Tanto amó Dios al mundo

piesIV Domingo de cuaresma Juan 3:14-21

Nos acercamos a la Pascua, antes deberemos recorrer el camino de la Cruz. Estamos invitados a recorrerlo con Jesús, no solo haciendo el vía crucis, o participando de las celebraciones de semana santa, estamos invitados a recorrerlo en nuestra vida, cada día, para poder vivir también, cada día, la experiencia de la Pascua.

Los domingos anteriores el Señor anunciaba su Pasión: el Mesías debía padecer mucho. Los discípulos se resistían a aceptarlo. Hoy nos dice el porqué de esa Pasión, y el misterio se hace más profundo, pero también comienza a verse una luz: la razón de esa Pasión está escondida en la frase que pronuncia el mismo Jesús: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Si no lo hubiera dicho Él nunca lo hubiéramos podido pensar: la Pasión anunciada es fruto del amor, del amor de Dios por el mundo.

El mundo, este lugar en el que vivimos en medio de guerras, injusticias, catástrofes, enfermedades y tantas formas de dolor; este lugar, nos dice Jesús que es amado por Dios ¿Por qué Dios ama esto? ¿Qué ve de amable, de digno de amor?

Hay un primer tipo de respuestas a estas preguntas que probablemente hayamos escuchado muchas veces; unas respuestas que de distintas maneras nos dicen que Dios ama el mundo porque es misericordioso, porque es infinitamente bueno, que nos ama a pesar de que somos pecadores y estamos llenos de maldad. En pocas palabras: Dios nos ama a pesar de que no merecemos ser amados. Sí, Dios es misericordioso, pero ¿por qué Dios habría de amar algo así?

En Jesús no encontramos esa clase de respuestas tantas veces escuchadas. De muchas maneras lo que él nos dice es que nos ama y que somos valiosos a sus ojos. Dios no ama lo que no vale nada, él ha creado algo que sí vale, que vale tanto que le entrega a su Hijo. Eso es lo que dice el Evangelio de hoy, lo que nos muestra la medida de nuestro valor.

¿Qué hay en este mundo digno de ese amor? ¿Y en nosotros? Pueden ser preguntas incómodas y desafiantes, estamos más acostumbrados a dar lástima. El lugar de la víctima nos exime de responsabilidades. Pero ser cristiano, y cargar con Él la Cruz, es atreverse a mirarnos como Él nos ve; atreverse a buscar, cuidar y hacer crecer todo lo valioso que hay en la creación, porque el mundo no está ahí por casualidad, no es solo fruto de un Big Bang, es fruto de un acto libre y lleno de amor. Dios creó al mundo “y vio que era bueno”; mejor dicho: Dios crea al mundo y ve que es bueno, hoy, ahora. Dios nos está creando en este momento y ve que es bueno. Por increíble que parezca ¡somos valiosos a sus ojos!

Según san Agustín, “rezar significa cerrar los ojos y tomar conciencia de que Dios ahora crea el mundo”. Mirar solamente las tragedias y el pecado que hay en el mundo es ver una pequeña parte, es ver lo que pusimos nosotros en el mundo, no lo que Dios creó; es ver el pecado y sus consecuencias, no la totalidad de ese misterio en el que vivimos y llamamos mundo.

Como en cada cuaresma estamos llamados a la conversión, a cambiar nuestra mirada y nuestra actitud para poder cambiar nuestra manera de vivir. Convertirse es ver las cosas desde el punto de vista del Padre. Creer en Jesús es creer en lo valiosos que somos para Dios. Entonces encontramos la manera de vivir el misterio de la Pasión: con la fuerza ya presente de la Pascua.


 

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