He venido a traer fuego

fire-bowl-1397855_960_720Domingo XX

 Lc 12, 49-53

 Jesús dijo a sus discípulos: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”.


Jesús en algunas oportunidades se expresa a través de parábolas y en otras utiliza metáforas. Las parábolas son narraciones breves que contienen alguna enseñanza o algún mensaje; las metáforas son figuras con las cuales se expresan ideas o conceptos que tienen alguna semejanza con esa imagen que se utiliza. El Señor utiliza habitualmente estos recursos porque lo que quiere transmitir va más allá de las palabras, no hay palabras capaces de transmitir fielmente sus mensajes. Esto implica de parte nuestra un constante esfuerzo de interpretación de esos signos que el Maestro utiliza.

En el texto que la liturgia nos propone hoy el Señor utiliza metáforas, en primer lugar la imagen del fuego, luego la del bautismo y finalmente la imagen de la familia dividida. Ninguna de las tres debemos leerlas literalmente sino como lo que son: metáforas que encierran un mensaje.

El fuego. El fuego no solo destruye, también calienta, protege en la noche, purifica, transforma. Para los que escuchaban a Jesús a lo mejor la imagen evocaba especialmente la idea de purificación y transformación. El fuego formaba parte habitual de la vida familiar, al fuego la mayoría de los alimentos más sustanciosos eran comestibles, la vida cotidiana transcurría en torno al fuego. Jesús está diciendo que él ha venido a transformar la realidad; está diciendo que él ha venido a dar vida como la da el fuego, es decir, transformando, purificando.

El bautismo. El rito de sumergirse en el agua y después de un momento volver a la superficie simbolizaba la muerte y el retorno a una nueva vida. Al igual que en el caso del fuego el bautismo implica una purificación y una transformación. El Señor está utilizando otra imagen que refuerza la misma idea: él ha venido a traer una novedad que entraña una profunda transformación.

La familia dividida. En este caso la imagen utilizada por el Maestro es más difícil, o mejor dicho, más desafiante aún que las anteriores. Está diciendo algo que puede sorprendernos: los conflictos familiares también pueden contener un aspecto positivo, pueden ser profundamente transformadores de las personas. En esos conflictos, que muchas veces son cotidianos, se van construyendo las diferentes personalidades de los miembros de la familia, pueden ser dolorosos como el fuego pero también, como el fuego, purifican, transforman; sacan a la superficie lo que hay en el fondo de los corazones y de esa manera también sanan esos corazones.

El Señor habla con sencillez y utiliza imágenes fáciles de comprender, pero no hay que confundirse, eso no quiere decir que lo que nos transmite sea fácil. Su propuesta es siempre exigente porque es una propuesta que nace del amor. El amor no solo es una experiencia siempre placentera como en nuestro tiempo se nos quiere hacer creer; también es siempre exigente: transforma, purifica, arranca de la comodidad y la superficialidad y permite descubrir lo mejor que hay en cada uno de nosotros.

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!”


 

Una respuesta a “He venido a traer fuego”

Deja un comentario