Zaqueo era de baja estatura, como nosotros

20171015_162840DOMINGO XXXI C

Lc 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”.

Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.


Algunas traducciones de los Evangelios dicen que Zaqueo se subió a un sicómoro y otras dicen que se subió a una higuera, pero más allá de cómo era el árbol al que se trepó este hombre “de baja estatura», lo importante es averiguar qué significa ese árbol. Si observamos bien lo que hace Zaqueo podemos descubrir que utiliza el árbol como un “medio de comunicación”. Gracias a ese “medio” puede “ver quién era Jesús”. Pero además su ubicación tiene otra ventaja: le permite ver sin ser visto, algo importante para él que era despreciado por todos por su condición de “publicano” y “muy rico”.

Este hombre hace lo necesario para tener otro “punto de vista”. Podemos imaginar que ya no era muy joven y que subir hasta esas ramas no le debe haber resultado fácil. Por otra parte si se trataba de alguien ya conocido por su fortuna y su posición social también podemos suponer que la situación sería para él un poco incómoda. Pero nada de eso lo detiene porque “quería ver quién era Jesús”. Toda esta escena nos puede proponer algunas preguntas: ¿para “ver a Jesús” qué estoy dispuesto a hacer? ¿Voy a utilizar algún medio o simplemente voy a esperar donde estoy y sin moverme? ¿O acaso considero que con mi estatura es suficiente, que “estoy a su altura”? ¿Para ver al Maestro estoy dispuesto a cambiar mi “punto de vista”?

Entonces Jesús mira hacia arriba, lo llama por su nombre y lo invita a bajar “porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. El Señor conoce el nombre de quien lo busca, sabe como se llama aquel que encuentra la manera de “ver quién era Jesús”. Parece que reconocer nuestra “baja estatura” es suficiente para escuchar nuestro nombre en sus labios. Solo es suficiente eso, buscarlo. El gran pensador Pascal dejará para siempre una frase inolvidable cuando le hace decir a Dios: «Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado«.

Pero el Señor siempre sorprende: no solo lo llama y lo pone a su misma “altura” sino que además le pide un lugar para dormir. En otros casos Jesús se sienta a la mesa y comparte la comida, ahora va más allá: “hoy tengo que alojarme en tu casa”. Ya lo había dicho en otro momento: “el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt.8,20). Aquél que reconoce que no tiene la estatura suficiente para verlo se convierte en el dueño de casa que lo recibe con alegría.

Entonces entran en escena los otros, los que no eran de baja estatura: “todos murmuraban, diciendo: se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Jesús no pronuncia sus nombres, los invita a cambiar su “punto de vista” y les dice “también este hombre es un hijo de Abraham”, o sea, un hermano. Además de publicano y muy rico es un hermano. Sus prejuicios les impiden ver a Zaqueo solo pueden ver en él a un publicano rico.

Entonces podemos formularnos algunas preguntas en estos tiempos en los que creemos que hemos superado muchos prejuicios. Lo establecido como “políticamente correcto” es no tener prejuicios sobre los homosexuales, ni los negros, ni los musulmanes, y una larga lista. Pero siguen ahí, intocables, otros prejuicios, por ejemplo sobre “los ricos” y “los pobres”. Según sea nuestra mirada o nuestra ideología ni los unos ni los otros son “hermanos”, no conocemos sus nombres, solo conocemos nuestro “punto de vista”.

Zaqueo reconoce su poca estatura, encuentra la manera de “ver quién era Jesús” y ese día llegó la salvación a su casa. Los que murmuran  no pueden ver a Jesús aunque lo tienen adelante  por la misma razón por la que no pueden ver a su hermano: por sus prejuicios.


 

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