Tiempo de domingo


(Síntesis charla)

Este es el tercer domingo del tiempo de cuaresma que la Iglesia nos invita a recorrer este año. ¿Qué recordamos de los dos anteriores? Es importante recordarlos porque eso nos permite hacer un camino. Si cada domingo hablamos del tiempo de cuaresma pero sin hacer referencia a los anteriores no estamos viviendo un tiempo sino acontecimientos aislados. 

El primer domingo recordábamos que las prácticas cuaresmales eran eso, prácticas; ejercicios que nos preparan para la vida. La vida es lo que ocurre fuera del rato que estamos en el templo. La fe se hace vida en contacto con la realidad, es ahí donde se convierte en esperanza y en caridad. En la vida de todos los días la fe se convierte en esperanza ante las dificultades que no podemos resolver y se convierte en caridad ante las dificultades de nuestros hermanos.

El segundo domingo recordamos que cuando esa fe se hace vida nuestra vida es diferente, no es igual a la vida que nos propone el mundo en el que vivimos. Y recordamos también que esa diferencia consiste en tener una actitud ante la vida como la que tiene Jesús, o sea en el amor. Por eso para vivir como cristianos tenemos que aprender a escuchar a Jesús que nos habla en la misma vida y a través de su Palabra.

Hoy el evangelio nos presenta un jardinero que pide un año más para cuidar una higuera que no da fruto. Pide un tiempo para remover la tierra, regar y abonar la planta. Pide un tiempo “de cuaresma” para la higuera, un tiempo de “amor a la higuera” para ver si la planta reacciona y da frutos.

¿Cuánto tiempo dedicamos a cuidar nuestra fe, a cultivarla, para que de frutos de esperanza y de amor? Seamos concretos, miremos nuestro día y hagamos cuentas. Por ejemplo ¿Cuánto tiempo de oración y cuanto tiempo de televisión? ¿Cuánto tiempo para los demás y cuanto tiempo para nosotros mismos? ¿Cómo usamos el tiempo?

Hay un tiempo para cada cosa bajo el sol:

un tiempo para nacer y un tiempo para morir,

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;

un tiempo para matar y un tiempo para curar,

un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;

un tiempo para llorar y un tiempo para reír,

un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;

un tiempo para arrojar piedras y un tiempo para recogerlas,

un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse;

un tiempo para buscar y un tiempo para perder,

un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;

un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,

un tiempo para callar y un tiempo para hablar;

un tiempo para amar y un tiempo para odiar,

un tiempo de guerra y un tiempo de paz. (Eclesiastés 3,1)

¿Cómo uso mi tiempo?

Una de las más importantes instituciones que hemos heredado del pueblo judío ha sido la tradición del descanso semanal: el sábado, y en nuestro caso el domingo. Un tiempo para detenernos y encontrarnos con nosotros mismos, con la familia y con Dios. Un tiempo sagrado.

Una de las mayores pérdidas del cristianismo ha sido reducir el domingo a la “obligación de ir a misa”. No se trata de eso. La misa es sin dudas importante pero celebrar el domingo es mucho más que ir a misa.

Nos lamentamos de “la locura en la que vivimos”, nos lamentamos de “la destrucción de la familia”, nos lamentamos de “la pérdida de valores”; y no nos damos cuenta que todas esas cosas están relacionadas con nuestra incapacidad para detener el ritmo que nos impone la sociedad y encontrarnos con lo que somos como personas, como familias, como hijos de Dios.

La cuaresma es un tiempo. El domingo es un tiempo. La oración es un tiempo. La caridad es un tiempo.

Nuestros corazones necesitan esos tiempos como nuestros cuerpos necesitan el agua y el pan. Si a nuestros corazones no los cuidamos después no podemos quejarnos ni echarle la culpa a nadie. 

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