La cruz

Pablo dice a los Corintios que él ha sido enviado “a anunciar la Buena Noticia, y esto sin recurrir a la elocuencia humana, para que la Cruz de Cristo no pierda su eficacia”.

Como ya vimos, al Apóstol no le alcanzan las palabras para expresarse y prefiere que sus razonamientos suenen a una “locura” antes que traicionar el mensaje que contiene esa Cruz. No quiere hablar de la resurrección sin hablar de la Cruz porque es esa muerte ignominiosa de Jesús la que le da a la resurrección su fuerza, la que inserta ese acontecimiento en la historia del pueblo de Israel y de toda la humidad. Es la Cruz aquello que evita que el mensaje de la resurrección se iguale a tantos otros relatos mitológicos que hablan de la vida después de la muerte.

Muy lentamente se va convirtiendo el signo de la Cruz en el gran signo que identifica a las comunidades que caminan junto al Maestro. En los primeros tiempos, varios siglos, esa imagen era demasiado dura y difícil de aceptar ¿cómo reunir a la comunidad en torno a esa figura que resulta dolorosa hasta el extremo de la repugnancia? Paulatinamente la Iglesia va descubriendo que ese signo es completado por la presencia de la comunidad reunida para celebrar la resurrección de aquél que de esa manera ha muerto. La comunidad reunida en torno a la Cruz y celebrando la resurrección de aquel que allí se desangra hasta morir, se convierte desde entonces en el gran signo vivo que expresa el misterio.

Las cruces que se encuentran en las iglesias cristianas, aquellas que podemos ver en las paredes de nuestras casas o las que pueden colgar del cuello o fijarse en una prenda de vestir, no son adornos. La Cruz es un signo que nos invita a continuar contando esa historia hasta completarla. Junto a una cruz estamos apremiados a mostrar con nuestra vida de qué manera ese crucificado está vivo.

Solo la noche “conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo”, y solo desde nuestras noches podemos hablar de la resurrección del crucificado. Ese es el signo, el signo vivo: la vida del cristiano que proclama la resurrección desde su noche. Puede ser la noche de la enfermedad o del exilio; de la guerra o del hambre; del terror o la injusticia; desde muchas noches, desde todas las noches, desde la noche de cada corazón puede completarse esa historia que se comienza a narrar en cada cruz.

 

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos», Jorge Oesterheld

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