Todavía tengo muchas cosas que decirles

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: ‘Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes’.»

Juan 15,26-27.16,12-15.


Celebramos Pentecostés, la fiesta que nos recuerda el momento en el que los primeros discípulos son transformados por el Espíritu Santo. A partir de entonces Jesús se hace presente de una manera nueva en la historia de la humanidad. Ya no es el Jesús que caminaba por Galilea ni el resucitado que apareció y desapareció durante cuarenta días; ahora es aquel que se hace presente en la comunidad formada por quienes quieren seguir sus pasos.

Cuando Jesús dice “todavía tengo muchas cosas que decirles” está indicando que su enseñanza aún no ha finalizado y señala el motivo: lo que ocurre es que esas “muchas cosas” de las que habla “ustedes no las pueden comprender ahora”. La enseñanza del Maestro deberá prolongarse y será “el Espíritu” quien realizará esa tarea, “él los introducirá en toda la verdad”. Poco a poco iremos comprendiendo. Las enseñanzas del Maestro se van incorporando a medida que vamos creciendo como personas, como Iglesia, como humanidad, y es el Espíritu de Jesús el que nos acompaña en ese crecimiento.

Reconocer que siempre tenemos más para aprender implica reconocer que lo que ya sabemos aún no es suficiente, que lo que aprendimos hasta hoy es provisorio por muy importante que sea. Lo que ya hemos comprendido de las enseñanzas del Maestro es solamente lo que hemos sido capaces de comprender hasta ahora. Lo que tenemos por delante es mucho más; o para decirlo al revés, lo que nos falta saber es muchísimo más que lo que ya sabemos. San Agustín lo decía en latín: “`si comprehendis, non est Deus´: si piensas que sabes algo de él, entonces puedes estar seguro de que no es Dios”.

Quizás en nuestros días además de confesar “los pecados de la Iglesia” y pedir perdón por las actitudes alejadas del evangelio que se pueden encontrar en cualquier comunidad, sea también tiempo de reconocer que sabemos muy poco acerca de ese Jesús de Nazaret del que tanto hablamos y reconocer que apenas comprendemos muchas de sus enseñanzas. Aceptar que nosotros, como los discípulos que lo acompañaban por Galilea, tampoco entendemos muchas cosas que escuchamos del Maestro; que apenas conocemos a ese Jesús en el que sin embargo tenemos puesta toda nuestra confianza. No confiamos en él por lo que sabemos sino por lo que lo amamos.

Demasiado seguido hablamos de misterios insondables como si fueran conocimientos adquiridos que podemos presentar incuestionables y con la pretensión de imponerlos a los demás ¿Cómo es posible que hablemos de los evangelios como si ya hubiéramos comprendido todo lo que ellos dicen, como si no estuvieran llenos de misterios? ¿cómo es posible que nuestro tono de voz tenga una seguridad que no encontramos en los relatos de quienes caminaron junto al Maestro por Galilea?

Nuestras certezas se apoyan en la fe y la fe puede darnos certezas porque se apoya en la confianza que tenemos en Jesús, pero la fe no es sinónimo de evidencia. Las certezas de la fe nunca pueden ser propuestas como algo obvio que cualquier persona debería aceptar, ni como una verdad científica incuestionable o una ideología que compite con otras. La fe trata de misterios y de aprender a acercarse a esos misterios, por eso solo puede presentarse como una invitación y con mucha humildad.

Quizás nos hemos equivocado y con la mejor intención de aportar seguridades a un mundo que parece confundido, adoptamos una actitud e incluso un tono de seguridad y convicción que transmitió autoritarismo en lugar de cercanía y confianza. Un tono que agregó desconcierto en lugar de aportar esa paz prometida por el Maestro. Quizás en lugar de respuestas contundentes nuestros contemporáneos aguarden ser acompañados por hombres y mujeres que como los primeros discípulos no tienen las cosas demasiado claras; que aún hay muchas cosas “que no pueden comprender ahora”; que lo que tienen es solo una confianza ilimitada en el hijo de José y María.

Recibir el “Espíritu de la Verdad” no convirtió a los primeros discípulos en “super héroes” sino en hombres y mujeres humildes y serviciales.



 

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