Ellos se preguntaban qué significaría…

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

Marcos 9,2-10.


El texto que nos propone la liturgia este domingo es difícil de comprender si pretendemos acceder a él intelectualmente, a través de nuestra capacidad de razonar, pero si al leerlo nos dejamos llevar por su lenguaje simbólico, sugerente y cargado de poesía, nos podemos aproximar al mensaje que el Evangelio nos quiere transmitir.

Jesús llevó a estos tres discípulos a “un monte elevado”. En muchos textos bíblicos se señala que el Dios de Israel se manifestaba en los sitios “elevados”, montes, colinas, montañas. Esos eran los lugares privilegiados para el encuentro.

Luego el relato dice que Jesús “se transfiguró”, es decir, cambió su figura, cambió su aspecto. Los discípulos, por un instante, lo ven de una manera completamente nueva y conversando con “Elías y Moisés”. Elías simboliza a los profetas y Moisés a la Ley de Israel. Jesús “se transfigura”, es visto de una manera diferente, cuando se lo relaciona con “la Ley y los profetas”, es decir con toda la historia del pueblo elegido. (O con toda nuestra historia personal … )

La reacción de Pedro expresa su desconcierto y el de los discípulos: por una parte sienten una gran alegría, “hagamos tres carpas” quiere decir: “atrapemos este momento”, “que este instante no termine nunca”, y simultáneamente “estaban llenos de temor”. (Cuando Jesús cambia su aspecto, cuando no es como lo imaginamos, cuando lo relacionamos con nuestra vida, pueden invadirnos esos sentimientos.)

Entonces aparece la imagen de la nube. Es otra imagen que se usa muchas veces en la Biblia para expresar “el lugar en el que está Dios”. Dios habita “en el cielo”, “entre las nubes”. De ese sitio surge la voz que dice: «este es mi Hijo muy querido, escúchenlo«. Dios no solo está “en el cielo”, también está cerca, se lo puede oír. Dios no es algo lejano, es Padre, habla e indica a quien hay que escuchar: al Hijo.

Repentinamente vuelve todo a la “normalidad” y “no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos”. La vida cotidiana vuelve a su ritmo pero ya nada es igual. Los discípulos guardan en su corazón esa experiencia aunque no la comprenden con claridad. (Como nosotros podemos no comprender claramente este texto). Ellos “se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos”, pero ahora sí saben algo nuevo: Jesús no es solamente “el hijo del carpintero”, no es solamente lo que ellos pensaban. Tienen por delante un largo camino, poco a poco irán descubriendo quien era ese Jesús al que seguían. (Eso es ser discípulos, eso es seguir al Maestro: dejarse llevar por ese Jesús que siempre es mucho más de lo que podemos entender o imaginar).



 

 

 

 

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