Una nueva vida

Dios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

La gente le preguntaba: “¿Qué debemos hacer entonces?”. Él les respondía: “el que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”.  Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Él les respondió́: “no exijan más de lo estipulado”. A su vez, unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué debemos hacer?”. Juan les respondió́: “no extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo”.

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo a todos: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá́ la paja en el fuego inextinguible”. Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la buena noticia.

Lc 3, 2b-3. 10-18


Tres respuestas

Los que van a bautizarse al río Jordán expresan en el gesto de sumergirse en el agua la voluntad de cambiar de vida, pero luego de realizado ese rito aparece la pregunta: ¿ahora qué hay que hacer? Los que reciben el bautismo comprenden que ese gesto es solo un primer paso, después la vida continúa ¿cómo tiene que actuar un bautizado por Juan?

Lucas ofrece tres tipos de respuestas. La primera es válida para todos: “el que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”, en otras palabras, lo que hay que hacer es estar atento a las necesidades de los demás y saber compartir con ellos. La segunda respuesta está dirigida a un grupo de personas concreto, los publicanos. Ellos cobraban los impuestos para el poder romano y se les dice: “no exijan más de lo estipulado”. Lo que deben hacer es cumplir su trabajo sin aprovecharse de la posibilidad de beneficiarse personalmente que su oficio les daba. Sin embargo no se les dice que abandonen su trabajo al servicio del César. La tercera respuesta está dirigida a unos soldados y a ellos también se los exhorta a no abusar de su poder: “conténtense con su sueldo”.

En los tres casos la respuesta es clara: el bautizado por Juan debe poner al servicio de los demás las posibilidades que él tiene, sus “riquezas”, su “poder”.

Un nuevo bautismo

Luego, respondiendo a las preguntas de la gente, Juan anuncia un nuevo bautismo que ya no será como el bautismo con el agua, ya no habrá que ir al río Jordán, para recibir ese bautismo habrá que sumergirse “en el espíritu Santo y en el fuego”. Ese bautismo, es decir, esa nueva manera de pasar de la muerte a la vida, dice Juan que lo recibirán de “uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. El profeta está anunciando una nueva forma de bautismo que verdaderamente ofrecerá una vida nueva.

Los que hemos recibido ese bautismo “en el espíritu Santo y en el fuego” también podemos preguntarnos ¿qué debemos hacer? Para responder a esa pregunta ya no es suficiente escuchar a Juan, es necesario escuchar a Jesús y al escuchar a Jesús todo cambia. El Maestro de Nazaret no solo nos llama al “arrepentimiento” por los pecados cometidos, (eso también lo hace Juan), su invitación va más allá, él habla de “convertirse”. El “arrepentimiento” implica mirar hacia el pasado y reconocer los errores, la “conversión” implica mirar hacia adelante y vivir de una manera nueva.

Aunque lo que “debemos hacer” parece lo mismo (estar atentos a la justicia y a las necesidades de los demás) la motivación es diferente: ya no se trata solo de “cambiar de vida” o de “ser mejores personas”, el motivo ya no está en nosotros mismos. Ahora lo que “debemos hacer” lo hacemos porque “les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25,40), ahora el objetivo no es ser mejores sino encontrarnos con Jesús.

El fuego y la basura

Cuando en los evangelios se habla del “fuego eterno” no se hace referencia a esas imágenes del infierno que algunas formas de piedad y algunas estampas o películas han puesto en nuestras cabezas. Los que escuchaban a Juan o a Jesús entendían por esa expresión algo bien concreto y conocido: el fuego “eterno” era ese fuego que se mantenía encendido en las afueras de los pueblos para tirar ahí la basura y los cadáveres de los animales o los condenados a muerte.

Más allá del lenguaje fuerte y agresivo del Bautista o de las palabras llenas de ternura de Jesús, el mensaje es claro y directo: el desafío que se nos propone es salir de nosotros mismos hacia los demás, salir de nosotros mismos hacia la esperanza, salir de nosotros mismos hacia Jesús, si no lo hacemos corremos el riesgo de tirar nuestra vida a la basura.


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