Adviento C

Partió y fue sin demora

ADVIENTO IV C

Lc 1, 39-45

Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.


María responde con un “sí” al proyecto de Dios, deja de lado sus propios planes y asume como propios los planes de Dios; apenas pronuncia ese “sí” María se pone en camino, rápido, “sin demora”.

Lo que hace la madre de Jesús es como lo que hizo Abraham al escuchar la voz de Dios que le dice “deja tu tierra y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré” y sin comprender “Abraham partió, como el Señor se lo había ordenado”. O también, como lo que hace Moisés, que escucha: “yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo” y entonces Moisés “tomó a su mujer y a sus hijos y emprendió el camino de regreso a Egipto”.

Aceptar a Dios en nuestra vida implica ponerse en camino. No es igual la vida cuando se tiene fe en Dios. En la sociedad en la que vivimos parece que no hay diferencia entre la vida de una persona que cree en Dios y otra que no cree en él. Hemos reducido la fe a un sentimiento privado que se oculta en lo más profundo de cada uno y que no influye ni debe influir en su vida concreta.

No es así la fe que encontramos en los Evangelios ni en la vida de los grandes cristianos. Quienes tienen fe no solo creen en Dios, les gusta creer, son felices creyendo; a quienes tienen fe esa fe los pone en movimiento, “sin demora” se ponen en camino: “deja tu tierra”.

En los evangelios María no se nos presenta como una joven encerrada en el Templo y dedicada a las prácticas rituales, la vemos en camino, yendo en ayuda de Isabel, caminando hacia Belén, pidiendo alojamiento, huyendo a Egipto, regresando a Nazaret.

Pero por estar en constante movimiento no es alguien superficial. Mientras va y viene María “meditaba estas cosas en su corazón” ¿Qué “cosas” eran esas que meditaba? La visita del ángel, las palabras de Isabel, lo que dicen los pastores, el rechazo que la lleva hasta el pesebre; lo que meditaba en su corazón era su vida, no vive distraídamente, superficialmente, busca la voluntad de Dios en todo lo que la vida le propone. Para ella todo lo que le ocurre es un signo de algo, una señal que hay que descifrar, un mensaje que hay que comprender.

La Navidad que ya llega es un signo, una señal que se nos presenta en medio de nuestra agitada vida ¿Qué significa esta Navidad, este año, en este momento de mi vida? ¿hacia dónde me pone en camino? ¿estoy dispuesto a “partir sin demora”?


¿Qué debemos hacer?

ADVIENTO III C

Lc 3, 2b-3. 10-18

Dios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

La gente le preguntaba: “¿Qué debemos hacer entonces?”. Él les respondía: “el que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”.  Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Él les respondió́: “no exijan más de lo estipulado”. A su vez, unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué debemos hacer?”. Juan les respondió́: “no extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo”.

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo a todos: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá́ la paja en el fuego inextinguible”.

Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la buena noticia.


Los que van a bautizarse al río Jordán expresan en el gesto de sumergirse en el agua la voluntad de cambiar de vida, pero luego de realizado ese rito aparece la pregunta, después de bautizarse ¿qué hay que hacer? Los que reciben el bautismo de Juan son conscientes de que ese gesto es solo un primer paso, después hay que plantearse cosas más puntuales: ¿cómo tiene que actuar un bautizado?

Lucas ofrece tres tipos de respuestas. La primera es válida para todos: “el que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”, en otras palabras, lo que hay que hacer es estar atento a las necesidades de los demás y saber compartir con ellos.

La segunda respuesta está dirigida a un grupo de personas concreto, los publicanos. Ellos cobraban los impuestos para el poder romano y se les dice: “no exijan más de lo estipulado”. Lo que deben hacer es cumplir su trabajo sin aprovecharse de la posibilidad de beneficiarse personalmente que les daba su oficio. Aquel que cobraba los impuestos fácilmente podía utilizar su poder para enriquecerse y de hecho eso era lo que hacían y por eso los publicanos eran odiados. Sin embargo no se les dice que abandonen su trabajo al servicio del César.

La tercera respuesta está dirigida a unos soldados y a ellos también se los exhorta a no abusar de su poder: “conténtense con su sueldo”.

En los tres casos lo que se debe hacer es atender al que puede menos, al que tiene menos poder. La respuesta es clara: el bautizado por Juan debe poner al servicio de los demás las posibilidades que él tiene, sus “riquezas”, su “poder”.

Luego, respondiendo a las preguntas de la gente, Juan anuncia un nuevo bautismo que ya no será como el bautismo con el agua, ya no habrá que ir al río Jordán, para recibir ese bautismo habrá que sumergirse “en el espíritu Santo y en el fuego”. Ese bautismo, es decir, esa nueva manera de pasar de la muerte a la vida dice Juan que lo recibirán de “uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias”.

El profeta está anunciando la próxima llegada del Mesías y de una nueva forma de bautismo que verdaderamente ofrecerá una vida nueva.

Los que hemos recibido el bautismo “en el espíritu Santo y en el fuego”, ¿qué debemos hacer? Como los discípulos de Juan debemos estar atento a las necesidades de los demás y saber compartir con ellos; pero por un motivo diferente: ya no se trata solo de “cambiar de vida” o de “ser mejores personas”, el motivo ya no está en nosotros mismos. Ahora lo debemos hacer porque “les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25,40), ahora el objetivo no es ser mejores sino encontrarnos con Jesús.


Preparen el camino

ADVIENTO II C

Lc 3, 1-6

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.

Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:

Una voz grita en el desierto:

Preparen el camino del Señor,

allanen sus senderos.

Los valles serán rellenados,

las montañas y las colinas serán aplanadas.

Serán enderezados los senderos sinuosos

y nivelados los caminos desparejos.

Entonces, todos los hombres

verán la Salvación de Dios.


En el primer párrafo encontramos varios nombres difíciles de quienes gobernaban en esa época. Después de mencionarlos a todos Lucas dice “Dios dirigió su palabra a Juan”. El autor del Evangelio conoce la gran fama de Juan el Bautista y con esa lista de nombres lo que pretende es que quede bien claro que Juan no es un personaje mítico sino histórico, alguien vivió en un tiempo y en un lugar.

El texto dice que Dios habla y Juan comienza a recorrer toda la región. O sea que a la palabra que pronuncia Dios le sigue la acción del hombre que escucha esa palabra. Es una palabra que pone en movimiento.

En su recorrido lo que hace Juan es bautizar, concretamente “un bautismo de conversión”. La persona que se bautizaba se sumergía en el agua del río, estaba allí un momento y al salir aspiraba una gran bocanada de aire nuevo. El aire simboliza el espíritu, lo que da vida. De manera simbólica el bautizado recibía un nuevo espíritu, un nuevo aire, un nuevo aliento.

El bautismo en el Jordán es una manera de expresar que algo ha muerto en el bautizado, el pecado, y que un nuevo espíritu le da una vida nueva. Por eso bautizarse es morir y resucitar.

Jesús le daría a ese gesto una dimensión completamente nueva: “tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!” (Lc 12.50) Para el Señor su bautismo es su muerte y resurrección. Será gracias a la Pascua que recibimos el Espíritu Santo que verdaderamente da una vida nueva. Por eso más tarde Pablo dirá: “En el bautismo, ustedes fueron sepultados con él, y con él resucitaron, por la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos.” (Gal. 2,12)

Hoy la liturgia nos recuerda el bautismo de Juan: el gesto de querer comenzar una vida nueva. Los bautismos que hacía Juan nos recuerdan el nuestro: ahora por el agua de la pila bautismal verdaderamente se borra el pecado y verdaderamente se recibe una vida nueva por el Espíritu de Jesús. Ahora no se trata solo un símbolo sino que es un sacramento: lo que se simboliza realmente ocurre.


Habrá señales

ADVIENTO I C

Lc 21, 25-28. 34-36

Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá́ al mundo, porque los astros se conmoverán.

Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes, como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.


El texto de Lucas nos relata un discurso de Jesús que comienza con una serie de frases impresionantes: “habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas”, “desfallecerán de miedo”, “los astros se conmoverán”; pero en el momento de las conclusiones el tono cambia completamente, el mensaje deja de ser aterrador: “cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza”.

El Señor nunca nos deja en manos del miedo, sus palabras siempre están colmadas de esperanza. Una y otra vez se repite en los evangelios la misma afirmación: “no tengan miedo” y también se repite el motivo por el que no hay que temer: “Jesús está cerca”. La invitación a no temer no se fundamenta en la ausencia de peligros, sino en la presencia de aquel que garantiza que pase lo que pase estamos seguros, estamos en sus manos.

Primero dice “levanten la cabeza” y luego explica por qué en medio de esa situación se debe permanecer con la frente alta: “está por llegarles la liberación”, está a punto de aparecer él, aquel a quien “hasta el viento y el mar le obedecen”, como dicen los discípulos al calmarse la tormenta cuando estaban a punto de naufragar en aquella frágil barca.

Sin embargo hay una advertencia: “no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”. El mensaje es claro, las señales aterradoras no se enfrentan con el miedo sino huyendo de la superficialidad, la frivolidad, la actitud de no pensar, de estar distraído, de jugar a que “no pasa nada”. Esa es la propuesta que en nuestros días nos ofrece la sociedad en cantidades ilimitadas: el entretenimiento, la diversión.

Jesús nos enseña otro camino, en lugar de invitarnos a ser superficiales y distraídos nos invita a ser profundos, a ir más hacia el fondo de nosotros mismos. “Oren incesantemente”. Ese es el camino que aleja del temor porque lleva a encontrarlo a él, que está cerca, que no abandona.