Amar palabras

castellano1
¿Amamos los Evangelios? ¿Forman parte de nuestra vida como lo hacen otras cosas de las que no podemos desprendernos sin saber por qué? No el libro sagrado que los contiene, sino los textos mismos, o mejor dicho, las sensaciones que esos textos provocan en nosotros. ¿Nos despiertan amor esa frases que están destinadas a llenar de vida nuestra vida?
Si no amamos esos textos será muy difícil comprenderlos y mucho más difícil aún vivirlos. Vivirlos no quiere decir llevarlos a la práctica, sino vivirlos, que llenen nuestra vida, que nos emocionen y nos pongan en movimiento, que nos acerquen a su autor hasta llegar a enamorarnos de él. Después vendrá la puesta en práctica, la fuerza de voluntad, los buenos propósitos. Pero todo eso está condenado al fracaso si no amamos esos textos, como se aman las personas y las cosas que nos han dado a beber de la riqueza de sus vidas. ¿Cómo no amar esas palabras que nos ponen en misterioso contacto con el Señor?
Convertir esos textos sagrados en conceptos que hay que comprender me recuerda la tarea de aquellos que coleccionan mariposas clavándolas con un alfiler y poniéndolas en una vitrina. Son hermosas pero están muertas. La Palabra de Dios envasada al vacío en conceptos y mandatos pierde toda su belleza y su fuerza, y, además, no pueden transmitirnos vida porque no la tienen. ¿Cómo amarlas?
Hay que entrar en esos textos como el explorador entra en la selva. No se detiene ante el primer árbol que encuentra para intentar clasificarlo y saber de él datos que permitan ubicarlo en algún sitio de su cabeza o su biblioteca. El explorador penetra en la espesura y se va dejando invadir por la infinita cantidad de sensaciones que lo atrapan. Fascinación, algo de miedo ante lo desconocido, una atracción imposible de calmar. Se está entrando en un mundo nuevo y a cada paso hay una sorpresa que no cabe entre las cosas ya conocidas. Es un mundo.
La Palabra del Señor es un mundo misterioso que hay que amar y habitar con cuidado, respeto, silenciosa pasión que empuja a escuchar, a penetrar más adentro de ese universo, tan vasto y misterioso como nuestro propio corazón. Ese es el lugar del encuentro con la voz que suena más allá de las palabras, con el que hace sonar su voz ese día, a esa hora y para transformar ese momento.

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