2 de abril

En un nuevo aniversario de la guerra de Malvinas comparto el primer capítulo del libro que escribí luego de mi viaje a las islas, en noviembre del año 2.000. Entonces pude celebrar la Santa Misa en el cementerio de Darwin acompañando a familiares de los héroes que allí descansan.

Soplar sobre la herida

La memoria y el dolor

(Capítulo 1)

La última mañana en las islas una de las madres del grupo hizo saber que no quería volver. Se quedaría junto a su hijo para siempre, se iría a caminar por un campo minado.

El dolor la había desbordado pero el grupo supo contenerla. Habían pasado 18 años de la guerra y las heridas estaban ahí, abiertas y sangrantes. Volver a nuestras casas parecía una aventura tan inmensa como el viaje hacia Malvinas, ¿qué hacer con el dolor?, ¿con quién compartirlo?, ¿cómo se sigue?

Si esas preguntas brotaban en mí, que apenas había rozado el doloroso misterio de esas islas, ¿qué podía haber en el corazón de quienes volvieron de la batalla?, ¿cómo no comprender que el dolor desbordara en el corazón de esa madre?

De una manera extraña uno se convertía en testigo casi involuntario de algo que no podía callar. Si aún hay alguien que desea caminar por un campo minado para que no duela más, no hay manera de hacerse el distraído. ¿Cómo cerrar el corazón y jugar a que ya pasó todo, como si lo de después y lo de antes no formaran parte del mismo dolor? Era testigo y no podía evitarlo. Había estado ahí y había visto. 

Me puse a escribir porque creo en las palabras. La manera que tenía de conservar vivos esos recuerdos era hablar, escribir, poner en palabras la memoria. Éste fue el primer tema que me impulsó al papel: la profunda y extraña relación entre la memoria y el dolor. En las islas experimenté cómo la memoria puede curar el dolor o multiplicarlo hasta el infinito.

No es fácil conservar la memoria cuando ella viene cargada de dolores, miedos, resentimientos, mentiras. Por una parte hay que conservar la memoria y por otra evitar que el mal y el dolor que vienen con ella nos paralicen, invadan nuestra vida y encuentren en nuestro corazón una casa nueva desde la cual seguir generando más frustración y más sufrimiento.

En general queremos olvidar porque los recuerdos dolorosos tienden a apropiarse de todo. Pero, por otra parte, es inútil ocultar lo ocurrido, tarde o temprano eso produce un dolor mayor. Entonces, ¿hay que olvidar o recordar? 

La tarea es “cultivar” la memoria, dándole a la palabra “cultivar” el claro sentido que tiene cuando se habla de cultivar la tierra. Es como cuidar una planta y protegerla. Asegurarse que tenga agua y luz, pero también que los bichos o los yuyos no le impidan vivir. Cuidar el recuerdo de un dolor es vivir arrancando los yuyos de la bronca que le impiden crecer como dolor y lo convierten en otra cosa: odio, miedo, depresión y mucho más.

Con la excusa de “conservar la memoria” hace muchos años que cultivamos odios y rencores. Transmitimos de generación en generación dolores inconclusos. Al hacerlo así estamos logrando que los dolores que a nosotros nos afligen lleguen intactos hasta nuestros hijos. Nos hemos complacido en una forma de memoria que como potente ácido ha ido penetrando todas las relaciones sociales hasta sus más profundos entresijos. Nuestra historia, como todas, está tejida de tristezas y alegrías, logros y tragedias, pero nuestra obsesión por conservar en el congelador las frustraciones nos condena a un pesado sueño, siempre repetido, que nos hace volver a ver una y otra vez las heridas abiertas.

Puedes acceder al libro on-line, o guardarlo como pdf y tenerlo en tu equipo haciendo clic aquí : SOPLAR SOBRE LA HERIDA

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