El mandamiento de Dios y la tradición de los hombres

DOMINGO XXII

Mc 7, 1-23

mandamientosLos fariseos con algunos escribas llegaron de Jerusalén y se acercaron a Jesús y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras de la vajilla de bronce y de las camas.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»  

El les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, en vano me rinden culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos”. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres.»

Y llamando otra vez a la gente, le dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

Este pasaje de los evangelios nos presenta a Jesús enseñando a sus discípulos a distinguir entre los mandamientos de Dios y las tradiciones que habían recibido de sus antepasados. El Señor, en su afán por liberar a sus hermanos de las pesadas cargas con las que eran agobiados, además de preocuparse por los injustos impuestos y las iniquidades con las que se los sometía, está atento a otras servidumbres, más sutiles, pero quizás más pesadas: mandatos y tradiciones que legitimaban aquellas formas de opresión.

En nuestro tiempo, la sociología, la psicología y otras ciencias humanas, nos permiten comprender con mayor claridad hasta qué punto determinadas creencias o concepciones de la vida, pueden convertirse en instrumentos de dominación de las personas. Por ejemplo, una visión distorsionada del valor de la mujer y su papel en la sociedad ha sido la clave para justificar el machismo que durante siglos fue aceptado como normal.

La mirada de Jesús desenmascara esas trampas. Su amor a Dios y a sus hermanos le permite ver más allá y descubrir esos hilos invisibles con los cuales eran sometidos los hombres y mujeres de su pueblo. Seguir a Jesús implicaba experimentar la paz que nacía en sus corazones al comprender que aquello que les presentaban como mandatos de Dios eran solo tradiciones humanas; costumbres que se habían convertido en cargas difíciles de llevar.

Vemos así a Jesús, una vez más, poniéndose en el lugar de los marginados. El maestro de Nazaret, que atribuye en sus parábolas roles positivos a la gente que pertenecía a los grupos más odiados, los samaritanos, los publicanos, las prostitutas; también desafía las concepciones culturalmente establecidas. Su conflicto con quienes detentaban la autoridad moral e intelectual en la sociedad de su tiempo se debe a que el Señor denuncia a esos personajes porque pretendían ampararse en cuestiones religiosas para obtener ventajas económicas y sociales.

Es fácil percibir en los relatos evangélicos una tensión permanente entre el Señor y las personas, los grupos, las instituciones y los símbolos que configuran el centro, lo “mejor” de la sociedad. Eran ellos los que imponían pesadas cargas a los más pobres través de mandatos que se hacían en nombre de Dios. «¡Hipócritas! … Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.»

Ya en sus despedidas Jesús sintetizará todos los mandamientos en uno solo y será ese el punto de referencia, lo único importante: Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros (Jn 13,34).


 

2 comentarios en “El mandamiento de Dios y la tradición de los hombres

  1. María del Carmen

    El amor de Jesús es increíblemente superior al amor humano… tal vez podamos crecer en el amor y esperar la misericordia de Jesús ante nuestras limitaciones? GRACIAS…GRACIAS…GRACIAS.

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