Ni pan, ni alforja, ni dinero

Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Mc 6,7-13


Los envió

Jesús envió a sus discípulos, por eso se los llamará “apóstoles”, que quiere decir “enviados”. Estos amigos de Jesús no salen a predicar porque les gusta hacerlo o porque los impulsa algún interés personal, lo hacen porque Jesús los envía. Ellos son personas comunes que no han recibido ninguna instrucción especial en alguna sinagoga, no representan al Templo ni a Roma, que eran las autoridades de ese momento. Hablan en nombre de aquel nazareno, hijo de José y María, que los envía a anunciar que el Reino de Dios está cerca.

De dos en dos

Estos hombres de un día para el otro se precipitan a los caminos repitiendo las palabras y los gestos del Maestro y contagiando su alegría y esperanza. Van de dos en dos y no llevan nada. El anuncio del Reino lo hacen desde la precariedad de la vida de quienes no tienen otra cosa que su confianza en ese nazareno del que ellos hablan. La única seguridad que tienen es aquello que anuncian. Son personas que apoyan su vida en una palabra, en una promesa. Para ellos es suficiente. Lo que sorprende a quienes los escuchan es justamente eso: son personas frágiles y necesitadas, no tienen otra cosa que su confianza en Jesús y en su mensaje.

Bastón y sandalias

Solo llevan bastón y sandalias, lo necesario para caminar. Nada más. Ni pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas, es decir, sin nada de lo que había que llevar cuando se iba de viaje. Al parecer es precisamente esta manera de presentarse, inseguros y frágiles, lo que los hace creíbles. Aquellas personas a las que se dirigían, como casi todas, escuchan con más atención a quienes hablan desde la fragilidad que a los que lo hacen desde la arrogancia y la seguridad. Esos campesinos, esos hombres y mujeres, esos niños y esos ancianos a quienes se dirigen pueden escuchar y comprender mejor a quienes eran como ellos: pobres e inseguros. Aquellos que reciben el mensaje son personas comunes que vivían en pequeñas aldeas y que siempre que salían a los caminos lo hacían de dos en dos. Por esos senderos nadie caminaba solo. Ellos tienen las mismas dudas, miedos y esperanzas que tiene los amigos de Jesús y que anuncian ese Reino misterioso.

Lo que impulsa a los discípulos es la confianza que tienen en Jesús, esa es la fuerza que los pone en movimiento y que los lleva a anunciar ese mensaje sorprendente, aquello que nadie había dicho pero que todos esperaban oír, aquello que en el fondo de sus corazones ya todos sabían: Dios está cerca, Dios conoce y quiere aliviar los dolores de quienes confían en él.

Sin detenerse

“Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha” tienen que seguir su camino sin detenerse. No deben quedarse allí discutiendo y tratando de convencer, deben ir adonde sean bien recibidos. Ese Reino que ellos anuncian no fuerza a nadie, respeta la libertad de todos. Ellos no deben hablar como los escribas que intentan convencer con el poder de su autoridad y sus conocimientos; deben hablar como el Maestro, con una autoridad diferente, una autoridad que se apoya en el respeto y la libertad. Dios no quiere siervos ni esclavos, quiere hijos y amigos.

Ahora

Quizás últimamente nos hemos equivocado y con la mejor intención de aportar seguridades a un mundo que parece confundido, adoptamos una actitud y un tono de seguridad que transmitió autoritarismo en lugar de cercanía y confianza.

Quizás en lugar de respuestas contundentes nuestros contemporáneos esperan ser acompañados por hombres y mujeres que, como los primeros discípulos, no tienen las cosas demasiado claras, que lo único que tienen es una confianza ilimitada en el hijo de José y María.

Quizás sea tiempo de reconocer que en el hospital de campaña, del que nos habla Francisco, no atienden prestigiosos académicos de medicina sino esforzados voluntarios que hacen lo que pueden.



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