La Cena

El primer gran signo aparece pocos días después de Pentecostés. Aún no se han apagado los ecos de aquellas jornadas dramáticas y los discípulos ya hablan de un lugar especial para el encuentro con el Maestro: la “Cena del Señor”. Aquella comida se convierte rápidamente en una oportunidad privilegiada para reencontrarse con el resucitado. Tal como el Señor les había dicho que hicieran, ellos se reúnen y repiten ese gesto de compartir el pan y el vino.

Esos encuentros son el momento de “hacer memoria”, de recordar los signos y las palabras del Maestro. De esa manera hacen presente al resucitado y los discípulos experimentan su presencia como real y así lo viven y transmiten. Verdaderamente el Señor está presente en la celebración de esa Cena tal como lo prometió.

Con el paso del tiempo se convierte esa comida en un rito litúrgico y aparece el riesgo de reemplazar la experiencia por un ritualismo vacío de contenido, pero ese peligro es superado también con el correr del tiempo por infinidad de personas que experimentan en la “Cena del Señor” el encuentro vivo con el resucitado. Lo esencial de aquella comida ha permanecido intacto a lo largo de dos mil años y la celebración de la que se puede participar hoy en cualquier parroquia, en lo más hondo es fiel reflejo de aquella comida del Señor con sus discípulos.

No se trata de un drama que se representa ante espectadores sino que en él todos somos actores.  Lo que ahí se relata también ocurre en la vida de los que escuchamos. Todos tenemos parte en ese drama y desempeñamos en él un papel, las acciones de cada uno influyen en el desarrollo del argumento. Participar de la eucaristía significa tomar partido, elegir un lugar desde el cual vivir el drama del mundo. Para que la eucaristía sea el tiempo y el lugar del encuentro con el resucitado es necesario revivir la tragedia que allí se comunica.

Cuando se reduce la Cena del Señor a un encuentro festivo o a una bella ceremonia, y se la arranca del contexto en el que esa Cena se celebró: la noche, la traición, la angustia, el miedo; entonces es difícil que ese momento sea un encuentro con el resucitado. Cuando la eucaristía es solamente “una devoción”, algo “que me hace bien”, una práctica que tiene como protagonista al discípulo y no al Maestro, entonces pierde su fuerza de signo, deja de ser el lugar en el que Jesús “se deja ver” y la celebración de la Pascua es una formalidad vacía.

Caminamos juntos compartiendo la Cena del Señor, allí se encuentra el alimento que fortalece en el camino. Si bien lo que se evoca ocurrió hace dos mil años, el hecho de recordarlo lo hace presente y contemporáneo. Al hacer memoria ponemos en contacto nuestra vida con ese manantial de vida que brota de la fuerza imparable de la resurrección del crucificado.  

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos«, Jorge Oesterheld

Autor: jorgeoesterheld

Homilías, escritos y reflexiones

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