Vayamos a otra parte

camino

Marcos 1, 29-39

Después de predicar en la sinagoga de Cafarnaum, donde todos quedan impresionados porque hablaba “con autoridad” y porque había liberado a un hombre atrapado por un “espíritu impuro”, dice el texto que Jesús va a la casa de Pedro, allí encuentra a la suegra postrada “y la hizo levantar”. Esto se repite muchas veces en la vida del Señor, sus milagros ponen de pie, hacen hablar, liberan, reparan, devuelven a las personas algo que deberían tener y no tienen. Sus milagros restablecen la dignidad de los que están cerca de Él, les devuelven lo que les corresponde.

La gente se congrega, “la ciudad entera” dice el evangelista Marcos. El texto nos muestra que todo el pueblo está conmovido con la manera de hablar y de actuar de Jesús y que el Señor sanaba a muchos y expulsaba demonios. Pero, además, hace algo que llamará la atención y que podemos observar detenidamente: antes que amaneciera se levantó, salió y fue a “un lugar desierto” para orar. Pedro y sus compañeros salen a buscarlo hasta que lo encuentran, esto quiere decir que no sabían donde había ido y que el lugar en el que estaba no era cerca o de fácil acceso. Jesús no solo se fue, se ocultó.

Está claro que las personas se congregaban en la casa de Pedro y él no sabía adónde estaba Jesús ni qué responder, por eso le dice: “todos te andan buscando”. Había más enfermos que atender y más hombres y mujeres atrapados para liberar. Pero Jesús no responde a lo que esperan “todos” y decide irse: “vayamos a otra parte”.

¿Por qué se va? ¿por qué se oculta? Comienza a manifestarse uno de los grandes misterios de la vida del Señor, un misterio que dejaba perplejos a sus discípulos y que aún nos sorprende a quienes queremos seguir su camino: el silencio de Jesús, el silencio de Dios.

Pedro y la gente que lo busca quiere que Jesús se quede y que solucione sus problemas, como esperamos también nosotros. Pero parece que Jesús quiere plantear las cosas de otra manera. Él toma una iniciativa y nos deja tomar la siguiente, estamos invitados a un ida y vuelta, a una relación de reciprocidad, a un vínculo que también depende de nosotros. Que aparezca y desaparezca, que se quede y después se vaya, deja un espacio para nuestra respuesta, hace posible un intercambio que, en última instancia hace posible el amor.

Para eso nos pone de pie, nos cura, nos libera, para que podamos responder desde nosotros mismos; para que la relación no sea entre un Jesús que da todo y unos discípulos que solo reciben. Él nos da la capacidad para responder y espera nuestra respuesta. No nos trata como a incapaces, nos trata como a personas, respeta nuestra dignidad.

Él no es un curandero, Jesús viene a inaugurar una nueva manera de relacionarse con Dios. Está diciendo con palabras y con gestos que Dios no es alguien que está a nuestra disposición para responder a nuestras expectativas, que es mucho más que eso, que es más de lo que podemos imaginar y desear: que nos quiere hijos, no esclavos; que Dios no es alguien que se somete a nuestra voluntad sino alguien que nos enseña a vivir la suya.


 

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