Con mi dinero hago lo que quiero

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DOMINGO XVIII C

Mt 5, 3

Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió́:“Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”.

Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.

Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’. Después pensó́: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré́ otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’. Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.


“Con mi dinero hago lo que quiero”. Se trata de una frase bastante común que es repetida sin mucha conciencia de lo que se está diciendo. Poco a poco se ha convertido en una creencia generalizada e incluso muchas personas honestas y generosas la repiten convencidas de estar diciendo algo razonable y hasta obvio. De ninguna manera se trata de una obviedad, tener dinero, mucho o poco, es siempre en primer lugar una responsabilidad. Y habría que agregar: una grave responsabilidad.

El texto bíblico nos recuerda una parábola de Jesús en la que se nos presenta a un personaje que ha acumulado una fortuna. No se trata de alguien que se ha apropiado del dinero perjudicando a otros sino de un hombre rico “cuyas tierras habían producido mucho”. Por lo tanto es dinero honestamente ganado. El hombre decide gastarlo todo en sí mismo y eso lo convierte en un “pobre hombre” aunque se trate de un “hombre rico”. “Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí” dice Jesús en la parábola. No es necesario leer el texto interpretándolo al pie de la letra, no importa si esa noche ese hombre se muere o no, lo cierto es que al relacionarse así con su riqueza “ya está muerto”.

¿Por qué? Era dinero honestamente ganado ¿por qué no disponer de él según su capricho? Porque la riqueza es siempre un bien relativo: siempre se es más o menos rico con respecto a otros que son más o menos pobres. La incapacidad de relacionar la propia riqueza con las necesidades de los demás pone de manifiesto una ceguera, una incapacidad para ver a los otros y relacionarse con ellos. Solo puede pensar que con su dinero «uno hace lo que quiere” quien no quiere a nadie; cuando alguien está absolutamente solo en este mundo, cuando, como el personaje de la parábola, “está muerto”.

Por desgracia no se trata solamente de una metáfora. Hoy lo medios de comunicación nos muestran una y otra vez la triste realidad de tantos “ricos y famosos” consumidos por las drogas, el alcohol y hasta quitándose la vida.

¿Y cómo se llega a estar tan ciego? ¿Cómo se llega a tanta soledad? Las palabras de Jesús nos dan otra pista para respondernos: ese pobre hombre rico que solo pensaba en ampliar sus graneros y darse una buena vida tenía toda su seguridad y su esperanza puesta en su fortuna. “La vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” dice el Maestro de Galilea, y en esta frase la clave está en la palabra “asegurada”.

Solo está “asegurada” la vida del que confía en Dios y en sus hermanos. Cuando nos encerramos en nosotros mismos “estamos muertos”: “esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.


 

2 respuestas a «Con mi dinero hago lo que quiero»

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