Conmovido, extendió la mano

imagesMc 1, 40-45

“Puedes purificarme”, otros traducen “puedes limpiarme”. La sensación que se quiere expresar está clara: este hombre se siente sucio, siente una suciedad profunda, humillante. Su enfermedad lo margina de la sociedad, no podía entrar en los pueblos y tenía que vivir en los caminos. La sociedad discriminaba a los leprosos y además se los marginaba religiosamente. El enfermo era declarado impuro, pecador, no podía presentarse en el Templo, no podía presentarse ante Dios.

La lepra es una enfermedad que no conocemos en nuestra cultura, pero la sensación que tenía el leproso sí es conocida. Muchos en nuestra sociedad experimentan esa sensación de indignidad; o esa marginación que hace sentir a alguien un indeseable; algunos pueden sentir incluso que no son dignos de presentarse ante Dios.

Jesús, se conmueve y se deja llevar por su corazón: rompe todas las leyes humanas y religiosas, se acerca y lo toca. En ese mismo momento, al tocarlo, según la ley de los judíos Jesús queda impuro, ahora él también está sucio.

Al tocar al leproso, Jesús se saltea un mandamiento social y religioso muy importante. Sin embargo, se preocupa de que ese hombre cumpla la ley, tiene que ir a presentarse al sacerdote, mostrar que está curado y de esa manera reintegrarse a la comunidad. Solo le pone una condición: que no diga quien lo había sanado.

El hombre no cumple su promesa, lo dice a todo el mundo y entonces se invierten los lugares: como Jesús lo tocó, ahora es él el que no puede entrar, el que tiene que vivir en los caminos, el leproso, el impuro.

Lo dirá San Pablo después: “a aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él” (2 cor 5,21). Jesús no nos salva “desde afuera”, no espera a que seamos puros, él da el primer paso aún sabiendo, como en este caso, que será traicionado; aún sabiendo que ese hombre se aprovecharía de él; aún sabiendo que volveremos a pecar, él se juega por nosotros.

Entonces todo queda al revés: “y acudían a él de todas partes”. Ahora la pureza ya no está en el Templo, está en el camino, junto a los leprosos ¡Ha llegado el Reino! Ahora la salvación no está en el poder sino en la fe, ahora los bienaventurados son los pobres. Ahora el “impuro” es el que da la pureza. Ahora nada ni nadie puede impedir que nos presentemos ante Dios.


 

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