Voces de la Iglesia

En España los llaman “portavoces”, en Argentina “voceros”; con un nombre o con otro se trata de las personas que hablan en nombre de instituciones, o de algunos personajes públicos. La necesidad de obispos e instituciones eclesiales de estar siempre bien comunicados con los medios y de estar presentes en las redes sociales, ha generado esta actividad relativamente nueva en la Iglesia.

La tarea consiste en ser “la voz oficial”. Entre las muchas voces que se escuchan debe sonar una que se caracterice por ser representativa de la institución. No significa esto que debe ser “la última palabra”, la que define y da por terminado un tema; en muchas ocasiones le toca ser la primera palabra, la que lanza al ruedo de la opinión pública un tema, una idea, una denuncia; una palabra que abre caminos e invita a desafíos nuevos.

En estos días he sido invitado por el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Oscar Ojea, a ser “vocero” de nuestros obispos. Es una tarea exigente que reclama mucho tiempo y dedicación. Es un privilegio que hayan depositado nuevamente en mí esa confianza —ya he desempeñado este cargo hace unos años— y la asumo con alegría como otro servicio que la Iglesia me pide. Este trabajo es incompatible con la dirección de la edición para el Cono Sur de Vida Nueva, por eso me alejaré de esas funciones, pero no de esta editorial y esta revista por la que siento tanto cariño y en la que he aprendido mucho y donde he recibido un inmerecido afecto.

Espero seguir escribiendo en Vida Nueva como un colaborador más de los muchos y muy buenos que tiene la revista. No será en ese caso una “voz oficial” la que se escuche, sino la mía, una voz más de las muchas voces que suenan en nuestra querida Iglesia. Es que de tanto hablar de “la voz de la Iglesia”, nos hemos olvidado que la Iglesia tiene muchas, infinitas voces; y que cada una de ellas es irremplazable. Nuestra misión, la de quienes tenemos la posibilidad de escribir en un medio o ponernos ante una cámara o un micrófono, es la de reflejar ese coro maravilloso de voces.

Muchas gracias a todos los amigos de Vida Nueva, especialmente a los lectores. Sigamos escribiendo, sigamos leyendo, que se sigan oyendo nuestras voces. Esas voces que hacen presente en el mundo la única voz que importa, la de ese Nazareno que no grita en las plazas, ni apaga la mecha humeante, ni quiebra la caña cascada.

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