Convertirse y creer

En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

«El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Marcos 1,12-15


Conviértanse y crean” dice Jesús. Durante este tiempo de cuaresma vamos a escuchar muchas veces que se nos invita a la conversión, a cambiar de vida, a alejarnos del pecado. Pero Jesús no dice como Juan el Bautista solamente “conviértanse”, dice “conviértanse y crean”.

Convertirse” es mucho más que alejarse del pecado a fuerza de buenos propósitos, se trata en primer lugar de mirar de otra manera, de cambiar el punto de vista. El término griego que se utiliza es “metanoia”, es una expresión clásica y cargada de historia: “meta”, indica cambio; “nous”, se refiere a conocimiento; es decir que se está hablando de cambiar la manera de conocer, cambiar la manera de mirar, ver de una manera nueva las personas, las cosas, la creación entera. No solo se trata de cambiar, es un cambio que nace de una nueva manera de ver. Entonces además de encontrarse un nuevo rumbo, se encuentra una fuerza nueva con la que es posible lograr cambios profundos y duraderos.

Conviértanse y crean”, además de cambiar hay que creer, ver de una manera diferente. Es cierto que en las enseñanzas del Maestro “convertirse” implica cambiar de actitudes y de maneras de actuar, pero más que algo a realizar con el esfuerzo de nuestra voluntad es algo posible de concretar con la fuerza que nos invade al verlo todo con una nueva luz. Con nuestras fuerzas y nuestros buenos propósitos podemos cambiar durante un tiempo algunas cosas, pero esos cambios suelen ser pasajeros y generar nuevas angustias; no es a eso a lo que nos llama Jesús. El Maestro no habla solo de cambiar sino que habla de vivir como hombres y mujeres nuevos.

Una comprensión muy limitada de “la conversión” como la decisión de abandonar “una vida de pecado” redujo esta palabra clave solo a una cuestión moral, a una imposición, un “deber ser” al que se puede acceder si se tiene suficiente “fuerza de voluntad”. Es verdad que quien “se convierte” cambia su vida anterior, pero no solo es eso. Quien “se convierte” ha descubierto algo y, al descubrirlo, descubre también en sí mismo una fuerza que lo impulsa a vivir de una manera diferente. De la misma forma que alguien que descubre su inclinación por la música, o por el deporte, o por cualquier actividad que lo apasiona, encuentra algo que “lo atrae”, que lo atrae “con fuerza”, y que despierta en él una fortaleza interior que antes desconocía; quien “se convierte” no solo encuentra en sí mismo “algo que debe cambiar” sino que descubre en su interior una fuerza nueva que lo impulsa hacia eso que ha descubierto como un bien que desea alcanzar.

Cuando “convertirse”, o “cambiar de vida”, es solo un “deber ser” que nos imponemos, rápidamente nos cansamos y lo más probable es que abandonemos el esfuerzo o que ese esfuerzo nos convierta en personas duras e intolerantes. El esfuerzo que debe hacer el discípulo de Jesús se parece más al esfuerzo del deportista que quiere alcanzar una meta que le apasiona, que al esfuerzo que realiza alguien que debe cumplir con un trabajo agotador que carece para él de todo interés. Es penoso observar que, en muchas oportunidades, nuestras comunidades se parecen más a un grupo de personas abrumadas por un duro trabajo que a un grupo que avanza con alegría hacia una meta que lo entusiasma.

Para convertirse es necesario creer y dejarse llevar por la fuerza de la fe, a eso se nos invita en cada cuaresma, a eso nos invita Jesús cuando nos dice “conviértanse y crean”.



 

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