Una fuerza imparable

En su gran encíclica Evangelii Gaudium, Francisco nos dice que la resurrección de Jesús “no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable”. (276)

Aquello que comienza como un rumor entre los habitantes de Jerusalén se extiende poco a poco a los pueblos vecinos, luego a las naciones cercanas y finalmente llega al mundo entero. La noticia de la resurrección del Galileo circula de boca en boca como uno de esos ríos subterráneos que circulan por debajo de la tierra y cada tanto aparecen en la superficie y fluyen como silenciosos manantiales.

Cuando Esteban dice «veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (Hc. 7, 56); cuando aquel etíope pregunta a Felipe “¿de quién dice esto el Profeta?” y luego pide ser bautizado (Hc 8,36); cuando Pablo escucha “¿por qué me persigues?”; cuando Lidia escucha a Pablo junto al río y decide bautizarse con toda su familia (Hc 16, 14-15); cuando con temor y temblor brota en nuestros labios un sincero “creo”, o al menos un “quiero creer”, en cada uno de esos momentos la fuerza imparable de la resurrección emerge como un manantial y transforma la vida. Desde hace dos mil años cada vez que alguien responde al llamado del resucitado la fuerza de ese río nace silenciosamente en esa tierra que parece seca y cambia la historia.

Hoy, cuando “el mensaje de la Cruz” se encuentra con corazones que responden al llamado, vuelve a brotar con la misma fuerza de los primeros días aquel entusiasmo de los discípulos que caminan junto al Maestro por Galilea. Entonces las palabras dejan de ser solo la noticia de algo que ocurrió hace mucho tiempo y cobran vida. Esa es la fuerza imparable de la resurrección, esa es la fuerza que se desata cuando las palabras de siempre se encuentran con las preguntas de ahora. 

Sin embargo no debemos confundirnos, no estamos en presencia de algo mágico. Aunque sean millones y millones las personas que proclamen a gritos su experiencia del encuentro con el resucitado, el sepulcro vacío sigue siendo un misterio. La resurrección del Maestro permanece en la historia como una provocación, como algo absolutamente impenetrable. Para repetir las palabras de Pablo, la resurrección es siempre “una locura” para “el razonador sutil de este mundo”, un “escándalo” para quienes no creen y, también, -¿cómo no reconocerlo?-para ese “no creyente” que habita en cada hombre o mujer de fe. (1 Cor. 1, 18)

La experiencia del encuentro con el Señor resucitado transforma para siempre la vida, pero ese encuentro no es el final del camino. Es el comienzo. Esas vidas ya transformadas por su encuentro con el resucitado no dejan de ser frágiles. Los creyentes siguen sometidos a todos los altibajos de la condición humana. Desde los primeros relatos llegan hasta nosotros las dudas, los miedos y las vacilaciones de los discípulos. Caminar juntos es acompañarnos unos a otros sosteniéndonos mutuamente en la fe. Como dice el mismo Pablo “llevamos ese tesoro en recipientes de barro” y por extraordinario que sea el tesoro el recipiente sigue siendo de barro. (2 Cor 4,7)

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos«, Jorge Oesterheld

La noche y los signos

La oscuridad de la noche no se disipa con argumentos sensatos. La noche en la que comienza la celebración de la Pascua se transforma con un poema y con la luz de un cirio, no con un discurso:

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la Santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.

Desde el principio el anuncio de la resurrección se realiza a través de señales. Signos simples, concretos: agua, pan, vino, la vacilante luz de una vela…; signos y palabras que con su sencillez revelan misterios inexpresables en conceptos y forman un nuevo lenguaje que atravesará los siglos con su mensaje. 

Ese cirio, que “aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla”, será el que transforma esa noche y todas las noches:

Sabemos ya lo que anuncia 
esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para la gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Que el lucero matutino lo encuentre ardiendo, 
Oh lucero que no conoce ocaso y es Cristo, 
tu Hijo resucitado, 
que volviendo del abismo, 
brilla sereno para el linaje humano, 
y vive y reina por los siglos de los siglos.

“Oh lucero que no conoce ocaso y es Cristo…”-Serán ese lenguaje poético y esos signos a la vez misteriosos y transparentes, los portadores de aquella locura expresada en el mensaje de la Cruz.

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos», Jorge Oesterheld

La cruz

Pablo dice a los Corintios que él ha sido enviado “a anunciar la Buena Noticia, y esto sin recurrir a la elocuencia humana, para que la Cruz de Cristo no pierda su eficacia”.

Como ya vimos, al Apóstol no le alcanzan las palabras para expresarse y prefiere que sus razonamientos suenen a una “locura” antes que traicionar el mensaje que contiene esa Cruz. No quiere hablar de la resurrección sin hablar de la Cruz porque es esa muerte ignominiosa de Jesús la que le da a la resurrección su fuerza, la que inserta ese acontecimiento en la historia del pueblo de Israel y de toda la humidad. Es la Cruz aquello que evita que el mensaje de la resurrección se iguale a tantos otros relatos mitológicos que hablan de la vida después de la muerte.

Muy lentamente se va convirtiendo el signo de la Cruz en el gran signo que identifica a las comunidades que caminan junto al Maestro. En los primeros tiempos, varios siglos, esa imagen era demasiado dura y difícil de aceptar ¿cómo reunir a la comunidad en torno a esa figura que resulta dolorosa hasta el extremo de la repugnancia? Paulatinamente la Iglesia va descubriendo que ese signo es completado por la presencia de la comunidad reunida para celebrar la resurrección de aquél que de esa manera ha muerto. La comunidad reunida en torno a la Cruz y celebrando la resurrección de aquel que allí se desangra hasta morir, se convierte desde entonces en el gran signo vivo que expresa el misterio.

Las cruces que se encuentran en las iglesias cristianas, aquellas que podemos ver en las paredes de nuestras casas o las que pueden colgar del cuello o fijarse en una prenda de vestir, no son adornos. La Cruz es un signo que nos invita a continuar contando esa historia hasta completarla. Junto a una cruz estamos apremiados a mostrar con nuestra vida de qué manera ese crucificado está vivo.

Solo la noche “conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo”, y solo desde nuestras noches podemos hablar de la resurrección del crucificado. Ese es el signo, el signo vivo: la vida del cristiano que proclama la resurrección desde su noche. Puede ser la noche de la enfermedad o del exilio; de la guerra o del hambre; del terror o la injusticia; desde muchas noches, desde todas las noches, desde la noche de cada corazón puede completarse esa historia que se comienza a narrar en cada cruz.

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos», Jorge Oesterheld

La Cena

El primer gran signo aparece pocos días después de Pentecostés. Aún no se han apagado los ecos de aquellas jornadas dramáticas y los discípulos ya hablan de un lugar especial para el encuentro con el Maestro: la “Cena del Señor”. Aquella comida se convierte rápidamente en una oportunidad privilegiada para reencontrarse con el resucitado. Tal como el Señor les había dicho que hicieran, ellos se reúnen y repiten ese gesto de compartir el pan y el vino.

Esos encuentros son el momento de “hacer memoria”, de recordar los signos y las palabras del Maestro. De esa manera hacen presente al resucitado y los discípulos experimentan su presencia como real y así lo viven y transmiten. Verdaderamente el Señor está presente en la celebración de esa Cena tal como lo prometió.

Con el paso del tiempo se convierte esa comida en un rito litúrgico y aparece el riesgo de reemplazar la experiencia por un ritualismo vacío de contenido, pero ese peligro es superado también con el correr del tiempo por infinidad de personas que experimentan en la “Cena del Señor” el encuentro vivo con el resucitado. Lo esencial de aquella comida ha permanecido intacto a lo largo de dos mil años y la celebración de la que se puede participar hoy en cualquier parroquia, en lo más hondo es fiel reflejo de aquella comida del Señor con sus discípulos.

No se trata de un drama que se representa ante espectadores sino que en él todos somos actores.  Lo que ahí se relata también ocurre en la vida de los que escuchamos. Todos tenemos parte en ese drama y desempeñamos en él un papel, las acciones de cada uno influyen en el desarrollo del argumento. Participar de la eucaristía significa tomar partido, elegir un lugar desde el cual vivir el drama del mundo. Para que la eucaristía sea el tiempo y el lugar del encuentro con el resucitado es necesario revivir la tragedia que allí se comunica.

Cuando se reduce la Cena del Señor a un encuentro festivo o a una bella ceremonia, y se la arranca del contexto en el que esa Cena se celebró: la noche, la traición, la angustia, el miedo; entonces es difícil que ese momento sea un encuentro con el resucitado. Cuando la eucaristía es solamente “una devoción”, algo “que me hace bien”, una práctica que tiene como protagonista al discípulo y no al Maestro, entonces pierde su fuerza de signo, deja de ser el lugar en el que Jesús “se deja ver” y la celebración de la Pascua es una formalidad vacía.

Caminamos juntos compartiendo la Cena del Señor, allí se encuentra el alimento que fortalece en el camino. Si bien lo que se evoca ocurrió hace dos mil años, el hecho de recordarlo lo hace presente y contemporáneo. Al hacer memoria ponemos en contacto nuestra vida con ese manantial de vida que brota de la fuerza imparable de la resurrección del crucificado.  

FRAGMENTO DEL LIBRO «Caminar juntos«, Jorge Oesterheld