Un pan que baja del cielo

DOMINGO XIX

Juan 6, 41-51

meditar“Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo.» Y decían: «¿Acaso éste no es Jesús, hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre ¿Cómo puede decir ahora “yo he bajado del cielo”?»

Jesús les respondió: «No murmuren entre ustedes. «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae; y yo le resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: serán todos instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre; sino aquel que viene de Dios, solo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que coma de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo.»

En este pasaje del Evangelio aparecen nuevamente los que conocen “al padre y a la madre” del Señor y creen que por eso ya lo conocen a él: “¿Acaso éste no es Jesús, hijo de José?” Se muestra así con claridad, y una vez más, que uno de los mayores obstáculos para conocer a Jesús es creer que ya se lo conoce. Ese es hasta nuestros días el drama de los cristianos que tienen las cosas claras”, de aquellos para quienes el Señor es una propiedad adquirida, algo de lo que se apoderaron, un objeto más que se posee; aquellos para quienes la fe no es un camino por recorrer, sino la posesión de una certeza que ya no los conmueve ni sorprende.

Jesús quiere darse a conocer ante los que creen conocerlo y les dice algo que genera desconcierto: habla de sí mismo como “bajado del cielo”, es decir, como “aquel que viene de Dios”. Eso es lo que quiere decir la expresión “bajado del cielo”, el cielo es el “lugar” en el que está Dios, ese Dios que los judíos no se atrevían ni a nombrar, el que “habita en una luz inaccesible” como dirá después Pablo. Jesús les está diciendo que su origen no hay que buscarlo solamente en María o en José, sino en el misterio insondable de Dios.

Pero las sorpresas no terminan ahí, también Jesús se presenta a sí mismo como “pan”, es decir, fuente de vida, el que da vida. Nuevamente la imagen evoca a Dios: solo Dios es la fuente de la vida. A través de unas imágenes simples y profundas, el Señor está revelando a esa gente, que cree conocerlo, quién es realmente ese con quien están hablando. Los está invitando a descubrir el misterio que se oculta detrás del “hijo del carpintero”, los está invitando a creer en él, a caminar el sendero de la fe, el largo camino que conduce hasta ese Dios que no solo “habita en una luz inaccesible” sino que además se ofrece como alimento, se hace “pan”.

El discurso de Jesús avanza, va adquiriendo una mayor densidad, su profundidad es cada vez más misteriosa. No está hablando de cualquier pan, es un pan que “está vivo”: “yo soy el pan vivo, bajado del cielo”. Por eso, “el que coma de este pan, vivirá para siempre”. Sus discípulos no olvidarán estas palabras, pero deberán esperar para comprenderlas; esperar a la Pascua, esperar a recibir el Espíritu que les revelará el Misterio inagotable que se oculta en ese nazareno fascinante. Como siempre, el Señor les anticipa lo que ocurrirá: “está escrito en los profetas: serán todos instruidos por Dios”.

“Meditar” quiere decir “repetir”

Aquellos discípulos “guardarán” estas palabras en sus corazones, como en otro pasaje se nos dice que María “guardaba estas cosas en su corazón”. Las guardarán para nosotros, los que las escuchamos ahora. No son palabras para entender sino para guardar, para meditar. En la Biblia “meditar” quiere decir “repetir”. Esa es la expresión que se utiliza para expresar lo que se debe hacer ante el misterio. Los problemas se entienden, se piensan, ante un problema hay que utilizar la inteligencia, la cabeza; pero los misterios se meditan, se expresan en palabras que se repiten una y otra vez, hasta que encuentran un lugar en nuestro corazón, no en nuestra cabeza.

El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo”. Así termina el texto que escuchamos hoy y de la misma manera comienza el “discurso del pan de vida”, que escucharemos el domingo que viene. No son palabras para entender, no es un problema para encontrarle una solución y así incorporarlo a ese conjunto de verdades que ya comprendimos y podemos enseñar con seguridad, como certezas incuestionables. Se trata de palabras para meditar, para repetir, para decir en voz baja, como se habla de lo que amamos, de lo que guardamos en el corazón.


Creer es confiar

DOMINGO XVIII

Juan 6, 24-35

confiar

“Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?»

Jesús les respondió: «Les aseguro: ustedes me buscan, no porque han visto señales, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.»

Ellos le dijeron: «¿Qué debemos de hacer para realizar las obras de Dios?

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que crean en quien él ha enviado.»

Ellos entonces le dijeron: «¿Qué signos haces para que creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio de comer el Pan del Cielo.»

Jesús les respondió: «Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»

Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.”

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Cuando en esta escena de los Evangelios se le pregunta al Señor “qué debemos hacer”, la respuesta es clara y directa: la obra, es decir, la tarea, el trabajo, es creer en él. De esa forma Jesús habla de la fe de una manera que nos puede sorprender: habla de la fe en él como algo que implica un esfuerzo. Sin embargo, creer en el Señor, confiar en él, no aparece ante muchos los cristianos como una tarea en la que hay que empeñarse. Por el contrario, para muchos la fe es algo valioso si es espontánea, si brota “naturalmente”.

Creer en alguien, es una experiencia que afecta la vida entera. Creer en Dios no es “tener una opinión” sobre si Dios existe o no, implica mucho más: es un encuentro, es un descubrimiento que cambia todo; “des-cubrimiento” en el más exacto sentido de la palabra: algo que estaba cubierto deja de estarlo, algo nuevo aparece ante la vista. Decir “creo en Dios” modifica la vida.

Por otra parte, creer en Jesús no es “creer que Jesús existió”, eso no se cree, se sabe, es un dato de la historia. Es necesario un paso más: confiar en él, experimentar que el Señor es el rostro de Dios, reconocerlo como aquel en quien Dios se introduce en la historia del mundo y en la historia de cada uno. En la vida de Jesús Dios no es alguien lejano y abstracto sino cercano y concreto, adquiere un rostro, habla, escucha. Es un Padre en quien se puede confiar.

Llevar “a la práctica” la fe es vivirla como un encuentro con alguien y todo encuentro implica una responsabilidad, una respuesta, algo que hay que hacer. El “trabajo”, en primer lugar, es creer cada vez más, confiar cada vez más; es vivir de tal manera que esa confianza en el Señor vaya empapando nuevos aspectos de la vida, nuevos rincones del corazón; que esa confianza vaya siendo más incondicional, sincera, alegre; que la experiencia del encuentro con Jesús vaya siendo más profunda y auténtica.

Creer, es renovar en el día a día nuestra confianza en el Señor que nos dice que él es “el pan de vida”, aquello que nos mantiene vivos, y hacerlo a pesar de los inconvenientes, los miedos, los peligros. Es experimentar en medio de las dificultades, a veces extremas, una confianza ilimitada en el Señor que nos dice “el que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Creer es confiar, “como un niño en brazos de su madre” (Salmo 131).


 

Querían apoderarse de él

DOMINGO XVII

Juan 6,1-15


INRI-jesus-mensajeDespués de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea y una gran multitud lo seguía porque veían las señales que realizaba sanando a los enfermos.

Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer.

Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Dijo Jesús: «Háganlos sentar.» Había en el lugar mucha hierba. Se sentaron y eran unos 5.000 hombres. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron y llenaron doce canastos con los trozos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver la gente la señal que había realizado decía: «Este es, verdaderamente, el profeta que debe venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

El texto nos habla de Jesús seguido por “una gran multitud” y nos dice el motivo por el que esa gente estaba ahí: “porque veían las señales que realizaba”. Era eso lo que los congregaba. El Señor había sanado enfermos y esa noticia fue corriendo de boca en boca entre aquellos campesinos aquejados de tantos males. También el Maestro había hablado como un profeta, había dicho que Dios amaba a los pobres y que el Reino ya estaba entre ellos, pero parece que esas enseñanzas tenían menos poder de convocatoria; lo que los empujaba hasta la costa del mar de Galilea era la fama de ese nazareno sanador, no la novedad de sus palabras.

Inmediatamente después se nos relata otra “señal”, que será recordada como “la multiplicación de los panes y los peces”. Una señal aún más impresionante que las anteriores. Jesús ya no se presenta como alguien que viene a curar, tampoco como quien viene a enseñar; hace algo más sorprendente aún: Jesús aparece ahora como alguien que puede multiplicar “el pan”, que es como decir “la vida”. Eso es el pan, un símbolo de la vida, un don de Dios. Quizás en un esfuerzo por mostrar a esa gente aquello que tanto les costaba ver, el Señor se muestra como el que da la vida. Eso es mucho más que alguien con misteriosos poderes sobre la enfermedad. Pero esa osadía terminará muy mal.

¿Qué hay detrás de las señales que hace Jesús? ¿Qué es lo que esa gente no es capaz de ver? En esta escena evangélica lo más sorprendente no son ni los panes ni los peces. Lo que verdaderamente impacta, lo que pone de manifiesto el texto, es el abismo que existe entre Jesús y esa multitud. Ni siquiera los más cercanos, Felipe o Andrés, comprenden lo que ocurre. El final es dramático: Jesús debe huir “porque quieren apoderarse de él para hacerlo rey” ¿Qué mejor que un rey que multiplique milagrosamente el pan? Nadie había comprendido las señales.

El Reino que anuncia Jesús no tiene un rey como los que conocemos en este mundo, se trata de un reino diferente. Pero para comprenderlo aquellos hombres y mujeres deberán esperar la llegada de la fiesta de la Pascua, cuando finalmente logren apoderarse de él. Ese día el procurador romano se burlará de los secuestradores del Nazareno y les dirá: “¡Aquí tienen a su Rey!”; y mandará escribir sobre la cruz: “éste es el Rey de los judíos”. Entonces será tarde para lamentarse. ¿Querían un rey? Ahí lo tienen.

Los evangelios son textos misteriosos que están vivos, dos mil años después de haber sido escritos el desafío que plantean sigue presente ante nuestra mirada: ¿qué hay detrás de este relato evangélico que hoy nos recuerda la liturgia? ¿qué se nos quiere decir a nosotros que lo escuchamos ahora? Quizás se trate de una severa advertencia. Acaso aún en nuestro tiempo buscamos alguien que milagrosamente cure a los enfermos y multiplique el pan. Es posible que aún sigamos intentando “apoderarnos de Él”.


Un lugar solitario para descansar

DOMINGO XVI

Marcos 6,30-34

discipulos

“Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Vengan también ustedes, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero los vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.”

Después de varios días, se encuentran con Jesús y se apresuran a contarle “todo lo que habían hecho y enseñado”. La escena que nos narra Marcos transmite familiaridad y cercanía. Contar lo que hicieron brota como algo natural, es lo que siempre se hace cuando se han vivido experiencias importantes. Al menos, lo que se hace cuando entre las personas hay confianza. Es una de las formas de expresar el afecto y la amistad: contar lo que vivimos. Contar con el entusiasmo que se cuenta un cuento. Narrar lo que vivieron, tal como lo tienen en la memoria, seguramente con algún desorden y corrigiéndose los unos a los otros. No sabían entonces que sus vidas se convertirían con el tiempo en eso, en contar lo que habían vivido junto al Maestro.

La cercanía y la confianza también están presentes en la actitud de Jesús. Los invita a estar con él en un lugar solitario para descansar un poco. Es fácil imaginar el ambiente de alegría, necesitaban ese descanso, pero especialmente necesitaban estar con Jesús. Había en él algo que los serenaba y les daba seguridad en medio de esa tarea de predicadores del Reino que, casi de un día para el otro, sorpresivamente, se encontraban realizando sin saber muy bien cómo hacerla ni hacia dónde conducía.

Pero la paz duró poco. La gente llegó antes que ellos a ese “lugar solitario”. Con naturalidad el Señor se adapta a la nueva situación y de esa manera los discípulos reciben una nueva enseñanza: para seguir a Jesús hay que tener el corazón abierto a las sorpresas y a los cambios de planes. Jesús dejó de ser, nuevamente, alguien que se ocupaba solo de ellos y lo vieron conmoverse hasta las entrañas, y pudieron ver también que con cariño se ponía a enseñarles a aquellas personas, pues estaban desorientadas, confusas, sin saber a dónde ir. Como tantos de nosotros, que hoy miramos desde lejos la escena gracias al relato evangélico. Los discípulos no podían imaginar aquel día hasta qué extremo iban a tener que experimentar esas separaciones del Maestro.

Seguramente, ya resignados a tener que compartir con esa multitud al Señor que los había invitado a descansar, se sentaron también ellos a escucharlo. Poco a poco las palabras del Nazareno fueron empapando el ambiente, y las almas, con aquel lenguaje nuevo que hablaba del amor especial de Dios por cada uno de los que allí escuchaban y de la cercanía del Reino que ya estaba presente. También lentamente, los Apóstoles iban aprendiendo que ese al que seguían, y por el que darían la vida, no les pertenecía solo a ellos, que era de todos, especialmente de aquellos que no sabían qué hacer con sus vidas.


De dos en dos

 

dosDOMINGO XV

Marcos 6, 7-13

“Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni provisiones, ni dinero; sino que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.»

Y les dijo: «Cuando entren en una casa, permanezcan en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no los reciben y no los escuchan, al salir de allí sacudan el polvo de la planta de sus pies, en testimonio contra ellos.»

Entonces fueron a predicar que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.” 

De  dos en dos. Acompañándose el uno al otro. Ya bastante solos están. Sus palabras no se apoyan en ninguna autoridad reconocida, no se presentan en nombre del Templo, ni de Roma; hablan en nombre de un carpintero de Galilea. Eso es todo. Es él quien les ha dicho que el Reino ya llegó, que Dios está con su pueblo, que los pobres son bienaventurados. Y ellos le creyeron. Fue tan grande el impacto que les causó el encuentro con Jesús, tanto le creyeron, que ahí están, por los caminos, repitiendo sus palabras, contagiando su alegría y su esperanza. De dos en dos.

Saben que son más fuertes que los “espíritus impuros” porque Jesús fue quien los arrancó de sus corazones. Gracias a él ya no se sienten movidos por el odio o la envidia; ya no habita en ellos la codicia o el resentimiento; ya no viven con miedo y buscando satisfacer sus pequeños caprichos o sus egoístas pasiones. Los espíritus impuros han desaparecido de sus corazones gracias al amor que encendió Jesús con sus palabras y su ternura. Por eso están en camino, contagiando la pureza de sus corazones a aquellos campesinos sedientos, como nosotros, de pureza y alegría.

No llevan nada para el camino. El anuncio del Reino se hace desde la precariedad de la vida de quienes no tienen otra cosa que su confianza en aquel galileo fascinante. Son sus discípulos, hombres frágiles y necesitados. La unica seguridad que tienen es aquello que anuncian. Son personas que apoyan su vida en una palabra, en una promesa, y es suficiente.

Lo que sorprende a quienes escuchan es justamente eso: que no tienen otra cosa que su confianza en ese Jesús que los envía y en su mensaje. Aunque todo parezca desmentir lo que ellos afirman, aquellos hombres sin mucha instrucción lo dicen y lo repiten: el Reino ya está presente. No tienen otro argumento más que éste: Jesús se los dijo con esas palabras y se los mostró con gestos de ternura que cambiaron sus vidas.

Como lo hacía Jesús, los discípulos hablan desde “el último lugar”. Esta manera de presentarse inseguros y frágiles es lo que los hace creíbles. Es el lugar de quienes dicen la verdad. Las personas escuchan más a quienes hablan desde la fragilidad, que a quienes hablan desde la arrogancia de aquellos que ya lo saben todo. Esos campesinos y campesinas, esos niños y ancianos, podían escuchar mejor a quienes eran como ellos, pobres y abandonados en las manos de Dios. Aquellos que recibían el mensaje eran hombres y mujeres comunes, con sus dudas, sus miedos y sus esperanzas y así eran también los amigos de Jesús que anunciaban el Reino.

Lo que impulsa a los discípulos es la confianza que les inspira el Galileo de Nazaret, esa es la fuerza que los pone en movimiento y que los lleva a anunciar el mensaje sorprendente: Dios es alguien cercano,  alguien que conoce y quiere aliviar los dolores de esos hombres, mujeres y niños que solamente tienen su confianza puesta en Dios, porque no tienen nada más que esa confianza. Por eso los pobres son bienaventurados, porque solo tienen la esperanza puesta en un Dios que los ha creado y que no los va a dejar de su mano, ese Dios de Israel que acompañó a su pueblo y nunca lo abandonó, a pesar de sus pecados y de sus traiciones, a pesar de haberse apartado del camino y de haberse ido detrás de otros dioses. Los pobres confían en un Dios que es fiel, que no es como el pueblo, que no es como ellos.

Van de dos en dos, de casa en casa, anunciando lo que nadie había dicho pero que todos esperaban oír, aquello que en el fondo de sus corazones ya sabían: Dios está cerca, el Reino ya llegó al corazón de quienes lo buscan.


 

¿De qué llorar tú sueles?

xto

Hay algo que tenemos que hacer, antes que nada, y que es lo único que demostrará que hemos comprendido: conmovernos. No despreciemos las emociones. La emoción, si nace del corazón y es genuina, es la respuesta más elocuente y más digna que pueda existir ante la revelación de un gran amor o de un gran dolor.

Cuando nos emocionamos, experimentamos que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Emocionarnos es abrir al otro lo más íntimo de nuestro ser. Por eso ante ella se siente pudor. Pero no tenemos derecho a ocultar nuestra emoción a quien es objeto de la misma. Le pertenece, es suya, él la ha provocado y a él está destinada. Jesús no escondió su emoción ante la viuda de Naín ni ante las hermanas de Lázaro, al contrario, “se echó a llorar” (Jn 11,35). ¿Y nos vamos a avergonzar nosotros de conmovernos ante él?

¿Para qué sirven las emociones? Son preciosas, porque son como la aradura que rompe la dura corteza permitiendo así a la semilla anidar profundamente en la tierra. La emoción es con frecuencia el comienzo de una verdadera conversión y de una vida nueva. ¿Hemos llorado alguna vez —o al menos hemos deseado llorar— por la pasión de Cristo? Ha habido santos que han gastado sus ojos a fuerza de llorar por eso. “Lloro la pasión de mi Señor”, contestó Francisco de Asís a uno que le preguntaba por la razón de tantas lágrimas.

Basta ya de llorar por nosotros mismos con lágrimas contaminadas, con lágrimas de autocompasión. Es hora de derramar otras lágrimas. Lágrimas hermosas, de asombro, de alegría, de agradecimiento. De emoción, antes incluso que de arrepentimiento. También esto es “renacer del agua”. Cuántas veces, oyendo evocar la pasión, o disponiéndome yo mismo a hacerlo, me he acordado de aquel célebre verso de Dante y lo he repetido en mi interior, rebosando casi de cólera contra mí mismo: “Y si no lloras, ¿de qué llorar tú sueles?” (DANTE ALIGHIERI, Infierno, XXXIII, 42.

 

Rainiero Cantalamessa


 

Ha llegado la hora

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V domingo de cuaresma  Juan 12:20-33

El camino cuaresmal va llegando a su fin. Las palabras de Jesús adquieren un dramatismo inocultable: “Ha llegado la hora”; “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”; “Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.”

La Pasión, que vamos a rememorar la semana que viene, nos acerca al centro del misterio de la vida de Jesús: la salvación no se realiza por discursos o milagros, todo aquello fue solamente para manifestar quién era Él y enseñarnos a confiar en su palabra. La salvación del hombre y la mujer sometidos al poder del pecado requiere algo más: se realiza atravesando la Pasión y su dolor; atravesando las puertas de la muerte y su misterio. Lo dice la liturgia: quien había vencido en un árbol – la serpiente – debía ser en un árbol vencido, en el árbol de la Cruz.

El Señor no se nos muestra en esta escena como un super-héroe que avanza con rostro duro hacia la batalla, al contrario, nos abre su corazón y expresa lo que siente: “Ahora mi alma está turbada”. Todo es incomprensible, solo hay una luz en la oscuridad y lo expresa así el pregón que proclamaremos en la liturgia de la Vigilia Pascual: “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.” La Resurrección de Jesús no es el final feliz de una tragedia dolorosa, ella está presente en todo el camino de la Pasión, ilumina cada instante de dolor, acompaña el camino del sufrimiento y lo transfigura ¿cómo? De la única manera posible: por el amor. En “esa noche”, en todas las noches y en todo tipo de noches, el amor hace presente la Pascua y al permitir mirar más allá, da las fuerzas necesarias para convertir los dolores de muerte en dolores de parto.

La Pasión que dentro de poco tiempo recordaremos es la manifestación del amor de Dios por cada uno de nosotros, lo escuchamos el domingo pasado: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Es la expresión del amor de Jesús: su alma está turbada pero acepta la voluntad del Padre: Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre. El amor transforma el sufrimiento otorgándole un sentido. La Pasión de Jesús abre una esperanza en el mismo momento del dolor, no después. Y esa luz que se enciende en ese instante es ya resurrección, es ya la pascua.

Nosotros solo podemos narrar los acontecimientos ubicándolos en una línea de tiempo, pero en la realidad de la vida todo es simultáneo, cada día, cada momento, se vuelven a vivir la pasión y la resurrección, la semilla muere y da fruto. San Pablo lo dice así: “En el bautismo, ustedes fueron sepultados con él, y con él resucitaron, por la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos.” (Col 2,12) Los verbos están en pasado “fueron sepultados”, “resucitaron”. La fe nos enseña a vivir nuestra vida así, mirando la cruz, atravesando el dolor y el sufrimiento, desde la experiencia de la resurrección. Cuando vivimos desde la fe experimentamos aquello que dice San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col. 1,24) y entonces el Señor resucita en nosotros.

¿Cómo iluminar nuestra vida cotidiana con la luz de estos misterios? Amando, como Jesús, y poniendo toda nuestra confianza en el Padre que nos ama.


 

Tanto amó Dios al mundo

piesIV Domingo de cuaresma Juan 3:14-21

Nos acercamos a la Pascua, antes deberemos recorrer el camino de la Cruz. Estamos invitados a recorrerlo con Jesús, no solo haciendo el vía crucis, o participando de las celebraciones de semana santa, estamos invitados a recorrerlo en nuestra vida, cada día, para poder vivir también, cada día, la experiencia de la Pascua.

Los domingos anteriores el Señor anunciaba su Pasión: el Mesías debía padecer mucho. Los discípulos se resistían a aceptarlo. Hoy nos dice el porqué de esa Pasión, y el misterio se hace más profundo, pero también comienza a verse una luz: la razón de esa Pasión está escondida en la frase que pronuncia el mismo Jesús: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Si no lo hubiera dicho Él nunca lo hubiéramos podido pensar: la Pasión anunciada es fruto del amor, del amor de Dios por el mundo.

El mundo, este lugar en el que vivimos en medio de guerras, injusticias, catástrofes, enfermedades y tantas formas de dolor; este lugar, nos dice Jesús que es amado por Dios ¿Por qué Dios ama esto? ¿Qué ve de amable, de digno de amor?

Hay un primer tipo de respuestas a estas preguntas que probablemente hayamos escuchado muchas veces; unas respuestas que de distintas maneras nos dicen que Dios ama el mundo porque es misericordioso, porque es infinitamente bueno, que nos ama a pesar de que somos pecadores y estamos llenos de maldad. En pocas palabras: Dios nos ama a pesar de que no merecemos ser amados. Sí, Dios es misericordioso, pero ¿por qué Dios habría de amar algo así?

En Jesús no encontramos esa clase de respuestas tantas veces escuchadas. De muchas maneras lo que él nos dice es que nos ama y que somos valiosos a sus ojos. Dios no ama lo que no vale nada, él ha creado algo que sí vale, que vale tanto que le entrega a su Hijo. Eso es lo que dice el Evangelio de hoy, lo que nos muestra la medida de nuestro valor.

¿Qué hay en este mundo digno de ese amor? ¿Y en nosotros? Pueden ser preguntas incómodas y desafiantes, estamos más acostumbrados a dar lástima. El lugar de la víctima nos exime de responsabilidades. Pero ser cristiano, y cargar con Él la Cruz, es atreverse a mirarnos como Él nos ve; atreverse a buscar, cuidar y hacer crecer todo lo valioso que hay en la creación, porque el mundo no está ahí por casualidad, no es solo fruto de un Big Bang, es fruto de un acto libre y lleno de amor. Dios creó al mundo “y vio que era bueno”; mejor dicho: Dios crea al mundo y ve que es bueno, hoy, ahora. Dios nos está creando en este momento y ve que es bueno. Por increíble que parezca ¡somos valiosos a sus ojos!

Según san Agustín, “rezar significa cerrar los ojos y tomar conciencia de que Dios ahora crea el mundo”. Mirar solamente las tragedias y el pecado que hay en el mundo es ver una pequeña parte, es ver lo que pusimos nosotros en el mundo, no lo que Dios creó; es ver el pecado y sus consecuencias, no la totalidad de ese misterio en el que vivimos y llamamos mundo.

Como en cada cuaresma estamos llamados a la conversión, a cambiar nuestra mirada y nuestra actitud para poder cambiar nuestra manera de vivir. Convertirse es ver las cosas desde el punto de vista del Padre. Creer en Jesús es creer en lo valiosos que somos para Dios. Entonces encontramos la manera de vivir el misterio de la Pasión: con la fuerza ya presente de la Pascua.


 

Él hablaba del santuario de su cuerpo

1443439496934III Domingo de Cuaresma Juan 2:13-25

Este domingo ya no vemos a Jesús ni en el desierto ni en la montaña sino en el Templo de Jerusalén. La impactante imagen de Jesús expulsando con un látigo a los mercaderes puede desviar nuestra atención hacia cuestiones secundarias. Fácilmente nos detenemos en el tema de la riqueza de la Iglesia o la supuesta buena vida de los eclesiásticos y no vamos hacia lo esencial, hacia lo que afecta la vida de todos los cristianos y no solamente de algunos oportunistas: “no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado” es una expresión que va dirigida mucho más allá, nos alcanza a todos.

Para ser un “mercader del Templo” no es necesario poner un puesto en la calle para vender baratijas, es suficiente entrar en la “casa de mi Padre” con actitud mercantil: hacer algunas cosas para que Dios haga otras; voy a misa, rezo tales oraciones, ofrezco aquella limosna, esperando que a cambio Dios haga lo que yo creo que debe hacer por mí. Eso es comercio. No se trata sólo de poner la atención sobre los que venden; ya sea que vendan palomas, bueyes, incienso, velas o estampitas. También hay que mirar a los que consumen, los que compran ¿qué compran? El que vende gana un dinero, y el que compra, ¿qué gana? ¿qué se lleva del Templo?

Pero hay otro motivo para no detenernos en la imagen del látigo: Jesús provoca esa escena para decir algo tan importante que terminará siendo decisivo para su condena a muerte. El Templo, el lugar en el que reside la gloria de Dios, el sitio para el encuentro entre Dios y los hombres, ya no es esa construcción de piedras sino su cuerpo, el santuario de su Cuerpo. Allí está la gloria de Dios. Y se trata de un santuario indestructible, que si es derruido él puede reconstruir “en tres días”, es una nueva presencia de Dios entre los hombres en la que ya no es posible el comercio de ningún tipo.

Jesús está dando un paso absolutamente revolucionario, está inaugurando un tiempo completamente nuevo, su gesto encierra un mensaje sorprendente: Dios no está en los edificios en los que hay que hacer algunas cosas para ganar su favor. Ahora todo es gratis; ya no somos siervos, sino hijos; no puede haber comercio ¡porque todo es nuestro! Ya no hay nada que comprar, ya no hay nada que vender.

Eso es lo que no soportan ni los vendedores ni los compradores, eso es lo que no soportan los que ganan dinero y los que pretenden sobornar a Dios con sus ofrendas. Ha comenzado el tiempo de la gracia. Dios regala la salvación, se acabó esa relación de “yo hago esto para que Dios haga esto otro”.

Terminó el comercio y comenzó la oración. Ya no hay un lugar en el que ganar el favor de Dios; se acabó ese Templo y se terminaron todos los templos. Dios está en otra parte: ahora el lugar del encuentro es Él mismo, “Él hablaba del santuario de su cuerpo”.

Ese es el fruto de la Pascua hacia la que nos aproximamos, gracias a que “al tercer día” el santuario de su cuerpo fue reconstruido ahora podemos celebrar la eucaristía, experimentar que nosotros mismos reunidos en la Iglesia somos ese cuerpo, y escuchar que se nos dice “el cuerpo de Cristo”, y responder “amén”.


 

Escuchar y seguir al transfigurado

tranfigurados

II Domingo de Cuaresma Marcos 9:2-10

El último domingo veíamos a Jesús en el desierto y rodeado de peligros y tentaciones. Ahora lo vemos en la cima de un monte, no está solo, lo acompañan tres de sus discípulos y aparece resplandeciente dialogando con Elías y Moisés. No hay tentaciones ni peligros a la vista, al contrario, el texto nos cuenta que los discípulos sintieron un maravilloso bienestar e intentan atrapar ese momento: “hagamos tres tiendas”, o sea, “quedémonos aquí”, quieren que ese momento se prolongue para siempre. Todo dura un instante y es interrumpido por la voz que sale de la nube: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. Repentinamente todo vuelve a la normalidad y Jesús les dice que no deben decir nada de lo ocurrido “hasta que haya resucitado de entre los muertos”. Ellos se quedan discutiendo sobre qué quería decir eso.

Como nosotros, que nos quedamos perplejos ante este texto y nos preguntamos qué quiere decir. Los que saben nos explican que es un lenguaje simbólico, que Elías representa a los profetas y Moisés a la ley, que ambos presentes representan todo el Antiguo Testamento, la historia de Israel a través de los siglos. Se nos explica también que, así como el desierto es sinónimo de soledad y peligros, el monte simboliza el lugar del encuentro con Dios. Así aparece también en muchos pasajes de la Escritura, Dios habla desde la montaña y se manifiesta en lugares elevados. Por otra parte, también Dios habla a su pueblo desde las nubes; es entre las nubes que habita la gloria de Dios. Todos estos signos aparecen en este relato y de alguna manera “lo explican”, pero, para nosotros, para nuestra vida que transcurre en el siglo XXI, ¿qué puede significar este texto?

En esta escena nosotros estamos representados por los tres discípulos y podemos reconocer lo que ellos sienten: sorpresa, temor, alegría indescriptible, confusión, dudas. No era fácil acompañar a Jesús por aquellos caminos de Galilea. Creían en él, confiaban ciegamente en él, pero todos los días estaban cargados de sorpresas, a cada paso ese Maestro los conmovía con algo nuevo e impensado. Por una parte, les transmitía una inmensa paz, y les insistía: “no tengan miedo”. Pero, por otra, estar junto a él significaba un sobresalto permanente. Quienes dos mil años después queremos seguir los pasos de Jesús ¿No experimentamos acaso las mismas sensaciones?

La fe, no es una medicina mágica que aleja de nosotros inquietudes, sorpresas, dolores y oscuridades. La fe en Jesús nos enseña a convivir con el misterio, nos ayuda a comprender nuestra propia vida como un misterio. Encontrar a Jesús es encontrar un camino, no es llegar a destino. Los discípulos encuentran a Jesús y comienzan a seguirlo sin poder imaginar hacia dónde los estaba conduciendo ese sendero. Pasarán desiertos, montañas, peligros, alegrías, miedos, sorpresas, muchas sorpresas. Atravesarán aterrados la muerte del Maestro y descubrirán en sí mismos la fuerza de su Espíritu. Serán los cobardes que abandonan a su Señor y también los que darán su vida por él.

Así fue la vida de aquellos tres que quisieron detener el mundo haciendo tres tiendas y que a los pocos días huirían despavoridos. Así somos nosotros, a quienes hoy, poco antes de celebrar la Pascua, se nos muestra resplandeciente al “hijo amado” y se nos invita a escucharlo, a seguirlo por esos misteriosos caminos en los que se revela día a día quién es él, y quienes nosotros.