Una voz en el desierto

Adviento II domingo

Evangelio san Marcos 1, 1-8

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.

Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».

Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaba sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.

Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Y proclamaba:

—«Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.

Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con Espíritu Santo».

Palabra del Señor.

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Para la reflexión:

El Señor viene. Nuestro Dios no es un Dios lejano al que hay que esforzarse por alcanzar, no está en alturas inaccesibles; para encontrarse con él hay que “preparar el camino”, estar atento. Es él el que viene a nuestro encuentro.

Un  viejo texto de Jacques Loew nos puede ayudar:

“Les diré cuál es, en mi opinión, la principal dificultad que encontramos cuando buscamos a Dios.  Es que muchos buscan a Dios, pero toman, sin darse cuenta, la ruta opuesta a la que verdaderamente conduce hacia él.  Les sucede como a esos técnicos que construyen, reúnen materiales, trazan planos, comprueban si aquello marcha o no.  Así fabrican un cohete extraordinariamente perfecto y lo lanzan al cielo.  De lo que se trata es de construir, de trabajar, de alcanzar una meta.

Pero, cuando se trata de buscar a Dios, tal actitud fracasa siempre.  La verdadera búsqueda de Dios se parece, por el contrario, a la actitud de un hombre que, después de haberse sentado, escucha.  Y es lógico que sea así, porque, en definitiva Dios no es algo que hay que construir o que hacer, sino que es alguien a quien hay que recibir.

Y cuando se recibe a alguno, hay que empezar por sentarse y escuchar.

Sentarse y escuchar no supone dimisión ni pereza.  Siempre lo hacemos cuando queremos dejarnos impregnar por una verdad que nos parece demasiado grande para nosotros.”

Esa es la actitud del adviento, prepararnos para recibir una visita, sentarse y escuchar, así de fácil y así de difícil. Acallar todos los ruidos, especialmente los que hay dentro nuestro, alejar los resentimientos y las tristezas que nos encierran en nosotros mismos. Abrir los oídos y el corazón para recibir al Niño que viene en el pesebre, en el pesebre que hay en cada uno.

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