Gritarán las piedras

Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: ‘Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: ‘¿Por qué lo desatan?’, respondan: ‘El Señor lo necesita’.

Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: ‘¿Por qué lo desatan?. Y ellos respondieron: ‘El Señor lo necesita’. Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino.

Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían: ‘¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: ‘Maestro, reprende a tus discípulos’. Pero él respondió: ‘Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras’.

Lc 19, 29-40


Un rey en un burro

Los emperadores, los reyes, los guerreros, los que tenían poder, se desplazaban en caballos o carruajes. El caballo era un signo de autoridad y poderío como ahora lo son algunas marcas de coches o los aviones privados. La estrella de un Mercedes Benz no habla solo de la calidad mecánica del vehículo, también dice algo de la “calidad” de quienes viajan en él. Determinadas marcas de ropa, determinados barrios, algunos apellidos, expresan cierto lugar social e inspiran determinadas actitudes.

Para su entrada en Jerusalén como rey Jesús elige expresamente un “vehículo” sorprendente: un burro. Los reyes no usaban burros cuando querían impresionar al pueblo al entrar en la ciudad, sus briosos caballos o lujosas carrozas enviaban un mensaje a su paso, dejaban bien claro que quien llegaba era alguien poderoso a quien no convenía ofrecer resistencia. La elección de Jesús, ese burro, también contiene un mensaje destinado al pueblo y a nosotros. Ese rey que aquel día entra así en Jerusalén y que dos mil años después recordamos en Semana Santa, es un rey muy diferente, su poder no es como el poder de los reyes de coches blindados.

Toda la semana seremos testigos de ese encuentro entre el poder de los poderosos y el poder del rey que llega en un burro. Podemos fácilmente confundirnos y creer que se trata de la lucha desigual entre los que tienen poder porque cuentan con soldados capaces de torturar y matar y alguien completamente desamparado e indefenso. Sin embargo, si observamos atentamente descubriremos que se trata del enfrentamiento entre dos formas diferentes de poder, dos formas de poder que recorren toda la historia de la humanidad desde mucho antes de la Pasión de Jesús y que se prolongan hasta mucho después, hasta nuestros días. Asistimos a la lucha entre la violencia y la no violencia, a la guerra entre la venganza y el perdón, entre el odio y el amor; asistimos a un combate que no solo se encuentra en la historia de todos los pueblos sino también en nuestro propio corazón.

En el comienzo de esta semana vemos al rey en un burro y al final de la semana veremos a un crucificado que sobre su cabeza tiene un cartel que también recuerda que es un rey: “Jesús de Nazaret, rey de los judíos”. Con esas palabras el romano se estaba burlando de los jefes del pueblo que lo habían puesto en sus manos para que lo condenara, pero esas mismas palabras también se burlaban del poder del emperador de Roma, en ellas el asesino reconocía su impotencia, su escaso poder, su incapacidad que quedó de manifiesto cuando tuvo que lavarse las manos diciendo “soy inocente de la sangre de este justo”. Pilato tenía soldados, caballos y carruajes, pero el rey que avanzaba contra él montado en un burro lo había enfrentado hasta hacerle reconocer públicamente la injusticia que cometía. 

Una corona con espinas

Cuando Jesús es apresado y puesto en las manos de los soldados el prisionero nuevamente es presentado irónicamente como un rey.Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: ‘Salud, rey de los judíos’. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza”. (Mt. 27,28 y ss.).  La fuerza bruta, los gritos y los salivazos, solo reciben como respuesta el silencio. En el calvario las burlas aumentan: “¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz! … ¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él … Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: ‘Yo soy Hijo de Dios’”.

Entonces el rey crucificado muestra su poder desconcertante y con las pocas fuerzas que aún le quedan exclama: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” y para mayor confusión de todos los que observaban la escena y de los que la seguimos observando en nuestro tiempo el rey pronuncia las palabras más misteriosas y estremecedoras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. El poder de ese rey no era como el de los soldados, el poder de ese rey era el poder del perdón; tampoco era como el cobarde poder de los que insultaban a cierta distancia, el poder de ese rey era el poder de quien confía hasta en el Dios que lo abandona. Jesús es el rey del perdón y la confianza sin límites, el poder del amor sin condiciones.

En algunas ocasiones, como aquellos soldados, nosotros también nos preguntamos ¿si es Dios, por qué no baja de la cruz?, a veces nosotros también lo desafiamos reclamando que de una buena vez demuestre su poder y destruya todo el mal del mundo. Pero la fuerza de ese rey no es como la de los magos de las fiestas infantiles ni como la de los super-héroes de las películas de Hollywood, la fuerza de ese rey es la fuerza de los débiles de este mundo, la fuerza de los que tienen esperanza, la de los que demuestran que saben que son hijos porque confían en su Padre. Su fuerza se revela en ese grito final y en sus palabras de perdón. Gracias a esa manera de morir toda su vida se convierte en un poder completamente diferente, gracias a esa confianza sin límites la cruz se transforma y deja de ser solo un instrumento de tortura para convertirse en un grito de protesta contra todas las violencias y las injusticias del mundo.

Ese rey coronado de espinas interpela a todos los que se creen poderosos y nos interpela a cada uno de los que observamos estas escenas. ¿De qué lado quiero estar? ¿a qué poder me quiero aferrar? ¿dónde esta puesta mi confianza?

“Entonces, ¿tú eres rey?”

Miremos nuevamente aquella famosa escena: Jesús comparece ante Pilato para ser juzgado y condenado a muerte. El romano está en su palacio y rodeado por sus soldados y Jesús se encuentra solo e inmovilizado. Sin embargo, a pesar de la situación, Jesús es presentado como un rey, un rey distinto y extraño, pero un rey. Según explica el mismo Maestro al sorprendido representante del César, los reyes de este mundo son poderosos porque tienen ejércitos que pelean por ellos, pero él es un rey completamente indefenso, su fuerza es otro tipo de fuerza, su poder es diferente. Pilato no puede creer lo que escucha, quizás teme que su prisionero posea un poder desconocido y temible y, ansioso o desconfiado le pregunta sorprendido: “Entonces, ¿tú eres rey?” (Jn 18, 37).

¿Cuál es el poder del que no tiene ejército, del que no tiene fuerza? Lo dice el mismo Jesús: “la verdad”, “el que es de la verdad escucha mi voz”. En ese enfrentamiento Pilato cuenta con sus soldados, Jesús cuenta con “la verdad”. El combate parece muy desigual: con la violencia se puede obligar y hasta matar, con la verdad no se puede forzar a nadie, solo se puede hablar, escribir, invitar, pedir, exhortar, llorar. Pero no hay que confundirse, cuando Jesús dice “la verdad”, no se refiere a una idea, a la verdad como concepto metafísico, se refiere a la verdad de lo que está ocurriendo en ese momento: él es inocente y Pilato lo sabe. Por ese motivo, aunque el poder de Pilato no tiene límites, si observamos detenidamente, descubrimos que el que parece más atrapado es Pilato, porque él sabía “la verdad”, sabía muy bien que su prisionero era inocente. Pilato está atrapado, está atrapado por “la verdad”, por eso busca la manera de liberarse de la situación. Pregunta qué mal ha hecho, dice que no encuentra motivo para condenarlo, intenta cambiar a Jesús por Barrabás y, finalmente, se rinde ante el poder de su prisionero: “hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: ‘Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro’” (Mt 27, 24). 

Lo han puesto en sus manos, puede hacer lo que quiera, pero es él quien necesita lavar sus manos y echarle la culpa a alguien. Todo su poder no puede silenciar “la verdad” que, a pesar de todo, sigue sonando en su corazón. Esa es la fuerza del rey coronado de espinas, la fuerza de “la verdad”, la fuerza de la justicia, la fuerza de los débiles, no hay manera de silenciarla. Hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, la verdad sigue hablando, llamando, pidiendo, suplicando. Es solo una palabra que suena, apenas un poco de aire que sale por la boca, pero fuerte e insistente como la gota de agua que horada la piedra. La verdad y la justicia son solo palabras que suenan y que nos persigue sin darnos respiro.

En nuestro mundo violento en cada Semana Santa que celebramos tomamos partido, adoptamos una postura en defensa de los indefensos, nos ponemos del lado de “los que sobran”, gritamos nuevamente la verdad ante los violentos y los indiferentes. No solo recordamos lejanos acontecimientos ocurridos hace dos mil años, hacemos nuevamente presente ahora el perdón y la confianza incondicionales con la fuerza de los débiles. También hoy reiteramos “la verdad” sobre lo que está ocurriendo y mantenemos viva la súplica inconcebible: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y renovamos la confianza que se esconde en el grito inaudito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?«.


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2 comentarios en «Gritarán las piedras»

  1. El poder de la VERDAD de JESÚS para vencer con Él al mundo y la muerte. Confiarnos al Padre pase lo que pase y perdonar a los que no saben lo que hacen. Mucho para aprender y vivir. Gracias P. Jorge.

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