¿Una Iglesia que se niega a morir?

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Marchas y contramarchas. Libros escritos “a cuatro manos” que eran solo dos. Por momentos, en algunos personajes de la Iglesia se percibe un desconcierto, una incomprensión sobre lo que ocurre y sobre todo enojo, mucho enojo. Algunos se preguntan con fastidio qué está ocurriendo ¿Cómo puede ser que en nuestro tiempo tantos “se alejen del buen camino” y rechacen las enseñanzas de Jesús de Nazaret? ¿Cómo es posible que la persona más deslumbrante que ha pisado este mundo sea hoy ignorada? Pero es probable que ese disgusto con “los alejados”, con los que “no entienden”, con “los indiferentes” solamente esconda un fastidio con ellos mismos. 

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El cordero de Dios

II Domingo A

Juan 1,29-34.

Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 
A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. 
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel». 
Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. 
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’. 
Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».


pred

 

 

 

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La homilía, un momento único

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«Ahora el que habla no enseña sino que está dando examen, y el que escucha no aprende sino que está aprobando o reprobando al expositor. Antes el que hablaba exponía desde la cátedra, ahora se encuentra algo atemorizado frente a un tribunal que lo juzga. El resultado es muy triste, tanto para unos como para otros».

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Las tres C


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Charlamos con el P Damián Reynoso sobre la pastoral en Ciudad Oculta, Mataderos

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Conversamos con el P. Alexandre Awi Mello, Secretario del Dicasterio para Laicos, la Familia y la Vida

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La luz brilla en las tinieblas

II Navidad A

Juan 1,1-18.

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia:porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre.


hom

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Reflexión personal

Un texto inmenso. Misterioso. Inagotable. Ante estas frases solo se puede hacer una cosa: volver a leer. Una y otra vez. Repetir. Meditar. En el lenguaje bíblico “meditar” quiere decir “repetir”. A medida que vamos repitiendo la lectura el texto nos va entregando su contenido, aquello que nos quiere decir.

Que nos quiere decir ¿quién? ¿Quién es el que habla? Las palabras se nos presentan como escritas por “Juan” pero cuando las leemos suenan en nosotros con nuestra propia voz y despiertan en nuestro interior otra voz. Una voz que pregunta, que sugiere respuestas, que invita al silencio. ¿De quién es esa voz que me pregunta, me sugiere, me silencia?

Al leer el texto esas palabras penetran en mí, se hacen carne, ya no están solo en el libro, y al entrar en mí comienza a sonar esa otra voz, la mía, que se pregunta, se asombra, quiere entender sin reducir lo escuchado a su escasa capacidad de comprensión; quiere entender sin reducir lo que se dice, sin disminuir el misterio para convertirlo en “un problema”, en algo que no se entiende. Y no quiere reducirlo a algo que no entiende porque sí entiende. Adivina una luz. Solo que no sabe decir lo que entiende ni explicarse por qué eso que no puede decir sin embargo ilumina. Volver a leer. Meditar. Silencio.

Sí, esto se entiende: la Palabra contiene luz. Sí, esa luz brilla en unas tinieblas que no logran expresarla, mis tinieblas. Sí, ella viene a alguien que es suyo y que por eso es capaz de entender que no entiende. Y ya eso es mucho.

La Palabra viene para ser recibida, no explicada. Recibirla es confiar en ella. Confiar es nacer, no de la sangre, ni de la carne, ni de la voluntad del hombre. No se sabe cómo pero algo nace. ¿Nace la sensación de ser hijo-hermano? ¿Hijo-hermano de esa Palabra? Silencio. Y ya eso es demasiado.

Señor, ¿cómo conocerte sin hacerte pequeño?

Sí, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

J.O.


 

 

«Toma al niño y a su madre y huye»

Sagrada Familia A

Mateo 2,13-15.19-23.

Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».

José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.

Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.

Cuando murió Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto,

y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».

José se levantó, tomó al niño y a su madre, y entró en la tierra de Israel.

Pero al saber que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí y, advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea,

donde se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo que había sido anunciado por los profetas: Será llamado Nazareno.

pred

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Para que la Noche sea Buena

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: 11 Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador (Lc 2,8)

pred

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Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre

Navidad

Lucas 2, 1-14

 

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!».


Lucas en su Evangelio dice que Jesús nació cuando en Roma gobierna Augusto, cuando en Siria gobierna Quirino, cuando en todo el imperio se realiza un censo; o sea que se trata de un nacimiento real ocurrido en un momento histórico. Lucas ubica ese acontecimiento en un tiempo y un lugar concretos porque escribe a personas que viven en la cultura griega y que están acostumbradas a oír relatos de dioses que nacen y mueren. Lo que el evangelista dice es que el nacimiento de Jesús no es una fábula, un mito, una leyenda; al poner los acontecimientos relatados en un tiempo y un espacio los presenta como un hecho histórico ocurrido en un tiempo y en un lugar concretos.

Dos mil años después esa manera de hablar de San Lucas adquiere una nueva importancia y tiene una sorprendente actualidad. En nuestros días la Navidad se ha vaciado de referencias históricas. En el lugar del pesebre encontramos a Papá Noel y a otros personajes imaginarios (enanitos, duendes, gnomos, etc.); en otras palabras: reemplazamos el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad por fábulas o leyendas imaginarias. Continuar leyendo «Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre»

Dios se construye una casa

Preparando la Navidad

Esa noche le fue dirigida a Natán la palabra de Yavé: «Le dirás a mi servidor David: Esto dice Yavé: ¿Así que tú me vas a construir una casa para que habite en ella? Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta el día de hoy, no he tenido casa donde morar, sino que estaba con ellos y tenía como morada sólo una tienda … Y Yavé te manda a decir esto: Yo te construiré una casa. (2 Sam. 7,5)

 

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