¿Qué quieren?

para-queJn 1, 35-42

El comienzo de la vida pública de Jesús es presentado como un encuentro casual: Juan el Bautista que al ver pasar a Jesús les dice a dos de sus discípulos que ese que está pasando por ahí es “el Cordero de Dios”. Ellos comienzan a seguirlo, intrigados, hasta que el Señor se da vuelta y pronuncia las primeras palabras con las que iniciaría sus tres años de incansable predicación: “¿qué quieren?” Después dirá muchos discursos memorables pero sus primeras palabras son así de concretas y simples, “¿qué quieren?”.

Y esas siguen siendo sus primeras palabras cada vez que nos acercamos a él. De una manera u otra nos pregunta qué queremos. Y nosotros, ¿qué queremos? ¿para qué nos acercamos a Jesús? ¿para qué vamos a misa? ¿para qué rezamos? ¿para qué lo buscamos?

Los discípulos responden algo bien concreto: “Maestro ¿dónde vives?”. No dicen “queremos que nos salves, o que nos cures, o que nos enseñes…”. Notemos que el interés no está puesto en ellos mismos, en algo que ellos necesiten o busquen; lo que quieren es saber más de él, y algo bien específico “¿dónde vives?”

A nosotros, que miramos la escena desde lejos, no se nos dice donde vivía Jesús, solo se nos informa que el Señor a ellos sí les dice dónde vivía, y que fueron y vieron donde era; y se nos dice también la hora “alrededor de las cuatro de la tarde”. Ver dónde vive alguien nos dice mucho de cómo es esa persona, ver el lugar permite saber también el cómo, de qué manera vivía. Para ellos es tan impactante, que a partir de ahí cambia todo; luego comienzan a contar lo ocurrido a sus amigos y los invitan a que ellos también vengan ver, es tanta la impresión que les causa que dicen “hemos encontrado al Mesías”.

La pregunta sigue ahí, dirigida a todos los que decimos que lo buscamos: “¿qué quieres?”. Según sea nuestra respuesta sabremos si realmente lo buscamos a Él o si seguimos dando vueltas sobre nosotros mismos. ¿Realmente queremos saber dónde vive? ¿Y si resulta que vive muy cerca? ¿qué hago si vive en mi barrio? ¿y si llega a vivir en mi hermano? ¿O en mi corazón?

Pero esta escena esconde otro desafío para quienes la miramos dos mil años después: si alguien nos pregunta por nuestra fe, por aquello en lo que creemos; si alguien quiere saber por qué somos cristianos ¿podemos responder mostrando cómo vivimos? ¿podemos decir “vengan y lo verán”?


 

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