Para que el mundo se salve

Dijo Jesús:

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.» El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Juan 3,14-21


En este texto Jesús anuncia que será “levantado en alto”, como levantó Moisés la serpiente en el desierto. Se refiere al tiempo en el que los judíos eran atacados por serpientes venenosas y “Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un palo. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado. (Num. 21,9)  Jesús anuncia de esa manera el momento de su muerte en la cruz, por eso al mirar la cruz quedamos curados, porque recordamos de esa manera el momento en el que comienza la esperanza.

Mirar con fe el crucifijo es mucho más que recordar un hecho del pasado, es dejar entrar a ese acontecimiento en nuestra vida como una fuerza que la transforma, que le da a nuestra vida una nueva dimensión. ¿Cómo sería nuestra vida sin ese recuerdo? ¿Cómo sería nuestra vida si Jesús no hubiera muerto en la cruz? Recordamos un momento del pasado que transforma nuestra vida presente.

Las cruces de nuestras iglesias y de nuestras casas, o las cruces que llevamos colgadas del cuello o en alguna prenda de vestir, no son adornos ni amuletos, son el recordatorio del momento que cambió la historia de la humanidad y la vida de cada uno de nosotros. Son una invitación a mirar con fe al crucificado y a mirar con fe todos los dolores que nos rodean o que habitan en nuestros corazones. Todo es transformado mirando al crucificado porque en él descubrimos que la muerte y el dolor no tienen la última palabra.

Esas cruces son una invitación a contar con nuestra vida esa historia hasta terminarla, contar que ese que está en la cruz ahora está vivo en nuestras comunidades y en nosotros mismos. Ese signo identifica a los cristianos y transforma el mundo porque está acompañado por la fe en la resurrección, una fe que nos recuerda un acontecimiento que tampoco pertenece al pasado sino que es una realidad presente.

El signo de la cruz se completa cuando está rodeado de la comunidad que con su fe y su vida hace presente la resurrección. El signo completo es el crucifijo acompañado por la fe de la comunidad, el signo es el crucifijo rodeado de una comunidad que celebra su fe en la resurrección de aquel que está ahí clavado; eso hace que nuestra vida sea diferente, ese es el signo que da vida eterna porque nos recuerda que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera”; que nos recuerda que “Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.


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