Bautizados

II DOMINGO DE ADVIENTO C

Lc 3, 1-6

El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.

Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías:

Una voz grita en el desierto:

Preparen el camino del Señor,

allanen sus senderos.

Los valles serán rellenados,

las montañas y las colinas serán aplanadas.

Serán enderezados los senderos sinuosos

y nivelados los caminos desparejos.

Entonces, todos los hombres

verán la Salvación de Dios.

En el primer párrafo encontramos varios nombres difíciles de quienes gobernaban en esa época. Después de mencionarlos a todos Lucas dice “Dios dirigió su palabra a Juan”. El autor del Evangelio conoce la gran fama de Juan el Bautista y con esa lista de nombres lo que pretende es que quede bien claro que Juan no es un personaje mítico sino histórico, alguien que realmente vivió en un tiempo y en un lugar.

El texto dice que Dios habla y Juan comienza a recorrer toda la región. O sea que a la palabra que pronuncia Dios le sigue la acción del hombre que escucha esa palabra. Es una palabra que pone en movimiento.

En su recorrido lo que hace Juan es bautizar, concretamente “un bautismo de conversión”. La persona que se bautizaba se sumergía en el agua del río, estaba allí un momento y al salir aspiraba una gran bocanada de aire nuevo. El aire simboliza el espíritu, lo que da vida. De manera simbólica el bautizado recibía un nuevo espíritu, un nuevo aire, un nuevo aliento.

El bautismo en el Jordán es una manera de expresar que algo ha muerto en el bautizado, el pecado, y que un nuevo espíritu le da una vida nueva. Por eso bautizarse es morir y resucitar.

Jesús le daría a ese gesto una dimensión completamente nueva: “tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!” (Lc 12.50) Para el Señor su bautismo es su muerte y resurrección. Será gracias a la Pascua que recibimos el Espíritu Santo que verdaderamente da una vida nueva. Por eso más tarde Pablo dirá: “En el bautismo, ustedes fueron sepultados con él, y con él resucitaron, por la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos.” (Gal. 2,12)

Hoy la liturgia nos recuerda el bautismo de Juan: el gesto de querer comenzar una vida nueva. Los bautismos que hacía Juan nos recuerdan el nuestro: pero ahora por el agua de la pila bautismal verdaderamente se borra el pecado y verdaderamente se recibe una vida nueva por el Espíritu de Jesús. Ahora no se trata solo un símbolo sino que es un sacramento: lo que se simboliza realmente ocurre.

 

Levanten la cabeza

I DOMINGO ADVIENTO C

Lc 21, 25-28. 34-36

Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán.

Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes, como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.

Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.

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El texto de Lucas nos relata un discurso de Jesús que comienza con una serie de frases impresionantes: “habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas”, “desfallecerán de miedo”, “los astros se conmoverán”; pero en el momento de las conclusiones el tono cambia completamente, el mensaje deja de ser aterrador: “cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza”.

El Señor nunca nos deja en manos del miedo, sus palabras siempre están colmadas de esperanza. Una y otra vez se repite en los evangelios la misma afirmación: “no tengan miedo” y también se repite el motivo por el que no hay que temer: “Jesús está cerca”. La invitación a no temer no se fundamenta en la ausencia de peligros, sino en la presencia de aquel que garantiza que pase lo que pase estamos seguros, estamos en sus manos.

Primero dice “levanten la cabeza” y luego explica por qué en medio de esa situación se debe permanecer con la frente alta: “está por llegarles la liberación”, está a punto de aparecer él, aquel a quien “hasta el viento y el mar le obedecen”, como dicen los discípulos al calmarse la tormenta cuando estaban a punto de naufragar en aquella frágil barca.

Sin embargo hay una advertencia: “no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida”. El mensaje es claro, las señales aterradoras no se enfrentan con el miedo sino huyendo de la superficialidad, la frivolidad, la actitud de no pensar, de estar distraído, de jugar a que “no pasa nada”. Esa es la propuesta que en nuestros días nos ofrece la sociedad en cantidades ilimitadas: el entretenimiento, la diversión.

Jesús nos enseña otro camino, en lugar de invitarnos a ser superficiales y distraídos nos invita a ser profundos, a ir más hacia el fondo de nosotros mismos. “Oren incesantemente”. Ese es el camino que aleja del temor porque lleva a encontrarlo a él, que está cerca, que no abandona. 

Todo lo que tiene

DOMINGO XXXII

Mc. 12, 38-44

viudaJesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas 39 y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad».

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».

En este breve texto aparecen varios personajes.

En primer lugar “los escribas”. Son los que saben mucho y les gusta ser importantes; se aprovechan de su poder y fingen hacer largas oraciones. Hay que cuidarse de esa gente.

El otro personaje, que puede parecer el personaje central del relato, está en los dos párrafos y da una unidad a todo el texto, es “la viuda”. En aquella sociedad, junto con los niños, las viudas eran los miembros más expuestos, más en riesgo; en el relato asoman primero como víctimas de los escribas y luego como ejemplo para los discípulos.

Son precisamente esos discípulos los otros personajes que presenta el texto. No hablan, son convocados por Jesús para observar lo que hace la viuda que da “todo lo que tenía para vivir”.

Y finalmente, el verdadero personaje central: Jesús. Él observa a cada uno, los describe, ve más allá, ve los corazones, las intenciones. Con pocas palabras genera un relato cargado de enseñanzas sobre varios temas: invita a pensar en la soberbia de los que saben mucho y les gusta ser reconocidos por los demás; a mirar cómo con ese poder se aprovechan de los más débiles; invita también a mirar la actitud de la que no tiene nada pero entrega en el Templo todo lo que tiene para vivir; invita a mirar a los discípulos, que en silencio son testigos de ese momento y lo guardan en su memoria para que pueda llegar hasta nosotros.

Sí, él es el centro del relato. Lo más importante no es ni el escriba ni la viuda sino él mismo; su manera de mirar, de hablar, de enseñar. Lo más conmovedor es el esfuerzo que hace por mostrarnos cómo es su corazón, cómo nos ve, cómo nos ama, lo que le importamos. No solo nos quiere enseñar algo, nos está invitando a compartir su manera de mirar la vida. Él no da de lo que le sobra, da todo.


 

Amarás

DOMINGO XXXI

Mc. 12, 28-34

saltoUn escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».  Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas.  El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

“Amarás”. ¿Se trata de una orden o de una promesa? ¿Quiere decir “¡tienes que amar!”, o se está diciendo “ya lograrás amar”? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”, la frase recorre la historia entera del pueblo de Israel como un mandamiento, como el primer mandamiento. En labios de Jesús adquiere una nueva luz y se la relaciona para siempre con el “segundo mandamiento”: “y al prójimo como a ti mismo”.

¿Puede imponerse la experiencia de amar como un deber, con una orden? No parece fácil entender así el amor, nuestra sensibilidad se rebela ante un mandato de esa naturaleza. Pero si además de una orden se trata de un anuncio, de una promesa, entonces el mandamiento se transforma, debemos amar porque es posible hacerlo y si lo intentamos se puede lograr. Nos hemos acostumbrado demasiado a determinadas palabras, no emociona que se nos diga “amarás al Señor tu Dios”, no estremece que se nos anuncie que es posible amar a Dios. “Amarás”, sí, tienes que hacerlo porque puedes hacerlo.

En nuestro mundo y nuestros días no es fácil decir ni escuchar el mandato: ¡Debes amar a Dios y al prójimo! En este amanecer del segundo milenio ¿es eso acaso posible? Si nos dejamos conmover por las informaciones que nos asaltan a cada minuto estamos autorizados a dudar, es tanta la sangre, la mentira, la injusticia, que no podemos evitar la pregunta ¿se puede? ¿aún estamos a tiempo? Es en ese momento de la perplejidad cuando urge rescatar la expresión “amarás” al menos como promesa, como iluminadora y consoladora promesa.

Quizás también sea este el tiempo de continuar escuchando la frase completa: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” y atrevernos a cambiar la entonación de nuestra voz al repetirla. La hemos oído infinidad de veces en un tono imperativo que subraya la palabra todo. Con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. La orden de amar no deja espacio para ninguna vacilación. Y es verdad, así es el amor

Pero también podemos escuchar el mandamiento de otra manera y subrayar la palabra tú. Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Con ese corazón, alma y fuerza que cada uno tiene, como cada uno puede, de la forma que cada uno logre hacerlo.

“Amarás”, “como tu puedes”, esa es la promesa que nos da las fuerzas para cumplir los dos mandamientos que son uno, “a Dios y al prójimo”.


 

¿Qué quieres que haga por ti?

question

DOMINGO XXX

Marcos 10, 46-52

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo, un mendigo ciego– estaba sentado junto al camino.  Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!».

Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.

Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

En esta escena que nos narra el Evangelio nos encontramos con un ciego que grita al paso del Señor: “¡Ten compasión de mí!” Jesús le contesta con una pregunta “¿Qué quieres que haga por ti?” En nuestro apresuramiento pensamos que si esa persona es ciega lo que quiere es que la curen y que la pregunta está demás. Como el ciego era también un mendigo, suponiendo que estaba pidiendo dinero, los que iban con Jesús, al igual que nosotros, también se dejan llevar por sus prejuicios y le dicen al hombre que no grite, que no moleste al Maestro.

En realidad los ciegos son aquellos que no “ven” al ciego, los que solo ven a un mendigo que pide o a un hombre que espera un milagro. Pero Jesús no da nada por supuesto, se detiene y le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” Recién entonces el hombre exclama “Señor ¡Que vea!” El Maestro, sin prejuicios, no lo trata ni como ciego ni como mendigo, se dirige a él con el respeto que se le debe a toda persona, ¿qué quieres?

Cuando los discípulos de Juan el Bautista se acercaron por primera vez a Jesús, el Señor les hizo la misma pregunta: “¿qué quieren?” Esos hombres saben lo que quieren y con su respuesta expresan algo bien concreto: “Maestro ¿dónde vives?”. No dicen queremos que nos salves o que nos cures o que nos enseñes; el interés no está puesto en ellos mismos, en algo que necesiten o busquen; lo que quieren es saber más acerca de él, y algo bien específico: “¿dónde vives?”, quieren conocer mejor la vida de Jesús.

La pregunta del Maestro, “¿qué quieren?”, contiene una invitación a mirarnos, a observar nuestro propio corazón. Nos anima a expresar el motivo, aquello que nos mueve. Como otras preguntas de Jesús parece muy simple, pero encierra un desafío: nos propone decirnos a nosotros mismos la verdad, hay que atreverse a responder, a formular en palabras nuestro propósito, a descubrir la intención que se encuentra en el fondo de nuestro corazón. No siempre será fácil encontrar las palabras exactas pero es necesario hacer el esfuerzo de buscarlas. Atrevernos a descender hacia esa profundidad puede resultar una tarea desconocida.

¿Qué quieren? El mundo y el tiempo en el que vivimos no nos hace esa pregunta, al contrario, nos enseña a vivir en la superficie de nosotros mismos y en la superficie de los demás. Pero para ser discípulos de este maestro es indispensable responder, Jesús no se hace cómplice de nuestras trampas, nos anima a avanzar por ese misterioso y fascinante sendero que conduce hacia nuestro interior e intentar desde allí respuestas personales.

La pregunta sigue ahí, dirigida a Bartimeo y a todos los que nos acercamos al Señor: “¿qué quieren?” Nosotros qué queremos, ¿algún favor para ser mendigos más afortunados? ¿queremos ver? ¿queremos saber dónde vive? Jesús no interroga como cuando alguien toma un examen, él conoce bien lo que hay en el corazón de quienes se le aproximan, cuando pregunta qué queremos es para que nosotros mismos, al expresarlo, lo sepamos mejor, nos conozcamos más y desde la verdad nos encontremos con él.


 

Para que el mundo crea

vela

DOMINGO XXIX

Marcos 10, 35-45

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?». Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».

Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?». «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Nuevamente el Evangelio nos presenta una escena en la que algunos discípulos están buscando ocupar los primeros lugares en ese Reino del que les habla Jesús. Aun no han comprendido que se trata de un Reino muy diferente de aquellos que ya conocen y con los que sueñan. Poco a poco Jesús les va revelando cómo es ese misterioso Reino del que él habla, lo muestra a través de imágenes, parábolas, comparaciones. Las palabras no le alcanzan; a pesar de su enorme capacidad de expresión, ni el mismo Jesús logra encontrar el discurso apropiado.

Santiago y Juan piden sentarse uno a la derecha y el otro a la izquierda, la imagen sugiere que el Señor estaría en el centro, en algún imponente trono, y ellos escoltándolo como dos poderosos ministros. No han entendido, “no saben lo que piden”. Pero Jesús no les dice que no deben buscar los primeros lugares, al contrario, les explica lo que tienen que hacer para ser importantes en ese Reino que está a punto de inaugurarse: “el que quiera ser grande, que se haga servidor; el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos”.

La escena pone de manifiesto algo que conocemos muy bien, sabemos por experiencia que en cualquier grupo humano, en el mismo momento en el que algunos procuran los sitios más destacados, de inmediato se desata la competencia y aparece la rivalidad que destruye la convivencia: los demás “se indignaron contra ellos”. Estamos ante una de las enseñanzas más importantes que el Maestro quiere transmitirles, el amor fraterno y la unidad son indispensable para esa pequeña comunidad que deberá hacer presente en todo el mundo la vida y el mensaje de Jesús.

Así lo expresará el Señor en la oración que dirige al Padre poco antes de su Pasión: “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17,21). Tan importante es que sus discípulos comprendan esto que en la última cena, con un gesto que los discípulos no olvidarán jamás, Jesús “se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos”, y les dijo: “si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”. (Jn. 13,12)

Esta actitud de servicio es la señal más clara y elocuente que debe hacer presente en el mundo la comunidad de los cristianos, solo de esa forma será un signo del Reino. Especialmente en este tiempo competitivo, y en el que la lucha por el poder se ha convertido en el espectáculo al que asistimos constantemente, la actitud de servicio es el gran signo que debe distinguir a los hombres y mujeres de fe.


 

 

El pobre hombre rico

DOMINGO XXVIII

Marcos 10, 17-30

Joven Rico

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.  Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».  

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!». Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible».

Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Este pasaje del Evangelio nos muestra el encuentro de Jesús con un personaje muy especial: es muy ansioso, (llega corriendo y se tira de rodillas), es alguien rico a quien su riqueza no le alcanza para ser feliz, quiere que Jesús le diga cómo conseguir lo que no puede comprar: “vida eterna”; es alguien bueno, que cumple los mandamientos, pero no se conforma con eso, quiere algo más. Jesús lo mira con amor, como a todos nosotros, y le dice lo que le falta hacer: dejar de pensar en sí mismo, ocuparse de los demás y confiar en Dios.

Este hombre parece que tiene todo: es rico y es una buena persona; pero no le alcanza, quiere más. Pero es necesario aclarar algo: para un judío, en ese contexto y en ese tiempo, la expresión “vida eterna” seguramente no quería decir lo mismo que para nosotros. Se refería a otra cosa, no está hablando de la vida con Dios, o de “irse al cielo”; “vida eterna” para este hombre es probable que radicara en la seguridad de que esa vida que ya tenía fuera para siempre. Como les ocurre a todos los ricos, su inquietud se origina en la posibilidad perder lo que tiene. Eso es el “algo más” que está buscando.

Jesús lo va a desilusionar. En lugar de “vida eterna” el Señor le propone seguirlo a él, o sea, le propone exactamente lo que el pobre hombre rico no está buscando: inseguridad, vida no-eterna, frágil, peligrosa.

Esta escena se desarrolla en presencia de los discípulos, en el preciso momento en el que el Señor está tratando de hacerles comprender que el Mesías debe padecer mucho y morir. En ese rico están representados aquellos discípulos. Jesús les está diciendo que seguirlo a él no es solamente ser bueno ni, menos aún, soñar con una buena vida.

Las cosas se complican más cuando el Señor dice: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”. El “ojo de aguja” eran unas puertas pequeñas construidas con ese tamaño y esa forma precisamente para que por ahí no puedan pasar los camellos. Jesús está diciendo que las puertas del Reino están diseñadas para que por ellas no puedan pasar los ricos.

Los discípulos no pueden creer lo que escuchan. Para entender las palabras de Jesús la clave está en la conclusión a la que llegan Pedro y los demás. Ellos no dicen “pobres los ricos que no se van a salvar”, la pregunta que se hacen, y que le formulan a Jesús, es otra bien diferente: “entonces, ¿quién podrá salvarse?”. Se dan cuenta de que no se trata de una cuestión de dinero sino algo más profundo. Los seguidores del Señor eran pobres, pero comprenden que la advertencia de Jesús también está destinada a ellos.

Esos hombres y mujeres que estaban junto al Señor no tenían dinero, pero advierten que Jesús los está invitando a dejar otro tipo de riquezas, por ejemplo sus seguridades o sus pretensiones de ocupar los primeros lugares. Los discípulos empiezan a comprender que para seguir al Maestro tienen que estar dispuestos a dejarlo todo.

El pobre hombre rico también puede representarnos a nosotros pretendiendo una vida cristiana sin sobresaltos ni demasiadas complicaciones, buscando solo “ser buenos” y “cumplir los mandamientos”. El Señor nos invita a mucho más: a compartir su vida, a continuar su obra, a prolongar su presencia. ¿Nosotros? ¿nosotros, así como somos vamos a hacer presente a Jesús en nuestro tiempo? «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible»