Escuchar y seguir al transfigurado

tranfigurados

II Domingo de Cuaresma Marcos 9:2-10

El último domingo veíamos a Jesús en el desierto y rodeado de peligros y tentaciones. Ahora lo vemos en la cima de un monte, no está solo, lo acompañan tres de sus discípulos y aparece resplandeciente dialogando con Elías y Moisés. No hay tentaciones ni peligros a la vista, al contrario, el texto nos cuenta que los discípulos sintieron un maravilloso bienestar e intentan atrapar ese momento: “hagamos tres tiendas”, o sea, “quedémonos aquí”, quieren que ese momento se prolongue para siempre. Todo dura un instante y es interrumpido por la voz que sale de la nube: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. Repentinamente todo vuelve a la normalidad y Jesús les dice que no deben decir nada de lo ocurrido “hasta que haya resucitado de entre los muertos”. Ellos se quedan discutiendo sobre qué quería decir eso.

Como nosotros, que nos quedamos perplejos ante este texto y nos preguntamos qué quiere decir. Los que saben nos explican que es un lenguaje simbólico, que Elías representa a los profetas y Moisés a la ley, que ambos presentes representan todo el Antiguo Testamento, la historia de Israel a través de los siglos. Se nos explica también que, así como el desierto es sinónimo de soledad y peligros, el monte simboliza el lugar del encuentro con Dios. Así aparece también en muchos pasajes de la Escritura, Dios habla desde la montaña y se manifiesta en lugares elevados. Por otra parte, también Dios habla a su pueblo desde las nubes; es entre las nubes que habita la gloria de Dios. Todos estos signos aparecen en este relato y de alguna manera “lo explican”, pero, para nosotros, para nuestra vida que transcurre en el siglo XXI, ¿qué puede significar este texto?

En esta escena nosotros estamos representados por los tres discípulos y podemos reconocer lo que ellos sienten: sorpresa, temor, alegría indescriptible, confusión, dudas. No era fácil acompañar a Jesús por aquellos caminos de Galilea. Creían en él, confiaban ciegamente en él, pero todos los días estaban cargados de sorpresas, a cada paso ese Maestro los conmovía con algo nuevo e impensado. Por una parte, les transmitía una inmensa paz, y les insistía: “no tengan miedo”. Pero, por otra, estar junto a él significaba un sobresalto permanente. Quienes dos mil años después queremos seguir los pasos de Jesús ¿No experimentamos acaso las mismas sensaciones?

La fe, no es una medicina mágica que aleja de nosotros inquietudes, sorpresas, dolores y oscuridades. La fe en Jesús nos enseña a convivir con el misterio, nos ayuda a comprender nuestra propia vida como un misterio. Encontrar a Jesús es encontrar un camino, no es llegar a destino. Los discípulos encuentran a Jesús y comienzan a seguirlo sin poder imaginar hacia dónde los estaba conduciendo ese sendero. Pasarán desiertos, montañas, peligros, alegrías, miedos, sorpresas, muchas sorpresas. Atravesarán aterrados la muerte del Maestro y descubrirán en sí mismos la fuerza de su Espíritu. Serán los cobardes que abandonan a su Señor y también los que darán su vida por él.

Así fue la vida de aquellos tres que quisieron detener el mundo haciendo tres tiendas y que a los pocos días huirían despavoridos. Así somos nosotros, a quienes hoy, poco antes de celebrar la Pascua, se nos muestra resplandeciente al “hijo amado” y se nos invita a escucharlo, a seguirlo por esos misteriosos caminos en los que se revela día a día quién es él, y quienes nosotros.


 

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