Una encíclica molesta y desafiante

Comparto mi artículo publicado hoy en el diario La Nación, de Buenos Aires.

En medio de una pandemia y de una crisis económica global proclamar a los cuatro vientos que todos somos hermanos, como lo ha hecho el papa Francisco en su tercera encíclica parece haber ofrecido una temática poco atrayente. LEER MÁS



 

Al César lo que es del César

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?».

Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto». Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César».

Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Mateo 22,15-21.


Los fariseos se unen con los seguidores de Herodes para tender una trampa a Jesús. Cualquier respuesta que él diera a la pregunta que le hacían serviría para condenarlo; si contestaba que no había que pagar el impuesto sería condenado por la ley romana y si decía que había que pagarlo la condena llegaría desde la ley judía. Jesús “conociendo su malicia, les dijo: ¿por qué me tienden una trampa?”.

Mateo nos dice que estos personajes se acercan al Maestro diciendo “sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios” y con esa expresión se ganan el calificativo de “hipócritas”. Están mintiendo. No solo no admiran a Jesús sino que lo desprecian, para ellos era un ignorante que engañaba a la gente. Observemos: los que se acercan mintiendo, y para poner una trampa, creen que el mentiroso y tramposo es Jesús. Ellos se consideran a sí mismos los dueños de la verdad porque han estudiado la ley, (los fariseos), o porque son amigos del rey, (los herodianos). Para unos y otros Jesús era “nadie”, un artesano venido de una aldea remota como Nazaret que con engaños alejaba a la gente de La Verdad (con mayúsculas) que se enseñaba en el Templo y que el rey imponía con su autoridad.

Fácilmente nos podemos dar cuenta de que en esta escena están representados personajes muy conocidos en todas las culturas de la historia, y también en las más diversas sociedades de nuestro tiempo. Por una parte los dueños de “La Verdad” y en el otro extremo aquel que se atreve a relativizar esa “Verdad” que se presenta como intocable y definitiva. Lo que está en juego entonces es mucho más que una discusión sobre un impuesto, asistimos a una discusión sobre el poder. Con sus palabras y sus gestos el nazareno está cuestionando los fundamentos sobre los que se edificaba el poder de los poderosos de su tiempo y de su pueblo. Utilizando palabras más actuales podemos decir que Jesús cuestiona “el relato” de los que tienen el poder e introduce otro “relato”.

En el Reino que anuncia Jesús los últimos son los primeros y los primeros los últimos, los que trabajan desde temprano ganan lo mismo que los que llegan al atardecer, el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado, la virgen es madre y los muertos resucitan. A partir de las enseñanzas del galileo se caen todas las fronteras hasta entonces intocables y se inaugura un tiempo de una libertad sin límites: ya no importará ser judío o pagano, esclavo o libre, hombre o mujer. Todo es relativo, pero no porque lo digan los filósofos nihilistas que aparecerían dos mil años después de la mano de Nietzsche, sino que todo es relativo comparado con la novedad inaugurada por el carpintero de Nazaret.

Lo único que no es relativo es dar “a Dios, lo que es de Dios”. Esa es la respuesta que reciben los hipócritas que se acercan a Jesús con mentiras y la que reciben todos los hipócritas de todos los tiempos. Ningún “relato”, ni “La Verdad” de ningún poderoso tienen la última palabra. Jesús inaugura una nueva época en la que lo único que no se puede relativizar es el mandamiento del amor: “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber …” (Mt. 25).

San Pablo lo recordará más tarde diciendo: “Esta es la libertad que nos ha dado Cristo. Manténganse firmes para no caer de nuevo bajo el yugo de la esclavitud.” (Gal. 5,1) Una libertad inquietante que hace posible la responsabilidad del amor y excluye toda hipocresía.



 

El traje de fiesta

XXVIII DOMINGO A

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas’. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. ‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos. Mateo 22,1-14.


El Reino de los Cielos se parece a un señor que invita a una fiesta. En su parábola Jesús no dice que se parece a un general que convoca a una batalla, ni a un maestro que llama a una clase, ni a una institución que organiza un congreso, ni a un político que llama a una concentración de partidarios. La invitación es a una fiesta, un momento de compartir gratuito y alegre, de buena comida, cantos, baile, amigos. A eso nos dice Jesús que estamos invitados por Dios.

¿Qué hace este señor al ser rechazada  la invitación a la boda de su hijo? Invita a otros. No se encierra en sí mismo y en su enojo, invita a cualquiera, la fiesta está preparada y se va a celebrar. Invita a desconocidos, a quienes no pensaban ser invitados. Y en la parábola Jesús agrega un detalle clave: se invita a “buenos y malos”, es decir, a “puros e impuros”, que era el punto de referencia principal para la sociedad de esa época. Lo único que importa es si se acepta o no ir a la fiesta, no hay otra condición; ni siquiera se tiene en cuenta la “calidad moral” de los que invitados.

Y cuando ya creíamos que habíamos entendido la parábola, que ya habíamos comprendido que Dios invita a todos sin condiciones, entonces aparece en el párrafo final la pregunta desconcertante: “¿Cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” En muchas parábolas ocurre esto: al final el Señor agrega una frase que nos sorprende, nos cuestiona y nos invita a pensar de otra manera. ¿Cuál será ese traje de fiesta?

Para encontrar una respuesta conviene tener en cuenta el dato clave: no es cuestión de ser “bueno o malo”, “puro o impuro”. ¿A qué se refiere el Señor? Como en otras ocasiones en esta parábola Jesús relativiza esa división entre “puros e impuros” que fragmentaba la sociedad de su tiempo. De diversas maneras el Maestro muestra que hay actitudes que “salvan” a los malos y otras que “pierden” a los buenos. Por ejemplo: la actitud del hijo “malo” que vuelve arrepentido a la casa del padre y la actitud del hijo “bueno” que reclama al padre sus derechos. O la actitud del fariseo “bueno” que cumple con la ley sin amor y la actitud de la mujer “mala” que derrama su perfume en los pies de Jesús.

Allí está la clave, “el traje de fiesta” para poder participar de la boda, es una actitud que no coincide exactamente con la clasificación de “buenos” y “malos”. Jesús parece que nos está invitando a reconocer que hay muchas maneras de ser “bueno” o “malo” y que lo importante es qué hacemos con “nuestra bondad” o “nuestra maldad”. ¿Estamos instalados en nuestra supuesta bondad y desde ahí juzgamos a los demás? ¿estamos instalados en nuestra supuesta maldad y la aceptamos como si fuera buena o inevitable?

Jesús invita a algo diferente, invita a ser capaces de cuestionar tanto nuestra “bondad” como nuestra “maldad”. Nos invita a reconocer que no somos ni una cosa ni la otra, que en nuestro corazón lo bueno y lo malo están siempre mezclados y que lo que importa es nuestra actitud de aceptar nuestra condición de personas siempre necesitadas de crecer y ser más humildes. Con esa actitud tenemos nuestro traje de fiesta.



 

Una religiosidad perezosa

Publicado hoy en el diario La Nación

¿Seremos capaces de superar una religiosidad perezosa y llena de manías litúrgicas o ideológicas, para avanzar hacia una búsqueda de Dios ardiente y apasionada? ¿Acaso nuestra salud espiritual está relacionada con lo que hacemos con nuestras inquietudes más profundas y verdaderas?

LEER ARTÍCULO COMPLETO



 

Silenciar a los otros

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera. Finalmente, envió a su propio hijo, pensando: «Respetarán a mi hijo». Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: «Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia». Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?». Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»

Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»  Mateo 21,33-43.


Para acercarnos a la comprensión de este texto es necesario aclarar el significado de algunas metáforas que en él se utilizan. Muy esquemáticamente ese lenguaje simbólico se puede «traducir» así: la viña es el pueblo de Israel y el propietario es Dios; los enviados a recibir los frutos son los profetas enviados por Dios a su pueblo; los viñadores son los que rechazan a los profetas; el hijo no solo es profeta, también es el heredero y por eso mismo debe ser asesinado. La conclusión será que ese pueblo perderá el favor de Dios y que la promesa que se le hizo será hecha a otro pueblo. El evangelista pone en boca de Jesús este relato en el que se procura narrar brevemente la historia del pueblo judío.

¿Qué puede significar esta parábola si la leemos dos mil años después? ¿puede hoy tener algún sentido este lenguaje simbólico? ¿Cuál es en nuestro tiempo “el pueblo”? ¿Quiénes son hoy “los profetas”? ¿Quiénes “los asesinos”?

Quizás podemos acercarnos a unas respuestas, si nos detenemos a observar un fenómeno que en nuestros días adquirió una relevancia sorprendente debido a la omnipresencia de las redes sociales. Hoy es fácil observar la reacción “asesina” que genera en los nuevos espacios de comunicación la exposición  de ideas u opiniones contrapuestas. ¿Se puede encontrar alguna similitud entre la actitud de quienes no podían escuchar las palabras de los profetas, (o las palabras del Hijo), y la actual incapacidad para escuchar cualquier opinión que no coincide con la propia? ¿Por qué la actitud no es la de escuchar y disentir sino la de cerrar los oídos y negarse a escuchar? ¿Por qué es tan común la expresión “no lo soporto”? ¿Por qué la reacción es de “contrariedad” e “irritación” y no de un pacífico desacuerdo?

Esa incapacidad para escuchar algo diferente a la propia manera de ver las cosas puede expresar más una inseguridad que una seguridad. Los fundamentalismos y las actitudes intolerantes reflejan  una notable fragilidad en las convicciones que defienden, precisamente por su incapacidad para dialogar. Detrás de esos discursos y relatos en los que se sobreactúan certezas y seguridades suele esconderse todo lo contrario. La imposibilidad de dialogar, la irritación, y la violencia que de una manera u otra se oculta en esas actitudes, lejos de demostrar solidez ponen de manifiesto debilidad. Cuando alguien está seguro de lo que cree es capaz de dialogar con quienes piensan diferente, es más, disfruta de intercambiar opiniones con quien tiene otro punto de vista.

Los viñadores de esta parábola pueden representar muy bien a todos aquellos que son incapaces de escuchar porque no pueden imaginar la posibilidad de un mínimo cambio en el precario orden interior que se han construido, ya sea para comprenderse a sí mismos o para comprender sus dolores o sus heridas. Es posible también que debajo algunas agresividades se esconda la conciencia de los errores cometidos o de las injusticias causadas. Otras actitudes intolerantes lejos de mostrar personas maduras y sólidas permiten adivinar personalidades conflictuadas y de características adolescentes que aún no han logrado hacer pie en la vida.

Es posible que desde esta perspectiva se puedan entender mejor las últimas palabras del Hijo que fue crucificado por quienes no soportaban escucharlo: “perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen”.



 

Los publicanos y las prostitutas creyeron

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: ‘Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña’. El respondió: ‘No quiero’. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: ‘Voy, Señor’, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?».

«El primero», le respondieron. Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

Mateo 21,28-32.


La pregunta que hace Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos es fácil de contestar, evidentemente el hijo que hizo la voluntad del padre fue el primero, el que efectivamente fue a trabajar, y no el segundo, que dijo “voy” pero no fue.

Cuando los interrogados contestan correctamente reciben una respuesta desconcertante por parte de Jesús: “les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”. Y cuando estos personajes que discutían con Jesús ya se estaban preguntando perplejos por qué, qué tenía que ver una cosa con la otra, reciben una explicación que los deja más perplejos: porque ellos no habían ido a las orillas del río Jordán para hacerse bautizar como sí lo habían hecho los que se consideraban pecadores.

Aquellos publicanos y prostitutas que los sacerdotes del Templo despreciaban son comparados por Jesús con el que dice “no quiero” pero después hace lo que pide el padre. En cambio el hijo que dice “voy” pero no va, se parece a esos sacerdotes que responden bien pero no hacen lo que el padre les pide.

¿Qué es lo que no hacen los sacerdotes? Ellos no creyeron en Juan que anunciaba la llegada del Reino e invitaba a todos a cambiar de vida para recibirlo. En cambio los publicanos y las prostitutas, sí comprenden que deben cambiar sus vidas, y se ponen en camino hasta el Jordán para buscar allí ser purificados.

De lo que se trata no es de que unos son pecadores y los otros no, tampoco se trata de que unos se arrepienten y los otros no. Lo que está en juego es otra cosa. Unos creen que serán purificados en el Jordán y los otros creen que no es necesario ir allí porque la purificación se logra en el Templo y no en el río. Unos creen en Juan y los otros creen en sí mismos. Unos reconocen que es necesario cambiar y los otros creen que hay que seguir repitiendo lo mismo de siempre.

Jesús había comenzado su vida pública poniéndose en la cola de los pecadores junto a los publicanos y las prostitutas. Desde ese sitio y acompañado por esa gente había comenzado a anunciar que el Reino ya había llegado. Pero los sacerdotes y los ancianos no se habían enterado, ellos no estaban ahí. Por eso los publicanos y las prostitutas son los que “llegan antes” al Reino.

Con sus palabras y sus gestos el Señor está transformando por completo las ideas que se enseñaban en el Templo sobre quienes eran “los pecadores” y quienes “los justos”. Pero no dice que “los justos” son pecadores y que “los pecadores” son justos; dice algo mucho más profundo: todos son pecadores, la diferencia está en dónde se busca el perdón ¿modificando sus vidas creyendo en Juan o cumpliendo la ley en el Templo? ¿creyendo o cumpliendo? ¿cambiando de verdad (“pero después se arrepintió y fue”), o repitiendo lo mismo de siempre (“dijo `voy´ pero no fue”)?



 

¿Porque tomas a mal que yo sea bueno?

«Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’.

El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’.

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Mt. 20, 1-16


Algunos se enojan porque los últimos reciben la misma paga que los primeros y entonces reclaman porque consideran que eso es una injusticia. La respuesta del dueño de la viña dice con claridad que él no es injusto: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?”. Los trabajadores se comparan unos con otros, comparan los trabajos realizados por cada uno. El dueño no los compara entre ellos sino que compara lo que les paga con lo que les prometió.

Una de las experiencias más primarias y elementales que tenemos los seres humanos ocurre en nuestros primeros años de vida y en nuestras mismas familias: la experiencia de los celos, las competencias y las envidias entre los hermanos. Aprender a crecer y a madurar en la vida es justamente aprender a superar esos sentimientos; se crece en la medida en la que se descubre el propio valor sin necesidad de compararse con otros.

En el lenguaje de la Biblia el dueño de la viña es Dios. Por eso quienes escuchan esta parábola atribuyen al mismo Dios esa desafiante pregunta: “¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”, otros traducen diciendo: “¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. El reclamo es en apariencia un reclamo de justicia, pero de lo que verdaderamente se trata es de celos y de envidias.

El texto adquiere otra dimensión si recordamos que para Jesús Dios es un Padre bueno, “Abba”. Entonces podemos ver en esta escena a un padre que está enseñando a sus hijos el valor único que cada uno de ellos tiene, que les está enseñando a no comparase entre ellos, a superar sus peleas de hermanos que compiten por el amor de sus padres.

Pero también esta parábola nos puede invitar a profundizar aún más, puede haber en nuestro corazón algo más sutil que esos celos o esas envidias: ¿Nos molesta que Dios “sea bueno” con los demás, o nos molesta que “sea bueno” con nosotros? ¿Por qué habría de molestarnos esa bondad con nosotros mismos? ¿Quizás porque queremos que lo que recibimos de Dios sea un reconocimiento de lo valiosos que creemos que somos? ¿Acaso preferimos el reconocimiento de nuestros méritos más que su generosidad desinteresada? ¿Preferimos merecernos lo que Dios nos da en lugar de reconocer que lo que recibimos de él es un regalo gratuito? ¿Preferimos que Dios nos de lo que nos merecemos en lugar de darnos lo que necesitamos?

Es complicado el corazón humano, ¿qué sería de nosotros si Dios nos diera nada más que lo que nos merecemos? Pero así somos. Nos sentimos con derecho a ser reconocidos por nuestros méritos hasta ante el mismo Dios.

La buena noticia que ha venido a traer Jesús es que Dios no es tan pequeño como nosotros lo imaginamos desde nuestra propia pequeñez. Dios es Dios, y nosotros somos sus hijos, no sus empleados; y cada uno de nosotros tiene a sus ojos un valor único e irremplazable.