Todos los santos, todos los pobres

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. Mateo 5, 1-12.


En el día de Todos los Santos la Iglesia nos propone reflexionar en la liturgia el discurso de Jesús llamado “las bienaventuranzas”. Quienes estamos acostumbrados a leer los evangelios conocemos muy bien este texto y probablemente lo sepamos de memoria. Es fácil de comprender lo que se está diciendo y sin embargo son palabras misteriosas. Como ante muchas otras palabras de Jesús nos encontramos en este discurso con propuestas provocadoras y desafiantes. Son expresiones que van a contrapelo de muchas convicciones en las que estamos cómodamente instalados. ¿Qué quiere decir “felices los pobres»? Fácilmente intuimos que son palabras que no deben ser comprendidas literalmente pero no nos resulta sencillo descubrir el verdadero sentido que esconden.

¿Quiénes son “los pobres”? En nuestro tiempo no es fácil responder a esta pregunta. El lugar que ocupa hoy la pobreza como tema económico, social, político o filosófico está determinado por el lugar que en nuestros días ocupa la riqueza. Cuanto mayor es la obsesión por la riqueza más centralidad adquiere el tema de la pobreza, y viceversa. Si adoptamos como definición de la pobreza la que ofrece la sociedad del consumismo entonces todos somos pobres porque nada es suficiente, siempre hay expectativas insatisfechas, desde esa perspectiva no podemos comprender el significado de la palabra «pobre» en los labios de Jesús. Cuando en los evangelios se habla de los pobres ¿de qué se está hablando?

La respuesta podemos encontrarla si nos acercamos a la pobreza, entonces aprendemos a distinguir entre la pobreza que viven los pobres y la pobreza que imaginan quienes desde lejos hablan de ellos. Cuando no observamos a distancia la pobreza, descubrimos que los pobres tienen mucho para enseñar y que una de las verdades más profundas e incómodas que enseñan es algo que puede sorprender: cuando estamos en contacto verdadero y cordial con los pobres, ellos enseñan que nadie es solamente pobre y que nadie es solamente rico. Los pobres enseñan a descubrir la riqueza que se esconde en ellos y la pobreza que se esconde en los que se creen ricos. Con su sola presencia enseñan a descubrir las pobrezas que se esconden en muchas riquezas y, además, y lo más importante, derriban todas las fantasías con las que ocultamos a nuestros propios ojos nuestra propia pobreza, de esa manera nos muestran el camino para conocerla y aceptarla.

¿Y quienes son los santos? Tampoco es fácil responder a esta pregunta, también ante los santos nos encontramos atrapados por una infinidad de imágenes que nos confunden: ¿acaso son los más buenos, los que tienen más fe, los que nunca cometen pecados, los que hacen milagros, los que la Iglesia eleva a los altares? Los santos, como los pobres, también son muchos y son muy diferentes unos de otros. Pero en algo coinciden todos: los santos son hombres y mujeres que solo tienen su esperanza puesta en Dios; son aquellos que, como los pobres, conociendo y aceptando sus debilidades ponen toda su esperanza en el Señor. Los pobres y los santos, aunque no encuentren palabras para explicar cómo ni por qué, solo confían en que Dios nunca los abandonará.

¡Por eso son bienaventurados! Por eso Jesús al descubrir quienes son los que comprenden sus palabras exclama: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25). Y también por eso María “proclama la grandeza del Señor … porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora” (Lc 1, 46ss). Y Francisco de Asís, el poverello, canta desde su pequeñez: “que no quiera tanto en ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar”.

Los pobres y los santos son los que tienen su confianza puesta en Dios, los ricos y los pecadores son los que tienen su confianza en sí mismos. Otros no tienen nada pero no son pequeños, solo esperan ser ricos y entonces no son pobres; también conocemos a quienes hacen todo bien pero tampoco son pequeños, no aman ni confían y entonces no son santos.

En este tiempo parece más urgente que nunca reflexionar sobre la pobreza y la santidad huyendo de las trampas que nos proponen tanto los que han perdido la vista cegados por la sociedad de consumo, como quienes la perdieron cegados por el resentimiento y las ideologías. Solo muy cerca de los pobres y de los santos, pero especialmente muy cerca de nuestra propia pobreza y con los ojos bien abiertos hacia ella, podemos intuir qué quiere decir el Maestro cuando dice “bienaventurados los pobres” y cuando dice “ustedes sean santos”.



 

 

 

 

 

 

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