Eucaristía, esa extraña fiesta

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Eucaristía, esa extraña fiesta

JORGE OESTERHELD  Sacerdote

El papa Francisco lo ha dicho en más de una ocasión: “La eucaristía no es el premio para los perfectos”. Concretamente, en la misa que celebró en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el 4 de junio de 2015 en la Basílica de San Juan de Letrán, afirmó que “la eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, el viático que nos ayuda a dar pasos, a caminar”. Es una afirmación que no debería sorprender, más sorprendente resulta que Francisco haya considerado necesario hacer esa aclaración y decir expresamente que la eucaristía no es un premio para “los buenos”.

Para comprender por qué el Papa se siente en la necesidad de hacer este tipo de aclaraciones, es suficiente observar algunas reacciones que sus palabras generan. Son muchos los que muestran disconformidad cuando el Papa se expresa así. Aunque pueda resultar asombroso, son numerosas las personas que en la misma Iglesia se manifiestan desconcertadas ante estas afirmaciones papales. ¿Por qué ocurre algo así? ¿Por qué es necesario que el Papa tenga que explicar algo bastante elemental? ¿Cómo es la catequesis en nuestras comunidades, si tantas personas tienen ideas distorsionadas sobre algo esencial en la vida cristiana? Vamos a intentar respondernos.

CUESTIONES PRELIMINARES

Comencemos por el principio. ¿Qué es la eucaristía? ¿Qué hacemos cuando la celebramos? ¿De qué estamos hablando cuando decimos “vamos a misa”? “La eucaristía”, “la misa”, “la Cena del Señor”, son algunos de los distintos nombres que se utilizan para designar una ceremonia, una acción, un acontecimiento, algo que se hace, que sucede. ¿Qué “se hace” en la eucaristía? ¿Qué sucede en ella? Varias cosas. La eucaristía es, en primer lugar, un acontecimiento que, a su vez, recuerda otro; es algo que “se hace” para hacer presente un hecho ocurrido en el pasado, para rescatar del pasado un suceso y mantenerlo en el presente, para mantener vivo algo que sucedió en otro tiempo y espacio. “Realizando” la eucaristía, celebrando la eucaristía, se hace presente la Última Cena de Jesús con sus discípulos y, al recordar ese momento, al repetir esos gestos y palabras, se trae al presente un acontecimiento que, a su vez, contiene otro acontecimiento.

¿Qué ocurrió en aquella Última Cena? ¿Qué vuelve a ocurrir cada vez que se la hace presente? En aquella cena Jesús anuncia su muerte, se despide de sus discípulos y, al despedirse, les dice que estará nuevamente con ellos cada vez que repitan esos mismos gestos que él está realizando en ese momento. Los discípulos comprendieron lo que su Maestro les pedía y, después de su muerte, comenzaron a replicar ese gesto de Jesús como una forma de hacerlo presente a él.

Por lo tanto, cada eucaristía recuerda un acontecimiento (la Última Cena), que al mismo tiempo recuerda otro acontecimiento (el anuncio de la muerte de Jesús), que recuerda otro más (el hecho de su muerte), y este último hecho trae al presente, a su vez, otro: la completa transformación de unos discípulos que comienzan a anunciar que se han encontrado con Jesús que nuevamente vive. En última instancia, la celebración de la eucaristía es el recuerdo de la transformación de los discípulos al reencontrarse con Jesús, el recuerdo de cómo una experiencia única y definitiva cambió para siempre sus vidas. Al reiterar los gestos de aquella cena, se trae al presente aquel acontecimiento que, además de alterar las vidas de esos discípulos, transforma la vida de nuevos discípulos. Desde hace dos mil años, en las comunidades cristianas, se transforma la existencia de muchas personas cuando repiten esos mismos gestos, cuando celebran la eucaristía.

Cada vez que en el presente siglo XXI celebramos la misa, la eucaristía, la Cena del Señor, hacemos presente, traemos al presente, no solo aquella Última Cena, sino también todas las celebraciones eucarísticas realizadas a lo largo de la historia en todos los rincones del mundo. Por lo tanto, para reconocer la verdadera importancia de lo que se está haciendo, es necesario tomar conciencia de esa extraordinaria sucesión de acontecimientos que llegan hasta nosotros en el momento en el que nos disponemos para algo tan simple como “ir a misa el domingo”. Debería estremecernos saber que somos parte de esa corriente de vida, de esa fuerza que ha transformado la vida de infinidad de personas, de pueblos y de continentes enteros. En esa celebración se vuelve a hacer presente aquel momento incomparable en la historia de la humanidad.

Como sabemos bien, esa larga historia humana es una historia trágica, en la que día a día presenciamos la muerte y la injusticia junto a emocionantes gestos de amor y servicio. Entrelazada con todas esas vidas se encuentra esta celebración que, al realizarse, recuerda aquellos acontecimientos que transforman tanto el significado de esas muertes y dolores como de esas expresiones de amor y de entrega. El poder transformador que brota de la eucaristía se encuentra en la promesa inaudita que contiene: la muerte no tiene la última palabra, porque la muerte de Jesús no fue definitiva. De esta manera, el mensaje de esta celebración ofrece una respuesta a la mayor inquietud que se agita en el interior de todo ser humano: ¿la muerte es el final definitivo o el comienzo de otra historia? Así, cada vez que se hace presente el acontecimiento de la muerte y la resurrección de Jesús, se abre una ventana hacia una posibilidad que cambia todo, tanto la vida de los que la celebran como la de aquellos que “no pisan una iglesia” y, también, las vidas de aquellos que ni siquiera se han enterado de los hechos narrados en esa historia.

La eucaristía es algo que “se hace”, que se celebra, en deslumbrantes catedrales donde tiernos niños cantan con voces angelicales, o en precarias construcciones en las que un sacerdote repite las mismas palabras escuchando el sonido de las bombas y las ametralladoras; la eucaristía es algo que “se hace” en voz baja en los hospitales junto a los moribundos y que “se hace” en palacios mientras entra la novia escuchando Pompa y circunstancia; la eucaristía es algo que “se hace” hasta que aparece un sicario que asesina al obispo Romero. La eucaristía que “se hace” desde hace dos mil años es inseparable de la belleza y la tragedia de la vida humana y, en medio de todas esas historias, repite incansable una promesa incondicional, una promesa sin esa letra pequeña que hay que leer antes de firmar, una promesa salida de los labios de Jesús de Nazaret sin peros ni limitaciones: “Yo estaré siempre con vosotros” (Mt 28, 20).

LA VIDA Y EL RITO

Es fácil observar que he insistido en la celebración eucarística como algo que “se hace”, como un suceso, un acontecimiento profundamente humano que recuerda una escena conmovedora y trágica. Creo que es necesario recordarlo, e insistir en esto, porque a medida que fueron pasando los años, los siglos, ese acontecimiento para muchos se fue “reduciendo” a un rito, a una ceremonia, a algo que se debe repetir siempre de la misma manera y que, si se hace de acuerdo con ciertas normas, produce determinados efectos. Esa ritualización de la eucaristía ha sido inevitable y conveniente, pero implica un riesgo que en ningún momento debería olvidarse: el peligro de perder su verdadero sentido evocativo de un hecho y de una promesa. Cuando eso ocurre, los mismos gestos y palabras cambian su significado y se convierten en magia, en fuegos artificiales fugaces que, en lugar de mantenernos conectados a la vida, nos permiten evadirnos por unos instantes de ella.

Los humanos necesitamos de los ritos, y ellos nos acompañan desde la prehistoria. Sin embargo, cuando entra en escena el rito, aparecen también las condiciones para celebrarlo, las cosas deben hacerse de determinada manera y no de otra, y aparecen otras disposiciones más peligrosas: las condiciones que se imponen para participar del rito. Entonces, aquello que nació como una puerta abierta, como una invitación dirigida a todos, se convierte en algo solo para algunos y en determinadas situaciones. Aquello que estaba destinado a acompañar la vida con su barro, su belleza y su sangre (los 11 de septiembre y los abusos, Teresa de Calcuta y los dictadores, los náufragos en el mar y los yates de ricos y famosos), queda entonces atrapado en espacios alejados de la vida, espacios desinfectados y, a la vez, esterilizados. La tragedia de la cruz se convierte en crucifijos adornados con piedras preciosas; y el lavatorio de los pies, en alguna limosna destinada a los pobres, a los que no son como los que dan limosnas.

Sí, los rituales son importantes, necesarios, inevitables. Por eso mismo es imprescindible celebrar bien el rito eucarístico, pero “bien” no significa solo “de acuerdo con las rúbricas”; “bien” significa sin convertirlo en magia, sin separarlo de su origen y su significado, sin separarlo de la vida. Celebrar “bien” la eucaristía implica el desafío de recordar que se trata de una oración, de una plegaria muchas veces realizada con lágrimas, de un grito de auxilio dirigido al cielo por quienes necesitamos ser salvados, y no de la repetición de unos gestos que, si son hechos de acuerdo con el ritual, nos aseguran cierta salvación y nos dispensan de la angustia, la inseguridad y el dolor. “Hacer memoria” no es como tomar apuntes o sacar una foto, es volver a vivir aquello que se recuerda y que pertenece a la propia historia, a esa misma vida que ahora estamos viviendo. Lo que hacemos al celebrar la eucaristía pertenece a nuestra historia personal y la modifica.

Celebrar la eucaristía no siempre es agradable y confortable, también puede ser conmovedor y molesto, porque la promesa incondicional que contiene nos desafía a responder con la misma incondicionalidad. Ese “yo estaré siempre” deshace todas nuestras excusas. Ese pan y ese vino que se ofrecen gratuitamente, como un regalo, pueden ser mucho más inquietantes que un rito que nos ofrece la salvación a cambio del cumplimiento de algunas rúbricas o mandamientos. Precisamente porque en la promesa del que nos lava los pies no se nos exige “nada”, nuestra respuesta solo puede ser “todo”. Los ritos son “tranquilizadores”, la eucaristía es desafiante.

Si no vamos más allá del rito y ponemos sobre el altar nuestra vida, solo somos los espectadores de un truco de magia que nos fascina porque sabemos que es un truco. En cambio, cuando nos alejamos de la magia, en el encuentro con esos hechos que en cada eucaristía se narran y se re-presentan (se hacen nuevamente presentes) las personas se enfrentan a las preguntas más esenciales de la vida, preguntas relacionadas con el amor y el dolor, la muerte o el sufrimiento, o preguntas sobre la posibilidad de otra vida más allá de esta que conocemos. ¿Es posible otra vida? La sola posibilidad lo cambia todo. Lejos de ser un truco que nos saca de la realidad, la celebración de la eucaristía nos confronta con los mayores misterios de la vida.

Si tenemos en cuenta que cada misa implica un encuentro con relatos y gestos inquietantes, un encuentro con verdades y preguntas que pueden ser incómodas, entonces podemos comprender mejor el hecho de que muchas personas eviten participar de esa celebración, y que otras prefieran “reducirla” a una ceremonia que no está relacionada con la vida cotidiana o una costumbre que se repite sin conocer su significado.

LA FIESTA DEL PERDÓN

Quizás como una reacción ante esa excesiva ritualización de la celebración eucarística, que la convirtió en una serie de gestos y palabras que se repiten sin establecer una conexión con el acontecimiento que recuerdan, es posible observar en nuestro tiempo cierta insistencia en señalar que “la misa debe ser una fiesta”, algo más espontáneo que permita una participación más plena, más natural, ¿más humana? Nos encontramos entonces en algunas comunidades con celebraciones que abandonan la rigidez de los rituales y generan encuentros que acentúan el aspecto comunitario de la celebración y en los que no faltan el canto, el baile u otras expresiones similares. Es un paso adelante si lo que se pretende es superar el frío ritualismo, pero esta forma de “hacer” la eucaristía puede convertirse también en una forma de “reducir” lo que en ella se recuerda a “solamente una fiesta”, una fiesta como cualquier otra. Quizás sea una “reducción” más cálida y entretenida, más acorde a nuestros tiempos, pero no deja de ser “una reducción”.

La eucaristía es “una fiesta” muy particular, una fiesta en la que podemos sentirnos tan incómodos como en los ritos más fríos e impersonales; es una fiesta como aquellas de las que nos hablan esas parábolas que utiliza Jesús para describir el Reino de los cielos y en las que los primeros son los últimos y los últimos son los primeros; el hijo que se fue de casa es recibido alegremente y el que estuvo siempre nunca pudo celebrar como quería; en la que el cobrador de impuestos es preferido al que cumple la ley y las prostitutas preceden a los sumos sacerdotes. En otras palabras, son fiestas que pueden poner en crisis existencial a más de uno, fiestas que si no fueran presentadas así por parábolas del Maestro de Galilea diríamos con propiedad que son fiestas bastante “locas”.

Observemos la que quizás es la fiesta más famosa de todas. El hijo que se ha ido al extranjero y ha dilapidado el dinero de la familia es recibido por un padre que le está esperando ansioso, le abraza y, sin hacerle ninguna recriminación ni esperar algún arrepentimiento, organiza una fiesta para recibirlo. El joven, por otra parte, no pone excusas, vuelve a su casa solamente porque se le acabó el dinero, reconoce su error, pero no pone pretextos para disculparse. El padre recibe sin condiciones y el hijo comparece sin presentar ninguna defensa. El otro hijo, el mayor, reclama por lo que considera una injusticia, pero el padre corre a buscarlo y le invita a la misma fiesta. El motivo de la alegría está claramente expresado: “Este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida” (Lc 15, 32). ¿Es esa la alegría en nuestras fiestas eucarísticas? ¿Son fiestas en las que todos están invitados? ¿Son fiestas en las que nos alegramos de que los últimos son ahora los primeros? ¿Fiestas en las que se celebra sin poner condiciones de ingreso, ni pedir explicaciones a los que hace tiempo que no aparecen por casa?

En la extraña “tabla de valores” del Reino, la oveja perdida vale más que las noventa y nueve que están en el corral; el publicano que vive aprovechándose de sus hermanos “es justificado” y el honorable fariseo se queda afuera; el que llega a última hora cobra lo mismo que el que trabajó desde la mañana y el que pasaba por la calle es invitado a una boda real porque otros comensales no habían respondido al convite. La eucaristía es una fiesta en la que nadie puede sentirse muy cómodo: en cuanto creemos que estamos haciendo las cosas bien, podemos ser desplazados al último sitio y desde allí observar cómo otros que “no podemos ni ver” ocupan los lugares más destacados; es una fiesta a la que podemos llegar avergonzados, para sentarnos escondidos en el último lugar, y encontrarnos con el dueño de casa que nos invita a sentarnos a su lado. No es una fiesta para divertirse, es una fiesta a la que hay que ir dispuesto a cambiar la manera de pensar y de actuar, a la que uno debe ir preparado para cualquiera cosa, para perdonar y ser perdonado o para que se nos recuerden todas nuestras debilidades y pecados, una fiesta para la que es necesario tener una cabeza y un corazón muy abiertos. Una extraña fiesta en la que el que invita no pone condiciones para perdonar las ofensas y el invitado no pone excusas para reconocer sus torpezas.

Jesús no termina en la cruz porque invitaba a los pecadores a arrepentirse, eso lo hacían también los sacerdotes del Templo. Lo que se le reprocha al Maestro es que come con los pecadores, que se va a alojar a sus casas, que toca a los leprosos y que se deja tocar por prostitutas. El escándalo inaceptable consiste en que el Nazareno no se relaciona con arrepentidos, con “ex pecadores”, con aquellos que como se habían arrepentido entonces ya no eran pecadores, el Maestro hace otra cosa y lo explica: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 12-13). Algunos, hasta nuestros días, se escandalizan y se apresuran a intentar explicar de maneras “razonables” estas actitudes y estas palabras de Jesús, pero la eucaristía no es un congreso de moralistas financiado por una multinacional, sino un encuentro de gente normal en el que lo primero que hacemos es reconocer sin excusas que todos somos pecadores y así recibir el abrazo del Padre, que nos espera sin poner condiciones. San Pablo dirá más tarde: “Nosotros anunciamos lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor 2, 9).

En cada eucaristía Jesús pone en práctica aquel consejo que en una ocasión le dio a quien le había invitado a un banquete: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!” (Lc 14, 12-14). A eso somos invitados. Así es la fiesta a la que se nos convoca. Recibir semejante invitación genera en el invitado un tipo de exigencia muy diferente a la que viene del Derecho Canónico, de los libros de moral o de los sermones del párroco, una exigencia curiosamente más rigurosa y también menos exigente: solo es posible una respuesta como la del profeta: “Aquí estoy Señor” (Is 6, 8). ¿Qué otra cosa se puede hacer? Y decimos “hacer”, porque decir eso es hacer algo.

SÉ PASTOR

Regresemos ahora a las enseñanzas del papa Francisco sobre la eucaristía como “fuerza para los débiles” y no como un “premio para los buenos”, y hagámoslo a partir de otras palabras suyas en las que ya no habla del tema en general, sino aplicándolo a un caso concreto. En el vuelo de regreso de su visita a Budapest y Eslovaquia (15 de septiembre de 2021), fue interrogado por los corresponsales que le acompañaban sobre el controvertido tema de la posible excomunión –que había sido planteada por algunos obispos– nada menos que del presidente de los Estados Unidos, debido a la postura del mandatario americano sobre el tema del aborto. Concretamente, un periodista le preguntó con picardía qué le aconsejaría al obispo que debe resolver esa cuestión. El Papa contestó que le diría: “Tú, sé pastor, el pastor sabe qué debe hacer en cada momento”.

¿Cómo debe actuar un pastor cuando se encuentra ante este tipo de situaciones? Según el Papa le explica al periodista, el obispo debe “ser pastor y no ir condenando o no condenando, ser pastor. Ser pastor con el estilo de Dios, y el estilo de Dios es cercanía, compasión y ternura”. Pero, ¿cómo se hace para “no ir condenando o no condenando” cuando se tiene la responsabilidad de conducir una comunidad diocesana o una conferencia episcopal? ¿Cómo es en cada caso concreto “el estilo de Dios”? ¿El Papa está evadiendo una respuesta o está respondiendo con claridad algo que nos cuesta comprender? Para responder estas preguntas sin enredarnos en líos de moralistas, podemos mirar nuevamente al Maestro de Galilea.

“‘Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?’ [pregunta Pedro]. Jesús le respondió: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’” (Mt 18, 21- 22). En el Reino de Dios suceden cosas difíciles de explicar y, probablemente, una de las más inexplicables sea el perdón incondicional que ofrece Dios a los pecadores, al mismo tiempo que nos exhorta a nosotros a hacer lo mismo: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” (Mt 18, 33).

Es inevitable sentir cierta perplejidad de nuestra parte: el perdón como un regalo, tal como lo propone Jesús, perturba nuestro sentido de la justicia, nuestra concepción del orden público y nuestra idea de que en la vida “los que las hacen las pagan”. O deberían pagarlas. El pastor debe administrar esa insólita justicia del Reino, que es diferente a la que deben administrar el juez, o el fiscal o el abogado de este mundo. En este mundo lo que importa es que se cumpla la ley, en el Reino lo que importa es que triunfe la justicia y –ya se sabe–, más veces de las que nos gustaría admitir, la justicia debe ir más allá de la fría ley. Jesús lleva a su punto más extremo la tensión entre la ley y la justicia y, además, en una ocasión dice: “No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la ley o los profetas; yo no he venido a abolirlas, sino a darlas cumplimiento”, e inmediatamente agrega: “Os aseguro que si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 5, 17.20).

El Buen Pastor no nos ofrece una frase clara y directa que elimine las muchas preguntas que aparecen cuando irrumpe en escena el perdón de Dios. Los textos evangélicos dejan la pregunta abierta y, así, se convierte en una pregunta que nos persigue sembrando inquietud en nuestras vidas. Las palabras del Maestro, más que ofrecernos respuestas que zanjen la discusión con alguna frase inequívoca y definitiva, nos invitan a que nosotros encontremos por nuestra cuenta y riesgo la respuesta. Quisiéramos eliminar el nerviosismo que las preguntas plantean, pero las palabras y las acciones del Maestro, en lugar de eliminar la tensión utilizando algún concepto incuestionable, nos ofrecen esa misma tensión como un camino a recorrer.

La inquietud que genera el encuentro entre el perdón incondicional de Dios y nuestras precarias concepciones de la justicia, tal como la experimentamos los humanos, es un desafío al que solo se puede responder en la vida concreta. Todo indica que no hay una respuesta teórica, a pesar de los esfuerzos de infinidad de teólogos, filósofos, moralistas y muchos otros que, desde prestigiosas universidades, intentan infructuosamente ofrecer soluciones definitivas sobre estas cuestiones. Al parecer, el Maestro no espera de nosotros brillantes respuestas teóricas, sino acciones concretas que intenten hacer presente en nuestras vidas ese Reino al que somos llamados. Lo que importa es el Reino ¡y su justicia!: “Buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).

Cuando el Papa dice “sé pastor”, no está evitando contestar una pregunta incómoda, está invitando a quien tiene la responsabilidad de resolver la cuestión a responder como un pastor. Con su contestación, Francisco adopta la actitud del Maestro, que desafía a sus discípulos a encontrar por sí mismos una respuesta. La actitud del Papa, lejos de parecerse a la del político que evita comprometerse, se parece a la de la madre o el padre que no ofrecen a los hijos todas las soluciones, sino que confían en ellos y les invitan a buscar sus propias respuestas y a hacerse cargo de sus decisiones. Hay en la vida muchas preguntas que solo se responden ¡haciendo algo!, aun a riesgo de equivocarnos.

Quizás se trata de dejar de pensar tanto, cerrar los libros o apagar el ordenador, y hacer justicia, hacer que la justicia suceda. Quizás se trata de responder como Abraham o María respondieron: “Aquí estoy”. O hacer como el Maestro: “El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar”, y poco después, “mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomad y comed, esto es mi cuerpo’” (Mt 26, 23-26). Eso es lo que “se hace” al celebrar la eucaristía. A esa “fiesta” se nos invita.

COMPRENDER LO QUE HACEMOS

Recordemos ahora que, al mismo tiempo que en aquella sala se desarrolla la última cena que comparte Jesús con sus amigos, la vida continúa su curso en Jerusalén. Con excepción de algunas reuniones entre los sumos sacerdotes sobre cómo resolver el inconveniente generado por ese molesto nazareno y ciertas negociaciones con las autoridades romanas, todo transcurre con normalidad. Nada ha cambiado en las casas, los mercados y las calles. De igual forma, hoy la vida continúa sin alterarse mientras en nuestras iglesias se celebra la eucaristía. Sin embargo, en esa mesa en la que el Maestro se despide está ocurriendo algo que significa un cambio en la historia de la humanidad y, en nuestras iglesias, esa misma cena se repite, aunque en apariencia nada se modifique en la marcha del mundo.

Para comprender el significado de la eucaristía, no es tan necesario estudiar liturgia o hacer cursos bíblicos, lo que se necesita es experimentar esa fuerza que transforma las sociedades y las personas, y que se oculta en esas celebraciones que con demasiada frecuencia repetimos distraídamente. Allí se mantienen con vida las palabras y los gestos de ese maestro del perdón llamado Jesús de Nazaret, en un mundo atravesado por guerras, injusticias y odios. Allí se recuerda que al inmenso avance que fue para la humanidad pasar del imperio de la fuerza de algunos al sometimiento de todos a la ley, se agrega otro paso aún más sorprendente: se propone no solo superar la fuerza bruta con la ley, sino, además, ¡superar la ley con el perdón!

Para comprender la eucaristía, es preciso descubrir que se trata de un gesto que va en la dirección contraria de lo que proponen quienes controlan el “orden establecido”; descubrir que en ella se plantea algo completamente nuevo y desafiante, que responde al anhelo más profundo de todos los seres humanos. Quizás cuando se comprenda que “ir a misa” va en una dirección prohibida por las normas sociales, se comprenda también por qué tanta gente prefiere hacer otra cosa los domingos y que muy pocos se arriesgan a seguir a ese Maestro que enseña cosas tan inverosímiles como una justicia sin límites y un perdón para los enemigos.

Quizás falta todavía un largo camino para superar una visión mágica y casi supersticiosa de la eucaristía, una visión que reduce la presencia de Jesús en el pan y el vino a un “milagro” desconectado de la vida cotidiana, un “milagro” que nos mueve a la “devoción”, a “eso que sentimos” durante la ceremonia, y no nos mueve a cambiar nuestra vida. O, peor aún, que convierte el recuerdo de aquella cena en una serie de gestos que procuran ganar el favor de Dios para forzar su voluntad. De esa manera, nos alejamos de la plegaria confiada de los hijos y reemplazamos la Cena del Señor por algo peligrosamente similar a esos ritos paganos destinados a aplacar la ira divina.

Quizás falta todavía recorrer un largo camino para comprender que, en la predicación y en la catequesis, se habla de la eucaristía como un encuentro vivo con Jesús que nos ama y nos busca, que ofrece su vida para que conozcamos su amor y que irrumpe en la nuestra para transformarla. Sí, es posible que aún falte transitar un camino para comprender que no puede separarse la eucaristía de “hacer justicia”, y que “hacer justicia” no significa vengarse ni imponer un castigo, sino perdonar; que “hacer justicia” no es poner orden, o excomulgar, o llamar a la policía, sino atreverse a la propuesta del perdón, que cambia al mismo tiempo el corazón del que ofende y el del que es ofendido. En otras palabras, atreverse al mandamiento del amor.

Lo que “se hace” en la misa es inseparable de lo que se hace al salir de ella. Solo entonces podemos saber si en la eucaristía nos hemos encontrado con el Maestro de Galilea o solo nos encontramos con nosotros mismos, nuestros problemas, nuestra “manera de pensar” y nuestro egoísmo de siempre. Es inútil buscar los frutos de este sacramento en el olor del incienso, los cantos en latín, los abrazos, los aplausos o los bailes; solo se encuentran en la transformación que nos hace hombres y mujeres más débiles, comprensivos y misericordiosos.

Entonces, ¿todo vale? ¿Es lo mismo esforzarse por hacer el bien que vivir de cualquier manera? ¿Tienen razón los que despotrican contra el papa Francisco? Si pensamos que perdonar quiere decir que “todo vale”, que todo da lo mismo, es porque no hemos vivido nunca la experiencia de perdonar o ser perdonado, no hemos experimentado la fuerza transformadora de la debilidad.

LA FUERZA DE LOS DÉBILES

Para descubrir cómo es esa desconcertante fuerza de los débiles que se nos presenta en cada eucaristía, podemos mirar una escena por todos conocida: Jesús comparece ante Pilato para ser juzgado y condenado a muerte. Allí vemos que Pilato está en su palacio y rodeado por sus soldados, y que Jesús se encuentra solo e inmovilizado. Sin embargo, a pesar de la situación, Jesús se presenta a sí mismo como un rey, pero no como los reyes de “este mundo”. Según dice el Maestro, los reyes de este mundo son poderosos porque tienen ejércitos que pelean por ellos, pero él es un rey completamente indefenso, su fuerza es muy débil. Pilato no puede creer lo que escucha y le pregunta sorprendido a su prisionero: “Entonces, ¿tú eres rey?” (Jn 18, 37).

La escena no nos presenta a un poderoso y un indefenso, sino a dos fuerzas diferentes. ¿Cuál es el poder del que no tiene ejército, del que no tiene fuerza? Lo dice el mismo Jesús: “la verdad”, “el que es de la verdad escucha mi voz”. Pilato cuenta con sus soldados, Jesús cuenta con “la verdad”. El enfrentamiento parece muy desigual: con la violencia se puede obligar, con la verdad no se puede forzar a nadie, solo se puede hablar, escribir, invitar, pedir, exhortar, llorar.

Cuando Jesús dice “la verdad”, no se refiere a una idea, a la verdad como concepto metafísico, se refiere a la verdad de lo que está ocurriendo en ese momento: él es inocente y Pilato lo sabe. Por ese motivo, aunque el poder de Pilato no tiene límites, si observamos detenidamente, descubrimos que el que parece más atrapado es Pilato, porque él sabía “la verdad”, sabía que se lo habían entregado por envidia y que su prisionero era inocente. Pilato está atrapado, está atrapado por “la verdad”, por eso busca la manera de liberarse de la situación. Pregunta qué mal ha hecho, dice que no encuentra motivo para condenarlo, intenta cambiar a Jesús por Barrabás y, finalmente, “hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: ‘Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro’” (Mt 27, 24). Lo han puesto en sus manos, puede hacer lo que quiera, pero es él quien necesita lavar sus manos y echarle la culpa a alguien. Todo su poder no puede silenciar “la verdad” que, a pesar de todo, sigue sonando en su corazón.

Esa es la fuerza de “la verdad”, la fuerza de los débiles, no hay manera de silenciarla. Hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, la verdad sigue hablando, llamando, pidiendo, suplicando. Es solo una palabra que suena, apenas un poco de aire que sale por la boca, pero fuerte e insistente como la gota de agua que horada la piedra. Es solo una palabra que suena y nos persigue sin darnos respiro.

En cada eucaristía que celebramos en un mundo violento, injusto y sordo, estamos tomando partido, cuestionando los egoísmos y superando esa indiferencia de la que muchas veces habla Francisco. Participar de la eucaristía compromete, implica adoptar una postura en defensa de los indefensos, ponerse del lado de “los que sobran” en este tiempo en el que en demasiadas ocasiones la dignidad de los insignificantes, de los que no significan nada, es pisoteada. Como dijo el Papa junto a los refugiados en la isla de Lesbos, “ofendemos a Dios despreciando al hombre creado a su imagen, dejándolo a merced de las olas, en la marea de la indiferencia, a veces justificada incluso en nombre de presuntos valores cristianos” (Lesbos, 5 de diciembre de 2021).

Frente a “la marea de la indiferencia”, con la fuerza de los débiles, reiterando “la verdad” sobre lo que está ocurriendo, en cada eucaristía de la que participamos se hace nuevamente presente el Maestro que vive en todos los que aman, y que desde la cruz repite sin descanso: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). A esa extraña fiesta estamos invitados.




 

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