísima tal como la presenta el evangelista San Lucas. Olvidemos por un momento otras imágenes de María. Olvidemos las estampitas, los altares, los cánticos, las procesiones. Miremos a esa jovencita de Nazaret. Es casi una niña y tiene una confianza sin límites en Dios. ¿Qué vemos? Seguramente en esa imagen vamos a encontrar la luz que nos permita celebrar esta fiesta de la Anunciación en medio de tanto desconcierto y temor que nos causa la pandemia que estamos viviendo.

Lo primero que nos muestra San Lucas es una joven “desconcertada” y una joven que “se preguntaba”. Su fe en Dios no elimina ni los desconciertos ni las preguntas. Lo que tenemos ante nosotros no se parece nada a esa seguridad rígida de aquellos hombres y mujeres a quienes la fe parece haberles eliminado la sensibilidad y el corazón, de aquellos que se aferran con tanta fuerza a sus convicciones que no pueden permitirse ninguna sombra, ninguna lágrima, ninguna pregunta. Nos hace bien ver a María desconcertada y con preguntas parecidas a las nuestras. Luego vemos a María que ya no “se pregunta” sino que le pregunta al ángel “¿cómo puede ser eso?” La “llena de gracia” no sabe, no sabe como puede ser eso, no entiende y pregunta. Quizás por eso ella es nuestro refugio, el refugio de los que no sabemos y nos preguntamos. Quizás por eso en estos momentos podemos recurrir a ella en nuestras oraciones para compartir con ella nuestros desconciertos y temores. La fe no elimina las preguntas.

Finalmente María responde: “hágase en mí”, sí, amén. No sabe y se pregunta pero confía. Para ella la fe no elimina las dudas, es más, se alimenta de ellas, a cada duda no responde con respuestas que se formulan en una frase sino con una confianza que se expresa en un sí, en un amén, “hágase”. Su actitud está muy lejos de la actitud de aquellos para quienes la fe es un faro que elimina la oscuridad de la noche. María no cree como los predicadores entusiastas sino como las abuelas y los abuelos, las madres y los padres, junto al niño enfermo: orando como se puede mientras se dice “¿Cómo puede ser eso?”.

Más adelante Lucas narra la visita a Isabel que le dice “¡feliz de ti que has creído!”, el nacimiento en el pesebre, la llegada de los pastores, las palabras de Simeón “una espada te atravesará el corazón”, y finalmente el niño perdido y encontrado en el Templo. En todos esos momentos ¿Qué hace María? “guardaba esas cosas en su corazón”. “Esas cosas” eran los acontecimientos de su vida. Para ella lo que le ocurría no eran “cosas que pasaban” sino “cosas que guardaba”, que meditaba en su corazón. Eso es la fe. Más que una fingida e inquebrantable seguridad una tierna respuesta de amor: sí, amén. Por eso su “espíritu se estremece de gozo en Dios”, “porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora”.

Guardemos en nuestro corazón estas “cosas” que estamos viviendo y no permitamos que “pasen” digamos que SÍ, a lo que sea, como María.


 

¿Ciegos?

DOMINGO IV CUARESMA A

 

CuraciónCiegoArkabasJuan 9,1-41.

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». «Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?».

Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo».

Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos?». El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: ‘Ve a lavarte a Siloé’. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está?». El respondió: «No lo sé».

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?». Y se produjo una división entre ellos.

Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?». El hombre respondió: «Es un profeta».

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta». Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él».

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?». El les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?». Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?». Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él. Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven».

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: ‘Vemos’, su pecado permanece».


 

Puso barro sobre sus ojos y el hombre vio. A partir de ese momento su vida cambia por completo porque él ya no es el mismo. Ahora puede ver y eso sin duda tiene muchas ventajas, pero también aparecen las dificultades y son dificultades muy importantes y dolorosas. Los que lo rodean ya no saben cómo tratarlo, se modifican todos sus vínculos, las autoridades religiosas lo expulsan de la comunidad y sus padres se desentienden de él. Se ha convertido en alguien molesto para todos.

Los que antes veían ahora no pueden ver y le echan la culpa al que antes era ciego. A partir del momento en el que el ciego comienza a ver se trastorna la vida de la comunidad, todos están desconcertados, nadie confía en lo que ven sus ojos. «He venido a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven», dice el Maestro.

Contemplamos esta escena dos mil años después en un momento en el que encerrados en nuestras casas comenzamos a ver todo de una manera diferente. Repentinamente dejamos de ser ciegos y contemplamos perplejos que el mundo que nos rodea no era como pensábamos. No somos dioses. Somos frágiles, asombrosamente frágiles. Conmovedoramente frágiles.

¿Será una mala noticia o será el momento de empezar a construir una nueva manera de relacionarnos? ¿será una mala noticia o será el tiempo de aceptar que ya lo sabíamos pero no lo queríamos reconocer? Intentamos desesperadamente erigir un mundo de super héroes en el que la muerte y el sufrimiento eran algo de lo que había que huir, en lo que no había que pensar; un mundo sin esfuerzo y sin problemas en el que no fuera necesario renunciar a nada para tenerlo todo; un mundo con derechos y sin obligaciones; un mundo en el que la pobreza y el dolor fueran una enfermedad pasajera. Pero nos quitamos el barro de los ojos y pudimos ver: la felicidad no es una playa en una isla en el Caribe. El mundo no es así. Es mucho mejor que eso.

El ciego del relato evangélico debe enfrentarse con quienes no están dispuestos a cambiar su manera de ver las cosas. Prefieren expulsarlo de la comunidad antes que aceptar lo que él les dice. Ellos lo consideran un pecador por haber nacido ciego y no pueden comprender lo que ocurre porque además Jesús lo había curado un sábado. La situación no entra dentro de sus esquemas pero no están dispuestos a cambiar. La actitud de estos personajes nos recuerdan a muchos que en nuestro tiempo tampoco quieren cambiar sus maneras de pensar aunque lo que se les presente sea mucho mejor que lo que ellos consideran.

Los momentos que vivimos son una oportunidad para abrir nuestras cabezas y corazones y dejar entrar en ellos la Buena Noticia de Jesús. A muchos les cuesta creer en ella justamente por ser una noticia tan buena, pero se puede ver el mundo y la vida de otra manera, se puede vivir como nos propone Jesús. Estamos invitados a aprovechar esta oportunidad para dejar crecer en nuestro corazón la fe y la confianza en Dios. Todos podemos hacerlo, todos tenemos la capacidad de rezar y de dejarnos llevar por ese rincón de nuestro corazón que nos anima a creer en Dios y a confiar en él. Quizás, a fuerza de vivir en este mundo de ciegos que creen ver, nos hemos acostumbrado a desconfiar de esa voz interior que nos invita a confiar, quizás pensamos que es demasiado fácil, que es cosa de niños, pero es al revés, esa es la verdadera respuesta, la confianza en Dios es nuestra fuerza.

Dejemos que el Señor cure nuestra ceguera para ser así capaces de vivir compartiendo nuestras fragilidades y cuidándonos unos a otros en el amor.


 

“Dame de beber” en tiempos de miedos

Imagen 1Juan 4,5-42.

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber».
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva».
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?».
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna».
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla».
Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido,
porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad».
La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar». Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo».
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo».
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?».
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
«Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?».
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro».
Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen».
Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?».
Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice».
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».


De aquella extranjera junto al pozo de Jacob solo sabemos que era “una samaritana”, su nombre quedó en el olvido, pero su diálogo con Jesús nunca se olvidará. Todo el relato está cargado de símbolos que pueden iluminar este doloroso momento de nuestras vidas.

Dame de beber”, pide Jesús bajo el sol abrasador del mediodía. El Maestro se presenta necesitando algo esencial para la vida: agua. Nosotros, en nuestro mundo saturado de objetos prescindibles repentinamente nos encontramos necesitados de lo más esencial: la salud, la seguridad, la fuerza para no dejarnos llevar por el miedo.

Dame de beber”, dame de tu agua. ¿Cuál es nuestra agua en estos momentos? ¿qué es lo que nos da vida? La samaritana, que solo buscaba el agua de un pozo, descubre que lo que verdaderamente le da vida es encontrarse con alguien que verdaderamente la conoce, que sabe cuál es su sed más profunda.

Jesús mira en profundidad, mira el corazón, no se deja llevar por las apariencias. El Señor hoy nos dice que conoce nuestros corazones inquietos y angustiados. Nos invita a pedir esa agua llena de vida que se convierte en manantial y si le pedimos esa agua escucharemos lo mismo que la samaritana: “soy yo, el que habla contigo”. Él es el agua. Él es el manantial. Él es el único que puede calmar nuestros temores.

La samaritana no se paraliza, no se encierra en sí misma, corre al pueblo a comunicar su encuentro con Jesús. El anuncio que ella hace no es la proclamación de una certeza sino de una duda, una duda que nace de haberse sentido escuchada, aceptada, reconocida de verdad, no despreciada ni dejada de lado; de haber sentido que alguien ¡por fin! realmente había accedido al secreto de su corazón lleno de temor y tantas veces desamparado.

«Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿no será el Mesías?». No es el anuncio seguro y solemne de los discípulos: «¡Hemos encontrado al Mesías!». Es una pregunta que expresa una duda y una esperanza, ¿será? Pero la sola pregunta ya es algo inmenso, es una enorme ventana que se abre hacia una vida nueva.

“No teman” dice Jesús muchas veces, y nos dice porqué no hay que temer: porque él nos conoce y está cerca nuestro. Nada puede separarnos de su amor.


 

 

La homilía, un momento único

homilia-850x310

«Ahora el que habla no enseña sino que está dando examen, y el que escucha no aprende sino que está aprobando o reprobando al expositor. Antes el que hablaba exponía desde la cátedra, ahora se encuentra algo atemorizado frente a un tribunal que lo juzga. El resultado es muy triste, tanto para unos como para otros».

LEER MÁS


 

Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre

Navidad

Lucas 2, 1-14

 

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!».


Lucas en su Evangelio dice que Jesús nació cuando en Roma gobierna Augusto, cuando en Siria gobierna Quirino, cuando en todo el imperio se realiza un censo; o sea que se trata de un nacimiento real ocurrido en un momento histórico. Lucas ubica ese acontecimiento en un tiempo y un lugar concretos porque escribe a personas que viven en la cultura griega y que están acostumbradas a oír relatos de dioses que nacen y mueren. Lo que el evangelista dice es que el nacimiento de Jesús no es una fábula, un mito, una leyenda; al poner los acontecimientos relatados en un tiempo y un espacio los presenta como un hecho histórico ocurrido en un tiempo y en un lugar concretos.

Dos mil años después esa manera de hablar de San Lucas adquiere una nueva importancia y tiene una sorprendente actualidad. En nuestros días la Navidad se ha vaciado de referencias históricas. En el lugar del pesebre encontramos a Papá Noel y a otros personajes imaginarios (enanitos, duendes, gnomos, etc.); en otras palabras: reemplazamos el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad por fábulas o leyendas imaginarias. Continuar leyendo «Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre»

Dios con nosotros

Adviento IV A

Mt 1, 18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:

La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros».

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.


Hace tres semanas, en el primer domingo de Adviento escuchamos la pregunta de Dios “¿dónde estás?” Él quiere saber dónde estamos porque quiere estar con nosotros. En el segundo domingo contemplamos a María recibiendo la visita del ángel que le dice “alégrate”, “no temas”; y escuchamos que el ángel le decía porqué ella debe alegrarse y no temer: porque Dios está cerca, “el Señor está contigo”. Una vez más se nos habla de la proximidad de ese Dios que está constantemente viniendo a nuestro encuentro. En el domingo siguiente veíamos a Juan el Bautista desconcertado y sin comprender al Maestro: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” Jesús le hace ver los signos que ya están delante de él, si mira esos signos descubre la proximidad de Dios. Juan debe cambiar su manera de mirar para descubrir la presencia del Salvador.

Cada uno de los textos de este Adviento nos habla de maneras diferentes de un Dios cercano que viene a nosotros y que debemos aprender a descubrir en los signos que nos rodean. Continuar leyendo «Dios con nosotros»

El hombre más grande

Adviento III A

Mt 11, 2-11

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?».

Jesús les respondió: «Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!».

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: ¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquel de quien está escrito:

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.


 

El evangelio, en varios momentos, nos muestra personajes sacudidos por una fuerte tormenta. Uno de ellos es Juan el Bautista cuando está preso y a punto de morir. Juan está desconcertado. La magnitud de su dolor y confusión es evidente en la pregunta que le envía al Señor a través de unos mensajeros: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? El hombre más grande nacido de mujer ¡está dudando!

Aquél que había “saltado de gozo” en el seno de su madre Isabel ante la proximidad de Jesús, se encuentra ahora en la soledad de la cárcel, ve aproximarse el final de su vida y no comprende al Maestro. Parece que nada de lo prometido se cumple, todo está a punto de terminar en un fracaso. Los enemigos de Israel son cada vez más poderosos y Jesús no está actuando como él esperaba. Realmente ¿era ése el que tenía que venir?

Jesús no le manda decir: «Tranquilo, yo soy el Mesías». Esa respuesta era inútil para alguien que estaba confuso, no eliminaba la duda, sólo la trasladaba a una nueva pregunta: “¿Dirá la verdad cuando dice que es el Mesías?”. El Maestro utiliza otra forma de respuesta y dice a los enviados: «Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres”. ¿Por qué responde así?

Jesús sabía que Juan conocía perfectamente los signos que acompañarían la llegada del Mesías, y entonces le muestra que eso está ocurriendo y deja que él en su corazón diga: «Sí, éste es el que debía venir». No le dice: “Hay que tener fe”; lo ayuda a creer, a recorrer un camino interior que le permite descubrir en sí mismo una respuesta. Así hace con nosotros. Nos muestra signos y deja que, mirando esos signos, encontremos en nuestro corazón una respuesta y digamos como Juan, desde lo más hondo de nosotros mismos: «Sí, es él».

También Juan debe convertirse, cambiar su manera de mirar la realidad, de mirar al Señor y de mirarse a sí mismo. Para recibir al Señor que viene en la Navidad algo tenemos que cambiar en nuestra vida. Pero no hay nada que temer, esos cambios son portadores de una nueva vida.


 

¿Cómo puede ser eso?

Adviento II A

Lc 1, 26-38

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.


En el segundo domingo de Adviento este año celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción. La liturgia nos invita a dirigir nuestra mirada hacia María Santísima.

El relato de Lucas nos recuerda el momento en el que Dios viene al encuentro de María, y en ella, al encuentro de toda la humanidad. En la figura del ángel se nos presenta al Señor que se acerca y sus primeras palabras son una exclamación de alegría: “¡Alégrate!”; e inmediatamente después el enviado de Dios pronuncia unas palabras que Jesús repetirá una y otra vez a lo largo de su vida: “¡no temas!”. El motivo de la alegría y de la ausencia de temor es el mismo, la proximidad de Dios: “el Señor está contigo”. Continuar leyendo «¿Cómo puede ser eso?»

Estén preparados

Adviento I A

Mt 24, 37-44

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Los mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.

Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.


¿Qué quieren decir estas advertencias? ¿Acaso Jesús quiere asustarnos? En muchas ocasiones el Señor nos dice que no debemos tener miedo así que no es posible que esa sea su intención.

La comparación que se hace con los tiempos de Noé nos puede ofrecer alguna pista para responder. En el texto se dice que antes del diluvio “no sospechaban nada”, estaban pensando en otra cosa, estaban distraídos. Sin forzar demasiado la comparación podemos comparar esa descripción con algo muy actual: estamos sumergidos en la “cultura del entretenimiento”. No solo es un fenómeno relacionado con los medios de comunicación sino que la misma manera de convivir se ha convertido en algo parecido a un permanente zapping. No solo cambiamos de canales con el control remoto, también cambiamos de temas de conversación, de opiniones, de amigos, de ideas, de parejas, de creencias. La vida misma se ha convertido para muchos en un zapping interminable y agotador. El resultado es una superficialidad agobiante que, paradójicamente, suele llevar a todo tipo de adicciones; y también a una angustia que enferma y en ocasiones mata.

Continuar leyendo «Estén preparados»

La cruz y las burlas

Lavatorio-de-los-pies1-e1522336381603CRISTO REY 2019

Lc 23, 35-43

Después que Jesús fue crucificado, el pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose decían: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”. También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: “Si eres el Rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el Rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”.

Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.


En la fiesta de Cristo Rey el texto del Evangelio nos muestra a Jesús en la cruz y a sus verdugos burlándose de él. Sobre su cabeza, también como una burla, dice: “Jesús de Nazaret Rey de los judíos”. Como sabemos, y como lo dijo el mismo Jesús ante Pilatos, él es rey, pero de una manera completamente diferente a lo que imaginaban tanto los judíos como los romanos. También diferente a lo que imaginamos nosotros.

Los que están frente a la cruz se ríen de alguien que se presenta como rey pero no tiene ningún poder. En ese momento los poderosos son ellos, los que lo crucificaron. Las burlas son una forma de abusar del poder que tienen sobre Jesús. Toda la escena nos presenta una situación cargada de actualidad. No es solo el recuerdo de algo ocurrido hace dos mil años. Hoy también podemos asistir al lamentable espectáculo del inocente que sufre ante la indiferencia o las burlas. Lo que ocurrió aquel día se prolonga en el tiempo.

Continuar leyendo «La cruz y las burlas»