De dos en dos

 

dosDOMINGO XV

Marcos 6, 7-13

“Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni provisiones, ni dinero; sino que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.»

Y les dijo: «Cuando entren en una casa, permanezcan en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no los reciben y no los escuchan, al salir de allí sacudan el polvo de la planta de sus pies, en testimonio contra ellos.»

Entonces fueron a predicar que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.” 

De  dos en dos. Acompañándose el uno al otro. Ya bastante solos están. Sus palabras no se apoyan en ninguna autoridad reconocida, no se presentan en nombre del Templo, ni de Roma; hablan en nombre de un carpintero de Galilea. Eso es todo. Es él quien les ha dicho que el Reino ya llegó, que Dios está con su pueblo, que los pobres son bienaventurados. Y ellos le creyeron. Fue tan grande el impacto que les causó el encuentro con Jesús, tanto le creyeron, que ahí están, por los caminos, repitiendo sus palabras, contagiando su alegría y su esperanza. De dos en dos.

Saben que son más fuertes que los “espíritus impuros” porque Jesús fue quien los arrancó de sus corazones. Gracias a él ya no se sienten movidos por el odio o la envidia; ya no habita en ellos la codicia o el resentimiento; ya no viven con miedo y buscando satisfacer sus pequeños caprichos o sus egoístas pasiones. Los espíritus impuros han desaparecido de sus corazones gracias al amor que encendió Jesús con sus palabras y su ternura. Por eso están en camino, contagiando la pureza de sus corazones a aquellos campesinos sedientos, como nosotros, de pureza y alegría.

No llevan nada para el camino. El anuncio del Reino se hace desde la precariedad de la vida de quienes no tienen otra cosa que su confianza en aquel galileo fascinante. Son sus discípulos, hombres frágiles y necesitados. La unica seguridad que tienen es aquello que anuncian. Son personas que apoyan su vida en una palabra, en una promesa, y es suficiente.

Lo que sorprende a quienes escuchan es justamente eso: que no tienen otra cosa que su confianza en ese Jesús que los envía y en su mensaje. Aunque todo parezca desmentir lo que ellos afirman, aquellos hombres sin mucha instrucción lo dicen y lo repiten: el Reino ya está presente. No tienen otro argumento más que éste: Jesús se los dijo con esas palabras y se los mostró con gestos de ternura que cambiaron sus vidas.

Como lo hacía Jesús, los discípulos hablan desde “el último lugar”. Esta manera de presentarse inseguros y frágiles es lo que los hace creíbles. Es el lugar de quienes dicen la verdad. Las personas escuchan más a quienes hablan desde la fragilidad, que a quienes hablan desde la arrogancia de aquellos que ya lo saben todo. Esos campesinos y campesinas, esos niños y ancianos, podían escuchar mejor a quienes eran como ellos, pobres y abandonados en las manos de Dios. Aquellos que recibían el mensaje eran hombres y mujeres comunes, con sus dudas, sus miedos y sus esperanzas y así eran también los amigos de Jesús que anunciaban el Reino.

Lo que impulsa a los discípulos es la confianza que les inspira el Galileo de Nazaret, esa es la fuerza que los pone en movimiento y que los lleva a anunciar el mensaje sorprendente: Dios es alguien cercano,  alguien que conoce y quiere aliviar los dolores de esos hombres, mujeres y niños que solamente tienen su confianza puesta en Dios, porque no tienen nada más que esa confianza. Por eso los pobres son bienaventurados, porque solo tienen la esperanza puesta en un Dios que los ha creado y que no los va a dejar de su mano, ese Dios de Israel que acompañó a su pueblo y nunca lo abandonó, a pesar de sus pecados y de sus traiciones, a pesar de haberse apartado del camino y de haberse ido detrás de otros dioses. Los pobres confían en un Dios que es fiel, que no es como el pueblo, que no es como ellos.

Van de dos en dos, de casa en casa, anunciando lo que nadie había dicho pero que todos esperaban oír, aquello que en el fondo de sus corazones ya sabían: Dios está cerca, el Reino ya llegó al corazón de quienes lo buscan.


 

¿De qué llorar tú sueles?

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Hay algo que tenemos que hacer, antes que nada, y que es lo único que demostrará que hemos comprendido: conmovernos. No despreciemos las emociones. La emoción, si nace del corazón y es genuina, es la respuesta más elocuente y más digna que pueda existir ante la revelación de un gran amor o de un gran dolor.

Cuando nos emocionamos, experimentamos que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Emocionarnos es abrir al otro lo más íntimo de nuestro ser. Por eso ante ella se siente pudor. Pero no tenemos derecho a ocultar nuestra emoción a quien es objeto de la misma. Le pertenece, es suya, él la ha provocado y a él está destinada. Jesús no escondió su emoción ante la viuda de Naín ni ante las hermanas de Lázaro, al contrario, “se echó a llorar” (Jn 11,35). ¿Y nos vamos a avergonzar nosotros de conmovernos ante él?

¿Para qué sirven las emociones? Son preciosas, porque son como la aradura que rompe la dura corteza permitiendo así a la semilla anidar profundamente en la tierra. La emoción es con frecuencia el comienzo de una verdadera conversión y de una vida nueva. ¿Hemos llorado alguna vez —o al menos hemos deseado llorar— por la pasión de Cristo? Ha habido santos que han gastado sus ojos a fuerza de llorar por eso. “Lloro la pasión de mi Señor”, contestó Francisco de Asís a uno que le preguntaba por la razón de tantas lágrimas.

Basta ya de llorar por nosotros mismos con lágrimas contaminadas, con lágrimas de autocompasión. Es hora de derramar otras lágrimas. Lágrimas hermosas, de asombro, de alegría, de agradecimiento. De emoción, antes incluso que de arrepentimiento. También esto es “renacer del agua”. Cuántas veces, oyendo evocar la pasión, o disponiéndome yo mismo a hacerlo, me he acordado de aquel célebre verso de Dante y lo he repetido en mi interior, rebosando casi de cólera contra mí mismo: “Y si no lloras, ¿de qué llorar tú sueles?” (DANTE ALIGHIERI, Infierno, XXXIII, 42.

 

Rainiero Cantalamessa


 

Ha llegado la hora

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V domingo de cuaresma  Juan 12:20-33

El camino cuaresmal va llegando a su fin. Las palabras de Jesús adquieren un dramatismo inocultable: “Ha llegado la hora”; “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”; “Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.”

La Pasión, que vamos a rememorar la semana que viene, nos acerca al centro del misterio de la vida de Jesús: la salvación no se realiza por discursos o milagros, todo aquello fue solamente para manifestar quién era Él y enseñarnos a confiar en su palabra. La salvación del hombre y la mujer sometidos al poder del pecado requiere algo más: se realiza atravesando la Pasión y su dolor; atravesando las puertas de la muerte y su misterio. Lo dice la liturgia: quien había vencido en un árbol – la serpiente – debía ser en un árbol vencido, en el árbol de la Cruz.

El Señor no se nos muestra en esta escena como un super-héroe que avanza con rostro duro hacia la batalla, al contrario, nos abre su corazón y expresa lo que siente: “Ahora mi alma está turbada”. Todo es incomprensible, solo hay una luz en la oscuridad y lo expresa así el pregón que proclamaremos en la liturgia de la Vigilia Pascual: “¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo.” La Resurrección de Jesús no es el final feliz de una tragedia dolorosa, ella está presente en todo el camino de la Pasión, ilumina cada instante de dolor, acompaña el camino del sufrimiento y lo transfigura ¿cómo? De la única manera posible: por el amor. En “esa noche”, en todas las noches y en todo tipo de noches, el amor hace presente la Pascua y al permitir mirar más allá, da las fuerzas necesarias para convertir los dolores de muerte en dolores de parto.

La Pasión que dentro de poco tiempo recordaremos es la manifestación del amor de Dios por cada uno de nosotros, lo escuchamos el domingo pasado: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Es la expresión del amor de Jesús: su alma está turbada pero acepta la voluntad del Padre: Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre. El amor transforma el sufrimiento otorgándole un sentido. La Pasión de Jesús abre una esperanza en el mismo momento del dolor, no después. Y esa luz que se enciende en ese instante es ya resurrección, es ya la pascua.

Nosotros solo podemos narrar los acontecimientos ubicándolos en una línea de tiempo, pero en la realidad de la vida todo es simultáneo, cada día, cada momento, se vuelven a vivir la pasión y la resurrección, la semilla muere y da fruto. San Pablo lo dice así: “En el bautismo, ustedes fueron sepultados con él, y con él resucitaron, por la fe en el poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos.” (Col 2,12) Los verbos están en pasado “fueron sepultados”, “resucitaron”. La fe nos enseña a vivir nuestra vida así, mirando la cruz, atravesando el dolor y el sufrimiento, desde la experiencia de la resurrección. Cuando vivimos desde la fe experimentamos aquello que dice San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col. 1,24) y entonces el Señor resucita en nosotros.

¿Cómo iluminar nuestra vida cotidiana con la luz de estos misterios? Amando, como Jesús, y poniendo toda nuestra confianza en el Padre que nos ama.


 

Tanto amó Dios al mundo

piesIV Domingo de cuaresma Juan 3:14-21

Nos acercamos a la Pascua, antes deberemos recorrer el camino de la Cruz. Estamos invitados a recorrerlo con Jesús, no solo haciendo el vía crucis, o participando de las celebraciones de semana santa, estamos invitados a recorrerlo en nuestra vida, cada día, para poder vivir también, cada día, la experiencia de la Pascua.

Los domingos anteriores el Señor anunciaba su Pasión: el Mesías debía padecer mucho. Los discípulos se resistían a aceptarlo. Hoy nos dice el porqué de esa Pasión, y el misterio se hace más profundo, pero también comienza a verse una luz: la razón de esa Pasión está escondida en la frase que pronuncia el mismo Jesús: Dios amó tanto al mundo que le entregó su Hijo. Si no lo hubiera dicho Él nunca lo hubiéramos podido pensar: la Pasión anunciada es fruto del amor, del amor de Dios por el mundo.

El mundo, este lugar en el que vivimos en medio de guerras, injusticias, catástrofes, enfermedades y tantas formas de dolor; este lugar, nos dice Jesús que es amado por Dios ¿Por qué Dios ama esto? ¿Qué ve de amable, de digno de amor?

Hay un primer tipo de respuestas a estas preguntas que probablemente hayamos escuchado muchas veces; unas respuestas que de distintas maneras nos dicen que Dios ama el mundo porque es misericordioso, porque es infinitamente bueno, que nos ama a pesar de que somos pecadores y estamos llenos de maldad. En pocas palabras: Dios nos ama a pesar de que no merecemos ser amados. Sí, Dios es misericordioso, pero ¿por qué Dios habría de amar algo así?

En Jesús no encontramos esa clase de respuestas tantas veces escuchadas. De muchas maneras lo que él nos dice es que nos ama y que somos valiosos a sus ojos. Dios no ama lo que no vale nada, él ha creado algo que sí vale, que vale tanto que le entrega a su Hijo. Eso es lo que dice el Evangelio de hoy, lo que nos muestra la medida de nuestro valor.

¿Qué hay en este mundo digno de ese amor? ¿Y en nosotros? Pueden ser preguntas incómodas y desafiantes, estamos más acostumbrados a dar lástima. El lugar de la víctima nos exime de responsabilidades. Pero ser cristiano, y cargar con Él la Cruz, es atreverse a mirarnos como Él nos ve; atreverse a buscar, cuidar y hacer crecer todo lo valioso que hay en la creación, porque el mundo no está ahí por casualidad, no es solo fruto de un Big Bang, es fruto de un acto libre y lleno de amor. Dios creó al mundo “y vio que era bueno”; mejor dicho: Dios crea al mundo y ve que es bueno, hoy, ahora. Dios nos está creando en este momento y ve que es bueno. Por increíble que parezca ¡somos valiosos a sus ojos!

Según san Agustín, “rezar significa cerrar los ojos y tomar conciencia de que Dios ahora crea el mundo”. Mirar solamente las tragedias y el pecado que hay en el mundo es ver una pequeña parte, es ver lo que pusimos nosotros en el mundo, no lo que Dios creó; es ver el pecado y sus consecuencias, no la totalidad de ese misterio en el que vivimos y llamamos mundo.

Como en cada cuaresma estamos llamados a la conversión, a cambiar nuestra mirada y nuestra actitud para poder cambiar nuestra manera de vivir. Convertirse es ver las cosas desde el punto de vista del Padre. Creer en Jesús es creer en lo valiosos que somos para Dios. Entonces encontramos la manera de vivir el misterio de la Pasión: con la fuerza ya presente de la Pascua.


 

Él hablaba del santuario de su cuerpo

1443439496934III Domingo de Cuaresma Juan 2:13-25

Este domingo ya no vemos a Jesús ni en el desierto ni en la montaña sino en el Templo de Jerusalén. La impactante imagen de Jesús expulsando con un látigo a los mercaderes puede desviar nuestra atención hacia cuestiones secundarias. Fácilmente nos detenemos en el tema de la riqueza de la Iglesia o la supuesta buena vida de los eclesiásticos y no vamos hacia lo esencial, hacia lo que afecta la vida de todos los cristianos y no solamente de algunos oportunistas: “no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado” es una expresión que va dirigida mucho más allá, nos alcanza a todos.

Para ser un “mercader del Templo” no es necesario poner un puesto en la calle para vender baratijas, es suficiente entrar en la “casa de mi Padre” con actitud mercantil: hacer algunas cosas para que Dios haga otras; voy a misa, rezo tales oraciones, ofrezco aquella limosna, esperando que a cambio Dios haga lo que yo creo que debe hacer por mí. Eso es comercio. No se trata sólo de poner la atención sobre los que venden; ya sea que vendan palomas, bueyes, incienso, velas o estampitas. También hay que mirar a los que consumen, los que compran ¿qué compran? El que vende gana un dinero, y el que compra, ¿qué gana? ¿qué se lleva del Templo?

Pero hay otro motivo para no detenernos en la imagen del látigo: Jesús provoca esa escena para decir algo tan importante que terminará siendo decisivo para su condena a muerte. El Templo, el lugar en el que reside la gloria de Dios, el sitio para el encuentro entre Dios y los hombres, ya no es esa construcción de piedras sino su cuerpo, el santuario de su Cuerpo. Allí está la gloria de Dios. Y se trata de un santuario indestructible, que si es derruido él puede reconstruir “en tres días”, es una nueva presencia de Dios entre los hombres en la que ya no es posible el comercio de ningún tipo.

Jesús está dando un paso absolutamente revolucionario, está inaugurando un tiempo completamente nuevo, su gesto encierra un mensaje sorprendente: Dios no está en los edificios en los que hay que hacer algunas cosas para ganar su favor. Ahora todo es gratis; ya no somos siervos, sino hijos; no puede haber comercio ¡porque todo es nuestro! Ya no hay nada que comprar, ya no hay nada que vender.

Eso es lo que no soportan ni los vendedores ni los compradores, eso es lo que no soportan los que ganan dinero y los que pretenden sobornar a Dios con sus ofrendas. Ha comenzado el tiempo de la gracia. Dios regala la salvación, se acabó esa relación de “yo hago esto para que Dios haga esto otro”.

Terminó el comercio y comenzó la oración. Ya no hay un lugar en el que ganar el favor de Dios; se acabó ese Templo y se terminaron todos los templos. Dios está en otra parte: ahora el lugar del encuentro es Él mismo, “Él hablaba del santuario de su cuerpo”.

Ese es el fruto de la Pascua hacia la que nos aproximamos, gracias a que “al tercer día” el santuario de su cuerpo fue reconstruido ahora podemos celebrar la eucaristía, experimentar que nosotros mismos reunidos en la Iglesia somos ese cuerpo, y escuchar que se nos dice “el cuerpo de Cristo”, y responder “amén”.


 

Escuchar y seguir al transfigurado

tranfigurados

II Domingo de Cuaresma Marcos 9:2-10

El último domingo veíamos a Jesús en el desierto y rodeado de peligros y tentaciones. Ahora lo vemos en la cima de un monte, no está solo, lo acompañan tres de sus discípulos y aparece resplandeciente dialogando con Elías y Moisés. No hay tentaciones ni peligros a la vista, al contrario, el texto nos cuenta que los discípulos sintieron un maravilloso bienestar e intentan atrapar ese momento: “hagamos tres tiendas”, o sea, “quedémonos aquí”, quieren que ese momento se prolongue para siempre. Todo dura un instante y es interrumpido por la voz que sale de la nube: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”. Repentinamente todo vuelve a la normalidad y Jesús les dice que no deben decir nada de lo ocurrido “hasta que haya resucitado de entre los muertos”. Ellos se quedan discutiendo sobre qué quería decir eso.

Como nosotros, que nos quedamos perplejos ante este texto y nos preguntamos qué quiere decir. Los que saben nos explican que es un lenguaje simbólico, que Elías representa a los profetas y Moisés a la ley, que ambos presentes representan todo el Antiguo Testamento, la historia de Israel a través de los siglos. Se nos explica también que, así como el desierto es sinónimo de soledad y peligros, el monte simboliza el lugar del encuentro con Dios. Así aparece también en muchos pasajes de la Escritura, Dios habla desde la montaña y se manifiesta en lugares elevados. Por otra parte, también Dios habla a su pueblo desde las nubes; es entre las nubes que habita la gloria de Dios. Todos estos signos aparecen en este relato y de alguna manera “lo explican”, pero, para nosotros, para nuestra vida que transcurre en el siglo XXI, ¿qué puede significar este texto?

En esta escena nosotros estamos representados por los tres discípulos y podemos reconocer lo que ellos sienten: sorpresa, temor, alegría indescriptible, confusión, dudas. No era fácil acompañar a Jesús por aquellos caminos de Galilea. Creían en él, confiaban ciegamente en él, pero todos los días estaban cargados de sorpresas, a cada paso ese Maestro los conmovía con algo nuevo e impensado. Por una parte, les transmitía una inmensa paz, y les insistía: “no tengan miedo”. Pero, por otra, estar junto a él significaba un sobresalto permanente. Quienes dos mil años después queremos seguir los pasos de Jesús ¿No experimentamos acaso las mismas sensaciones?

La fe, no es una medicina mágica que aleja de nosotros inquietudes, sorpresas, dolores y oscuridades. La fe en Jesús nos enseña a convivir con el misterio, nos ayuda a comprender nuestra propia vida como un misterio. Encontrar a Jesús es encontrar un camino, no es llegar a destino. Los discípulos encuentran a Jesús y comienzan a seguirlo sin poder imaginar hacia dónde los estaba conduciendo ese sendero. Pasarán desiertos, montañas, peligros, alegrías, miedos, sorpresas, muchas sorpresas. Atravesarán aterrados la muerte del Maestro y descubrirán en sí mismos la fuerza de su Espíritu. Serán los cobardes que abandonan a su Señor y también los que darán su vida por él.

Así fue la vida de aquellos tres que quisieron detener el mundo haciendo tres tiendas y que a los pocos días huirían despavoridos. Así somos nosotros, a quienes hoy, poco antes de celebrar la Pascua, se nos muestra resplandeciente al “hijo amado” y se nos invita a escucharlo, a seguirlo por esos misteriosos caminos en los que se revela día a día quién es él, y quienes nosotros.


 

El desierto, la tentación, convertirse y creer

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I Domingo de Cuaresma Marcos 1:12-1

Al comienzo de este camino hacia la Pascua, que es la cuaresma, la liturgia nos hace mirar hacia Jesús que está en el desierto. El lugar es inhóspito, lleno de peligros. Como esos sitios en los que vivimos muchos de nosotros. No es necesario dejar ir la imaginación hacia desiertos de arena y viento. Nuestras ciudades suelen ser también espacios de insondable soledad y amenazadas de todo tipo. El desierto está más cerca de lo que parece. En medio de esos desiertos que son nuestras ciudades están nuestras parroquias; desde esos páramos venimos cuando nos acercamos a la Iglesia para celebrar la eucaristía; ahí, en esa fragilidad, viven nuestras familias y amigos. Jesús fue llevado al desierto, a un lugar que se parece al mundo inseguro y difícil en el que vivimos.

Entre esos miedos brotan nuestras tentaciones, pueden ser muchas y de todo tipo; la evasión a través de las drogas o el alcohol, la búsqueda de la seguridad en el dinero y la avaricia, la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y olvidarnos de los demás, la violencia, la envidia, la fuga hacia el consumismo; muchas, muchísimas tentaciones para calmar esos miedos que causa vivir en estos tiempos. Jesús se hizo uno de nosotros y pasó por desiertos y tentaciones. Allí, en la soledad, enfrentó una de las tentaciones más sutiles y peligrosas: la tentación del poder, de utilizar en provecho propio la Palabra de Dios, de ponerse al servicio de los poderes del mundo. También ellas nos acechan a nosotros; especialmente la tentación de una religiosidad superficial y vacía, de una fe sin compromiso, sin amor. La tentación de querer manipular a Dios en lugar de intentar conocerlo y amarlo.

De ese desierto sale Jesús gritando: “¡conviertanse y crean en el Evangelio!” Convertirse y creer no es solamente proponerse en la cuaresma ser “un poco más bueno”, es mucho más: es dejar de creer en lo que creemos y creer en el Evangelio, es decir, creer en él, en Jesús. Abandonar nuestra pobres seguridades y abrazarnos al único que puede enseñarnos a atravesar “oscuras cañadas”. El Señor no suprime el desierto de nuestro tiempo, lo camina con nosotros, nos muestra como transitarlo con una fe adulta y confiada.

La Pascua no es el final del camino, el “final feliz de un cuento triste”, es la resurrección que experimentamos cada día que atravesamos el desierto creyendo en el Evangelio. Así caminamos hacia la Pascua, muriendo y resucitando a cada paso.


 

Conmovido, extendió la mano

imagesMc 1, 40-45

“Puedes purificarme”, otros traducen “puedes limpiarme”. La sensación que se quiere expresar está clara: este hombre se siente sucio, siente una suciedad profunda, humillante. Su enfermedad lo margina de la sociedad, no podía entrar en los pueblos y tenía que vivir en los caminos. La sociedad discriminaba a los leprosos y además se los marginaba religiosamente. El enfermo era declarado impuro, pecador, no podía presentarse en el Templo, no podía presentarse ante Dios.

La lepra es una enfermedad que no conocemos en nuestra cultura, pero la sensación que tenía el leproso sí es conocida. Muchos en nuestra sociedad experimentan esa sensación de indignidad; o esa marginación que hace sentir a alguien un indeseable; algunos pueden sentir incluso que no son dignos de presentarse ante Dios.

Jesús, se conmueve y se deja llevar por su corazón: rompe todas las leyes humanas y religiosas, se acerca y lo toca. En ese mismo momento, al tocarlo, según la ley de los judíos Jesús queda impuro, ahora él también está sucio.

Al tocar al leproso, Jesús se saltea un mandamiento social y religioso muy importante. Sin embargo, se preocupa de que ese hombre cumpla la ley, tiene que ir a presentarse al sacerdote, mostrar que está curado y de esa manera reintegrarse a la comunidad. Solo le pone una condición: que no diga quien lo había sanado.

El hombre no cumple su promesa, lo dice a todo el mundo y entonces se invierten los lugares: como Jesús lo tocó, ahora es él el que no puede entrar, el que tiene que vivir en los caminos, el leproso, el impuro.

Lo dirá San Pablo después: “a aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él” (2 cor 5,21). Jesús no nos salva “desde afuera”, no espera a que seamos puros, él da el primer paso aún sabiendo, como en este caso, que será traicionado; aún sabiendo que ese hombre se aprovecharía de él; aún sabiendo que volveremos a pecar, él se juega por nosotros.

Entonces todo queda al revés: “y acudían a él de todas partes”. Ahora la pureza ya no está en el Templo, está en el camino, junto a los leprosos ¡Ha llegado el Reino! Ahora la salvación no está en el poder sino en la fe, ahora los bienaventurados son los pobres. Ahora el “impuro” es el que da la pureza. Ahora nada ni nadie puede impedir que nos presentemos ante Dios.


 

Vayamos a otra parte

camino

Marcos 1, 29-39

Después de predicar en la sinagoga de Cafarnaum, donde todos quedan impresionados porque hablaba “con autoridad” y porque había liberado a un hombre atrapado por un “espíritu impuro”, dice el texto que Jesús va a la casa de Pedro, allí encuentra a la suegra postrada “y la hizo levantar”. Esto se repite muchas veces en la vida del Señor, sus milagros ponen de pie, hacen hablar, liberan, reparan, devuelven a las personas algo que deberían tener y no tienen. Sus milagros restablecen la dignidad de los que están cerca de Él, les devuelven lo que les corresponde.

La gente se congrega, “la ciudad entera” dice el evangelista Marcos. El texto nos muestra que todo el pueblo está conmovido con la manera de hablar y de actuar de Jesús y que el Señor sanaba a muchos y expulsaba demonios. Pero, además, hace algo que llamará la atención y que podemos observar detenidamente: antes que amaneciera se levantó, salió y fue a “un lugar desierto” para orar. Pedro y sus compañeros salen a buscarlo hasta que lo encuentran, esto quiere decir que no sabían donde había ido y que el lugar en el que estaba no era cerca o de fácil acceso. Jesús no solo se fue, se ocultó.

Está claro que las personas se congregaban en la casa de Pedro y él no sabía adónde estaba Jesús ni qué responder, por eso le dice: “todos te andan buscando”. Había más enfermos que atender y más hombres y mujeres atrapados para liberar. Pero Jesús no responde a lo que esperan “todos” y decide irse: “vayamos a otra parte”.

¿Por qué se va? ¿por qué se oculta? Comienza a manifestarse uno de los grandes misterios de la vida del Señor, un misterio que dejaba perplejos a sus discípulos y que aún nos sorprende a quienes queremos seguir su camino: el silencio de Jesús, el silencio de Dios.

Pedro y la gente que lo busca quiere que Jesús se quede y que solucione sus problemas, como esperamos también nosotros. Pero parece que Jesús quiere plantear las cosas de otra manera. Él toma una iniciativa y nos deja tomar la siguiente, estamos invitados a un ida y vuelta, a una relación de reciprocidad, a un vínculo que también depende de nosotros. Que aparezca y desaparezca, que se quede y después se vaya, deja un espacio para nuestra respuesta, hace posible un intercambio que, en última instancia hace posible el amor.

Para eso nos pone de pie, nos cura, nos libera, para que podamos responder desde nosotros mismos; para que la relación no sea entre un Jesús que da todo y unos discípulos que solo reciben. Él nos da la capacidad para responder y espera nuestra respuesta. No nos trata como a incapaces, nos trata como a personas, respeta nuestra dignidad.

Él no es un curandero, Jesús viene a inaugurar una nueva manera de relacionarse con Dios. Está diciendo con palabras y con gestos que Dios no es alguien que está a nuestra disposición para responder a nuestras expectativas, que es mucho más que eso, que es más de lo que podemos imaginar y desear: que nos quiere hijos, no esclavos; que Dios no es alguien que se somete a nuestra voluntad sino alguien que nos enseña a vivir la suya.


 

¿Has venido para acabar con nosotros?

170309_pixabay_yueshuya_kreuz_560Todos estaban asombrados porque enseñaba con autoridad y comparan esa autoridad de Jesús con la de los escribas ¿por qué ese asombro en una sociedad que era muy autoritaria? ¿por qué ese asombro en personas acostumbradas a obedecer a sus patrones y a los jefes de la sinagoga o del pueblo? ¿porqué asombraba su autoridad en un ambiente autoritario?

Como ya sabemos, no es lo mismo autoridad que autoritarismo. El que tiene autoridad no se apoya en sus cargos o en sus conocimientos para imponerse a los demás; el autoritario necesita recordar a los otros su sitio, su lugar social destacado, sus conocimientos; en una palabra, su poder.

En cambio, el que tiene autoridad habla desde sí mismo, habla simplemente como una persona que transmite algo que cree, no impone, ofrece. Eso es lo que asombra a esas gentes acostumbradas al maltrato y la imposición; el Señor habla de otra manera, “no como los escribas”, esos que había que escuchar porque habían estudiado, pertenecían a destacadas familias, y parecía que sabían mucho.

La escena es interrumpida por alguien que también sabe mucho. Un “espíritu impuro” que habita en uno de los presentes y que empieza a gritar. Sorprendentemente ese espíritu ya sabe quién es Jesús y pregunta “¿Has venido para acabar con nosotros?”

Ahora, en este momento, al contemplar esta escena, tenemos la posibilidad de dejarnos llevar por las imágenes que han cargado en nuestra imaginación las películas, o los relatos, sobre los endemoniados; o podemos seguir otro camino más práctico y más comprometedor: leer atentamente el texto, dejar la imaginación en silencio, y preguntarnos: ¿no aparecen en nuestro corazón, en algunas ocasiones, esas voces que nos invitan a rechazar aquello que implique modificar la idea que ya tenemos de Jesús?

Este espíritu, que cree que ya conoce a “Jesús Nazareno”, y siente que lo quieren destruir porque lo que escucha no es lo que quiere escuchar ¿nunca anduvo por nuestro corazón? ¿Cómo saberlo? Para respondernos el primer paso es dejar de imaginar esos espíritus con cuernos y largas colas, un “espíritu” es otra cosa: es algo que no vemos pero que podemos sentir que nos mueve. Puede ser un odio, una envidia, una ambición; o puede ser un amor, unas ganas de compartir, o el “Espíritu Santo”. La pregunta que importa es ¿qué nos mueve?

Jesús hace callar a ese espíritu que mueve a ese hombre a no escuchar su Palabra y que impide escuchar a los demás; y le ordena salir de ahí, dejar en paz a esa persona, dejarla escuchar las palabras que la van a hacer libre.

Parece que ese “espíritu” estaba acostumbrado a escuchar palabras autoritarias que lo mantuvieran sometido a los que mandan y cuando lo invitan a la libertad siente que lo quieren destruir. Jesús no quiere esos seguidores atemorizados que después solo saben atemorizar a otros. Él habla de una manera nueva, “llena de autoridad”.

Jesús no se enfrenta con la persona que levanta la voz sino con ese espíritu que hay en ella. Jesús siempre está a favor de las personas y en contra del mal que las paraliza y aterrroriza. Su autoridad libera, no esclaviza.

En nuestros días son muchos los que escuchan el Evangelio, participan de la misa y prestan atención en las homilías, pero no logran liberarse de ideas muy pobres y pequeñas acerca de Dios. No sólo se imaginan el diablo con cuernos y cola, se imaginan a Dios como un juez implacable con barba y enojado. Por eso, muchas veces, quienes participan poco de las celebraciones y apenas saben de “religión”, entienden mejor lo que quiere decir el Señor, que quienes creen que ya lo conocen.

Jesús ha venido a destruir todas esas imágenes falsas, infantiles, interesadas: Él, cercano, tierno, misericordioso, es la única imagen del único Dios que no inventamos nosotros, del Dios verdadero.