Una sorprendente alegría

images.jpegDOMINGO XXIV

Lc 15, 1-10

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido’.

Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Y les dijo también: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido’. Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”.


La escena nos muestra a unos personajes oscuros que murmuran. Hablan en voz baja criticando la actitud del Maestro que se acerca a los pecadores. Señalan que “come con ellos”, es decir que comparte la vida familiar, que no solo se acerca por un momento para enseñarles algo y lograr que “retornen al buen camino” sino que pasa tiempo con ellos, come, se ríe, comparte anécdotas, comparte vida. Es eso lo que les resulta insoportable: tratarlos de igual a igual como si no fuera importante la vida que ellos llevan, como si diera lo mismo ser pecador que no serlo.

Se confunden. Para Jesús no es lo mismo. Sabe muy bien quienes son aquellos con los que está comiendo, sabe muy bien como viven y justamente está allí compartiendo con ellos porque lo sabe. Pero quiere enseñarles algo a los que están murmurando. No come con los pecadores para enseñar a los pecadores sino a los murmuradores, ellos son los destinatarios de las parábolas.

Aquellos oscuros personajes desconfían de Jesús y no quieren estar con él, pero, por el contrario es justamente a ellos a quienes el Señor se dirige, es para ellos que se ha montado toda esa escena. Jesús no solo está mostrando amor hacia aquellos que están con él sentados a la mesa sino también, y especialmente, a aquellos que se mantienen a distancia, atrapados por sus prejuicios e incapaces de ver más allá de sus esquemas mentales.

Como todos los que están encerrados en sí mismos “los fariseos y los escribas” están resentidos y tristes. Entonces Jesús les habla de la alegría, les dice lo que tienen que hacer para estar contentos y abandonar su actitud altanera y resentida: solo tienen que reconocer que ellos no son diferentes, que también son pecadores, que también tienen ganas de abandonar su ceguera y sentarse a la mesa con el Maestro y pasarla bien.

En los evangelios, aceptar que se es un pecador no es aceptar que uno es una mala persona; es aceptar que uno no es Dios, solo Dios no es pecador. Cuando juzgamos a los demás como pecadores asumimos la pesada tarea de ser quienes deciden lo que está bien y lo que está mal, de ser como dioses. El Señor ha venido a liberarnos de ese peso que es superior a nuestras fuerzas. Por eso junto a Él todo es alegría.


 

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