“¡Y Él mismo será la paz!”

El relato evangélico del nacimiento de Jesús en Belén nos recuerda que aquel niño envuelto en pañales ha venido a traer paz a la tierra. El mensaje, puesto en boca de un ejército celestial, no es tan inocente como parece. En aquellos tiempos y en esas comarcas la palabra paz no era una expresión vacía, estaba cargada de un significado político muy concreto: la paz era el fruto del triunfo del emperador sobre todos sus enemigos, era el César con sus ejércitos el que imponía y garantizaba la paz.

Tampoco es casual que ese nacimiento ocurriera cuando se está realizando un censo. Aquellos censos permiten conocer la cantidad de hombres con que el emperador cuenta para la guerra y sirven también para calcular la mano de obra disponible; a partir de esos datos se establecen los impuestos que se cobran a cambio de la paz que aquellos ejércitos “garantizan”. Si leemos atentamente descubrimos que en estos textos se está diciendo que cuando el imperio hace sus cuentas para conocer su poder aparece en Belén otra fuerza, otra manera de establecer la paz.

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