Semana Santa

¿De qué llorar tú sueles?

Hay algo que tenemos que hacer antes que nada, y que es lo único que demostrará que hemos comprendido: conmovernos. No despreciemos las emociones. La emoción, si nace del corazón y es genuina, es la respuesta más elocuente y más digna que pueda existir ante la revelación de un gran amor o de un gran dolor. Cuando nos emocionamos, experimentamos que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Emocionarnos es abrir al otro lo más íntimo de nuestro ser. Por eso ante ella se siente pudor. Pero no tenemos derecho a ocultar nuestra emoción a quien es objeto de la misma. Le pertenece, es suya, él la ha provocado y a él está destinada. Jesús no escondió su emoción ante la viuda de Naín ni ante las hermanas de Lázaro, al contrario, “se echó a llorar” (Jn 11,35). ¿Y nos vamos a avergonzar nosotros de conmovernos ante él?

¿Para qué sirven las emociones? Son preciosas, porque son como la aradura que rompe la dura corteza permitiendo así a la semilla anidar profundamente en la tierra. La emoción es con frecuencia el comienzo de una verdadera conversión y de una vida nueva. ¿Hemos llorado alguna vez —o al menos hemos deseado llorar—por la pasión de Cristo?

Ha habido santos que han gastado sus ojos a fuerza de llorar por eso. “Lloro la pasión de mi Señor”, contestó Francisco de Asís a uno que le preguntaba por la razón de tantas lágrimas.Basta ya de llorar por nosotros mismos con lágrimas contaminadas, con lágrimas de autocompasión. Es hora de derramar otras lágrimas. Lágrimas hermosas, de asombro, de alegría, de agradecimiento. De emoción, antes incluso que de arrepentimiento. También esto es “renacer del agua”.

Cuántas veces, oyendo evocar la pasión, o disponiéndome yo mismo a hacerlo, me he acordado de aquel célebre verso de Dante y lo he repetido en mi interior, rebosando casi de cólera contra mí mismo: “Y si no lloras, ¿de qué llorar tú sueles?” (DANTE ALIGHIERI, Infierno, XXXIII, 42.)   

Rainiero Cantalamessa

El Papa intenta llegar a los jóvenes

“Quizás no pueda discutirse que la necesidad de expresar la compleja temática juvenil exige un documento extenso y profundo. Puede argumentarse también que el texto no está dirigido solo a los jóvenes. Pero lo que está en cuestión es la ausencia de otros formatos que faciliten el acceso a las reflexiones papales”.

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Una última trampa

V CUARESMA C

Jn 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. 

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?». Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. 

Como insistían, se enderezó y les dijo: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor». 

«Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante».


El centro de esta escena no es la mujer acusada sino Jesús. Lo que está en juego en esta nueva discusión con los maestros de la ley es una cuestión legal que se plantea para poder acusar a Jesús y llevarlo ante un tribunal.

Los fariseos y los escribas necesitan con urgencia acusar de algo a Jesús y le ponen una última trampa para acusarlo de violar la ley. Como en el caso de la pregunta sobre si se debe o no pagar el impuesto al César ahora también cualquier respuesta sirve para condenarlo. No solo se está acusando a la mujer, lo que se quiere es acusar a Jesús, ese es el verdadero interés de los jefes del pueblo. 

Según la ley la primera piedra debía ser arrojada por la persona que había sido testigo de la falta cometida. En este caso por aquel que había sorprendido a la mujer en el momento del adulterio. De esa forma la ley lo implicaba en la ejecución y evitaba que se acusara a la ligera a las personas. El que tiraba la primera piedra era el que se hacía responsable de la ejecución. 

Lo que está en juego es ver quien se hace responsable de la lapidación. Si Jesús dice que no hay que matarla viola la ley (y por lo tanto es culpable y puede ser acusado), y si dice que sí, el responsable de la muerte será Jesús y no alguno de los acusadores.

Como en el caso del impuesto al César Jesús da vuelta las cosas. No dice que no hay que matarla y para que comience la ejecución no pregunta por ese testigo directo del adulterio sino por “el que esté libre de pecado”. Ése es el que debe comenzar y hacerse cargo de lo que suceda. 

De los que acusaron a la mujer para ponerle la trampa a Jesús ninguno se hace cargo de la denuncia, todos se retiran de la escena.

Jesús dice a la mujer “yo tampoco te condeno”. Muy pocas veces en los evangelios se dice que Jesús diga “yo”. Por el contexto de la escena se puede interpretar que lo que está diciendo el Maestro es: “yo (que sí estoy libre de pecado) tampoco te condeno”. O sea que Jesús, que sí cumplía con la condición que él mismo había puesto, tampoco la condena.

La conclusión no es que el pecado no tiene importancia, (el Señor dice expresamente “no peques más en adelante”) ni tampoco que la mujer sea inocente, sino que nadie se hace cargo formalmente de la acusación y por eso no puede ser condenada. 

Los que fueron a ponerle una trampa al Maestro quedan en evidencia y son ahora los acusados (todos son pecadores); pero ni la mujer, ni Jesús, pueden ser acusados por los expertos en la ley.

Hablar desde las periferias

“Los mensajes de Francisco están dirigidos a todos, pero el lugar desde el que habla no acostumbra a ser el que tradicionalmente han utilizado papas, obispos o sacerdotes. Seguramente para muchos de los habituales seguidores del programa ‘Salvados’, la entrevista con el Papa significaba el acercamiento a un personaje extraño y procedente de una periferia social”.

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2 de abril

En un nuevo aniversario de la guerra de Malvinas comparto el primer capítulo del libro que escribí luego de mi viaje a las islas, en noviembre del año 2.000. Entonces pude celebrar la Santa Misa en el cementerio de Darwin acompañando a familiares de los héroes que allí descansan.

Soplar sobre la herida

La memoria y el dolor

(Capítulo 1)

La última mañana en las islas una de las madres del grupo hizo saber que no quería volver. Se quedaría junto a su hijo para siempre, se iría a caminar por un campo minado.

El dolor la había desbordado pero el grupo supo contenerla. Habían pasado 18 años de la guerra y las heridas estaban ahí, abiertas y sangrantes. Volver a nuestras casas parecía una aventura tan inmensa como el viaje hacia Malvinas, ¿qué hacer con el dolor?, ¿con quién compartirlo?, ¿cómo se sigue?

Si esas preguntas brotaban en mí, que apenas había rozado el doloroso misterio de esas islas, ¿qué podía haber en el corazón de quienes volvieron de la batalla?, ¿cómo no comprender que el dolor desbordara en el corazón de esa madre?

De una manera extraña uno se convertía en testigo casi involuntario de algo que no podía callar. Si aún hay alguien que desea caminar por un campo minado para que no duela más, no hay manera de hacerse el distraído. ¿Cómo cerrar el corazón y jugar a que ya pasó todo, como si lo de después y lo de antes no formaran parte del mismo dolor? Era testigo y no podía evitarlo. Había estado ahí y había visto. 

Me puse a escribir porque creo en las palabras. La manera que tenía de conservar vivos esos recuerdos era hablar, escribir, poner en palabras la memoria. Éste fue el primer tema que me impulsó al papel: la profunda y extraña relación entre la memoria y el dolor. En las islas experimenté cómo la memoria puede curar el dolor o multiplicarlo hasta el infinito.

No es fácil conservar la memoria cuando ella viene cargada de dolores, miedos, resentimientos, mentiras. Por una parte hay que conservar la memoria y por otra evitar que el mal y el dolor que vienen con ella nos paralicen, invadan nuestra vida y encuentren en nuestro corazón una casa nueva desde la cual seguir generando más frustración y más sufrimiento.

En general queremos olvidar porque los recuerdos dolorosos tienden a apropiarse de todo. Pero, por otra parte, es inútil ocultar lo ocurrido, tarde o temprano eso produce un dolor mayor. Entonces, ¿hay que olvidar o recordar? 

La tarea es “cultivar” la memoria, dándole a la palabra “cultivar” el claro sentido que tiene cuando se habla de cultivar la tierra. Es como cuidar una planta y protegerla. Asegurarse que tenga agua y luz, pero también que los bichos o los yuyos no le impidan vivir. Cuidar el recuerdo de un dolor es vivir arrancando los yuyos de la bronca que le impiden crecer como dolor y lo convierten en otra cosa: odio, miedo, depresión y mucho más.

Con la excusa de “conservar la memoria” hace muchos años que cultivamos odios y rencores. Transmitimos de generación en generación dolores inconclusos. Al hacerlo así estamos logrando que los dolores que a nosotros nos afligen lleguen intactos hasta nuestros hijos. Nos hemos complacido en una forma de memoria que como potente ácido ha ido penetrando todas las relaciones sociales hasta sus más profundos entresijos. Nuestra historia, como todas, está tejida de tristezas y alegrías, logros y tragedias, pero nuestra obsesión por conservar en el congelador las frustraciones nos condena a un pesado sueño, siempre repetido, que nos hace volver a ver una y otra vez las heridas abiertas.

Puedes acceder al libro on-line, o guardarlo como pdf y tenerlo en tu equipo haciendo clic aquí : SOPLAR SOBRE LA HERIDA