Les conviene que yo me vaya

Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.» El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán».

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Marcos 16,15-20.


Les conviene que yo me vaya” había dicho Jesús a sus discípulos durante la Última Cena. Pero ¿por qué podía ser conveniente algo así? ¿cómo podía ser mejor para esos amigos del Maestro que él ya no estuviera junto a ellos? El mismo Jesús contesta esas preguntas: “porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.” (Jn. 16,7) Ya no caminará con ellos por los caminos de Galilea, ya no estará en la barca durante la tormenta ni multiplicará los panes y los peces. Ya no estará JUNTO a ellos, estará EN ellos. El Espíritu de Jesús inundará sus vidas y una nueva fuerza los impulsará y transformará. El próximo domingo en la fiesta de Pentecostés recordaremos ese momento.

Ahora celebramos que Jesús se va “al cielo”. ¿Qué quería decir esto en tiempos del Señor? Sin dudas, la palabra evocaba por entonces algo muy distinto a lo que suena en nosotros al escucharla. Para ellos no existía “el universo” tal como nosotros lo conocemos gracias a las ciencias y a la exploración espacial. Ni siquiera sabían que la tierra era redonda. La expresión “el cielo” indicaba algo muy diferente: el cielo era ese lugar de dónde venía la luz y el calor del sol, y desde donde venía también el agua que regaba los campos. Gracias al sol y la lluvia era posible la vida en la tierra. El cielo era el sitio desde el cual venía la vida y por eso allí “estaba Dios”. “Jesús se va al cielo” quiere decir que se va al lugar en el que está la fuente de la vida, en el que reside la gloria de Dios.

Después de haber insistido durante todo el tiempo pascual sobre la importancia de la presencia de Jesús, ahora celebramos que se va, que ya no está. Lo que nos recuerda esta fiesta de la Ascensión es el momento en el que el Señor comienza a estar presente de una manera nueva, pero para descubrir esa nueva manera es necesario aceptar una ausencia. Los discípulos, para seguir adelante, deben aceptar el comienzo de una nueva etapa que implica el fin de otra anterior. Esa etapa que deben dejar atrás es el tiempo de la convivencia con Jesús, nada más y nada menos. Dejar de tenerlo ahí al lado, de gozar de su compañía, sus enseñanzas, su ternura…

Podemos ver la celebración de la Ascensión del Señor como la fiesta de su confianza en nosotros. Luego de haber sido traicionado y abandonado por sus amigos Jesús los vuelve a elegir y los envía a anunciar su Reino. Toda la fuerza de su Espíritu se expresará a través de esos hombres y mujeres tan frágiles. Esos discípulos se parecen a la precariedad del pesebre y a la locura de la cruz.

Ahora son ellos los que deben hacerlo presente. Jesús se va, pero se queda en su Espíritu, y ese Espíritu habita en los corazones de los discípulos. Ellos son la nueva presencia del Señor. Es una ausencia que permite otra presencia. Es una ausencia que implica una sorprendente confianza en aquellos hombres y mujeres. El Señor se va porque confía en que la semilla sembrada dará su fruto, que esa pequeña comunidad se dejará llevar por el Espíritu, que sus amigos irán interiorizando sus palabras y viviendo como Él les había enseñado.

No estamos llamados solamente a ser buenas personas, ni siquiera a ser buenos anunciadores de las palabras y las enseñanzas del Maestro; se nos propone algo más: se nos invita a ser nosotros su presencia más allá de nuestras debilidades; precisamente nuestras debilidades dejarán en claro que lo que importa es su misteriosa presencia.

San Pablo nos dice: “Que él se digne fortificarlos por medio de su Espíritu … que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, que supera todo conocimiento…” (Ef. 3, 16-19)



 

 

2 comentarios en «Les conviene que yo me vaya»

  1. Que se nos invite a ser nosotras su presencia más allá de nuestras debilidades, es una hermosa aventura que incluye disponibilidad y esfuerzo y nos abre a infinitas posibilidades. Gracias padre Jorge!!!

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