Un hombre tenía dos hijos

IV CUARESMA C

Parábola del padre misericordioso: Lc. 15, 11-32

Leer la parábola


La parábola que hoy escuchamos en la liturgia es probablemente una de las más bellas y conmovedoras de todas las que Jesús ha pronunciado. En lo esencial es un texto que recordamos siempre desde el primer día que lo escuchamos, pero no es bueno suponer que ya lo conocemos, todas las veces que lo releamos son pocas.

El centro de la parábola es la imagen del padre que abraza a sus hijos y que tiene palabras de amor para cada uno de ellos. Es un pasaje que nos habla del inagotable amor de Dios. Pero aunque ese sea el centro del relato muchas veces ponemos más atención en las actitudes de los hijos que en la actitud del padre. 

No hay en este relato un “hijo bueno” y otro “hijo malo”. En realidad los dos hacen las cosas mal. El menor actúa mal al abandonar la casa paterna y también cuando decide volver a ella como un jornalero y no como un hijo. El mayor hace mal al quedarse en casa junto a su padre como si fuera un jefe al que solamente hay que obedecer y cuando desconoce a su hermano diciendo “ese hijo tuyo”. Ninguno de los dos se comporta como un hijo ante un padre.

A ambos el padre tiene que enseñarles a ser hijos y no empleados suyos, en los dos casos quiere ir más allá de lo que a los hijos les corresponde desde el punto de vista legal y quiere hacerles comprender que el vínculo entre ellos, (entre los tres), tiene que ser el amor mutuo. Como ocurre en muchos momentos Jesús intenta hacerles entender a quienes les habla que son hijos y no jornaleros. 

Eso es lo que Jesús quiere decirnos: ¡son hijos de Dios! ¡Dios no es alguien lejano al que hay que tratar como a un jefe sino alguien cercano y lleno de amor! La relación con Dios no es una relación jurídica en la que a algunos les corresponde hacer algunas cosas y a otros otras. Lo que Jesús dice es algo muy novedoso a los oídos de los judíos acostumbrados a una religiosidad definida por la ley.

Tiempo después, en su carta a los Gálgatas, San Pablo explicará que somos hijos de Dios de esta manera: “la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abba!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios” (Gal. 4,4).

Sin embargo, aun hoy y entre los hijos de la Iglesia, es habitual encontrar personas que quieren establecer con Dios una relación que se apoya en una serie de obligaciones que deben cumplirse para estar en paz con un Dios severo y distante. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo por el que se elige una relación jurídica en lugar de una relación de hijos? Habitualmente la respuesta a esas preguntas es simple: porque es más fácil. Un vínculo que se apoya en el amor es más exigente que uno que se apoya en las obligaciones estipuladas por un contrato.

Regresemos una y otra vez a esta parábola hasta que nos emocione escuchar que somos hijos de ese Padre.


Autor: jorgeoesterheld

Homilías, escritos y reflexiones

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