Él hablaba del santuario de su cuerpo

1443439496934III Domingo de Cuaresma Juan 2:13-25

Este domingo ya no vemos a Jesús ni en el desierto ni en la montaña sino en el Templo de Jerusalén. La impactante imagen de Jesús expulsando con un látigo a los mercaderes puede desviar nuestra atención hacia cuestiones secundarias. Fácilmente nos detenemos en el tema de la riqueza de la Iglesia o la supuesta buena vida de los eclesiásticos y no vamos hacia lo esencial, hacia lo que afecta la vida de todos los cristianos y no solamente de algunos oportunistas: “no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado” es una expresión que va dirigida mucho más allá, nos alcanza a todos.

Para ser un “mercader del Templo” no es necesario poner un puesto en la calle para vender baratijas, es suficiente entrar en la “casa de mi Padre” con actitud mercantil: hacer algunas cosas para que Dios haga otras; voy a misa, rezo tales oraciones, ofrezco aquella limosna, esperando que a cambio Dios haga lo que yo creo que debe hacer por mí. Eso es comercio. No se trata sólo de poner la atención sobre los que venden; ya sea que vendan palomas, bueyes, incienso, velas o estampitas. También hay que mirar a los que consumen, los que compran ¿qué compran? El que vende gana un dinero, y el que compra, ¿qué gana? ¿qué se lleva del Templo?

Pero hay otro motivo para no detenernos en la imagen del látigo: Jesús provoca esa escena para decir algo tan importante que terminará siendo decisivo para su condena a muerte. El Templo, el lugar en el que reside la gloria de Dios, el sitio para el encuentro entre Dios y los hombres, ya no es esa construcción de piedras sino su cuerpo, el santuario de su Cuerpo. Allí está la gloria de Dios. Y se trata de un santuario indestructible, que si es derruido él puede reconstruir “en tres días”, es una nueva presencia de Dios entre los hombres en la que ya no es posible el comercio de ningún tipo.

Jesús está dando un paso absolutamente revolucionario, está inaugurando un tiempo completamente nuevo, su gesto encierra un mensaje sorprendente: Dios no está en los edificios en los que hay que hacer algunas cosas para ganar su favor. Ahora todo es gratis; ya no somos siervos, sino hijos; no puede haber comercio ¡porque todo es nuestro! Ya no hay nada que comprar, ya no hay nada que vender.

Eso es lo que no soportan ni los vendedores ni los compradores, eso es lo que no soportan los que ganan dinero y los que pretenden sobornar a Dios con sus ofrendas. Ha comenzado el tiempo de la gracia. Dios regala la salvación, se acabó esa relación de “yo hago esto para que Dios haga esto otro”.

Terminó el comercio y comenzó la oración. Ya no hay un lugar en el que ganar el favor de Dios; se acabó ese Templo y se terminaron todos los templos. Dios está en otra parte: ahora el lugar del encuentro es Él mismo, “Él hablaba del santuario de su cuerpo”.

Ese es el fruto de la Pascua hacia la que nos aproximamos, gracias a que “al tercer día” el santuario de su cuerpo fue reconstruido ahora podemos celebrar la eucaristía, experimentar que nosotros mismos reunidos en la Iglesia somos ese cuerpo, y escuchar que se nos dice “el cuerpo de Cristo”, y responder “amén”.


 

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