El juicio final

Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver’. Los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’. Y el Rey les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo’.

Luego dirá a los de su izquierda: ‘Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron’. Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’.

Y él les responderá: ‘Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo’. Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna». Mateo 25,31-46.


Permanentemente nos encontramos expuestos a juicios, las personas que nos rodean hacen juicios sobre nosotros y nosotros las juzgamos a ellas. Juzgamos los acontecimientos, los políticos, los vecinos, los hermanos, los padres, los amigos; y todos ellos nos juzgan. Esos juicios pueden convertirse en una pesada carga y algunas personas llegan a ser completamente dependientes del juicio de los otros. También hacemos juicios sobre nosotros mismos y en ocasiones este juicio sobre nosotros mismos puede ser más temible que los que hacen los demás. En este relato del evangelio de Mateo se nos habla de un juicio, de un juicio final, definitivo; del único juicio que verdaderamente importa.

“Tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber…” o, por el contrario, “tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber…”. En última instancia a eso se reduce todo, lo único que importa es la respuesta a esas preguntas, todos los demás juicios son intrascendentes, vacíos. En este el juicio final se nos preguntará qué hicimos ante la necesidad de los más frágiles, cómo respondemos al pedido de ayuda de quienes nos necesitan. Según esta parábola este es el único juicio al que deberíamos estar atentos.

Al escuchar al Maestro que en esta celebración de Cristo Rey habla así de este juicio final nos puede inquietar la misma pregunta que conmovió a los discípulos cuando preguntaron “entonces, ¿quién podrá salvarse?”. En esa oportunidad el Señor había dicho que era “más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mt 19) y los discípulos se atemorizaron, comprenden que Jesús no está hablando solo de riquezas o pobrezas materiales, que en sus labios la palabra «pobre» sonaba de una forma diferente. ¿Cómo no temer también nosotros al escuchar “estos irán al castigo eterno”? ¿Es eso lo que pretende Jesús, asustarnos, amenazarnos?

Para contestar a esas preguntas recordemos como respondió el nazareno ante esa angustia de los discípulos: “Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: ‘Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible’”. Esas palabras recuerdan su vez a aquellas que escucha María cuando ante el misterioso anuncio del ángel pregunta “¿cómo puede ser eso?”. En ese momento ella recibe la misma respuesta: “para Dios nada es imposible”.

Si ante estas palabras de Jesús sobre el juicio final comenzamos a buscar explicaciones tranquilizantes; si nos enredamos en consideraciones sobre lo que realmente se quiere decir en este texto; si nos ponemos a discutir sobre el verdadero significado de la palabra “pobreza”; si buscamos en las ideologías explicaciones para justificarnos; entonces quedaremos atrapados en nuestros propios juicios. Si, en cambio, ante esta parábola nos sentimos tan perplejos como los discípulos y, como María, preguntamos inquietos “¡¿cómo puede ser?!”; si ante este juicio final nos encontramos sorprendidos y desamparados; si nuestra sensación es la de encontrarnos ante el límite de todo lo que podemos comprender y de todo lo que podemos hacer; si ante estas palabras no recurrimos a nuestros juicios y permanecemos confusos e indefensos, entonces experimentamos nuestra propia pobreza y en ese momento nos convertimos en pobres, en esos pobres de los que hablaba Jesús. Si ante la inmensidad de la propuesta del Maestro solo podemos suplicar y ponernos en las manos de Dios, en ese mismo instante la angustia desaparece; si nos reconocemos pobres estamos salvados, “¡para Dios nada es imposible!”.

Al escuchar esta parábola podemos recordar aquella otra parábola de Jesús que llamamos “del buen samaritano”. Cada vez que la oímos hemos soñado ser como ese buen hombre que se acercó al herido, lo vendó, lo llevó hasta un lugar seguro, y no hemos querido ser como los otros, los que dando un rodeo siguieron caminando hacia el Templo. Pero quizás en ese texto no solo se nos invita a imitar al samaritano sino que también se nos está invitando a reconocernos en el lugar del herido tirado en el camino, reconocernos en el lugar del pobre que se encuentra al borde de la muerte, sin esperanzas y abandonado en las manos de Dios, que se encuentra solo y ante “lo imposible”.

Quizás también en esta parábola sobre el juicio final se nos esté invitando a ponernos no solo en el lugar del que puede dar alimento o bebida, sino a ponernos en el lugar del hambriento y el sediento; a reconocernos frágiles e incapaces de responder como fue capaz de responder el samaritano. Quizás se nos esté diciendo que no solo es necesario atender a la pobreza de los otros sino también a la nuestra; que si damos un rodeo para alejarnos de nuestra propia pobreza también caminamos hacia un Templo que estará vacío. Quizás se nos esté diciendo que si reconocemos nuestra impotencia y nuestras heridas ocurrirá “lo imposible»: ¡seremos pobres! y entonces el Señor, que es el único “buen samaritano”, saciará nuestra hambre y nuestra sed.

Para recibir “en herencia el Reino que fue preparado desde el comienzo del mundo” es necesario primero ser como esos pobres que Jesús llamaba «bienaventurados», y luego, y por eso mismo, ser capaces de compartir con los hambrientos y sedientos nuestra hambre y nuestra sed.



 

 

 

 

Nos confió sus bienes

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor. Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores.

El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. ‘Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado’. ‘Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor’. Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado’. ‘Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor’. Llegó luego el que había recibido un solo talento. ‘Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!’.

Pero el señor le respondió: ‘Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes’. Mateo 25,14-30.


Esta parábola, como la del domingo pasado, nos habla del Reino de Dios, en ella, utilizando imágenes, el Señor nos invita a descubrir cómo es ese Reino. Tenemos la costumbre de leer los textos de los evangelios como si Jesús estuviera hablando siempre de nosotros y dándonos consejos morales para que seamos buenos y logremos “ir al cielo”. Pero el Maestro no está hablando de nosotros, está hablando de Dios, nos está dando algunas pistas para que podamos saber cómo es Dios.

¿Qué es un reino? Es un territorio en el cual se cumplen las leyes de un rey. Cuando al viajar llegamos a otro país estamos sometidos a las leyes de ese país. Un reino es un lugar en el que rigen determinadas normas. Cuando Jesús nos habla de “el Reino de Dios” nos está hablando de cómo son las reglas que rigen en ese lugar en el que Dios es el rey, nos está hablando de cómo es un sitio en el que se cumple la voluntad de Dios.

Simplificamos la enseñanza de Jesús cuando reducimos los evangelios a enseñanzas morales o consejos piadosos y también cuando reducimos la expresión “entrar en el Reino de Dios” a la idea de “irse al cielo” después de esta vida. Cuando Jesús invita a “entrar en el Reino” nos está haciendo una invitación para ahora, no para el momento de nuestra muerte, ahora podemos “entrar en el Reino”, ahora podemos “descubrirlo”, ahora podemos comenzar a vivir aquello que viviremos plenamente más adelante.

Para comprender estas parábolas lo primero que deberíamos hacer es dejar de pensar en nosotros mismos y de tratar de encontrar en ellas consejos “para ser mejores”. ¿Qué nos quiere decir el Maestro sobre “el Reino” ?, ¿cómo lo describe?, ¿cómo podemos descubrir ese “Reino” a partir de las pistas que nos ofrecen sus relatos?

En el evangelio de Marcos lo primero que Jesús hace cuando comienza su vida pública es decir “el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1- 15). Estas parábolas nos están invitando a “convertirnos”, la palabra griega es “metanoia”, “meta” hace referencia a “cambiar”, “noia” se refiere a “conocimiento”, metanoia es cambiar “nuestra manera de conocer”, cambiar “nuestro punto de vista”. Podemos traducir esto a nuestra manera de hablar diciendo que para descubrir el Reino es necesario ¡cambiar la manera de pensar y de ver las cosas! Jesús nos dice ¡abran sus cabezas y sus corazones! Ese Reino ¡está cerca! No solo en el tiempo, también en el espacio. Está por aquí, si miran bien lo pueden ver, si dejan de mirarse a ustedes mismos lo pueden descubrir. Después de cambiar nuestra manera de pensar, nuestra manera de ver, podremos cambiar nuestra manera de actuar.

Esta parábola, como casi todas, puede ser desconcertante para quienes buscan en los evangelios “ideas”, “conceptos”, “definiciones”. Jesús no nos ofrece “una definición” sobre “el Reino” sino solo pistas, señales que nos sirvan para buscar el Reino que está cerca, que está en nuestro corazón más que en nuestra cabeza, que podemos descubrir más en la oración y en el silencio que en los razonamientos. Jesús nunca dice “el Reino de Dios es …”, siempre dice “se parece a …”, o nos dice “es como …”. ¿Por qué habla así? ¿nos quiere poner una trampa? ¿no será más bien que confía en nuestra respuesta, en nuestra capacidad para descubrir lo que nos está diciendo, que confía en nosotros?

Quizás, si leemos nuevamente y descubrimos que el Señor “nos confió sus bienes”; si abandonamos la cómoda idea de que otro nos diga lo que la parábola significa; si superamos nuestros miedos y si no enterramos nuestros talentos; si no somos como el “servidor malo y perezoso”, seguro que descubriremos lo que a cada uno nos está diciendo está parábola. Entonces entraremos hoy en el Reino.



 

Una parábola inquietante

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: ‘Ya viene el esposo, salgan a su encuentro’.

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: ‘¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?’. Pero estas les respondieron: ‘No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado’. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’, pero él respondió: ‘Les aseguro que no las conozco’. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. Mateo 25,1-13.


En este pasaje del evangelio escuchamos una parábola en la que el Señor nos invita a estar atentos. La escena presenta los acontecimientos con cierto dramatismo para que quede bien claro a los discípulos que para descubrir ese Reino de los Cielos del que habla Jesús es necesario no ser superficiales, no estar distraídos en cosas sin importancia. Descubrimos el Reino de los Cielos cuando ponemos atención a los signos que nos muestran la cercanía de Dios. Jesús nos invita a descubrir a Dios en la profundidad de los acontecimientos de nuestras vidas.

Teniendo en cuenta otras parábolas de Jesús, y su insistencia al recordarnos que siempre debemos confiar en Dios que es un padre que nos ama, estaríamos distorsionando su mensaje si comprendiéramos este pasaje como una amenaza. El Señor no nos está hablando del Padre como alguien que por un mínimo descuido rechaza a sus hijos y les cierra las puertas de su Reino; lo que el Maestro está diciendo es que tenemos que estar atentos porque Dios está cerca.

Sin embargo es verdad que las palabras de Jesús pueden generarnos alguna inquietud, especialmente cuando escuchamos la frase “les aseguro que no las conozco”. Parece que el Señor además de invitarnos a estar atentos a su presencia cercana, también nos está invitando a superar la imagen de un Dios complaciente, de un padre blando y tolerante; Dios es Padre, sí; y nos ama, también, pero por eso mismo es exigente, nos anima a crecer, a desplegar todas nuestras capacidades.

Afortunadamente la mayoría de las personas ya no tiene aquella imagen de Dios como un juez implacable y aterrador que fue muy común en malas y muy difundidas catequesis y también en terroríficos sermones; pero lamentablemente esa imagen en muchas ocasiones ha sido reemplazada por otras que tampoco son las que nos presenta Jesús: muchos la han reemplazado por la imagen de un anciano bondadoso y siempre dispuesto a satisfacer todos nuestros caprichos o por la de un amigo simpático y buen compañero. Dios en la Biblia no es ni una cosa ni la otra. Esas imágenes son sólo eso, imágenes, imágenes con las que apenas podemos balbucear algo de lo que sabemos de Dios.

Dios es Dios, y solo gracias a Jesús de Nazaret, creemos que es un Padre misericordioso, pero su infinita misericordia no elimina su insondable misterio. Gracias a Jesús podemos decir que Dios es amor, pero el amor no se expresa sólo en la imagen de un anciano bondadoso o de un buen compañero; el amor es mucho más que eso, el amor no “hace la vista gorda”, no acepta caprichos ni complicidades, el amor se parece más a un fuego que transforma que a un anciano fácil de conformar o un amigo con el que parlotear.

Dios no es un juez implacable y por eso ante él no se debe tener miedo, pero tampoco se puede suponer que ya lo conocemos porque hemos dejado de temerle. Dios es amor y nada más que amor; pero hay que reconocer que precisamente por eso es algo para nosotros desconocido, nosotros no sabemos lo que es el puro amor.

Gracias a Jesús sabemos que Dios es un desconocido al que no debemos temer. En Jesús alejamos el miedo sin eliminar el misterio. Por eso tenemos que estar atentos, porque Dios es un misterio de amor tan inmenso como desconocido que viene a nosotros a cada momento.



 

Todos los santos, todos los pobres

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron. Mateo 5, 1-12.


En el día de Todos los Santos la Iglesia nos propone reflexionar en la liturgia el discurso de Jesús llamado “las bienaventuranzas”. Quienes estamos acostumbrados a leer los evangelios conocemos muy bien este texto y probablemente lo sepamos de memoria. Es fácil de comprender lo que se está diciendo y sin embargo son palabras misteriosas. Como ante muchas otras palabras de Jesús nos encontramos en este discurso con propuestas provocadoras y desafiantes. Son expresiones que van a contrapelo de muchas convicciones en las que estamos cómodamente instalados. ¿Qué quiere decir “felices los pobres»? Fácilmente intuimos que son palabras que no deben ser comprendidas literalmente pero no nos resulta sencillo descubrir el verdadero sentido que esconden.

¿Quiénes son “los pobres”? En nuestro tiempo no es fácil responder a esta pregunta. El lugar que ocupa hoy la pobreza como tema económico, social, político o filosófico está determinado por el lugar que en nuestros días ocupa la riqueza. Cuanto mayor es la obsesión por la riqueza más centralidad adquiere el tema de la pobreza, y viceversa. Si adoptamos como definición de la pobreza la que ofrece la sociedad del consumismo entonces todos somos pobres porque nada es suficiente, siempre hay expectativas insatisfechas, desde esa perspectiva no podemos comprender el significado de la palabra «pobre» en los labios de Jesús. Cuando en los evangelios se habla de los pobres ¿de qué se está hablando?

La respuesta podemos encontrarla si nos acercamos a la pobreza, entonces aprendemos a distinguir entre la pobreza que viven los pobres y la pobreza que imaginan quienes desde lejos hablan de ellos. Cuando no observamos a distancia la pobreza, descubrimos que los pobres tienen mucho para enseñar y que una de las verdades más profundas e incómodas que enseñan es algo que puede sorprender: cuando estamos en contacto verdadero y cordial con los pobres, ellos enseñan que nadie es solamente pobre y que nadie es solamente rico. Los pobres enseñan a descubrir la riqueza que se esconde en ellos y la pobreza que se esconde en los que se creen ricos. Con su sola presencia enseñan a descubrir las pobrezas que se esconden en muchas riquezas y, además, y lo más importante, derriban todas las fantasías con las que ocultamos a nuestros propios ojos nuestra propia pobreza, de esa manera nos muestran el camino para conocerla y aceptarla.

¿Y quienes son los santos? Tampoco es fácil responder a esta pregunta, también ante los santos nos encontramos atrapados por una infinidad de imágenes que nos confunden: ¿acaso son los más buenos, los que tienen más fe, los que nunca cometen pecados, los que hacen milagros, los que la Iglesia eleva a los altares? Los santos, como los pobres, también son muchos y son muy diferentes unos de otros. Pero en algo coinciden todos: los santos son hombres y mujeres que solo tienen su esperanza puesta en Dios; son aquellos que, como los pobres, conociendo y aceptando sus debilidades ponen toda su esperanza en el Señor. Los pobres y los santos, aunque no encuentren palabras para explicar cómo ni por qué, solo confían en que Dios nunca los abandonará.

¡Por eso son bienaventurados! Por eso Jesús al descubrir quienes son los que comprenden sus palabras exclama: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt. 11, 25). Y también por eso María “proclama la grandeza del Señor … porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora” (Lc 1, 46ss). Y Francisco de Asís, el poverello, canta desde su pequeñez: “que no quiera tanto en ser consolado como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar”.

Los pobres y los santos son los que tienen su confianza puesta en Dios, los ricos y los pecadores son los que tienen su confianza en sí mismos. Otros no tienen nada pero no son pequeños, solo esperan ser ricos y entonces no son pobres; también conocemos a quienes hacen todo bien pero tampoco son pequeños, no aman ni confían y entonces no son santos.

En este tiempo parece más urgente que nunca reflexionar sobre la pobreza y la santidad huyendo de las trampas que nos proponen tanto los que han perdido la vista cegados por la sociedad de consumo, como quienes la perdieron cegados por el resentimiento y las ideologías. Solo muy cerca de los pobres y de los santos, pero especialmente muy cerca de nuestra propia pobreza y con los ojos bien abiertos hacia ella, podemos intuir qué quiere decir el Maestro cuando dice “bienaventurados los pobres” y cuando dice “ustedes sean santos”.



 

 

 

 

 

 

Amarás

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?».

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas». Mateo 22,34-40.


Amarás”… ¿Se trata de una orden o de una promesa? Esta expresión quiere decir “¡tienes que amar!”, ¿o se está diciendo “ya lograrás amar”? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”, la frase recorre la historia entera del pueblo de Israel como un mandamiento, como el primer mandamiento. En labios de Jesús adquiere una nueva luz y se la relaciona para siempre con el “segundo mandamiento”: “y al prójimo como a ti mismo”.

¿Puede imponerse la experiencia de amar como un deber, con una orden? No parece fácil entender así el amor. Pero si además de una orden se trata de un anuncio, de una promesa, entonces el mandamiento se transforma: debemos amar porque es posible hacerlo y si lo intentamos se puede lograr. Nos hemos acostumbrado demasiado a determinadas palabras como una orden y no nos emociona que se nos diga “amarás al Señor tu Dios” como un anuncio, no nos sorprende que se nos anuncie que es posible amar a Dios. “Amarás”, sí, tienes que hacerlo porque puedes hacerlo.

En nuestro mundo y nuestros días no es fácil decir ni escuchar como un mandato: “¡Debes amar a Dios y al prójimo!” Ante infinidad de injusticias y frustraciones, y a la vista de tantos fracasos afectivos, para muchos la pregunta es: ¿amar, acaso es posible?, ¿se puede amar?, ¿aún estamos a tiempo? Es en estos tiempos de perplejidad cuando conviene rescatar la expresión “amarás” como promesa, como iluminadora y consoladora promesa. “Amarás”, es posible hacerlo.

La primera carta de San Juan nos ofrece otro motivo para amar a Dios que no nace de un mandato: “amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Para este Apóstol debemos amarnos unos a otros porque ese es el camino para poder ¡conocer a Dios! Y por eso dice “el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. Para Juan se puede conocer a Dios amando al prójimo y por eso insiste: “nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros”. Es decir, que para “ver a Dios” es preciso amar. “Amarás” es una promesa que contiene otra: al amar se puede “ver a Dios”. (1 Jn. 4) Por eso para quienes buscan a Dios la promesa se convierte en mandato.

Para profundizar en toda la riqueza y el misterio que contiene esta promesa que es mandamiento, o este mandamiento que es también promesa, conviene continuar adelante y avanzar hacia la frase completa: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”, y hacerlo atreviéndonos a cambiar la entonación de nuestra voz. La hemos oído infinidad de veces en un tono imperativo, también como mandato, subrayando la palabra “todo”. Con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Pero también la podemos decir de otra manera y subrayar la palabra . Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Con ese corazón, alma y fuerza que cada uno tiene, como cada uno puede, de la forma que cada uno logre hacerlo. Entonces el mandamiento se transforma nuevamente, al subrayar el tú, al recordar la capacidad de cada uno, se aleja cualquier culpa y adquieren así aún mayor belleza y verdad las palabras de Juan: “en el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.” (1Jn 4, 18)

“Amarás” …, “como tu puedes”…, ese es el camino para “ver a Dios”, esa es la promesa que nos da la capacidad para poder cumplir con nuestras fuerzas los dos mandamientos que son solamente uno.



 

Una encíclica molesta y desafiante

Comparto mi artículo publicado hoy en el diario La Nación, de Buenos Aires.

En medio de una pandemia y de una crisis económica global proclamar a los cuatro vientos que todos somos hermanos, como lo ha hecho el papa Francisco en su tercera encíclica parece haber ofrecido una temática poco atrayente. LEER MÁS



 

Al César lo que es del César

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?».

Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto». Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César».

Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Mateo 22,15-21.


Los fariseos se unen con los seguidores de Herodes para tender una trampa a Jesús. Cualquier respuesta que él diera a la pregunta que le hacían serviría para condenarlo; si contestaba que no había que pagar el impuesto sería condenado por la ley romana y si decía que había que pagarlo la condena llegaría desde la ley judía. Jesús “conociendo su malicia, les dijo: ¿por qué me tienden una trampa?”.

Mateo nos dice que estos personajes se acercan al Maestro diciendo “sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios” y con esa expresión se ganan el calificativo de “hipócritas”. Están mintiendo. No solo no admiran a Jesús sino que lo desprecian, para ellos era un ignorante que engañaba a la gente. Observemos: los que se acercan mintiendo, y para poner una trampa, creen que el mentiroso y tramposo es Jesús. Ellos se consideran a sí mismos los dueños de la verdad porque han estudiado la ley, (los fariseos), o porque son amigos del rey, (los herodianos). Para unos y otros Jesús era “nadie”, un artesano venido de una aldea remota como Nazaret que con engaños alejaba a la gente de La Verdad (con mayúsculas) que se enseñaba en el Templo y que el rey imponía con su autoridad.

Fácilmente nos podemos dar cuenta de que en esta escena están representados personajes muy conocidos en todas las culturas de la historia, y también en las más diversas sociedades de nuestro tiempo. Por una parte los dueños de “La Verdad” y en el otro extremo aquel que se atreve a relativizar esa “Verdad” que se presenta como intocable y definitiva. Lo que está en juego entonces es mucho más que una discusión sobre un impuesto, asistimos a una discusión sobre el poder. Con sus palabras y sus gestos el nazareno está cuestionando los fundamentos sobre los que se edificaba el poder de los poderosos de su tiempo y de su pueblo. Utilizando palabras más actuales podemos decir que Jesús cuestiona “el relato” de los que tienen el poder e introduce otro “relato”.

En el Reino que anuncia Jesús los últimos son los primeros y los primeros los últimos, los que trabajan desde temprano ganan lo mismo que los que llegan al atardecer, el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado, la virgen es madre y los muertos resucitan. A partir de las enseñanzas del galileo se caen todas las fronteras hasta entonces intocables y se inaugura un tiempo de una libertad sin límites: ya no importará ser judío o pagano, esclavo o libre, hombre o mujer. Todo es relativo, pero no porque lo digan los filósofos nihilistas que aparecerían dos mil años después de la mano de Nietzsche, sino que todo es relativo comparado con la novedad inaugurada por el carpintero de Nazaret.

Lo único que no es relativo es dar “a Dios, lo que es de Dios”. Esa es la respuesta que reciben los hipócritas que se acercan a Jesús con mentiras y la que reciben todos los hipócritas de todos los tiempos. Ningún “relato”, ni “La Verdad” de ningún poderoso tienen la última palabra. Jesús inaugura una nueva época en la que lo único que no se puede relativizar es el mandamiento del amor: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber …” (Mt. 25).

San Pablo lo recordará más tarde diciendo: “Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.” (Gal. 5,1) Una libertad inquietante que hace posible la responsabilidad del amor y excluye toda hipocresía.



 

El traje de fiesta

XXVIII DOMINGO A

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas’. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. ‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos. Mateo 22,1-14.


El Reino de los Cielos se parece a un señor que invita a una fiesta. En su parábola Jesús no dice que se parece a un general que convoca a una batalla, ni a un maestro que llama a una clase, ni a una institución que organiza un congreso, ni a un político que llama a una concentración de partidarios. La invitación es a una fiesta, un momento de compartir gratuito y alegre, de buena comida, cantos, baile, amigos. A eso nos dice Jesús que estamos invitados por Dios.

¿Qué hace este señor al ser rechazada  la invitación a la boda de su hijo? Invita a otros. No se encierra en sí mismo y en su enojo, invita a cualquiera, la fiesta está preparada y se va a celebrar. Invita a desconocidos, a quienes no pensaban ser invitados. Y en la parábola Jesús agrega un detalle clave: se invita a “buenos y malos”, es decir, a “puros e impuros”, que era el punto de referencia principal para la sociedad de esa época. Lo único que importa es si se acepta o no ir a la fiesta, no hay otra condición; ni siquiera se tiene en cuenta la “calidad moral” de los que invitados.

Y cuando ya creíamos que habíamos entendido la parábola, que ya habíamos comprendido que Dios invita a todos sin condiciones, entonces aparece en el párrafo final la pregunta desconcertante: “¿Cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” En muchas parábolas ocurre esto: al final el Señor agrega una frase que nos sorprende, nos cuestiona y nos invita a pensar de otra manera. ¿Cuál será ese traje de fiesta?

Para encontrar una respuesta conviene tener en cuenta el dato clave: no es cuestión de ser “bueno o malo”, “puro o impuro”. ¿A qué se refiere el Señor? Como en otras ocasiones en esta parábola Jesús relativiza esa división entre “puros e impuros” que fragmentaba la sociedad de su tiempo. De diversas maneras el Maestro muestra que hay actitudes que “salvan” a los malos y otras que “pierden” a los buenos. Por ejemplo: la actitud del hijo “malo” que vuelve arrepentido a la casa del padre y la actitud del hijo “bueno” que reclama al padre sus derechos. O la actitud del fariseo “bueno” que cumple con la ley sin amor y la actitud de la mujer “mala” que derrama su perfume en los pies de Jesús.

Allí está la clave, “el traje de fiesta” para poder participar de la boda, es una actitud que no coincide exactamente con la clasificación de “buenos” y “malos”. Jesús parece que nos está invitando a reconocer que hay muchas maneras de ser “bueno” o “malo” y que lo importante es qué hacemos con “nuestra bondad” o “nuestra maldad”. ¿Estamos instalados en nuestra supuesta bondad y desde ahí juzgamos a los demás? ¿estamos instalados en nuestra supuesta maldad y la aceptamos como si fuera buena o inevitable?

Jesús invita a algo diferente, invita a ser capaces de cuestionar tanto nuestra “bondad” como nuestra “maldad”. Nos invita a reconocer que no somos ni una cosa ni la otra, que en nuestro corazón lo bueno y lo malo están siempre mezclados y que lo que importa es nuestra actitud de aceptar nuestra condición de personas siempre necesitadas de crecer y ser más humildes. Con esa actitud tenemos nuestro traje de fiesta.



 

Una religiosidad perezosa

Publicado hoy en el diario La Nación

¿Seremos capaces de superar una religiosidad perezosa y llena de manías litúrgicas o ideológicas, para avanzar hacia una búsqueda de Dios ardiente y apasionada? ¿Acaso nuestra salud espiritual está relacionada con lo que hacemos con nuestras inquietudes más profundas y verdaderas?

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