¿Nadie está conforme y contento con la Iglesia?

491bbd009a746f90999e6d96c53cfe05Vivimos en el mundo y en la Iglesia tiempos turbulentos. Las preocupaciones e inquietudes son legítimas y no se solucionan con frases piadosas aunque sean verdaderas. “Hay que rezar mucho”, “hay que tener confianza”, “Dios nunca nos abandona”. Sí, todo eso es así, pero también es legítima la preocupación y el temor del momento. Nuestra fe es una fe encarnada en la historia y en la vida concreta y no se solucionan los problemas huyendo de ellos, también hay que saber vivirlos para superarlos.

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Dios no es un Dios de muertos

screen-shot-2013-07-25-at-11-08-38-amDOMINGO XXXII C

Lc 20, 27-38

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: ‘Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda’. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.

Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor ‘el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob’. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”.


Nos acercamos al final del tiempo litúrgico de este año y los textos bíblicos nos hablan de los últimos días, del final de los tiempos.

Cuando hablamos de la vida eterna es inevitable que intentemos imaginarla de alguna manera. Pero Jesús nos dice que no hay que dejarse llevar por la imaginación, esa nueva vida a la que estamos llamados es imposible de imaginar, supera cualquiera de nuestros pensamientos.

Con la expresión “vida eterna” nos ocurre algo similar a lo que nos ocurre con la palabra “Dios”, son maneras de expresar lo que no se puede expresar, no nos alcanzan las palabras y por lo mismo no podemos imaginar aquello que queremos decir. Sin embargo necesitamos hablar de esa sensación profunda que vive en nosotros: a pesar de que es imposible imaginarnos algo y a pesar de que no hay palabras para expresar lo que sentimos, en el fondo de nuestro ser una voz nos dice que hemos nacido para vivir siempre. Continuar leyendo «Dios no es un Dios de muertos»

Zaqueo era de baja estatura, como nosotros

20171015_162840DOMINGO XXXI C

Lc 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”.

Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.


Algunas traducciones de los Evangelios dicen que Zaqueo se subió a un sicómoro y otras dicen que se subió a una higuera, pero más allá de cómo era el árbol al que se trepó este hombre “de baja estatura», lo importante es averiguar qué significa ese árbol. Si observamos bien lo que hace Zaqueo podemos descubrir que utiliza el árbol como un “medio de comunicación”. Gracias a ese “medio” puede “ver quién era Jesús”. Pero además su ubicación tiene otra ventaja: le permite ver sin ser visto, algo importante para él que era despreciado por todos por su condición de “publicano” y “muy rico”.

Este hombre hace lo necesario para tener otro “punto de vista”. Podemos imaginar que ya no era muy joven y que subir hasta esas ramas no le debe haber resultado fácil. Por otra parte si se trataba de alguien ya conocido por su fortuna y su posición social también podemos suponer que la situación sería para él un poco incómoda. Pero nada de eso lo detiene porque “quería ver quién era Jesús”. Toda esta escena nos puede proponer algunas preguntas: ¿para “ver a Jesús” qué estoy dispuesto a hacer? ¿Voy a utilizar algún medio o simplemente voy a esperar donde estoy y sin moverme? ¿O acaso considero que con mi estatura es suficiente, que “estoy a su altura”? ¿Para ver al Maestro estoy dispuesto a cambiar mi “punto de vista”? Continuar leyendo «Zaqueo era de baja estatura, como nosotros»

No soy como los demás

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Lc 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola:

“Dos hombres subieron al templo para orar; uno era fariseo, y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas’. En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!’.

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado”.


Alguno puede pensar: “¡al fin una parábola fácil!”, y también pensar “hoy para predicar no hace falta saber teología”. En las pocas líneas de este texto está todo muy claro: no hay que sentirse superior a los demás, hay que reconocerse pecador. Ya está. Entendí.

Es cierto que para entender la Palabra de Dios no es necesario saber teología, pero también es cierto que en cuanto digo “¡entendí!” automáticamente me convierto en el fariseo de la parábola. En el momento en el que creo que “no soy como ese fariseo” me convierto en ese fariseo. Todos somos un poco “ese fariseo” y todos somos un poco “ese publicano”. En esta parábola el Señor está poniendo ante nosotros un espejo que muestra dos de nuestras caras: a veces somos uno y otras veces somos el otro, los dos personajes viven en nuestro pobre corazón.

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Orar y esperar

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Lc 18, 1-8

Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:

“En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’.

Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme’”.

Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.


El evangelista Lucas nos dice que Jesús propone esta parábola para alentarnos a “orar siempre sin desanimarse”. De esta manera se establece una relación entre la oración y los estados de ánimo. La oración cristiana, ese diálogo personal que cada uno puede tener con Dios, se relaciona así no solo con una decisión de nuestra voluntad sino con algo más amplio; se relaciona con sentimientos: sentirse animado o desanimado.

La expresión “desánimo” se refiere a “sin-ánima”, sin alma, sin esa fuerza interior que nos pone en movimiento. Desde este punto de vista la oración está directamente relacionada con una sensación de fuerza y entusiasmo que nace de la oración pero que a la vez nos lleva a ella. Si oramos tenemos “ánima”, alma, y si abandonamos la oración nos quedamos sin alma, sin fuerzas.

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San Agustín, Confesiones

SanAgustin.JPG“Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manás ni mieles, no miembros gratos a los abrazos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y abrazo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.

Fragmento de: San Agustín. “Confesiones”. Libro decimo. Apple Books.

Curados en el camino

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DOMINGO XXVIII C

Lc 17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”.

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados.

Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.

Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.


Cuando un leproso lograba curarse debía ir a presentarse ante los sacerdotes del Templo para que ellos comprobaran la curación y lo autorizaran a reintegrarse a la comunidad. Hasta ese momento los leprosos debían vivir apartados de los lugares poblados y vivir de la ayuda de algunos que les acercaban alimentos. Pero esa ayuda solo podía llegar a ellos de personas que se mantenían a distancia. Si alguien tocaba a un leproso ya no podía volver a reintegrarse a la vida común. En la práctica lo que se hacía era que los familiares dejaban ayuda en algunos sitios y luego los leprosos la buscaban. Muy pocos se curaban. Habitualmente vivían abandonados y condenados a morir en soledad.

Es importante tener en cuenta esa situación en la que estas personas se encontraban para comprender este pasaje del Evangelio. Los leprosos se mantienen a distancia y le gritan desde lejos. No podían acercarse hasta donde estaba el Maestro con sus discípulos. Desde lejos le piden ayuda diciendo “ten compasión de nosotros”. No se dice que le pidieran ser curados de su mal, seguramente eso era para ellos inimaginable, lo que están pidiendo seguramente es algo para comer. La respuesta de Jesús es completamente inesperada, en algún sentido suena absurda y hasta puede ser considerada una burla: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”.

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El trigo y la cizaña -AUDIO-

MATEO 13,24-30

lecciones-de-las-parabolas-el-trigo-y-la-cizana«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;  pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”. Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo”. Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”»

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