Ha llegado la hora

pasion

V domingo de cuaresma  Juan 12:20-33

El camino cuaresmal va llegando a su fin. Las palabras de Jesús adquieren un dramatismo inocultable: “Ha llegado la hora”; “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”; “Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.”

La Pasión, que vamos a rememorar la semana que viene, nos acerca al centro del misterio de la vida de Jesús: la salvación no se realiza por discursos o milagros, todo aquello fue solamente para manifestar quién era Él y enseñarnos a confiar en su palabra. La salvación del hombre y la mujer sometidos al poder del pecado requiere algo más: se realiza atravesando la Pasión y su dolor; atravesando las puertas de la muerte y su misterio. Lo dice la liturgia: quien había vencido en un árbol – la serpiente – debía ser en un árbol vencido, en el árbol de la Cruz.

El Señor no se nos muestra en esta escena como un super-héroe que avanza con rostro duro hacia la batalla, al contrario, nos abre su corazón y expresa lo que siente: “Ahora mi alma está turbada”. Todo es incomprensible, solo hay una luz en la oscuridad y lo expresa así el pregón que proclamaremos en la liturgia de la Vigilia Pascual: “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.” La Resurrección de Jesús no es el final feliz de una tragedia dolorosa, ella está presente en todo el camino de la Pasión, ilumina cada instante de dolor, acompaña el camino del sufrimiento y lo transfigura ¿cómo? De la única manera posible: por el amor. En “esa noche”, en todas las noches y en todo tipo de noches, el amor hace presente la Pascua y al permitir mirar más allá, da las fuerzas necesarias para convertir los dolores de muerte en dolores de parto.

La Pasión que dentro de poco tiempo recordaremos es la manifestación del amor de Dios por cada uno de nosotros, lo escuchamos el domingo pasado: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Es la expresión del amor de Jesús: su alma está turbada pero acepta la voluntad del Padre: Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre. El amor transforma el sufrimiento otorgándole un sentido. La Pasión de Jesús abre una esperanza en el mismo momento del dolor, no después. Y esa luz que se enciende en ese instante es ya resurrección, es ya la pascua.

Nosotros solo podemos narrar los acontecimientos ubicándolos en una línea de tiempo, pero en la realidad de la vida todo es simultáneo, cada día, cada momento, se vuelven a vivir la pasión y la resurrección, la semilla muere y da fruto. San Pablo lo dice así: “En el bautismo, ustedes fueron sepultados con él, y con él resucitaron, por la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos.” (Col 2,12) Los verbos están en pasado “fueron sepultados”, “resucitaron”. La fe nos enseña a vivir nuestra vida así, mirando la cruz, atravesando el dolor y el sufrimiento, desde la experiencia de la resurrección. Cuando vivimos desde la fe experimentamos aquello que dice San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col. 1,24) y entonces el Señor resucita en nosotros.

¿Cómo iluminar nuestra vida cotidiana con la luz de estos misterios? Amando, como Jesús, y poniendo toda nuestra confianza en el Padre que nos ama.


 

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