Tiempo de domingo


(Síntesis charla)

Este es el tercer domingo del tiempo de cuaresma que la Iglesia nos invita a recorrer este año. ¿Qué recordamos de los dos anteriores? Es importante recordarlos porque eso nos permite hacer un camino. Si cada domingo hablamos del tiempo de cuaresma pero sin hacer referencia a los anteriores no estamos viviendo un tiempo sino acontecimientos aislados. 

El primer domingo recordábamos que las prácticas cuaresmales eran eso, prácticas; ejercicios que nos preparan para la vida. La vida es lo que ocurre fuera del rato que estamos en el templo. La fe se hace vida en contacto con la realidad, es ahí donde se convierte en esperanza y en caridad. En la vida de todos los días la fe se convierte en esperanza ante las dificultades que no podemos resolver y se convierte en caridad ante las dificultades de nuestros hermanos.

El segundo domingo recordamos que cuando esa fe se hace vida nuestra vida es diferente, no es igual a la vida que nos propone el mundo en el que vivimos. Y recordamos también que esa diferencia consiste en tener una actitud ante la vida como la que tiene Jesús, o sea en el amor. Por eso para vivir como cristianos tenemos que aprender a escuchar a Jesús que nos habla en la misma vida y a través de su Palabra.

Hoy el evangelio nos presenta un jardinero que pide un año más para cuidar una higuera que no da fruto. Pide un tiempo para remover la tierra, regar y abonar la planta. Pide un tiempo “de cuaresma” para la higuera, un tiempo de “amor a la higuera” para ver si la planta reacciona y da frutos.

¿Cuánto tiempo dedicamos a cuidar nuestra fe, a cultivarla, para que de frutos de esperanza y de amor? Seamos concretos, miremos nuestro día y hagamos cuentas. Por ejemplo ¿Cuánto tiempo de oración y cuanto tiempo de televisión? ¿Cuánto tiempo para los demás y cuanto tiempo para nosotros mismos? ¿Cómo usamos el tiempo?

Hay un tiempo para cada cosa bajo el sol:

un tiempo para nacer y un tiempo para morir,

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;

un tiempo para matar y un tiempo para curar,

un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;

un tiempo para llorar y un tiempo para reír,

un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;

un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,

un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;

un tiempo para buscar y un tiempo para perder,

un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;

un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,

un tiempo para callar y un tiempo para hablar;

un tiempo para amar y un tiempo para odiar,

un tiempo de guerra y un tiempo de paz. (Eclesiastés 3,1)

¿Cómo uso mi tiempo?

Una de las más importantes instituciones que hemos heredado del pueblo judío ha sido la tradición del descanso semanal: el sábado, y en nuestro caso el domingo. Un tiempo para detenernos y encontrarnos con nosotros mismos, con la familia y con Dios. Un tiempo sagrado.

Una de las mayores pérdidas del cristianismo ha sido reducir el domingo a la “obligación de ir a misa”. No se trata de eso. La misa es sin dudas importante pero celebrar el domingo es mucho más que ir a misa.

Nos lamentamos de “la locura en la que vivimos”, nos lamentamos de “la destrucción de la familia”, nos lamentamos de “la pérdida de valores”; y no nos damos cuenta que todas esas cosas están relacionadas con nuestra incapacidad para detener el ritmo que nos impone la sociedad y encontrarnos con lo que somos como personas, como familias, como hijos de Dios.

La cuaresma es un tiempo. El domingo es un tiempo. La oración es un tiempo. La caridad es un tiempo.

Nuestros corazones necesitan esos tiempos como nuestros cuerpos necesitan el agua y el pan. Si a nuestros corazones no los cuidamos después no podemos quejarnos ni echarle la culpa a nadie. 

“Si no se convierten …”

III Cuaresma C

Lc 13,1-9

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: «¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».

Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”. Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás”»


Para acercarnos a este difícil texto conviene hacerlo poco a poco. Primero hay que detenerse en el primer párrafo. Allí se plantea uno de los temas más complejos y desafiantes de la historia del pensamiento humano: el dolor y la muerte de los inocentes.

Primero se trata del caso de la muerte de unos que se habían rebelado (en nombre de Dios) ante el poder romano. Pilatos los había asesinado. En el segundo, se plantea de la situación de algunos que estaban junto a una torre que se derrumbó. Eran personas que pasaban por ese lugar y por lo tanto completamente inocentes.

Cualquiera de las dos escenas las podemos encontrar hoy en un noticiero de la televisión o en cualquier periódico. No se trata de algo ocurrido hace dos mil años sino de episodios que se repiten a lo largo de la historia de cualquier pueblo. Ante un auditorio perplejo Jesús reacciona de una manera sorprendente que contradice la enseñanza de los maestros del pueblo de Israel, el Señor rechaza por completo lo que era una convicción para quienes lo escuchaban, algo que habían aprendido desde que eran niños: culpar de pecadoras a aquellas personas a las que les había ocurrido eso.

Ante el dolor y la muerte de los inocentes el pueblo de Israel respondía diciendo que los inocentes no eran tan inocentes como parecían. “Algo habrán hecho”, decimos ahora. Puede sorprendernos, pero había un motivo profundo y comprensible en esa afirmación: si no eran pecadoras las víctimas entonces Dios era injusto. En la encrucijada de encontrar algún culpable era mejor poner las culpas del lado de los humanos que del lado de Dios.

¿Qué hace Jesús? Afirma claramente que esas personas no eran más pecadoras que las demás, lo que les ocurrió a ellas le puede ocurrir a cualquiera. En lugar de juzgar a los que murieron, o de juzgar a Dios, lo que hay que hacer es ocuparse cada uno de convertirse, “si ustedes no se convierten todos acabarán de la misma manera”. ¿Y qué es “convertirse”? En los evangelios convertirse es “cambiar de punto de vista”, es dejar de mirar las cosas de la manera en las que las estamos viendo y mirarlas desde donde Dios las mira.

Las palabras de Jesús son duras de aceptar para quienes ya habían encontrado una respuesta a una de las más difíciles preguntas de la historia de la humanidad. Es más fácil decir “algo habrán hecho” que decir “no lo sabemos, solo Dios puede responder a esa pregunta”. La primera respuesta (algo habrán hecho) nos deja más tranquilos que la segunda (solo Dios). Esta segunda respuesta nos deja por delante una larga tarea de reflexión, meditación y oración. En otras palabras, una tarea de conversión.

En el párrafo siguiente nos encontramos con una escena diferente: el cuidador de la viña le pide al propietario más tiempo para cuidar la higuera para que más adelante de frutos. La viña y la higuera simbolizan al pueblo de Dios. Quizás el cuidador simbolice a Jesús cuidando de nosotros hasta que demos frutos, hasta que dejemos de buscar culpas (en los demás y también en nosotros) y nos dejemos llevar por los caminos inquietantes que el Maestro nos invita a recorrer, esos caminos misteriosos que nos alejan de las respuestas fáciles y nos conducen al encuentro con Dios.


Cuaresma, un tiempo para aprender a escuchar

(Síntesis charla)

La oración, el ayuno y la limosna nos enseñan a salir de nosotros mismos. En la oración aprendemos a salir de nosotros hacia Dios, en el ayuno aprendemos a salir de nuestras comodidades y en la limosna aprendemos a mirar a los que necesitan de nosotros. Cada una de estas prácticas nos sacan de nuestra tendencia a mirarnos a nosotros mismos y nos abren el corazón. Pero para que esto ocurra es necesario que nuestra oración no sea dar vueltas sobre nosotros mismos; que el ayuno no sea una forma de ponerme a prueba y demostrar mi fuerza de voluntad y que en la limosna me mueva el amor al otro y no la necesidad de tranquilizar mi conciencia o de ser importante para los que considero necesitados. 

Las prácticas cuaresmales sirven si nacen del amor y hacen crecer el amor, solo de esa manera aprendemos a salir de nosotros mismos.

Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? (Lc 6,27)

En un mundo gobernado por la ley del “sálvese quien pueda” y en el que se nos enseña en todo momento a competir y a buscar nuestra propia conveniencia, el Evangelio nos invita a salir de nuestro egoísmo y mirar hacia los demás sin esperar nada a cambio.

Aunque hemos oído estos textos muchas veces aun nos cuesta mucho entender hasta que punto ser cristiano implica vivir de una manera completamente diferente. Cuando la fe se convierte en vida la vida se transforma y es diferente. Si nuestra vida no se distingue de la de los que nos rodean aun no hemos entendido cual es la novedad del evangelio. La novedad consiste en el amor, en una actitud como la de Jesús.

Cuando nos hemos acostumbrado a escuchar la palabra de Dios distraídamente, cuando no nos sorprende ni nos emociona, cuando se instaló en nuestro corazón la sensación de que esos textos solo nos indican un ideal inalcanzable, entonces no estamos escuchando bien. 

La cuaresma es el tiempo para preguntarnos cómo escuchamos. No se trata de escuchar distraídamente como se escuchan palabras que ya fueron escuchadas infinidad de veces. Pero porqué escuchamos así, ¿solo porque estamos pensando en otra cosa? En algunos casos dejamos de prestar atención porque ya intentamos llevar a la vida eso que oímos pero siempre fracasamos en el intento. Entonces se instala en el corazón la sensación de que esos textos son solamente declaraciones de buenas intenciones pero poco útiles para la vida concreta. Si nos ocurre esto quiere decir que estamos escuchando mal. 

Las palabras de Jesús no son para tomarlas al pie de la letra sino para tomarlas en serio. No es lo mismo. Tomarlas en serio es dejarnos interpelar por ellas. No se trata de preguntarnos qué quieren decir sino a qué nos están invitando. Sus palabras no son indicaciones como las que encontramos en un manual de instrucciones, son invitaciones, caminos y puertas que se abren, invitaciones a recorrer cada uno el camino de Jesús de la manera que cada uno puede, con las fuerzas que cada uno tiene. Y lo que se puede hoy y las fuerzas que se tienen ahora no son las mismas que las de ayer o las del año pasado.

Hay que escuchar atentamente porque esa palabra que hoy se me dirige es nueva y me invita a algo nuevo. Nunca la escuché hoy, lo que está en mi memoria sobre ese texto es algo del pasado. El Evangelio es siempre una novedad. 

Esta cuaresma es la primera y la única que celebramos este año. La Pascua que estamos preparando tampoco la vivimos antes y no la volveremos a vivir. Abramos el corazón a escuchar por primera vez la voz de Jesús y a dejarnos conmover por ella.


¡Escuchen!

II Cuaresma C

Lc 9, 28b-36

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. 

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Él no sabía lo que decía. 

Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.


Jesús elige a tres de sus discípulos para que sean testigos. Para que vean algo que después van a tener que contar. Jesús quiere que otros, más tarde, se enteren de lo que iba a ocurrir ese día. ¿A quiénes está destinada esta escena? La respuesta es tan simple como conmovedora: a nosotros.

Jesús hace algo que quiere que llegue hasta cada uno de nosotros. Los que están ahí son Pedro, Santiago y Juan, pero están ahí para después contarlo, están ahí para que todos los demás nos enteremos. Jesús se ha tomado el trabajo de asegurarse de que ese momento de su vida se conserve para siempre y que generación tras generación los cristianos podamos observar esa escena.

Si bien el lenguaje y los símbolos nos pueden resultar oscuros o misteriosos, en realidad se habla de cosas que hemos experimentado en nuestra vida cotidiana. Todos hemos tenido esa sensación de querer atrapar un momento de felicidad que no queremos que se nos escape: “hagamos tres carpas” quiere decir “instalémonos acá”, que este instante no se termine nunca. Y también conocemos la otra sensación: “de pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos”, súbitamente la felicidad desaparece, estamos solos, el único que queda es el Jesús de todos los días, el que se pone en el último lugar, el del pesebre, el de la cruz. Y es ese al que se nos llama a escuchar. 

Cada uno tiene que leer y releer, dejarse conmover y descubrir algo significativo para su propia vida. Quizás estamos demasiado acostumbrados a escuchar sin conmovernos, alguien lee en la Iglesia y luego dice “Palabra de Dios” y nosotros apenas prestamos atención. Sin embargo estos textos solo se convierten en Palabra si los escuchamos con el corazón, si nos importan. Jesús tiene algo para decirnos. ¿Nos damos cuenta lo que eso significa? ¿Nos damos cuenta lo que quiere decir que él nos pida que lo escuchemos? ¿Qué él tenga algo para decirnos?  

“Escúchenlo”, escuchemos en esta cuaresma, pero no esperemos palabras fáciles que “nos sirvan” y tranquilicen; no nos conformemos con “frases hechas” y palabras lindas, dejemos entrar en nuestro corazón palabras que nos muevan y nos transformen. Los discípulos se asustan, pasan de la felicidad al miedo en pocos segundos. Pedro habla pero no sabe lo que dice. Lo que ocurre sacude sus vidas, se grabará a fuego en sus almas. Si escuchamos con el corazón las palabras de vida del Maestro experimentaremos cosas parecidas y quizás hasta nos veamos a nosotros mismos como transfigurados.


Cuaresma

(Síntesis charla)

Las prácticas cuaresmales son aquellos ejercicios piadosos que se realizan durante el tiempo de cuaresma. Se trata de acciones, prácticas, ejercicios que se realizan para adquirir una capacidad en algún oficio. Una práctica de futbol no es un partido de futbol, una práctica militar no es una guerra. Se trata de realizar algunas acciones que permitan adquirir ciertas aptitudes que en otro contexto pueden ser utilizadas. Una práctica religiosa no es aún religión, aunque se le parezca.

Por eso en toda la Biblia y especialmente en el Nuevo Testamento se distinguen las “prácticas religiosas” de la “fe verdadera”. Las primeras nos preparan para la segunda.

“¿Es este acaso el ayuno que yo amo, el día en que el hombre se aflige a sí mismo? Doblar la cabeza como un junco, tenderse sobre el cilicio y la ceniza: ¿a eso lo llamas ayuno y día aceptable al Señor? Éste es el ayuno que yo amo: soltar las cadenas injustas,desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne.” (Is, 58,6)

La práctica religiosa en sí misma no tiene valor, es importante en tanto y en cuanto nos prepara para llevar a la vida nuestra fe; y la fe se hace vida cuando se convierte en esperanza y caridad.

La fe es abandono en las manos de Dios y ese abandono se expresa cuando en medio de las dificultades somos capaces de esperanza; cuando somos capaces de ir más allá de nuestro egoísmo y nos abrimos a las necesidades de los demás.

En la esperanza y el amor salimos de nosotros mismos y la fe se convierte en vida. Las prácticas cuaresmales, especialmente la oración, el ayuno y la limosna, son útiles porque al realizarlas salimos de nuestra comodidad, damos pasos hacia afuera de nosotros mismos. Pero es importante recordar que solo estamos practicando, que lo que importa no es eso sino lo que somos capaces de hacer en la vida concreta.

Es en la vida diaria en donde se tiene que experimentar que nuestra fe no es solo palabras sino también acciones, es allí donde en la esperanza y el amor verdaderamente nos exponemos, (nos ponemos fuera), nos arriesgamos a vivir la fe.


No nos dejes caer en la tentación

I CUARESMA C

Lc 4 1-13

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. 

El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan».

Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto».

Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios».

Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.


Al comienzo de este camino hacia la Pascua, que es la Cuaresma, la liturgia nos invita a mirar a Jesús en el desierto. El lugar es inhóspito, lleno de peligros. En realidad se parece a esos sitios en los que vivimos muchos de nosotros. No es necesario dejar ir la imaginación hacia desiertos de arena y viento, nuestras ciudades suelen ser también espacios de insondable soledad y amenazas de todo tipo. El desierto está más cerca de lo que pensamos. 

En medio de esos desiertos están nuestras parroquias; atravesamos esos páramos cuando caminamos hacia la Iglesia para celebrar la eucaristía; ahí, en esa fragilidad, viven nuestras familias y amigos. Jesús fue llevado al desierto, a un lugar que se parece al mundo inseguro y difícil en el que vivimos. 

Entre esos miedos brotan nuestras tentaciones, pueden ser muchas y de todo tipo: la evasión a través de las drogas o el alcohol, la búsqueda de la seguridad en el dinero y la avaricia, la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de los demás, la violencia, la envidia, la fuga hacia el consumismo; muchas, muchísimas tentaciones para calmar esos miedos que causa vivir en estos tiempos. Jesús se hizo uno de nosotros y pasó por desiertos y tentaciones. 

Allí, en la soledad, enfrentó una de las tentaciones más sutiles y peligrosas: la tentación del poder, de utilizar en provecho propio la Palabra de Dios, de buscar solamente su propia conveniencia. También esas tentaciones nos acechan; especialmente la tentación de una religiosidad superficial y vacía, de una fe sin compromiso, es decir, sin amor. La tentación de querer manipular a Dios en lugar de intentar conocerlo y amarlo.

Desde ese desierto se acerca a Jesús y nos dice: “conviertanse y crean en el Evangelio”. Convertirse y creer es dejar de creer en lo que creemos y creer en el Evangelio, es decir, creer en él, en Jesús. Abandonar nuestras pobres seguridades y abrazarnos al único que puede enseñarnos a atravesar los desiertos. El Señor no suprime el desierto de nuestro tiempo, lo camina con nosotros, nos muestra como transitarlo con una fe adulta y confiada. 

La Pascua no es el final del camino, el “final feliz de un cuento triste”, es la resurrección que experimentamos cada día que atravesamos el desierto creyendo en el Evangelio. Así caminamos hacia la Pascua, muriendo y resucitando a cada paso.


Cenizas

Cuando aun no se han apagado los ecos del encuentro convocado por Francisco sobre la protección de los menores en la Iglesia, cuando aun está presente en los corazones la vergüenza y la tristeza de esos hechos, hace bien recordar que nuestra lamentable fragilidad es el empinado sendero que lleva hacia la alegría de la resurrección.

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De la abundancia del corazón habla la boca

DOMINGO 8 C 

Lc 6, 39-45 

Jesús hizo esta comparación: “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será́ como su maestro. 

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo’, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano. 

No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca”.


En este texto el primer párrafo nos habla de la ceguera, un ciego no puede guiar a otro y si lo hace ambos pueden caer en un pozo. El segundo párrafo, nos habla también de alguien que no puede ver pero lo hace de manera diferente, en este caso se trata de alguien que no ve pero no está ciego sino que está mirando hacia los defectos de los demás. Éste también puede caer en un pozo, en un pozo más profundo y peligroso que el primero, el hondo y oscuro abismo de la hipocresía.

El hipócrita es aquel que miente no solo sobre lo que dice sino que miente sobre lo que es, miente sobre su identidad. Ése es el profundo abismo en el que se encuentra atrapado el hipócrita: a fuerza de mentir para ocultarse ante los demás termina ocultándose a sí mismo su propia identidad. Ya no sabe quién es, está completamente ciego, ya cayó en su propio pozo.

Entonces podemos avanzar hacia el tercer párrafo que nos habla de cómo reconocernos y reconocer a los demás, cómo hacer para acceder a la verdadera identidad de cada uno. Jesús ofrece una receta simple y clara, no se enreda en complejas consideraciones: “no se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas”. En otras palabras, se conoce a las personas como a las plantas: por sus frutos. Allí terminan las hipocresías, ya no se puede mentir, ni a uno mismo ni a los otros.

Pero aún falta dar un paso más. Jesús no está hablando de la identidad, de quienes somos, refiriéndose a cualquier aspecto de nuestra vida; no se trata de nuestra identidad nacional, ideológica, sexual o religiosa. Como siempre Él va más hacia el fondo: se trata de lo único que a Dios le importa (y de lo único que debería importarnos a nosotros), se trata de si somos buenas o malas personas. “El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón”.

Para completar, sigue avanzando: “el malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca”. Eso es lo que hay que observar, si queremos saber quienes somos tenemos que mirar de qué habla nuestra boca. Entonces sabremos si estamos ciegos.