El desierto, la tentación, convertirse y creer

JIAM-01

I Domingo de Cuaresma Marcos 1:12-1

Al comienzo de este camino hacia la Pascua, que es la cuaresma, la liturgia nos hace mirar hacia Jesús que está en el desierto. El lugar es inhóspito, lleno de peligros. Como esos sitios en los que vivimos muchos de nosotros. No es necesario dejar ir la imaginación hacia desiertos de arena y viento. Nuestras ciudades suelen ser también espacios de insondable soledad y amenazadas de todo tipo. El desierto está más cerca de lo que parece. En medio de esos desiertos que son nuestras ciudades están nuestras parroquias; desde esos páramos venimos cuando nos acercamos a la Iglesia para celebrar la eucaristía; ahí, en esa fragilidad, viven nuestras familias y amigos. Jesús fue llevado al desierto, a un lugar que se parece al mundo inseguro y difícil en el que vivimos.

Entre esos miedos brotan nuestras tentaciones, pueden ser muchas y de todo tipo; la evasión a través de las drogas o el alcohol, la búsqueda de la seguridad en el dinero y la avaricia, la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de los demás, la violencia, la envidia, la fuga hacia el consumismo; muchas, muchísimas tentaciones para calmar esos miedos que causa vivir en estos tiempos. Jesús se hizo uno de nosotros y pasó por desiertos y tentaciones. Allí, en la soledad, enfrentó una de las tentaciones más sutiles y peligrosas: la tentación del poder, de utilizar en provecho propio la Palabra de Dios, de ponerse al servicio de los poderes del mundo. También ellas nos acechan a nosotros; especialmente la tentación de una religiosidad superficial y vacía, de una fe sin compromiso, sin amor. La tentación de querer manipular a Dios en lugar de intentar conocerlo y amarlo.

De ese desierto sale Jesús gritando: “¡conviertanse y crean en el Evangelio!” Convertirse y creer no es solamente proponerse en la cuaresma ser “un poco más bueno”, es mucho más: es dejar de creer en lo que creemos y creer en el Evangelio, es decir, creer en él, en Jesús. Abandonar nuestra pobres seguridades y abrazarnos al único que puede enseñarnos a atravesar “oscuras cañadas”. El Señor no suprime el desierto de nuestro tiempo, lo camina con nosotros, nos muestra como transitarlo con una fe adulta y confiada.

La Pascua no es el final del camino, el “final feliz de un cuento triste”, es la resurrección que experimentamos cada día que atravesamos el desierto creyendo en el Evangelio. Así caminamos hacia la Pascua, muriendo y resucitando a cada paso.


 

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