Soplar sobre la herida

Fragmento de mi libro Soplar sobre la herida

Explorar0015


Capítulo dos

Puerto Argentino

El alojamiento era en una posada en la que había que compartir las habitaciones y éramos todos muy distintos. Personas completamente diferentes que teníamos que poner en común, por unos días, realidades muy profundas de nuestras vidas en un contexto extraño y cargado de significaciones. Eran más o menos las cuatro de la mañana y llegábamos silenciosos a esa pequeña ciudad de casas de colores. El cielo estaba lleno de nubes pero se notaba la luz, en ese confín de la tierra en verano casi no hay noche. El viento, siempre presente, nos seguía a todas partes.

Pese a las dificultades la actitud de todos fue excelente. Mi sensación era de sorpresa. Pensaba que la convivencia sería más difícil. Todavía no había aprendido algo que me enseñarían esos días: a distinguir para siempre en mi vida el sufrimiento de las quejas. Los que sufren en serio se quejan poco. Cuando se llega al lugar donde la guerra realmente estuvo y con personas en las que ese dolor aún vive, importan poco la falta de baño, la puerta rota, el espacio reducido. Los dueños del lugar fueron amables, para ellos tampoco era fácil. Los miedos sobre una recepción hostil seguían diluyéndose.

Apenas dormí un par de horas y salí a caminar. Serían las siete de la mañana, a las ocho había que desayunar y a las nueve salir hacia el cementerio de Darwin. Caminaba solo. En realidad estaba solo por primera vez después de muchísimo tiempo. Para ser sincero me parecía que hacía un siglo que no tenía un minuto de intimidad. Para mí son importantes los tiempos de soledad y estar siempre con gente me agobia un poco. No había un alma en la calle. Mucho viento y mucho frío. Instintivamente caminé hacia el mar que estaba a una cuadra. Tenía ganas de llorar y no sabía por qué. “Dios mío, ¿qué hago acá?”

Es común que nos pregunten a los curas cómo hacemos para estar tantas veces en la vida muy cerca del dolor. Nos dicen: “¿Cómo hacés para bancarte todo lo que tenés que escuchar?”. Cuando contaba que iba a ir a Malvinas con un grupo de familiares a celebrar la misa en el cementerio de Darwin muchos se admiraban y me advertían sobre lo difícil que sería. Y después del viaje muchos me preguntan sobre lo que sentí en esos días. La verdad es que no es tan heroico como parece. Lo difícil de ser cura no es el momento de la confesión o de la visita a un enfermo o del velatorio; lo que importa es vivir de una manera que te permita hacer eso con sencillez y normalidad.MALVINAS 22

“Dios mío, ¿qué hago acá?” Cuando se tiene la oportunidad de acompañar a otras personas en el momento del sufrimiento uno se alegra de tener la fe que tiene y de encontrar en la Biblia tantas palabras que ponen luz en el dolor. Siempre es extraordinario ver cómo la Biblia se toma tan en serio el sufrimiento humano, no se escapa del problema, no mira para otro lado ni propone caminos de evasión. En la Biblia, como en la vida, el sufrimiento humano está presente como algo que no debería estar. Es misterio que deja sin palabras y no se proponen soluciones simples o frases hechas como consuelo. No encontramos en esos textos ninguna de esas respuestas convencionales y vacías a las que nos ha acostumbrado esa atmósfera de cristianismo superficial en la que vivimos. Profetas, sabios, mártires, santos, nos hablan deshechos por el sufrimiento pero sostenidos por su fe y nos conducen de la mano hacia el misterio que se esconde en el dolor. El mismo Jesús se muestra sensible a todo dolor humano; nunca es testigo de un padecimiento sin quedar conmovido, pero no siempre lo suprime sino que lo consuela y es capaz de cambiarlo en alegría, pues en sus enseñanzas el dolor prepara para recibir el Reino, para entender su Palabra, para conocerlo a Él.

“Dios mío, ¿qué hago acá?” La pregunta vuelve una vez más y las respuestas que otras veces sirvieron no aparecen. El viento y el frío sacan algunas lágrimas de mis ojos. Siento cómo instantes después el mismo viento las seca sobre mi cara. Algo me recuerda el gesto de soplar sobre una herida para que se seque, se alivie, se cure. Repentinamente aparece la respuesta: soplar la herida. Eso es, ¿qué hago acá? Soplar sobre la herida.

Poco a poco fueron apareciendo otros que no podían esperar más en el hotel y habían salido a caminar. La señora América, mamá de un soldadito, se acercó a mí cuando estaba por entrar en la Iglesia Anglicana y me acompañó. Casi no hablamos y nos pusimos a rezar. El templo era muy acogedor e invitaba a la oración. Ella y su hija, Indiana, que la acompañaba, (sus nombres se cargaban de riqueza simbólica en ese lugar) fueron de las que estuvieron en todas las misas y eran también de las que estaban más acostumbradas a una práctica religiosa. Con la emoción siempre presente en la mirada tenían ese tipo de fe que tanto conmueve: la fe de los que siguen rezando al mismo Dios que una vez los desilusionó.


LEER MÁS


Deja un comentario